Como Plumas de Ganso

Publicado 18 octubre, 2010 por Pastor Adoniram Gaxiola
Categorías: Agentes de Cambio

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Alguna vez, nuestro Señor Jesucristo hizo referencia al hecho de que nuestro adversario el diablo sólo ha venido para robar, matar y destruir. Creo que difícilmente podemos encontrar una mejor descripción de lo que el abuso resultante de la violencia intrafamiliar hace en las personas, especialmente en las mujeres. Los abusos son equivalentes al hecho de esparcir plumas de ganso al aire, se llega al momento en el que el abusador pierde el control sobre lo que ha hecho y el daño se hace cada vez más grande, más poderoso y alcanza a más y más personas. Sucede lo mismo que con quien avienta plumas al aire, no sabe hasta dónde llegarán y a cuántas personas afectarán una vez que han salido de sus manos.

El padre o la madre que abusan de sus hijos, lo mismo que los esposos que abusan de sus esposas o los hijos que abusan de sus padres y madres, no sólo causan dolor y daño en el aquí y ahora de los suyos. Desatan fuerzas que nunca más podrán controlar y que esparcirán el dolor y el daño a muchos otros, en muchos lugares y al través de mucho tiempo. Conozco mujeres que a sus más de setenta años, todavía lloran y se estremecen cuando recuerdan lo que sus padres, abuelos o hermanos, hicieron con ellas. Van por la vida, tristes y provocando la tristeza, y a veces el dolor, de aquellos con los que comparten su vida. Al igual que conozco padres ancianos, a los que el menosprecio y las ofensas de los hijos los han marcado y, con toda seguridad, seguirán causando dolor hasta que la muerte los libere del mismo.

Debemos entender que la violencia intrafamiliar provoca un deterioro integral de la persona. Es decir, no sólo la afecta físicamente, sino que también la daña en lo espiritual, lo intelectual, lo emocional, y, desde luego, en el terreno de lo relacional. Sí, quienes sufren cualquier tipo de violencia, en cualquier edad de sus vidas, son despojados de mucho de aquello que les hace seres humanos. Sucede con ellos lo que nuestro Señor Jesús describe como la primera obra del diablo: son robados.

Se les roba dignidad. Esta es la principal característica de los seres humanos, consiste en el hecho de que las personas son merecedoras de respeto, dado que son creadas a imagen y semejanza de Dios. La falta de respeto es causa y efecto del menosprecio. Se abusa de aquellos a quienes se desprecia, a quienes se tiene en poco. Es decir, a quienes no se tiene en estima. A fuerza de repetir y aumentar el grado de tales expresiones de menosprecio, la persona abusada aprende que no vale, que no importa, que no es merecedora de respeto por parte de sus abusadores… y de los demás. En consecuencia, el robo de su dignidad le lleva a que su estima propia muera poco a poco, y de manera irreversible.

Sí, los abusadores y los sistemas familiares que los permiten, matan la estima propia de aquellos de quienes abusan. Muchas veces la violencia intrafamiliar provoca la muerte física de los suyos. Según la Revista Nexos el 20% de los asesinatos en México son de mujeres, en el contexto de la violencia intrafamiliar. Pero, con todo el drama y el dolor de quienes son asesinados por sus propios familiares, es mucho más dramático el hecho y mucho mayor el número de aquellos que, estando vivos, llevan la muerte en el alma. Y esta es mucho más que una mera frase efectista, es literal. El alma es el asiento de los pensamientos y las emociones de las personas. Es decir, en el alma se desarrolla también la capacidad intelectual que permite a las personas pensar atinadamente, tomar las decisiones adecuadas y oportunas, analizar y discernir sobre las cuestiones importantes de la vida.

Los abusadores matan tales capacidades en los abusados. No pocas veces, lo primero que me dice quien ha sido, o está siendo víctima de abuso, es “no sé”. “No sé qué pensar”, “No sé si estoy bien o no”, No sé…” Ante la pérdida o la disminución de la capacidad para pensar, razonar y decidir por sí misma, la persona abusada queda más y más a expensas de quien las ofende y daña. Cada vez son menos ellas, para ser, también cada vez más, quienes sus abusadores quieren que sean.

