Archive for the ‘Libertad’ category

Libres para elegir, decidir, hacer

13 agosto, 2017

Apocalipsis 3

Como sabemos, para Freud –y para muchos otros-, la religión no sólo resulta un peligro para la verdad sino también para la libertad del ser humano. Una de las principales razones que argumentan los milenaristas (jóvenes nacidos a partir de los 80), que rechazan a Dios es que asumen que la religión es represiva, que Dios mismo es represivo. Dios aparece como insensible e impositivo, controlador y revanchista contra los que no se someten incondicionalmente a sus ordenanzas. Antes de seguir, debemos asumir que a lo largo de la historia los creyentes hemos sido víctimas y culpables de la utilización y manipulación de la religión para controlar, someter y cooptar a muchos animados por prejuicios, intereses políticos-económicos, fama, etc. Philip Yancey y David Kinnaman, tienen mucho qué decir al respecto.

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Asegúrense de permanecer libres

5 junio, 2016

Gálatas 5.1,13-14

La declaración paulina contenida en nuestro pasaje establece dos presupuestos básicos:

Cristo nos ha hecho libres. El sacrificio de Cristo y nuestra identificación con él, por medio del bautismo, nos proveen libertad:

  • Del poder de Satanás sobre nuestros pensamientos, emociones y acciones.
  • Del poder de nuestras propias pasiones e inclinaciones.
  • Del poder que las personas y nuestros modelos de relación tienen sobre nosotros.

Podemos perder la libertad que Cristo nos ha traído: (más…)

Primero perdonen

14 diciembre, 2014

Marcos 11

Las dinámicas relacionales de hoy en día, desde las más íntimas hasta las macro sociales, hacen del tema del perdón una cuestión de actualidad y del acto de perdonar una necesidad cada vez más sentida. El no perdonar abre la puerta a espirales de incomprensión, intolerancia y violencia crecientes. En estas, tanto los que han sido lastimados como aquellos que les han ofendido se mantienen atrapados en una constante de rencor que termina por marcarlos y, no pocas veces, por destruirlos. Lo más difícil resulta del hecho de que a mayor cercanía, mayor la necesidad del perdón; pero, también la dificultad de hacerlo.

La aseveración que Jesús hace, que si creemos de verdad podremos decir a la montaña levántate y échate al mar, y sucederá, no deja de resultarme conflictiva. Me pregunto cómo es que algo en apariencia tan sencillo como creer y decir, puede resultar tan difícil de concretarse. También llama mi atención que sea en el contexto de tal aseveración que el Señor nos exhorte a que cuando estemos orando, primero perdonemos a todo aquel contra quien guardemos rencor. Y, añade, para que su Padre que está en el cielo también les perdone a ustedes sus pecados.

Propongo a ustedes que hay una vinculación poderosa entre la fe y la libertad que resulta de la obediencia. Es decir, que la fe crece y se fortaleza en la medida que somos libres en Cristo para creer y actuar imitándolo y que esta libertad resulta de la obediencia.

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Caminaré en libertad

14 septiembre, 2014

Salmos 119.44-48

No quiero que me mandes, le dijo un niño a su madre cuando esta le indicó que no podía estar de pie mientras el avión despegaba. Mandamientos, órdenes, ley, tales palabras y sus sinónimos son consideradas, generalmente, como malas palabras. La razón es sencilla, todas son asumidas como un atentado en contra de la libertad personal, son asumidas como limitantes del derecho a decidir y hacer lo que uno quiera. Así que pretender que la libertad y los mandamientos son mutuamente condicionantes, parecería, cuando menos, un absurdo. Mucho más, si la propuesta bíblica consiste en asegurar que quien obedece los mandamientos de Dios es quien vive plenamente en libertad.

