Archive for the ‘Sufrimiento’ category

¿Padre, líbrame de esta angustia?

25 marzo, 2018

Juan 12.20-27 DHH

Para muchos cristianos, la Semana Santa es la semana más importante del año. No en balde, al través de los siglos muchos se refieren a ella como la Semana Mayor. Muchas son las formas en las que la gente procura aprovechar el impacto de esta. Por ejemplo, no es de extrañar que en la víspera de Semana Santa diversas editoriales saquen al mercado revistas y libros con temas religiosos. Algunas veces esta celebración se ha aprovechado hasta para la realización de actos terroristas en aquellos lugares considerados sagrados por cristianos. En fin, la Semana Santa es una sola y, sin embargo, significa muchas cosas, desde la oportunidad para el recogimiento más íntimo, hasta el disfrute de las más gratificantes vacaciones.

En lo personal, Semana Santa me permite ir al encuentro de Jesucristo el hombre. Sí, sé que Jesucristo es Dios verdadero y verdadero hombre. Que en él habita la plenitud de la divinidad y que es uno solo con el Padre y el Espíritu Santo. Pero, también sé que es plenamente hombre, el hijo de María. Sé, por lo tanto, que Jesús hace evidente que los seres humanos podemos ser fieles… hasta el extremo de la cruz. Es decir, que podemos, por la gracia de Dios en nosotros, servir al Señor de tal manera que él sea glorificado en y por nosotros. Que, al igual que Jesucristo, podemos negarnos a nosotros mismos para que Dios actúe y hable en y al través nuestro.

En Jesús descubro, una y otra vez, en no pocas ocasiones para mi propia vergüenza, que la razón de nuestra vida no somos nosotros mismos, sino el que glorifiquemos a Dios en todo. Así, Jesús me enseña que la oración es mucho más que una larga cadena de peticiones, súplicas y hasta exigencias. Es, primero, el diálogo confiado, amoroso, entre Dios nuestro Padre y nosotros, así como la oportunidad para acercarnos a él ofreciendo, antes que pidiendo. Es Jesús quien nos enseña que, si acaso hemos de iniciar nuestra conversación con el Padre pidiendo algo, es, precisamente, que su voluntad, su propósito, se cumpla en nosotros: así en la tierra, como en el cielo.

Al releer los pasajes de la Pasión de Cristo, me encuentro, con novedosa expectación, con las palabras que el Señor dijera en Jerusalén cuando, de acuerdo con el Evangelista Juan, le buscaron ‹‹unos griegos››, es decir, unos que no eran judíos. Jesús aprovechó el alboroto que provocaran aquellos extranjeros para anunciar su muerte, muerte de cruz. Y, entonces, dijo: ‹‹ ¡Siento en este momento una angustia terrible! ¿Y qué voy a decir? ¿Diré: ‘¿Padre, líbrame de esta angustia’? ¡Pero precisamente para esto he venido! Padre, glorifica tu nombre››. (Juan 12.20-27)

De pronto, al releer tales palabras, saltan ante mí algunas consideraciones. La primera, Jesús, al fin un ser humano, se angustia ante el sufrimiento inminente. Sabiendo que va a sufrir, sufre… terriblemente. No lo oculta, ni siquiera se lo declara sólo a unos cuantos. Lo dice públicamente, permitiendo que todos lo oigan. Pero, también, permite que todos oigan la reflexión íntima que se hace, se pregunta: ‹‹ ¿Y qué voy a decir? ›› ‹‹Diré: ¿Padre, líbrame de esta angustia? ›› Otra versión traduce estas palabras así: ‹‹ ¿He de orar acaso: ´Padre, ¿sálvame de lo que me espera´? ›› Es decir, Jesús no solo no niega su propia angustia, sino que acepta que ha considerado la posibilidad de no aceptar, de negarse pues, a hacer aquello que le tanto le preocupa y para lo cual ha sido enviado.