En consecuencia, la libertad de la persona abusada va muriendo poco a poco. Como en el caso de las víctimas de abuso sexual, se trate de mujeres o de hombres, quienes terminan por no presentar resistencia ante la violación que sufren. Aprenden que no pueden hacer nada, que sólo les queda resignarse y así se muere en ellos su dignidad, su capacidad para pensar y sentir y, desde luego, su libertad. He perdido ya la cuenta del número de veces que personas que han pedido hablar conmigo en busca de consejería, llaman por teléfono para disculparse porque ya hablé con mi marido-mi padre-mi hijo-mi jefe y no quiso que yo hablara con usted”. Lo peor es que no sólo sufren la muerte de su libertad para buscar ayuda, también va muriendo en ellos la fe, la confianza en Dios, la capacidad para creer que Cristo es su liberador, así como es su Salvador. Sí, el la violencia intrafamiliar mata el alma de las personas.

Robo más muerte, es igual a destrucción total. Como pasa con el diablo, los abusadores no se contentan con robar y matar, no descansan sino hasta que destruyen a sus víctimas. Al robo y a la muerte agregan la burla, la ostentación de su poder y los efectos del dolor infligido. Amenazan, presumen, evidencian, tanto su conducta, como los daños causados. Por eso dejan a la vista las fotos de sus conquistas, por eso señalan las debilidades y limitaciones de aquellos a quienes dañan, por eso cada vez causan más daño y dañan a más personas. Porque no les es suficiente con robar y con matar, necesitan destruir como lo hace su padre el diablo.

La buena noticia es que nuestro Señor Jesús ha venido para destruir las obras del diablo. Ha venido para regenerarnos, es decir para hacer de nuevo lo que estaba en nosotros desde nuestro nacimiento. Él nos ha justificado, ha quitado lo que está de más y ha añadido lo que hacía falta. Así que quienes han sido redimidos por la sangre de nuestro Señor Jesucristo, son libres de dos cosas: del poder de sus abusadores, y, la segunda, del poder de las heridas recibidas. Pueden vivir en plenitud de vida. Pero, para ello, tienen que pagar el precio que representa el salir de su propio Egipto y caminar hasta la Tierra Prometida.

Es decir, tienen que asumir –hacer suya-, la convicción de que el sacrificio de Cristo en la cruz alcanza para que salgan de su condición de víctimas y vivan como mujeres y hombres libres. Deben creerlo y actuar en consecuencia. Denunciando, oponiéndose y haciendo público el hecho del abuso recibido. Pueden hacerlo a pesar de la vergüenza y el dolor que ello provoque, porque en Cristo son más que vencedores.

Pero, también, deben creerlo y actuar en consecuencia sobreponiéndose a los pensamientos, las emociones y los temores que los dañan y limitan. Por favor, no permitan que el diablo y quienes han abusado de ustedes se salgan con la suya. Al abuso, al menosprecio, al robo, la muerte y la destrucción que les han provocado, respondan con el poder liberador de la sangre de Cristo. Paguen el precio de salir al desierto y caminar hasta la Tierra Prometida, en su caminar no estarán solos: Dios será la nube que los proteja y la antorcha que los guíe. Será difícil y doloroso; habrá soledad y confusión, es cierto. Pero, quien pone sus pies en el agua de la vida no tiene otro destino sino la libertad gloriosa que Dios ha provisto para los suyos.

A ti te recuerdo el llamado a Josué: Esfuérzate y sé valiente, no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios, está contigo.