El rechazo a los mandamientos y a las figuras de autoridad tiene muchas razones. Algunas de ellas tienen que ver con la formación del carácter del individuo y del cómo de su inteligencia emocional. Es decir, del cómo aprendió la persona a resolver sus conflictos emocionales, especialmente aquellos que resultaron del cómo de su relación con sus padres y otras figuras de autoridad. Mientras más lastimada la persona y menos capaz para negociar sus emociones ante los estímulos negativos (sean reales o supuestos), resultantes de su relación con figuras de autoridad, mayor será su rechazo a mantenerse dentro de un marco disciplinario y a respetar a las figuras de autoridad actuales, nos dicen los estudiosos de la conducta humana.

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Escojan la Vida

5 febrero, 2012

Deuteronomio 30.11-20; Jeremías 21.8,9

Víctor Frankl, destacado sicoterapeuta, sobreviviente a los campos de concentración nazis, asegura que la libertad de elegir es la última, la más perfecta, de las libertades humanas. Al hacer tal aseveración, Frankl sólo evidencia su profundo conocimiento de la Biblia pues esta da testimonio de que la libertad que Dios nos ha dado, desde el momento mismo de la Creación del hombre y de nuestro propio nacimiento se hace evidente, precisamente, en la capacidad que tenemos para elegir ya para bien, ya para mal.

La Biblia también nos enseña que a la libertad de elegir le sigue la responsabilidad personal respecto de las decisiones tomadas. Es decir, la capacidad para reconocer y aceptar las consecuencias de un hecho realizado libremente. Cuando el Deuteronomio nos anima a elegir el cumplir con los mandamientos del Señor nuestro Dios, anticipa que la consecuencia será una experiencia de vida plena, nuestro crecimiento integral en tanto personas y, asegura, la bendición de Dios durante nuestra estancia aquí en la tierra.

Pero, también nos advierte, que si nos rebelamos a lo establecido por Dios y desobedecemos lo que él ha determinado como lo bueno, como lo justo (adecuado) para nosotros, habremos de enfrentar otro tipo de consecuencias: enfrentaremos la destrucción, como la constante en nuestro quehacer vital y nuestra vida estará llena de insatisfacciones y quebrantos.

Fijémonos que en ambos casos, tanto al elegir la vida como al elegir la muerte, hemos realizado un ejercicio de libertad. Es decir, hemos asumido nuestro derecho y propiciado las consecuencias resultantes de nuestras decisiones. Entender esto resulta de vital importancia respecto de nuestra comprensión de Dios y de nuestra relación con él. Sobre todo, cuando se trata de enfrentar el sufrimiento en nuestra vida.

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Hablemos de la Doctrina de la Salvación

17 abril, 2011

La de la salvación, es una de las doctrinas fundamentales de la fe cristiana. Trata del rescate que Dios hace de nosotros respecto del poder del pecado, así como de la comunión y la salud resultantes del sacrificio, muerte y resurrección de nuestro Señor y Salvador, Jesucristo. La soteriología, o Doctrina de la Salvación, se ocupa también de la regeneración de quien, redimido por Jesucristo, está en condiciones de servir y practicar toda clase de bien.

El presupuesto que nos permite comprender la razón, el cómo y el propósito de la salvación es que Dios el Señor, al crear al hombre, estableció que este debía honrarlo, vivir en comunión perfecta con él y ser copartícipe en la administración y cuidado de todo lo creado. Isa 43.7; Gn 1.26-30 La gracia de la salvación tiene como propósito último la recuperación de tales condiciones y permite, por la obra de Jesucristo, que el ser humano honre a Dios, que viva en armonía perfecta con él y que cumpla con la tarea que el Señor encarga a cada uno en particular.