Hasta aquí, no parecería haber nada extraordinario en Jesús el hombre. Nos podemos identificar bien con él. También nosotros, cuando sabemos que el sufrimiento es la siguiente etapa de nuestra vida, consideramos la posibilidad de pedir a Dios que nos libre de tal circunstancia. Pero, Jesús el hombre, muestra su congruencia. Él mismo se contesta: ‹‹ ¡No, no puedo pedir tal cosa, porque para esto vine! ›› Por sobre su propio derecho, y aún por sobre la disposición amorosa del Padre, Jesús asume que su tarea es entregarse a sí mismo a la voluntad del Padre y permitir así que Dios sea glorificado. Porque para esto vine. Podríamos parafrasear tal expresión diciendo: porque esta es mi tarea. Mejor aún, porque esta es la razón de mi existencia.

Sólo quien sabe quién es, sabe cuál es el propósito de su vida. Sólo quien está en comunión con Dios el Padre, sabe bien a bien quién es. El Espíritu Santo, asegura el Apóstol Pablo, ‹‹se une a nuestro espíritu para confirmar que somos hijos de Dios››. (Romanos 8.15,16) El Jesús de la Semana Santa, el de la Semana de la Pasión, nos revela la importancia y el poder resultante de la relación personal, profunda y siempre actual con nuestro Padre. En efecto, Jesús sabe que nada de lo que le afecta y le sucede, se da fuera del propósito del Padre. Sabe, además, que en el Padre está seguro. Que estando en el Padre nadie le quita nada, ni siquiera la vida. Sabía que el mismo que lo llamaba al Calvario, habría de encontrarlo vivo, el día de la resurrección.

Muchos de nosotros vamos por la vida haciendo nuestra tarea principal el evitar el sufrimiento. Simple y sencillamente no queremos sufrir. Y, bien cierto es que experimentamos mucho sufrimiento gratuito, que no nos es propio. Más bien, es consecuencia del error, del nuestro y del de quienes están a nuestro alrededor. Tal clase de sufrimiento debe ser evitado por nosotros, debemos negarnos al mismo. Pero, Jesús sabía que servir a Dios también provoca sufrimiento y que este no debe ser evitado. Sabía que por el sufrimiento aprendemos lo que no es posible aprender de otra manera. Dice Hebreos que Jesús: ‹‹Sufriendo aprendió lo que es la obediencia››. Y, ‹‹así, al perfeccionarse de esa manera, llegó a ser fuente de salvación eterna para todos los que lo obedecen…›› (Hebreos 5.8,9)

¿Cómo saber si el sufrimiento que padecemos es la fuente, el origen, de algo? ¿Cómo saber si debemos ir al encuentro del sufrimiento o evitarlo? Fue la comunión de Jesús con su Padre, lo que le permitió decir a sus discípulos: ‹‹Vengan, vámonos ya››, camino a la Jerusalén del Calvario, pero también la Jerusalén de la tumba vacía.

Gracias al sacrificio de Jesús, mismo que recordamos esta Semana Santa, es que podemos acercarnos confiados al trono de nuestro Dios amoroso. (Hebreos 4.15) En su presencia hay convicción de espíritu. Su Espíritu nos guía a toda verdad y a toda justicia. Nos permite discernir lo que viene de él y lo que no. Sobre todo, nos permite vivir de tal manera que su propósito se cumpla en nosotros.

A veces pensamos que para agradar a Dios tendríamos que ser semidioses o, cuando menos, superhéroes. Jesús nos mostró que tal pensamiento está equivocado. Que, por el contrario, él, que es Dios, se humanó, se hizo como nosotros. Y siendo como nosotros pudo honrar al Padre de toda misericordia, haciendo lo que él le pidió y yendo hasta donde él le llamó.

Semana Santa nos recuerda que, gracias a Jesús, los que lo seguimos podemos hacer lo mismo, honrar al Padre yendo al encuentro del sufrimiento y venciéndolo por el amor y el poder que habita en nosotros. Que podemos vivir siendo vencedores en medio del sufrimiento porque, como nuestro Señor y Salvador, en tratándose de que en nosotros se cumpla la voluntad de Dios es que podemos decir que para esto hemos venido.

No estamos acabados

19 noviembre, 2017

Lamentaciones 3

Las personas que escribieron la Biblia no sabían que lo estaban haciendo. Mucho menos pudieron imaginarse que, a miles de años, los estaríamos leyendo. Muchos de ellos escribieron para sí mismos, registrando sus pensamientos, sus emociones, sus derrotas y sus anhelos. Ello nos permite, primero, apreciar la sinceridad de sus sentimientos. Además, nos permite apreciar la fortaleza de sus convicciones, ya que el dejar constancia de las mismas no responde a un propósito proselitista pues, al no saber que los leeríamos, no tuvieron razón alguna para tratar de convencer a nadie.