Los Ciclos de la Violencia Intrafamiliar

Publicado 11 octubre, 2010 por Pastor Adoniram Gaxiola
Categorías: Familia, Machismo, Maternidad, Parejas

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No poca sorpresa e incomodidad causa el que nos ocupemos del tema de la violencia intrafamiliar y que aseguremos que el mismo es asunto de las familias cristianas. De hecho, es este un tema que las iglesias se resisten a considerar con amplitud y objetividad. Apenas el viernes pasado, una mujer que ha sufrido el maltrato verbal y sexual de su esposo me contaba cómo su Pastora, le había recomendado paciencia y resignación ante el riesgo de que, si se revelaba o denunciaba a su marido, pudiera quedarse sola. La mujer me dijo, mejor sola que constantemente lastimada. Duele, el porcentaje tan alto de personas que animadas por las reflexiones aquí propuestas, identifican y reconocen el estar viviendo situaciones de violencia. Duele porque, como alguna persona me dijera entre semana, también se trata de cristianos que cumplen con tareas de liderazgo a interior de sus respectivas congregaciones. Hoy abundaremos un poco más en el tema en el ánimo de comprender mejor el asunto y estar en condiciones de, con la ayuda de Dios, superarlo.

Como ya hemos dicho, debemos entender es que cuando hablamos de violencia intrafamiliar o doméstica no nos referimos sólo a desafortunados hechos aislados en los que alguno de los miembros de la familia arremete o lastima contra otro u otros. La violencia intrafamiliar consiste en un patrón de abuso que se repite una y otra vez. Un patrón, una forma de ser familia, que tiene sus propias etapas y tiempos. Que, además, requiere como en un juego u obra de teatro, que los miembros de la familia jueguen o representen distintos papeles o roles. En efecto, la violencia intrafamiliar no es generada solo por el miembro violento de la familia, sino que requiere también de un ambiente particular, así como de la participación de los otros en complemento a las actitudes y conductas del o de los agresores.

Desafortunadamente, quienes sufren la violencia intrafamiliar desarrollan una gran capacidad de adaptación y aguante ante la misma, pues, conforme la violencia intrafamiliar aumenta, los ciclos o etapas de la misma se vuelven cada vez más cortos y dañinos. Por lo tanto, confunden lo frecuente con lo normal, asumiendo que lo que viven es lo que está bien, que así les tocó vivir. Por ello es necesario poder identificar las etapas y características del ciclo de la violencia:

La etapa de la acumulación de tensión. En esta todavía no hay agresión física, pero existe un clima de tensión en la que las víctimas perciben, saben, que en cualquier momento pueden ser agredidos. La violencia por llegar se anuncia con gritos, las amenazas abiertas o veladas, los insultos, menosprecio o insinuaciones sobre lo que le espera a la víctima.

La etapa o fase violenta. Es cuando la agresión estalla, ya sea físicamente: con golpes, apretones, pellizcos, empujones, etc.; o en su modalidad sexual, particular, aunque no exclusivamente de las relaciones de pareja. En estos casos se da el agravio, la violación, la imposición de prácticas sexuales ofensivas para el otro o hasta el negarse a sostener relaciones sexuales con la pareja.

Generalmente, después de la agresión la persona violenta experimenta sentimientos de culpa, lo cual no necesariamente significa que se arrepienta, en el sentido bíblico de la expresión. Más bien, se trata del temor a las consecuencias, a ser descubierto o a la posible reacción de la víctima, denunciando o respondiendo al maltrato recibido. Por lo tanto, para mantenerse seguros, los agresores acostumbran mantener bajo amenaza a sus víctimas: “si dices algo te mato, o te quito a tus hijos”, por ejemplo; también procuran convencerlas de su poca o nula credibilidad, al asegurarles: “nadie te va a creer”; o chantajean revirtiendo la culpa en contra de la víctima: “te lo ganaste”, “si fueras más responsable esto no sucedería”, etc.

Además, el agresor tratará de justificarse a sí mismo, y a su conducta, haciendo alarde de sus propias debilidades. Culpando a las circunstancias, a su pasado o al otro. Acto seguido, pedirá perdón y desarrollará toda una estrategia complaciente para ganarse el perdón, la comprensión y la confianza de su víctima. Esto nos lleva a la tercera etapa del ciclo de la violencia intrafamiliar.

