Fe y Familia

Publicado 6 marzo, 2011 por Pastor Adoniram Gaxiola
Categorías: Amor cristiano, Autoestima, Emociones, Familia, Vida Cristiana

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Juan 10.10

Dos de cada diez familias mexicanas padecen la falta de cariño, revelaba la Encuesta Nacional sobre las Dinámicas de Familia, según nota del periódico Milenio en diciembre de 2006. De mantenerse la dinámica del deterioro familiar evidenciada por dicha encuesta, el número de familias con problemas de cariño habrá crecido al día de hoy. Lamentablemente, la falta de cariño no es el único factor que afecta a las familias mexicanas: separación, divorcio, violencia, distanciamiento, mala comunicación, desamor, etc. ¿Quién no conoce, o no ha vivido, alguna de tales experiencias dolorosas?

No obstante su deterioro, la familia sigue siendo un pilar fundamental de la sociedad y una de las riquezas más preciadas de los seres humanos. En cierta manera, la familia es lo que nos queda… cuando todo lo demás ha fallado. De ahí que hemos aprendido a apreciar lo que tenemos y que, muchas veces de manera inconciente, nos ocupemos de presentarla de la mejor manera posible, ya sea a nosotros mismos, ya a quienes están a nuestro alrededor. Actuamos de la misma manera en que lo hacen no pocos ancianos con la ropa que usan y que se encuentra un tanto deslavada, la limpian, la planchan y la adornan de la mejor manera posible.

Ahora bien, la familia y la fe siempre van de la mano. De hecho, detrás de toda crisis familiar está presente una condición o circunstancia espiritual, tanto en las buenas como en las malas. El hombre que ama a su esposa revela su comunión con Dios y su propósito de honrarlo. Quien la trata con aspereza, o de plano la abandona, evidencia que es animado por el pecado y que está en enemistad con el Señor.

Así, cuando nos aproximamos al tema de la familia, y de nuestra familia en particular, lo hacemos desde la perspectiva de la fe, tengamos o no consciencia de ello. La fe bíblica nos indica que el propósito destructor de Satanás, robar, matar y destruir, (Jn 10.10), se enfila de manera particular y dolosa en contra de la familia. El discernimiento espiritual nos permite entender que detrás de toda violencia, insensibilidad, distanciamiento, abuso, etc., existe un propósito maligno de destruir a la familia como un todo y a cada uno de quienes la forman en lo particular.

Por ello es que si nos preocupamos y ocupamos de la restauración familiar, tengamos que hacerlo, también, desde la perspectiva de la fe. En efecto, la restauración de la familia, y la de sus miembros, sólo es posible bajo la dirección de nuestro Señor Jesucristo y por el poder de su Espíritu Santo.

Dado que nuestro Señor Jesús ha venido para destruir las obras del diablo y para traernos vida abundante, podemos confiar que gracias a él y por el poder suyo, nuestras familias pueden ser restauradas. En algunos casos, de manera plena y en otros, aunque parcialmente, la restauración lograda será suficiente para asegurar el bienestar de quienes se han propuesto honrar a Dios en todos y cada uno de sus espacios vitales.

En medio de las crisis familiares que enfrentamos podemos tener dos convicciones básicas y fundacionales: (1) Dios tiene planes de bienestar para nuestra familia; y (2) las familias cristianas somos llamadas a enfrentar los problemas y los conflictos familiares, desde la perspectiva de nuestra vocación, de nuestro llamamiento, para que así Dios sea honrado en nosotros.

La primera convicción nos permite y anima a perseverar en el propósito de la restauración familiar. A no darnos por vencidos y actuar fatalistamente. Creer que Dios tiene planes de bienestar para nuestra familia nos ayuda creer, actuar y esperar creyendo que, de alguna manera, Dios restaurará lo que ahora está destruido, empezando por nosotros en lo individual. Por ello podemos vivir en esperanza y haciendo la vida familiar a la luz de la fe y no solo bajo las sombras de la realidad que nos abruma.