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¿Padre, líbrame de esta angustia?

20 marzo, 2016

Juan 12.20-27 DHH

Para muchos cristianos, la Semana Santa es la semana más importante del año. No en balde, al través de los siglos muchos se refieren a ella como “la Semana Mayor”. Muchas son las formas en las que la gente procura aprovechar el impacto de la misma. Por ejemplo, no es de extrañar que en la víspera de Semana Santa diversas editoriales saquen al mercado revistas y libros con temas religiosos. Algunas veces esta celebración se ha aprovechado hasta para la realización de actos terroristas en aquellos lugares considerados sagrados por cristianos. En fin, la Semana Santa es una sola y, sin embargo, significa muchas cosas, desde la oportunidad para el recogimiento más íntimo, hasta el disfrute de las más gratificantes vacaciones.

En lo personal, Semana Santa me permite ir al encuentro de Jesucristo el hombre. Sí, sé que Jesucristo es Dios verdadero y verdadero hombre. Que en él habita la plenitud de la divinidad y que es uno solo con el Padre y el Espíritu Santo. Pero, también sé que es plenamente hombre, el hijo de María. Sé, por lo tanto, que Jesús hace evidente que los seres humanos podemos ser fieles… hasta el extremo de la cruz. Es decir, que podemos, por la gracia de Dios en nosotros, servir al Señor de tal manera que él sea glorificado en y por nosotros. Que, al igual que Jesucristo, podemos negarnos a nosotros mismos para que Dios actúe y hable en y al través nuestro.

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Sólo Desde la Fe

8 diciembre, 2013

Salmo 91

El Salmo 91 es un Salmo que sólo puede ser leído desde la fe. Contiene declaraciones que, sin el don de la fe, resultan difíciles de aceptar puesto que en muchos no se han cumplido, no se están cumpliendo y, con toda seguridad, nunca habrán de cumplirse. Cuestiones tales como caerán a tu lado mil, y diez mil a tu diestra; mas a ti no llegará, resultan emocionantes, esperanzadoras, pero no siempre se hacen realidad en la vida de los creyentes. Por el contrario, no pocos entre nosotros ven pasar a su derecha y a su izquierda a muchos que parecen no tener aflicciones en la vida… y los miran desde la incómoda posición de quienes han caído, los miran desde el suelo. Que se trata de un Salmo difícil pueden dar testimonio aquellos creyentes que enfrentan la enfermedad –la propia y a de sus seres queridos-, o la muerte de aquellos a quienes han amado, conflictos familiares y/o económicos, etc. Sí, para quienes han pasado por los valles de sombra y de muerte, resulta difícil leer el Salmo 91, sin el don y la gracia de la fe. Ello, porque quien sin fe se acerca a Dios desde una perspectiva exclusivamente natural, humana, encontrará muchas dificultades, no solo en leer, sino en comprender y hacer suyo este hermoso salmo.

El salmista es un hombre de fe, y tiene fe porque ha conocido a Dios y ha habitado al abrigo del Altísimo y bajo la sombra del Omnipotente. Como la suya, nuestra experiencia vivida con Dios trasciende, va más allá, de las cuestiones que no comprendemos del Señor, de nosotros y de la vida misma. Es indudable que el salmista conoció el lado oscuro de Dios: su silencio, su inacción, su alejamiento. Sin embargo, también ha conoció el lado luminoso del Omnipotente: el cuidado, la atención y el amor evidente, palpable, del Señor. Son las bendiciones recibidas y no lo que no ha tenido ni recibido de Dios, lo que determina el cómo de la relación del salmista con su Señor.

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Dios, ¿Por qué no Me Dejas en Paz?

