Hablemos de la Violencia Intrafamiliar Pasiva

Hemos considerado algunas de las causas y de las consecuencias de la Violencia Intrafamiliar. Ahora empezaremos a considerar las diferentes expresiones de la misma. Como hemos dicho, la Violencia Intrafamiliar es mucho más que los golpes, los gritos, las violaciones a la integridad física de las personas. De hecho, los estudiosos del tema nos aseguran que la Violencia Intrafamiliar es, prioritariamente, violencia física, violencia sicoemocional, violencia sexual y violencia económica. O sea, que son violencia los empujones, las bofetadas, el arrojar objetos, la intimidación, las amenazas, las prohibiciones para estar en contacto con algunos miembros de la familia, etc.; como también lo son las relaciones sexuales forzadas, o el rechazo de las relaciones sexuales como una forma de castigo a la pareja; y es violencia también el control excesivo de los recursos económicos y materiales, el despojo de los mismos a sus legítimos propietarios o generadores (el caso de los hombres que quitan el dinero que sus mujeres ganan en el trabajo, o los hijos que despojan a sus padres ancianos de sus pensiones), así como la privación de los recursos indispensables para la alimentación, el vestido, el transporte o el estudio.

Es importante, antes de abundar en el análisis de las expresiones y los ciclos de la Violencia Intrafamiliar, hacer hincapié que esta se da de forma tanto activa como pasivamente. En el primer caso la violencia se da de forma abierta, evidente, en la que el abuso es manifiesto. Mientras que en la forma pasiva, la Violencia Intrafamiliar se disfraza, se disimula, se encubre de maneras tales que difícilmente se puede reconocer como violencia a ciertas conductas, actitudes y formas de relación familiares. Recuerdo el caso de una persona que se decía profundamente confundida por los sentimientos de amargura y rencor en contra de su padre. Este, aseguraba, nunca la había golpeado o gritado. Aunque, lo cierto es que tampoco se había ocupado de ella; es más, cuando se divorció de su madre, nunca más volvió a estar al pendiente de la familia, no se interesó por lo que pasaba con sus hijos, nunca asistió a los eventos más significativos para ellos: graduaciones, quince años, bodas, etc. Esta persona no sabía que su padre había ejercido en contra de ella y de sus hermanos una severa violencia, aun cuando no los hubiera golpeado o maltratado física o verbalmente. La forma pasiva de la Violencia Intrafamiliar consiste, fundamentalmente, en el abandono físico y/o emocional de los familiares.

Abandonar no es otra cosa que dejar y/o desamparar a alguien. Así, tenemos situaciones de abandono, de violencia pasiva, en el caso de los niños que son dejados y/o desamparados por sus padres. Amparar es favorecer, proteger a quien lo pide y/o lo necesita. Los hijos necesitan de sus padres, de su presencia, de su cuidado y de su atención. De que se les mire y se les cuide. Ni la niñez, ni mucho menos la adolescencia, son etapas propicias para la soledad de los hijos, ni para la desatención de los padres. Los niños, y de manera destacada los adolescentes, necesitan del cuidado y la atención de sus padres. Estos enraízan y hacen crecer en ellos el llamado sentido de pertenencia, del cual resulta el fortalecimiento de su identidad y sentido de la vida.

Cuando los padres se distancian de los hijos, ya física o emocionalmente, les privan de recursos invaluables en la construcción de su propia identidad como personas. Pero, más aún, al privarlos del cuidado y la relación con quienes son su carne y su sangre, los arriesgan a que busquen satisfacer su necesidad de pertenencia en otros quienes, generalmente, están igual o peor de abandonados y confundidos que ellos.

Los esposos y las esposas también necesitan de sus cónyuges. Cada día crece el número de mujeres que hacen la vida en el abandono, en la soledad conyugal. Pero, tanto o más serio es el problema de los hombres que viven en soledad creciente. Unas y otros viven juntos, pero no unidos. Hablan todo el tiempo, pero no se comunican. Tienen relaciones sexuales, pero no son una misma carne. Y, el hecho es que también las esposas y los esposos necesitan la atención y el cuidado de sus respectivos cónyuges, de sus consortes. Es decir, de la persona que es partícipe y compañera con ellos en la misma suerte.

Y hay un tercer sector al interior de nuestras familias que sufre cotidianamente de la violencia pasiva que se expresa en el abandono físico y emocional: los ancianos. Una mujer, que hace pocos días estuvo seriamente enferma me decía: lo que más me duele es que mis hijos no se dieron cuenta de lo grave que estaba. Y, vaya si no tiene razón para sentirse dolida, fue su nieto de apenas once años quien al verla dormir por dos días consecutivos, le preguntó si estaba enferma. Ello, dentro de un pequeño departamento en el que conviven varios miembros de la familia, incluyendo a hijos adultos. El abandono, el desinterés, la insensibilidad son, me parece, algunas de las expresiones más terribles de la violencia ejercida en contra de los padres ancianos.

A reserva de que en nuestra siguiente entrega abundemos en la consideración de la ignorancia, la ausencia y el desapego, como causas y efectos de la violencia pasiva, aquí sólo quiero llamar la atención a la importancia que debemos dar a esta expresión de la Violencia Intrafamiliar. Me temo que sus consecuencias son mucho más dañinas y trascendentes, paradójicamente, que las expresiones abiertas de tal violencia. Permanecen en el silencio y a veces en aparente olvido, pero sus secuelas terminan por dañar invariablemente a quienes han sufrido tal abuso y a aquellos con los que se relacionan.

La violencia pasiva que se traduce en abandono físico y emocional produce, invariablemente, desesperanza. Esta es mucho más que solo la pérdida de la esperanza. Se traduce en una alteración del ánimo tal, que la persona abandonada queda a expensas de fuerzas poderosas y nocivas que atentan contra ella. De dentro suyo, la depresión y la pérdida de su estima propia. De fuera, la incapacidad para relacionarse sanamente con los demás y, por lo tanto, su predisposición a establecer relaciones de codependencia. Mismas que lejos de satisfacer sus necesidades espirituales, emocionales y físicas, habrán de destruirla sistemáticamente. Cabe aquí la declaración paulina, cuando el Apóstol desanimado exclama: en todo fuimos atribulados: de fuera,  conflictos,  y de dentro,  temores. O, como lo traduce Dios Habla Hoy: en todas partes hemos encontrado dificultades: luchas a nuestro alrededor y temores en nuestro interior.

Quienes han enfrentado o enfrentan violencia pasiva a manos de los suyos, de aquellos a los que aman. A quienes se descubren solos y desamparados, quiero dejarles en esta oportunidad la convicción de la actualidad presente y personal de la declaración del salmista: Aunque mi padre y mi madre me abandonen, tú, Señor, te harás cargo de mí. Tal convicción es mucho más que un mero deseo, que un consuelo barato. Quienes creen a la palabra de Jesucristo y le llevan sus trabajos y sus cargas, confirman en su propia vida que, en efecto, el Señor se hace cargo de ellos. No sólo los consuela, sino que también les da la sabiduría, la fortaleza y la fuerza necesarias para enfrentar y aun contrarrestar la violencia que sufren de parte de los suyos. Comprueban que esta no es suficiente para invalidar la realidad presente del amor de Dios, mismo que les ayuda para que, también en esto, sean más que vencedores en Cristo Jesús, Señor nuestro.

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