La segunda convicción nos libera de la esclavitud emocional, física, relacional y aún espiritual a la que nos ha sometido el dolor de la familia, antes de Cristo. La gran tragedia de las familias sin Cristo es que al mal recibido casi siempre se responde con mal. En tal dinámica el único triunfador es, precisamente, el mal, y con él, el malo. Ello porque tanto quienes ejercen la violencia, como quienes la sufren, terminan esclavos de una dinámica familiar que les impide la práctica de lo bueno. Pero, cuando enfrentamos el dolor de la familia en Cristo, podemos vencer con el bien el mal. Es decir, podemos dejar de ser vencidos por el mal y pasar a ser más que vencedores, actuando con justicia y viviendo con la dignidad que nos es propia.

En la cruz, al redimirnos del pecado y darnos vida nueva, Jesús también abrió el camino para la redención de nuestros familiares y la restauración de nuestra familia. El poder de su sangre no se agota en el perdón, sino en la regeneración de nuestra manera de pensar, sentir, actuar y relacionarnos. Así, quienes hemos sido redimidos por la sangre preciosa de Jesucristo, somos llamados, y podemos, vivir la experiencia familiar en amor, armonía y esperanza.

Nuestras familias, nosotros mismos, necesitamos de relaciones familiares que se distingan por el cultivo del cariño familiar. Es decir, de que unos y otros procuremos que los demás sepan que los amamos y que nos interesa su bienestar tanto como el nuestro propio. En otras palabras, todos necesitamos que nuestras relaciones familiares, además de pacíficas y nutrientes, sean también amorosas. Que nos animen a saber que valemos, que somos importantes para los nuestros y que podemos confiarnos mutuamente.

Ello es posible gracias al amor y al poder de nuestro Señor Jesucristo. En su presencia, en la obediencia de sus mandamientos y bajo su cuidado podemos vivir de tal manera que el amor y la caridad sean el distintivo de nuestras relaciones familiares. Creamos en ello y vivamos de acuerdo con tal convicción.

Hay que Salir de la Cueva

Publicado 27 febrero, 2011 por Pastor Adoniram Gaxiola
Categorías: Autoestima, Éxito, Cambio, crisis, Emociones

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Santiago 5:17,18; 1 Reyes 19

Elías es uno de los personajes más conocidos y destacados en la Biblia. Ocupa un lugar en el pasado de Israel, como también lo ocupa al final de los tiempos. Ciertamente era un hombre excepcional: hizo milagros, resucitó muertos, provocó sequías y lluvias, etc. Pero, la Biblia también señala que: Elías era un hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras.

Contra lo que pareciera ser lo lógico, la fe y las pasiones humanas no se excluyen. Se puede ser un hombre de fe y, al mismo tiempo, padecer afectos y sentimientos muy humanos.  ¿Cómo es posible ello? ¿Cómo se puede ejercer el poder de la fe, al mismo tiempo que se lucha contra los afectos y pasiones que atormentan?

En 1 Reyes 19, encontramos el relato de una de las experiencias más reveladoras del carácter de Elías. Después de salir victorioso de su encuentro con los profetas de Baal, y de haber ordenado la muerte de 450 de estos; después de haber provocado sequía y lluvia y de haber avergonzado a Acab, el rey, Elías huye al desierto atemorizado por las amenazas de Jezabel… una mujer. (Conviene notar que Elías se acostumbraba relacionarse con ellas como seres necesitados y de los cuales él podía disponer).

En su huída, Elías cae en tal estado de depresión y ansiedad que exclama uno de los lamentos más desesperanzadores: Basta ya, oh Jehová, quítame la vida, pues no soy yo mejor que mis padres.

Su lamento expresa su cansancio de la vida, su deseo de evasión la realidad que lo oprime y la pérdida de su estima propia. Todo ello queda refrendado con la pasividad contenida en la única acción que se le ocurre tomar: se queda dormido debajo del enebro. Cansancio, negación, depresión, pasividad. De veras que Elías era un hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras.

La Biblia dice que Dios: conoce nuestra condición, sabe bien de qué estamos hechos y, por lo tanto “se compadece de sus hijos. Salmos 103. La compasión es el amor en acción. Así que Dios, quien está al tanto de lo que nos pasa se apresura a actuar en nuestro favor.