26 mayo, 2013

Job 7.11-21

Con mucha frecuencia Dios nos resulta incomprensible. Simplemente, no se ajusta a nuestras expectativas o a lo que presumimos saber de él y de la manera en la que debe actuar. La incomprensión respecto de Dios se traduce, general y fácilmente, en un sentido de decepción respecto de Dios. En no pocas veces nos sentimos defraudados y surge desde lo más profundo de nuestro corazón un ánimo de reclamo y hasta de venganza en contra de aquel en el que hemos confiado y no ha honrado, asumimos, nuestra confianza.

Desde Adán, son muchos los hombres y muchas las mujeres que han llegado al extremo de reclamar a Dios por aquello de Dios que les resulta incomprensible. Otros, animados por su confusión y decepción han decidido castigar a Dios: disponen no creer más en él, se proponen no pronunciar, siquiera, la palabra Dios, reprimen la voz de su corazón cuando este les dice de parte del Señor: Ven y conversa conmigo. Son como Jeremías, quien se propuso no volver hablar de Dios atribulado por lo que el Señor había hecho de su vida. ¿Quién puede criticar a unos y a otros? ¿Quién puede arrojar sobre ellos la primera piedra, cuando muy en lo profundo de nuestro corazón hemos sentido y pensado lo mismo?

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Que no se Decepcionen por mi Causa

19 mayo, 2013

Salmos 69.1-17

La manera en la que el salmista expresa su dolor es tal que prácticamente cualquiera de nosotros podría hacerla suya. Desesperación, angustia, confusión y hasta reclamos a Dios, revelan la condición que es propia de quienes enfrentan el sufrimiento. Quienes estudian la conducta humana podrían encontrar un elemento característico de la mayoría de las personas que enfrentan la adversidad, el dramatismo. Este es, entre otras cosas, la capacidad que se desarrolla para interesar y conmover vivamente, a quienes están alrededor del que sufre.

El dolor, el sufrimiento, provoca en los individuos una profunda conciencia del yo y en las familias, y/o grupos nucleares, una profunda conciencia del nosotros. Es decir, el sufrimiento tiene la capacidad para hacernos egoístas, para atender desmedidamente al propio interés, sin cuidarse del de los demás. Quien, y quienes sufren, se convierte en el centro de su interés, espera y aún reclama que los demás lo atiendan… aun a costa de sí mismos. En cierta medida, el sufrimiento nos bloquea y reduce nuestra capacidad empática. Es decir, limita nuestra capacidad para identificar mental y afectiva de un sujeto con el estado de ánimo de otro. Nuestro dolor no nos permite considerar siquiera que el otro puede estar sufriendo, ni, mucho menos nos permite compadecernos de quienes nos rodean.

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¿Corta la Vida y Muchos los Sufrimientos?

5 mayo, 2013

Job 14.1-2

A Job le fue tan bien en la vida que su prosperidad aún se convirtió en motivo de conversación entre Dios y el diablo. Quienes conocían a Job lo envidiaban, quienes oían hablar de su riqueza deseaban ser como él. En fin, Job era la persona a la que había que poner de ejemplo cuando se hablaba de la buena vida. Job era especial porque era diferente a la mayoría de las personas. Era justo, sí, pero ello no era lo que lo hacía especial. Indudablemente también había otras personas temerosas de Dios, cuidadosas al extremo de honrar al Señor, aunque fueran menos ricas o muy pobres en comparación con Job. Lo que hacía especial a este hombre y a su familia era que vivían en una burbuja de prosperidad. Aunque seres humanos, Job y los suyos poco sabían de humanidad. Es decir, nada sabían de la fragilidad o flaqueza propia del ser humano.

Resulta interesante el que sea un hombre con tales características quien resuma el todo de la vida diciendo: Es muy corta nuestra vida, y muy grande nuestro sufrimiento. Somos como las flores: nacemos, y pronto nos marchitamos; somos como una sombra que pronto desaparece. ¿Qué fue lo que llevó a Job a sintetizar la vida con tanta pesadumbre? ¿Cuál fue el punto de inflexión a partir del cual la vida de Job no se recuperó? Cualquiera diría que la razón de tal pesadumbre fueron las pérdidas de Job. Primero, la de su riqueza, la que significaba el punto de equilibrio de su vida privilegiada. Después, la muerte violenta de aquellos a los que más amaba, sus hijos. Así, de pronto Job se ve privado de lo que lo sostiene, sus riquezas. Y de lo que da razón a su vida, sus hijos.

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