Mateo 28.16-20
Cuando nos acercamos a la vida de Jesús descubrimos muy pronto que él no vivía para sí mismo. Sus prioridades no eran ni su felicidad personal, ni su familia, ni su prosperidad material, etc. En fin, esas cosas que son las que explican y dan sentido a la vida de muchos. Dos cosas eran las determinantes en Jesús: Su comunión su Padre y la realización de la tarea que le había sido encomendada. En tal sentido, Jesús no tenía vida propia. No vivía para sí, sino para el Padre. Y, no lo hacía porque no le quedara otra, él mismo aseguró: Nadie me quita la vida, sino que yo la doy por mi propia voluntad. Juan 10.18
¿Quiénes son Iglesia? Los estudiosos de la sociedad nos dicen que la nuestra es una sociedad posmoderna. La sociedad moderna se distinguió por su rechazo a la espiritualidad, como algo ajeno a lo científicamente comprobable. La sociedad posmoderna, no solo no persigue a los que creen en la espiritualidad, y por ende en la divinidad, sino que propone que cada uno tiene el derecho de creer en lo que quiera y que todas las creencias son igualmente válidas y aceptables. Interesante, democrático, sí; pero ¿qué dice la Palabra?
La vejez en particular representa una crisis tanto para quien se hace viejo, como para quienes le aman y acompañan. Resulta cuando menos curioso, el hecho de que siendo la vejez una etapa natural de la vida estemos tan poco preparados, y dispuestos, para enfrentarla. Resulta difícil asumir que uno se hace viejo. Pero, también resulta difícil que los familiares de los viejos estén dispuestos y en condiciones de aceptar la vejez de aquellos a quienes aprendieron a ver siempre fuertes, capaces y llenos de conocimientos y habilidades.
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