La etapa de la luna de miel. A la pérdida, y el otorgamiento, del perdón sigue la etapa de la luna de miel. En esta, las relaciones se normalizan, la conducta del agresor se modera y hasta cambia diametralmente. La víctima asume su papel como tal y procura mostrarse conforme, sumisa y paciente para no acelerar el inminente nuevo estallido de violencia. Es decir, víctima y victimario juegan a que “ya todo está bien”, favoreciendo un estado de cosas que, simplemente generará más y más violencia.

Como podemos ver, se trata de un círculo viciado que incluye tanto el carácter de cada uno de los miembros de la familia, como diversos factores externos a la misma. En no pocos casos, las víctimas encuentran en aquellos en quienes buscan apoyo, orientación y ayuda, un rechazo a su deseo de cambiar las cosas. “Aguántate, quisiste casarte con él, ¿o no?”; “piensa en tus hijos, ¿quieres dejarlos sin su padre o sin madre?; “piensa en el testimonio, ¿qué va a decir la gente de ti, de nosotros, de la iglesia”? Muchas de ustedes han oído frases similares, y, entonces, se sienten más solas y menos capaces de superar la situación que les degrada y lastima.

Quienes padecen la violencia de personas amadas por ellos, deben asumir que la violencia intrafamiliar es una calle de doble sentido. Que si bien, la víctima no es culpable de la violencia que se ejerce en contra suyo, sí es responsable de permitir y permanecer en una situación que propicia la violencia. Quienes padecen violencia deben procurar no solo entender por qué su agresor actúa como lo hace; sino, entender también, cuales son aquellas características propias que les llevan, como víctimas, a permanecer en una forma de relación que favorece y propicia la manifestación del ciclo de la violencia intrafamiliar.

El ser humano ha sido creado con Valores Fundamentales. Dios nos ha creado dignos, íntegros y libres del poder de nuestras emociones. Sin embargo, por el pecado, la persona deja de actuar animada por sus Valores Fundamentales y lo hace empujada por sus miedos, sus temores. Estos temores son la razón de las relaciones de codependencia. El agresor necesita de víctimas para reafirmar su identidad. Necesita sentirse poderoso para saber que vale. Pero, desafortunadamente, la víctima también necesita sentirse indefensa o comprensiva con su agresor para creer que vale. No pocas víctimas asumen que su tarea en la vida es cambiar, rescatar, a su agresor y por ello es que soportan y perdonan infructuosamente la violencia que sufren.

Así, nos volvemos idólatras y hechiceros. Idólatras porque aprendemos a creer que los otros tienen el poder de decidir sobre nosotros. Cedemos el control de nuestra vida a los otros. “No puedo, él me buscaría si lo dejara”; “es que no podría vivir sin él/sin ella”; “si no le amara tanto, no lo necesitaría”, etc. Hechiceros, cuando pretendemos que lo que la otra persona haga será nuestra responsabilidad dado que nosotros, “le obligamos a que lo hiciera”. “Sí, yo sé que es malo, pero, si lo dejo ¿qué va a hacer con su vida?”; “si se mata o hace alguna locura, yo no podría vivir sabiendo que lo hizo por mi culpa”; “es que si me voy, se va a volver más malo y eso será mi culpa”, son algunos de los argumentos de los hechiceros.

Quienes sufren violencia, deben asumir su realidad. Deben dejar de disculpar al otro, deben correr el riesgo de asumirse pacificadores. Los pacificadores son los que hacen, los que construyen, la paz. La construcción de la paz a veces genera lo que podemos clasificar como la violencia justa. A veces tenemos que violentar situaciones: ya sea deteniendo la mano del agresor o denunciándolo públicamente; recurriendo a las instancias judiciales que sea necesario o exhibiéndolo ante la iglesia, etc. Rebelarse ante el agresor es el primer paso, el más importante, para que las víctimas dejen de serlo y contribuyan a una nueva dimensión de paz, de respeto y de dignidad familiar.