Dado que Dios ha creado a los seres humanos a su imagen y semejanza, estos son libres y aptos para ejercer su libertad. Sobre todo, la libertad de elección. Dt 11.26-28 Por la actividad satánica, los hombres son atraídos al pecado. Las concupiscencias (los deseos desordenados de cada quién), son el espacio donde se da la atracción al pecado.  Stg 1.13,14 En Adán encontramos la explicación de tal atracción, así como las consecuencias de elegir el desobedecer a Dios, antes que honrarlo. Quien practica el pecado, se vuelve esclavo del pecado. Ro 5.14; 1Co 15.22 Cada vez menos libre para elegir entre el bien y el mal, la persona sufre y participa de una degradación integral. Su entendimiento se oscurece, su corazón se endurece y en su práctica del mal, quien está bajo el poder del diablo, se lastima a sí mismo al mismo tiempo que daña a sus semejantes. Ro 1.18ss

Dios estableció que la paga, la consecuencia del pecado, es la muerte espiritual de la persona. Ro 6.23 Entendemos esta como el distanciamiento de Dios que es fruto y origen de la enemistad con el Señor. Ro 5.10 Quien decide desobedecer a Dios se vuelve un enemigo de él. Al fin esclavo, el pecador resulta incapaz de pagar el precio de su rescate y, por lo tanto, no puede hacer nada para recuperar su condición original y estar en comunión con el Señor. Gál 3.10 Pareciera estar condenado a la separación eterna, definitiva, de Dios y de hecho lo está. Si lo único que puede redimirlo es su propia muerte, luego, entonces, quien muere para pagar el precio de su pecado no obtiene beneficio alguno. Pues, habiendo muerto, ya no queda esperanza de vida para él.

La Biblia enseña que Dios es amor y que él nos ha amado aún en nuestra condición de pecadores y, por lo tanto, de muertos espiritualmente. Mt 26.28; Ro 3.25 Conviene destacar el hecho de que la Biblia enfatiza que el amor y la compasión divinos no implican la absolución del pecador. El que Dios nos ame no significa que él nos libere del tener que pagar el precio por nuestra redención. La salvación requiere del pago de sangre establecido por Dios. Heb 9.22 Lo que sí hace el amor divino es proveer un sustituto, uno que ocupa nuestro lugar y muere en sustitución nuestra. En efecto, Dios, según San Pablo, al que no cometió pecado alguno, por nosotros Dios lo trató como pecador, para que en él recibiéramos la justicia de Dios. 2Co 5.21 Y, todo esto, lo hizo por amor a nosotros, tal como lo establece el Evangelio de Juan (3.16): Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.

Por qué es que Dios actúa así, cómo es que él está dispuesto a ofrecer a su propio Hijo como el pago de nuestra redención, qué explica que quien ha sido rechazado por los hombres ame a estos hasta tal extremo. Estas y muchas otras consideraciones son asumidas en el texto bíblico como parte del misterio que nos es revelado en Jesucristo a quienes somos regenerados por él. La comprensión de tal misterio requiere de la fe y de la obediencia. Fe en Dios, en tanto confianza y entrega a él; y obediencia, en cuanto a la determinación de vivir una forma de vida que le honre y le sea útil en su propósito redentor.

La gracia de Dios, el trato que animado por su misericordia nos da el Señor, permite que aún estando muertos en nuestros delitos y pecados, podamos tener conciencia y elegir el responder positivamente al llamado de su amor en Cristo. Ef 2.1 Por ello es que la salvación es una obra de gracia, es un don gratuito que Dios hace el hombre. Ninguna obra buena, ningún mérito humano son suficientes para la salvación. La misericordia divina opera en aquellos que tiene fe. Por eso es que la Biblia asegura que el justo vivirá por fe. Ro 1.17

El amor de Dios manifestado en Cristo reclama una respuesta de nuestra parte, la de nuestra conversión, para que tal amor pueda cumplir su propósito. De acuerdo con la economía de la salvación (lo que Dios ha dispuesto como el qué y el cómo de la salvación), la conversión requiere del arrepentimiento, es decir, del repudiar el pecado para volverse a Dios. La conversión tiene una doble dinámica: el creyente se aparta del pecado y, el creyente se consagra a Dios. Es en tal sentido que, enseña Pablo, el cristiano muere para sí y vive para Cristo. Una vez salvo, el creyente es llamado a vivir para Dios. Esto no lo limita, por el contrario, lo empodera en el sentido de que vive, hace y se relaciona en conformidad con la voluntad de Dios, que es buena, agradable y perfecta. Efesios 2.10 La idea de Pablo es que el creyente que se ha reconciliado con Dios participa del quehacer divino de manera plena, propositiva y fructífera. La sintonía con Dios le ubica en una perspectiva y desata capacidades en él que son animadas por la sabiduría y el poder del Espíritu Santo.

