Romanos 1.18-32, Una Propuesta para el Estudio Bíblico

Pastor Adoniram Gaxiola

Romanos 1.18-32

Algunos dicen que este pasaje no debiera formar parte de la Biblia. Aseguran que para una persona sensible a las cuestiones espirituales, resulta vergonzosa tan detallada descripción de la bajeza alcanzada por los seres humanos. Lo cierto es que uno no puede leer este pasaje sin el temor a verse incluido en alguna de las conductas propias de quienes ofenden a Dios; más aún, uno no puede leer este pasaje sin dejar de sentirse incómodo pues, sabemos, en alguna manera formamos parte de él.

Creo que detrás de tan difícil incomodidad, el pasaje resulta especialmente valioso por cuanto nos permite conocer más del carácter de Dios, así como del cómo de su relación con los hombres. Además, nos ayuda a dejar de lado ciertos prejuicios, mitos y sentimientos animados por la ignorancia respecto del cómo del origen del pecado y de la degradación del ser humano. Sobre todo, el pasaje nos ayuda a aterrizar los principios de la relación de Dios con la humanidad, al hecho concreto de su relación con nosotros y viceversa.

En particular el pasaje pone en evidencia el conflicto resultante de la lucha que todo ser humano enfrenta respecto de la subordinación de su voluntad a los mandamientos divinos. Muy dentro nuestro hay un principio de individualidad que se traduce en rebeldía ante lo establecido por Dios. Considero que son dos las razones básicas que explican tal cosa: primero, nuestra conciencia de individualidad, de seres autónomos. Somos y, por lo tanto, nos convertimos en el centro y razón de ser de nuestra existencia. Vivimos para nosotros y en función de nosotros. Después de todo, somos nosotros. Nadie, ni siquiera Dios tienen por qué asumirse o convertirse en la razón de nuestra vida. Dios, como todos y todo debe, pensamos, adaptarse a lo que nosotros somos, pensamos y decidimos.

La segunda razón que explica tal conflicto es que, conciente e inconcientemente, asumimos un principio de igualdad entre nosotros y Dios. De hecho, la Biblia se refiere a esta pretensión como el centro de la propuesta del diablo a Eva: serán como dioses, sabiendo lo que es bueno y es malo. Este sabiendo significa asegurando al ver, es decir, la promesa es que será como Dios porque podrán asegurar qué es bueno y qué es malo. Detrás de toda desobediencia o menosprecio a lo establecido por Dios se encuentra tal pretensión de igualdad: ante lo que Dios declara bueno o malo, la persona asume que también ella puede decidir qué es lo bueno y qué es lo malo. De hecho, este es uno de los principios de la cultura post-moderna, en la que valores tales como tolerancia y pluralidad sólo esconden el principio satánico de que todo es bueno o malo para quienes lo consideren de una u otra manera. Lo mismo si se trata de cuestiones tales como creencias religiosas, preferencias sexuales, cuestiones morales y, por qué no, hasta cuestiones éticas: discriminación, explotación, etc.

El pasaje también destaca, como uno de los claroscuros del carácter de Dios, el respeto absoluto que él tiene a la libertad del ser humano. Dios creó al ser humano con la capacidad para elegir y Dios respeta hasta el extremo el derecho implícito en tal característica del ser creado por él. ¿Por qué me refiero a ello como un claroscuro del carácter de Dios? Por una simple razón, resulta muy difícil comprender por qué Dios permite que el hombre haga lo malo, con todas las consecuencias que ello acarrea. Por qué Dios no obliga a hacer lo bueno, por qué Dios no impide las cosas malas: guerras, asesinatos, injusticias, etc., es uno de los elementos más difíciles de comprender acerca de Dios. Si él puede, ¿por qué no lo hace? ¿Por qué se queda quieto, por qué permanece insensible ante tanto dolor humano, sea este social o individual?

Bueno, el pasaje asegura que Dios ni permanece quieto, ni resulta insensible al quehacer del hombre. Dios sí hace, sí actúa. De acuerdo con Pablo, Dios ha hecho tres cosas fundamentales: se ha manifestado, es decir ha mostrado cuál es ser y su propósito en cuanto a su relación con el hombre;  ha dado al hombre la capacidad para discernir para que elija lo que mejor conviene; y, se ha dado a conocer, es decir ha establecido una relación íntima con el hombre, en la que Dios sigue siendo Dios y el hombre sigue siendo él mismo. Lo que el pasaje nos enseña es que quien obedece a Dios no deja de ser él, no se borra como persona, sino que, por el contrario, se realiza plenamente. Hay quienes se resisten a obedecer porque piensan que si obedecen son cada vez menos ellos, la Biblia nos enseña que, por el contrario, quien obedece es cada vez más, en mayor grado, un ser humano íntegro.

El pasaje también nos muestra que, contra lo que pudiera parecer, quien desobedece ni es más libre, ni tiene mayor éxito en la vida (entendiendo este como el llegar a ser aquello para lo cual nacimos). En efecto, Pablo describe un proceso degenerativo en quienes no obedecen y lo hace utilizando tres conceptos: inmundicia, pasiones vergonzosas y mente depravada.

Se empieza ensuciándose, manchándose. En esta etapa la esencia espiritual de la persona sigue siendo mayormente limpia. El segundo concepto: pasiones vergonzosas, se refiere al dominio que las emociones adquieren sobre la persona, se vuelve pasional. Vive bajo el control de sus deseos desordenados, la racionalidad, es decir la capacidad para discernir todavía está presente, pero subordinada al poder de la pasión. El tercer concepto, mente depravada, también puede leerse como mente reprobada. El término usado por Pablo se refiere a los metales que no pasan la prueba, que bajo la influencia del ácido muestran que no son lo que parecen ser. Más aún, se refiere a quien no puede esperar recompensa futura por su conducta. Es decir, la persona llega a un estado del que ya no puede salir por sí misma.

Resulta especialmente interesante considerar la expresión que precede a los conceptos antes mencionados, en el escrito paulino: los entregó Dios (1), Dios los entregó (2). Es decir, permitió que ellos mismos se arrastraran hacia atrás, que dejaran de ser lo que él los hizo y cayeran en la condición de esclavos de sus propias pasiones. Esto es lo que significa la expresión del verso 22: “pretendiendo ser sabios, se hicieron necios”, dejaron de entender y, por lo tanto, perdieron la capacidad para discernir, para juzgar correctamente. No pierden la capacidad para juzgar, para razonar, sino para hacerlo de manera correcta.

¿Por qué Dios actúa así, por qué los entrega y no los obliga a pensar y a actuar correctamente? La respuesta está en el primer versículo que hemos leído: “la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad”. El pecado hace del hombre un enemigo de Dios y trae como consecuencia inmediata la muerte espiritual del primero.

Y es de esta cuestión de la que se ocupa el Evangelio, Jesucristo quien es la buena noticia de Dios. Porque, si bien, la paga del pecado es muerte, también es cierto que la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús, Señor nuestro. (6.23) Juan asegura que Jesús, el Hijo de Dios, apareció para deshacer las obras del diablo. (1Jn 3.8) Esto significa que quien ha desobedecido a Dios y llegado a las circunstancias más absurdas y degradantes, tiene esperanza. Significa que nosotros mismos podemos ser regenerados y liberados del poder del pecado en nuestra vida. Y, también significa que todo aquello que perdimos y que echamos a perder en nuestra vida de pecado, puede ser ocasión de bien (8.28). Claro, si nos volvemos a Dios y permitimos que él haga de nosotros nuevas criaturas.

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