El relato bíblico nos dice que un ángel despertó a Elías diciéndole: levántate y come. En tal orden, están presentes dos cuestiones: el reconocimiento a su capacidad, puede levantarse; así como el reconocimiento a su condición débil, necesita fortalecerse con el alimento. En tal condición, Dios provee agua y comida caliente.

Sin embargo, a veces llegamos, como Elías, a tal condición que lo que Dios hace no parece ser suficiente. Elías volvió a quedarse dormido, y el ángel volvió a despertarlo. Si lo despertó implica que lo había  dejado dormir, porque reconocía su condición de cansancio. Pero, a su llamado inicial, el ángel agrega la frase: porque largo camino te espera.

Vemos en Elías que los éxitos en la vida no excluyen las etapas de derrota. Pero, también vemos en la exhortación del ángel, que los fracasos en la vida no acaban con el camino que tenemos por delante.

Dios, quien nos da las victorias, también nos sustenta cuando acabamos debajo del enebro. ¿Cómo lo hace?

Recuperadas las fuerzas Elías caminó hasta el monte de Dios, Horeb. Al llegar a este se metió a una cueva y ahí pasó la noche. Dios se le aparece y le pregunta: ¿qué haces aquí, Elías? Y este responde haciendo una descripción de su situación: hizo lo bueno, lo persiguen, está asustado porque teme que lo maten.

Era obvio que Dios no lo había llevado hasta Horeb para que Elías siguiera con su cantinela. Envío al ángel a alimentarlo y protegerlo para que Elías hiciera lo que Dios le había encargado.

Desde luego, saber lo que debemos hacer no siempre es suficiente. Es más, saber lo que se espera de nosotros no significa que estemos listos para hacerlo. Ni siquiera estamos listos cuando llegamos hasta el monte de Dios, al lugar de su presencia y ahí nos escondemos.

En las circunstancias torales de la vida se necesita algo más. Desde luego, este algo más no puede encontrarse dentro de la cueva, por mucho que esta esté en el monte de Dios.

Dios le pide a Elías que salga de la cueva y se pare delante de Jehová. Una vez fuera, Dios le muestra viento, terremoto y fuego. Elementos que hablan de las ansiedades de la vida. Pero, aclara el escritor sagrado: Jehová no estaba en ninguno de ellos.

Sí estaba en el silbo apacible y delicado. El término apacible connota la presencia de la paz de Dios. Ello nos remite al tema del reposo de Dios. Es decir, al permanecer confiados en que Dios habrá de honrarse a sí mismo y honrar nuestros esfuerzos, tomando el control de todo y capacitándonos para seguir el camino que tenemos por delante.

Elías pudo ser el profeta poderoso, a pesar de ser el hombre temeroso, porque depositó sus pasiones en el Señor. Su confianza la mostró yendo a donde Dios lo enviaba y haciendo lo que le encargaba. Al ser y hacer así, sus pasiones no desaparecieron; pero tampoco fueron tan relevantes que le impidieran cumplir con su tarea.

Conviene terminar esta reflexión diciendo que el problema no es el meterse a la cueva, sino permanecer en ella más de lo que resulta prudente.

Hay quienes permanecen en sus amarguras, temores, rencores, etc. Estos son sus propias cuevas. Hay que salir de las mismas aunque, de pronto, nos encontremos con las manos vacías. El vacío que llena el viento, el terremoto y el fuego, no significa que Dios no se haga presente. Lo hace, sí, cuando salimos animados por la evidencia de su presencia.

Conviene que vayamos al monte de Dios y que ahí busquemos, no solo su protección, sino su presencia. No solo su consuelo, sino su poder. No solo su comprensión, sino también su mandato.

Eso de Celebrar el 14 de Febrero

Publicado 14 febrero, 2011 por Pastor Adoniram Gaxiola
Categorías: Familia, Parejas, Relaciones Humanas

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Eso de celebrar el 14 de febrero como el día del amor y la amistad tiene sus bemoles. Para algunos, no pasa de ser un mero artilugio comercial que sólo tiene como propósito el beneficiar a los comerciantes. Entre la comunidad cristiana, no falta quien asegura que, como tantas otras celebraciones, la de San Valentín tiene un origen pagano y alertan sobre los riesgos de participar en tal tipo de celebraciones. Lo cierto es que pocos pueden sustraerse del atractivo de ocuparse de manera extraordinaria de un asunto que interesa a todos, la cuestión del amor y, sobre todo, del amor de la pareja.