Hablar del Reino de Dios es hablar del orden divino que se hace presente en la vida del creyente y, al través suyo, en la sociedad que le rodea. Quien es salvo tiene el Reino de Dios en sí mismo, vive a la luz de un orden diferente y fructífero, a diferencia del orden presente. Desde luego, el creyente vive una constante tensión pues quienes le rodean y están bajo el orden satánico procurarán atraerlo de nueva cuenta al mismo. Simultáneamente, el llamado viejo hombre, incita desde su interior al creyente para que nuevamente se aleje de Dios. De ahí que la vida cristiana se considere como un estado de guerra espiritual que el cristiano no puede, ni debe, enfrentar solo. Se requiere del apoyo, la intercesión y la dirección de otros creyentes, con los otros miembros del Cuerpo de Cristo, la Iglesia. Heb 10.24,25

La Iglesia es el espacio en el que las personas son llamadas a salvación y experimentan la experiencia salvífica en una dimensión comunitaria. En este sentido la Iglesia se convierte en un espacio de vida alternativo al de quienes van sin esperanza y sin Dios. La Iglesia da testimonio de la comunión existente entre Dios y los suyos, da testimonio fehaciente de la realidad del amor. Al ser una comunidad de amor, que vive y testimonia el significado pleno de la salvación, es que la Iglesia actúa efectivamente como sal y luz del mundo. 2Co 2.14 Con su testimonio previene el deterioro de la sociedad en la que se encuentra y a la que sirven, al mismo tiempo que la guía a Cristo.

Si bien la salvación tiene que ver con el aquí y el ahora, también contiene una dimensión escatológica. Es decir, la salvación también afecta lo que podemos llamar la eternidad venidera. Ap 2.10 En el cumplimiento de los tiempos, Cristo habrá de reunir todas las cosas bajo el gobierno eterno de Dios. Ef 1.10 Quienes hayan sido salvados por Jesucristo habrán de gozar de la comunión eterna del Señor en su presencia. Jn 10.28 Libres ya de todo dolor, todo pecado y todo riesgo pues, como verán a su Señor, serán como él es. 1Jn 3.2

Dios no quiere la muerte del pecador, sino que este se arrepienta. Ez 18.23 DHH Por ello, nuestro Señor Jesucristo vino al mundo a buscar y a salvar lo que se había perdido. Lc 19.10  El llamado a la salvación no se ha agotado, hoy podemos ir hasta la presencia del Señor, confesar nuestros pecados, convertirnos a él y gozar de una nueva vida, una vida abundante, en Cristo Jesús, Señor nuestro. Jn 10.10

El Que Golpea a Una…

11 octubre, 2010

El que Golpea a Una, nos Golpea a Todas, es la campaña que en el año 2007 promovió el Instituto Nacional de las Mujeres, en un intento de superar uno de los más grandes males de nuestros días, la violencia en contra de las mujeres. Las cifras que registran el abuso contra las mujeres son dramáticas y nos obligan a no desentendernos más del tema de la violencia intrafamiliar.

