Hechos 18.24-28
Que no se rompa la cadena. Desde que inicié mi carrera ministerial escuché de mi Padre, muchas veces, decirme: hijo, que no se rompa la cadena. Se trataba, desde luego, de una invitación para que el don que yo había recibido mediante la imposición de manos de otros ministros, no se agotara en mí sino que fluyera también a otros. También era una exhortación para que el depósito de la fe que yo había recibido no se acabara en mí. Me llamaba a vivir de tal manera que mi vida comunicara la fe en Dios, mediante el cultivo de la fe, de la santidad y el testimonio de mi confianza en el ser y quehacer del Señor.
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