Las relaciones nunca se terminan, simplemente se modifican. Por ello, los tiempos de violencia son también tiempos de perdón. Pero, perdonar no es simplemente comprender al agresor y seguir permitiendo que lo sea. Perdonar es asumir que la conducta propia y la del otro no son dignas, y disponernos, por lo tanto, a vivir de tal manera que ya no permitamos que tal conducta siga siendo nuestra norma.

El perdón no exime del castigo al agresor. El perdón tampoco nos obliga a permanecer en una relación de violencia. El perdón es la recuperación de nuestra identidad y el vivir plenamente íntegros, es decir, viviendo y haciendo de acuerdo a lo que somos: seres humanos, creados a imagen y semejanza del Señor.

La Tarea del Espíritu Santo

Publicado 11 octubre, 2010 por Pastor Adoniram Gaxiola
Categorías: Agentes de Cambio, Biblia, Emociones, Espíritu Santo, Vida Cristiana

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Juan 15.26, 27

Pero cuando venga el Defensor que yo voy a enviar departe del Padre, el Espíritu de la verdad que procede del Padre, él será mi testigo. Y ustedes también serán mis testigos, porque han estado conmigodesdeelprincipio.

El ser humano es un ser trascendente. Dado que tiene la capacidad para recordar el pasado y proyectar el futuro, incluye entre el costo de su ser, el de la incertidumbre y la necesidad de elementos que sustenten sus convicciones, sus creencias. El conocimiento humano, sobre todo el que deriva del quehacer científico, sirve como sustento importante para dar respuesta muchas de las inquietudes de los hombres, sin embargo, no es suficiente para responder a las cuestiones más trascendentales: quién soy, de dónde vengo y a dónde voy, cuál es mi papel en este Mundo, etc.

Nuestro Señor Jesucristo estuvo al tanto de tales necesidades y limitaciones de los hombres. Como resulta natural en él, se ocupó de atenderlas de manera integral y estableciendo las prioridades del caso. Por ello es que, de manera reiterada, se refiere a la tarea del Espíritu Santo como una que trae convicción a la persona respecto de Dios; respecto de la presencia y la comunión de Dios en y con el hombre.

Los seres humanos necesitamos de la comunión con Dios. Mucho más de la que necesitamos respecto de nuestros padres, pero esta nos ayuda a entender mejor la importancia de la primera. Así como una relación inadecuada, deficiente, conflictiva con nuestros padres nos condena a una vida inestable, dolorosa; mucho más de lo mismo resulta en nosotros cuando no estamos en comunión con el Señor. No sólo no estamos completos, sino que enfrentamos un desequilibrio vital que afecta nuestra propia estabilidad y el cómo de nuestras relaciones con los demás.

Por ello, en Juan 14.26; 15.26; 16.7-15, nuestro Señor se refiere a la tarea del Espíritu Santo como una de reafirmación del vínculo entre Dios y los discípulos de Cristo. Dice que el Espíritu Santo nos enseñará todas las cosas y nos recordará todo lo que Jesús ha dicho; asegura que el Consolador será su testigo; además de que el Espíritu mostrará claramente a la gente del mundo quién es pecador, quién es inocente, y quién recibe el juicio de Dios, además de que nos guiará a toda la verdad.

Ante las inquietudes que resultan del significado de ser humano y ante los retos que representan la conducta propia y la de los demás, sólo quedan dos alternativas. Podemos animalizarnos y acallar tales inquietudes e ignorar los retos. Así, podemos relacionarnos instintivamente. En la relación matrimonial, por ejemplo, lejos de tratar de entender quiénes somos y cuál es el propósito de nuestro matrimonio, terminamos por vivir a la defensiva. Atacando para no ser atacados, utilizando al otro para satisfacer nuestras necesidades más básicas y cerrando ojos y oídos ante aquello que no podemos manejar.