En distintos momentos he asegurado, con no poca ironía, que las familias que sufren violencia son familias solidarias. Somos familias que protegen a sus miembros abusadores guardando silencio respecto de sus excesos, justificándolos y, aún, protegiéndolos cuando la violencia es tal que ya no puede ser disimulada. No hace mucho tiempo, uno de los periódicos de mayor circulación nacional registraba las palabras de una mujer golpeada por su marido: “No le hagan nada, es mi esposo [decía], si él quiere matarme puede hacerlo, pues para eso soy su mujer”. En otros casos, las personas abusadas, particularmente las mujeres, explican los abusos de sus agresores buscando en sí mismas la razón y/o culpa de tales excesos. “No sé que habré hecho o dicho, pero seguramente lo molesté y tuvo que castigarme”. En tratándose de los abusos de los padres, que incluyen la violencia sexual, en no pocos casos se explica tal violencia bajo el pretexto del derecho paterno a hacer con sus hijos lo que se quiera, pues “nuestros padres lo son hasta la muerte”.

De cualquier forma, la violencia intrafamiliar daña, a veces irremediablemente, a las personas. Marca de por vida al abusado y al abusador, dando pie a cadenas de maldición que se transmiten por generaciones. Quienes han sido abusados se convierten, generalmente, en abusadores. Unos y otros procuran establecer relaciones con quienes, pueden estar seguros, les ayudarán a desempeñar el rol aprendido. El abusador buscará relacionarse con una persona sumisa, y esta clase de personas procurará relacionarse con abusadores.

La violencia intrafamiliar no reconoce límites sociales, académicos, raciales ni, aunque nos cueste aceptarlo, religiosos. Desafortunadamente, en no pocos casos la conversión a Cristo no parece incluir necesariamente, el término de las relaciones de abuso intrafamiliar previas a la regeneración de las personas. Más aún, en no pocos casos, la ideología religiosa sirve como un argumento definitivo que establece como lo propio de esa familia en particular, la existencia de abusadores y abusados. Los primeros, encuentran en su nueva fe una presunta justificación de sus actitudes y conductas y quienes padecen la violencia, sublimizan su sufrimiento y lo equiparan con el de Cristo. Siendo así las cosas, están, entonces, dispuestos “a llevar su cruz hasta que el Señor así lo quiera”.

Pero, debemos saber, la violencia intrafamiliar es un problema complejo que tiene sus raíces en el pecado. Por lo tanto, nadie que ejerce o sufre tal violencia en particular, puede presumir que la misma corresponde a la voluntad de Dios. Todo lo contrario, cualquier expresión de violencia, y de violencia intrafamiliar especialmente, atenta contra la dignidad del ser humano y, por lo tanto, contra la dignidad misma de Dios. Cualquier agresión en contra de nuestro prójimo resulta en una agresión en contra de nuestro Señor y Salvador.

Paradójicamente, como ya hemos dicho, muchos de los que ejercen la violencia intrafamiliar y de los que la sufren viven en un estado de ignorancia al respecto. No saben que viven una realidad de violencia. Asumen como natural el modelo de relación que les degrada. Aquí se cumple aquel lamento divino, cuando el Señor asegura: “mi pueblo perece por falta de conocimiento”. Y es que, además de que es mentira que alguien tiene el derecho de lastimar a su pareja, hijos, hermanos, padres, abuelos, etc., la violencia intrafamiliar es mucho más que la violencia física. En no pocos casos, esta, aunque más dramática y escandalosa, palidece ante la frecuencia, grado y trascendencia de otras expresiones de la violencia doméstica.

De acuerdo con los estudiosos del tema, son cinco los tipos de violencia doméstica: el abuso físico, el emocional, la negligencia o abuso por descuido, el abuso sexual y el abuso económico. Un acercamiento al tema nos dice, entre otras cosas: que las madres son las principales abusadoras físicas de los niños menores de diez años; que las mujeres recurren con mayor frecuencia al abuso emocional, que los agresores sexuales son, generalmente, familiares cercanos de las víctimas.