Aun entre quienes lo celebran, el Día del Amor y la Amistad resulta en un problema para la mayoría de las parejas, ya se trate de jóvenes, adultos o viejos. Para quienes viven relaciones amorosas satisfactorias y emocionantes, el problema es, de hecho un feliz problema que consiste en encontrar la manera de manifestarle al ser amado que se le ama como nadie más puede, o podrá hacerlo. Generalmente, quienes celebran a su ser amado terminan descubriendo que lo que hace trascendente tal celebración es la convicción de que su relación es única, trascendente y plenamente satisfactoria. Así, lo que hayan podido hacer fue suficiente, para ellos y para los que aman. Pues, al fin y al cabo, sólo abundaron en la expresión de sus sentimientos y del disfrute de su relación.

Para quienes, por el contrario, participan de relaciones afectivas poco satisfactorias y desgastantes, el problema consiste en cómo hacer para sobrevivir el 14 de febrero sin comprometerse más en una relación que no les anima, pero sin provocar, al mismo tiempo, mayores daños a la misma. Porque, ¿cómo celebrar con gozo una fecha que tan poco gozo anima? Y, es que, resulta muy difícil celebrar en febrero el amor que no se ha celebrado en enero. O, más aun, prometer un día catorce aquello que difícilmente se está dispuesto a cumplir el día quince y los que le siguen.

En fin, el pomposamente llamado Día del Amor y la Amistad, viene a poner sobre la mesa lo complejo de las relaciones afectivas. Sus costos, sus logros, sus tragedias, sus expectativas. Pero, sobre todo, la profunda necesidad que los seres humanos tenemos de amar y de ser amados. No sólo de amar a aquellos a quienes nos unen lazos de sangre y de ser amados por nuestra familia. Hay una necesidad intrínseca a nuestra condición de seres humanos: la de ser amados por quienes no están obligados por razones de parentesco a hacerlo. Es esta una necesidad que trasciende los estadios de nuestra vida, la experimentamos muy pronto en la adolescencia, y seguimos viviéndola en nuestra edad adulta. Ciertamente, en la vejez seguimos disfrutando el amar y el ser amados, y, cuando la persona a quien hemos amado y nos ha amado nos ha dejado solos, seguimos suspirando y anhelando, a veces contra toda esperanza, que ella pudiera estar de nueva cuenta con nosotros.

A veces hay quienes se sienten mal consigo mismos cuando se reconocen necesitados de tener a quién amar y por quién ser amados. Desgraciadamente, en no pocos casos, se trata de personas que hay sido abusadas, engañadas o, de plano, ignoradas por otros. Aun cuando se les ha obligado a la soledad y han llegado a aceptarla como la porción que les corresponde en la vida, muy dentro suyo siguen anhelando que las cosas cambien y así puedan tener la oportunidad de cambiar la suerte que la vida –y otros- les ha deparado.

Lo cierto es que no hay nada de malo en sentir tal necesidad. Ni siquiera aquellos que se hacen a sí mismos eunucos por causa del reino, o por causa de aquellos de sus familiares a quienes dedican sus vidas renunciando al amor, dejan de experimentar tal necesidad. Simple y dolorosamente ofrecen su necesidad como una ofrenda grata a Dios y a quien sirven. Pero no lo hacen sin dolor, ni sin renunciar del todo a soñar, desear y esperar que de alguna manera se cubra tal necesidad.

Recuerdo haber preguntado a un grupo de hombres adultos, cincuentones casi todos, cuál era su más grande temor. Me sorprendió su respuesta: que mi mujer se muera. Algunos, me pareció, expresaron su temor con sus ojos rasados de lágrimas. Porque todavía no se moría la mujer a la que amaban y quien les amaba y ya les hacía falta tan especial amor. Cuando los escuché y fui testigo de sus emociones supe que no estaba yo solo, y que al extrañar a mi mujer aun cuando está conmigo, sólo estoy disfrutando del privilegio del amor y del costos que el mismo implica.