El Espíritu Santo en nosotros, sin embargo, nos provee una forma alternativa de vida. Su presencia en nosotros nos da una perspectiva diferente. Nos ayuda a ver la vida, a las personas, ¡a nosotros mismos!, desde la perspectiva divina. Primero, porque da testimonio permanente a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Romanos 8.15Este testimonio asienta nuestra identidad, nos permite saber quiénes somos y, por lo tanto, tomar conciencia de nuestro valor y de nuestra misión en la vida. El cómo de nuestra relación con nuestros padres determina sensiblemente la percepción que tenemos de nosotros mismos, la conciencia de nuestro valor como personas y el para qué de nuestra vida. El Espíritu Santo nos ubica más allá de nuestros padres, los trasciende. Así podemos ahondar en nuestro origen y tomar conciencia de que nuestra raíz es Dios y que nuestro valor como personas es resultado de lo que él es en nosotros. Sobre todo, el testimonio del Espíritu Santo nos hace saber y experimentar el hecho de que somos amados por el Padre, por nuestro Padre.

Quien se sabe amado por el Padre vive la vida de manera diferente a quien carece del amor paterno. Quien ha sido abandonado por su padre natural generalmente va por la vida al garete, sin origen y sin rumbo. Pero quien, a pesar de la ausencia o deficiencia del amor filial, se sabe amado por Dios encuentra en tal amor la razón, el propósito y el valor de su vida.

Quien se sabe amado por Dios, está seguro. Por lo tanto puede enfrentar seguramente los retos, las interrogantes y las dificultades de la vida. El saber de Dios que está en él, ayuda al creyente a saber lo que es necesario que sepa. Conforme pasa la vida, más evidente se hace la necesidad de la sabiduría. Por ello el proverbista nos exhorta: sabiduría ante todo;  adquiere sabiduría; y sobre todas tus posesiones adquiere inteligencia. Proverbios 4.7La sabiduría no es otra cosa sino el conocimiento de Dios, de quién es él, de cuáles son sus propósitos para nosotros y, por lo tanto, la razón de ser de sus mandamientos. El Espíritu Santo que es Dios mismo en nosotros, trae a nuestra mente la revelación divina y nos capacita así para conocer y entender lo que necesitamos saber en cada circunstancia de la vida. En lo que se refiere a nosotros mismos, a nuestra familia, a nuestros estudios y trabajo, etc. La luz de Dios ilumina todos y cada aspecto en particular del todo de nuestra vida.

Nuestro Señor Jesús también se refiere a un tercer elemento de la tarea del Espíritu Santo en y al través de los creyentes. En Hechos 1.8, nuestro Señor asegura que el creyente recibe poder cuando viene sobre él el Espíritu Santo. Dunamis, es la capacidad inherente de llevar cualquier cosa a cabo. No basta con saber quiénes somos, ni saber lo que tenemos que hacer en la vida. En la vida necesitamos poder, es decir, la capacidad para realizar todo lo que es propio de nosotros. La tragedia nuestra, en la mayoría de las situaciones difíciles de nuestra vida, no es que no sepamos o que no queramos. Es que no podemos.

La capacidad humana, al igual que la sabiduría humana, es real y valiosa. Pero, siempre es limitada. Siempre llegamos a un extremo en el que ya no podemos hacer en nuestras fuerzas. Es cuando nos acercamos al territorio del Espíritu Santo. Se trata del espacio donde el Espíritu Santo nos da testimonio de su presencia en nosotros y nos capacita para que también nosotros demos testimonio de su presencia entre los hombres. Es decir, que podamos ser quienes hagamos evidente que él está en nosotros y que él está haciendo en y la través de nosotros.

Como podemos ver, la tarea del Espíritu Santo resulta indispensable en nuestra vida. Sin ella, ni tenemos conciencia de quiénes somos, ni podemos estar convencidos de que somos amados y que nuestra vida tiene razón y sentido, como tampoco podemos hacer aquello que queremos y necesitamos lograr. La buena noticia es que Dios da su Espíritu Santo a quienes se lo piden. Así que conviene que empecemos a pedir el ser llenos del Espíritu Santo, que busquemos la llenura del Espíritu Santo. Él en nosotros hace la diferencia. Y, nosotros llenos de él, podemos ser diferentes.