Quizá usted que me está escuchando, lo está haciendo “en tercera persona”. Es decir, está pensando más o menos así: “eso le pasa a fulanita”, “sí, a mi vecino le pegaba su mujer”, “pobre gente, ¿qué podrá hacer? Pero, déjeme preguntarle lo siguiente: “usted, ¿es un abusador, o abusadora?”, “¿sufre violencia de parte de su pareja?” Para ayudarle a una mejor reflexión permítame hacerle algunas preguntas más:

  • ¿Su pareja continuamente critica la ropa que usted usa, lo que usted dice, la forma en que usted actúa, y su apariencia?
  • ¿Su pareja a menudo le insulta o le habla en forma denigrante?
  • ¿Siente usted que necesita pedir permiso para salir a ver a sus amistades o familia?
  • ¿Siente usted que, haga lo que haga, todo siempre es culpa suya?
  • Cuando usted se retrasa en llegar a casa, ¿su pareja le interroga insistentemente acerca de dónde anduvo y con quién estuvo?
  • ¿Su pareja le ha amenazado con hacerle daño a usted o a sus hijos si usted la deja?
  • ¿Su pareja le obliga a tener relaciones sexuales aunque usted no quiere?
  • ¿Su pareja ha amenazado con pegarle?
  • ¿Su pareja alguna vez le ha empujado, abofeteado o golpeado?

Si usted ha respondido sí a alguna de estas preguntas. O si usted se descubre actuando de acuerdo con alguna de tales conductas, usted y los suyos están en violencia intrafamiliar.

Así como las causas que originan la violencia intrafamiliar son complejas, superar la misma es, también, una tarea compleja, lenta y difícil. Exige cambios, tanto en la persona misma, como en la dinámica de las relaciones familiares. Exige la toma de decisiones difíciles y costosas, así como el pago de precios altos y dolorosos. Pero, si hemos sido llamados a vivir la realidad de la nueva creación, somos llamados a dejar atrás cualquier expresión de violencia que nos haya sido propia antes de venir a la luz de Cristo.

Primero, tenemos que identificar y aceptar aquellas formas y dinámicas de violencia intrafamiliar en las que participamos o participan las personas a las que conocemos. Por más dolor y vergüenza que ello implique, debemos encarar nuestra realidad y confrontar aquello que nos lastima y degrada.

En segundo lugar, debemos arrepentirnos por lo que hacemos y/o permitirnos. Es decir, debemos cambiar nuestra manera de pensar al respecto. No hay justificación alguna para ningún tipo de violencia intrafamiliar. Esta es siempre, contraria al propósito divino al crear al ser humano a su imagen y semejanza.

En tercer lugar, debemos pedir ayuda. La violencia intrafamiliar genera cadenas tan fuertes que resulta casi imposible superarlas sin ayuda de otras personas. Desde luego, el primer tipo de ayuda es la ayuda espiritual. Hemos dicho que detrás de todo problema de relaciones familiares, hay un problema espiritual. Pero, también, necesitamos del apoyo profesional: de consejería pastoral, o sicológico, siquiátrico, legal, etc., que corresponda a nuestra problemática en particular. Pedir ayuda rompe la condición básica que alienta y alimenta la violencia intrafamiliar: el secreto, el silencio.

En cuarto lugar, debemos pagar el precio para conservarnos dignos. Todo cambio genera dolor; el dolor al cambio nos lleva a renunciar al mismo. Pero, renunciar al cambio siempre provoca más dolor. No puedes ser tratado, o tratada, con mayor dignidad con la que tú mismo te trates.

“El que golpea a una, nos golpea a todas”, dice el lema de la campaña antes referida. Yo cambiaría el género de la última palabra, porque los abusadores no solo golpean a todas las mujeres, nos golpean y agraden a todos. Por ello es que debemos hacer nuestra la lucha en contra de esta terrible expresión del pecado. Déjame decirte algo, si estás sufriendo cualquier forma de violencia doméstica, no te quedes en silencio. No le creas a quien te intimida diciéndote que estás solo o sola, que a nadie le importas. Dios está contigo y le importas a él., también nos importas a nosotros y estamos contigo, queremos y podemos ayudarte. Llámanos o escríbenos (5528-8650 y casadepan@yahoo.com), y ya no dejes que te golpeen.