Estoy hablando de esto porque me duele, preocupa y aun aterra el menor aprecio que muchos que han sido bendecidos con el amor y con la oportunidad de amar a su cónyuge, muestran en su día a día. Parecen ignorar la importancia de la oportunidad recibida. El privilegio que Dios les ha dado. El valor del don por el que tienen que rendir cuentas. A veces, cuando veo a hombres que maltratan a las mujeres que los aman; o a mujeres que menosprecian al hombre que las ama, me pregunto qué será de ellos y ellas cuando enfrenten la soledad, la ausencia y aun el abandono de aquellos a quienes Dios escogió para que les acompañaran por la vida.

Porque, sí, hay algo místico, misterioso, en la formación de las parejas. Estoy firmemente convencido de que, en principio, el amor que las une está animado por mismo Espíritu de Dios. Los judíos creen que en cada nuevo matrimonio, Dios se da a sí mismo la oportunidad de cumplir el propósito de amor, unidad y éxito que fracasara por la desobediencia de Adán y Eva. Dios anima el amor en las parejas porque él ha descubierto que no es bueno que el hombre –ni la mujer- estén solos. Así que, quienes han, hemos, tenido el privilegio de contar con la compañía del ser amado, somos llamados a valorar, cultivar y cuidar el don recibido.

Todos necesitamos compañía, en especial de la compañía de aquellos a quienes hemos elegido amar y nos han elegido como sus amantes y compañeros de camino. En la juventud y en la edad adulta necesitamos de tales compañeros. Cuando la vida empieza, cuando empezamos a ser nosotros mismos y a caminar el camino de nuestra adultez, el amor del ser amado nos anima, empodera y da el valor para enfrentar los retos a los que la vida nos enfrenta. No sabemos a dónde vamos ni qué hemos de encontrar, pero en nuestra ignorancia el amor de la esposa, o del esposo, se convierte en suficiente razón para seguir adelante y para saber que, con la ayuda de Dios, podremos lograr lo que nos proponemos y llegar hasta donde nuestros ojos han visto. No sabemos qué, pero estamos seguros de y con quién está a nuestro lado.

En la vejez, la vida prácticamente ya no tiene secretos para nosotros. Llegamos hasta donde podíamos llegar, alcanzamos lo que estuvo dentro de nuestras posibilidades, perdidos mucho de lo que tuvimos y que nos hace falta. Pero, en el recuento de la vida, con sus logros y sus fracasos, con sus haberes y sus adeudos, la presencia del ser amado es suficiente razón para asumir que, después de todo, valió la pena vivir la vida. Que el amor, la fidelidad y la paciencia que nuestra esposa, esposo, nos han dispensado, es testimonio de que también nosotros supimos amar y reconocer en nuestra pareja la gracia divina que nos ha privilegiado.

Y es que de eso se trata. De reconocer en la persona a la que amamos y que nos ama, una gracia especial, excepcional, con la que Dios nos ha privilegiado. Nací, crecí y me he hecho viejo a la sombra del amor que mis padres se profesan. Con su cerebro preso de la enfermedad del Alzheimer, mi Padre ha podido mantener libre del poder de la demencia, su amor por Gloria su mujer y su gloria. Y es este apenas uno de los muchos testimonios que la vida nos ofrece respecto del poder del amor por sobre nuestras miserias y limitaciones. Así que termino esta rara reflexión, animando a quienes hemos sido bendecidos con el amor y la oportunidad de amar a alguien; a quien todavía tienen a su lado a la persona a quien prometieron amar y a quien le pidieron les amara, a que honremos nuestra promesa, y a que, apreciando el valor y la importancia que tienen en nuestra vida, nos propongamos honrarlos y amarlos hasta lo último. Así, si alguna vez hemos de quedarnos solos, su amor seguirá anidado en nuestros corazones y, junto con el amor de Dios, seguirá animando nuestras vidas.