Archive for the ‘Viejos’ category

Vejez, ese valle de sombra

12 agosto, 2018

Salmo 23

Hablemos de las cosas de la vidaQuienes sufren de algún deterioro en sus facultades mentales y físicas enfrentan junto con los suyos el reto de aprender a vivir de una manera diferente. Es obvio que cada familia y aún que cada miembro de las familias afectadas, enfrenten los retos de manera diferente. Las enfermedades, el deterioro físico y mental de aquellos a los que amamos nos afectan de manera diferente. Los estudiosos de la conducta humana nos dicen que ante la aparición de las crisis que conllevan pérdidas, es necesario que aprendamos a resolver adecuadamente el duelo resultante. También proponen que el grado de dolor y sufrimiento estará determinado más por la cercanía afectiva, el complejo de culpa o las expectativas incumplidas, que por las formas o tiempos de la pérdida misma.

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Mientras más él, más nosotros

3 enero, 2011

Hace algunas semanas conversaba con una mujer a la que no había visto en los dos últimos años. Mientras la escuchaba observé su rostro: triste, un tanto deformado por la edad y la enfermedad, su mirada apagada; también presté atención al tono de su voz: apenas audible, apesadumbrado. Le pregunté sobre su salud y su respuesta me sorprendió. Todo estaba bien, cada día con más fuerzas, los medicamentos estaban dando resultados extraordinarios. Sin embargo, la expresión de su rostro y el tono de su voz desmentían la convicción de sus palabras.

Por varias semanas el recuerdo de este encuentro me ha ocupado y preocupado. Desde luego, oro por esta persona. Además, pienso en tantas otras que enfrentan la vejez no solo con los problemas y limitaciones propias de la misma, sino con el dolor de la nostalgia y la pena de todo lo que se ha perdido. Desafortunadamente, en no pocos casos, se recurre al principio de la negación respecto de la realidad que se enfrenta y se obliga a pensar que las cosas siguen igual, que las fuerzas siguen siendo las mismas, que la debilidad desaparece si aparentamos fortaleza y desarrollamos una mayor presencia de ánimo.

La vejez no es una etapa fácil ni sencilla. Después de todo fue un viejo, Moisés, quien dijo aquello de que los muchos años resultan “molestia y trabajo”. No hace mucho tiempo un buen amigo me decía: “Los viejos nos volvemos invisibles y estorbosos, no nos ven, no se dan cuenta que estamos ahí; y, cuando lo hacen, les incomodamos al grado de estorbarles”. Desde luego, no todos los ancianos pueden decir esto, pero, cada vez son los menos los que pueden no hacerlo. Un número creciente enfrenta la soledad, el aislamiento, la incomprensión y hasta el abandono de los suyos. Al mismo tiempo, crecen en su mente preguntas, dudas, miedos y complejos. Ello me recuerda una expresión del Apóstol Pablo: “de fuera, conflictos; de dentro, temores”. 2 Co 7.5

Alguien ha dicho que la soledad no consiste en estar a solas, sino en sentirse incomprendido. Creo que es, precisamente, la incomprensión una de las principales causas de los conflictos inherentes a la vejez. ¿Cómo comprender que no podamos seguir siendo los mismos? ¿Cómo entender que el cuerpo no nos responda? ¿Cómo concebir que “ya no podemos”? Además, ¿cómo comprender que dejemos de ser para los demás lo que antes fuimos?

El salmista David, en un momento de confusión y lucha en su vida, se asume incapaz de comprender el porqué de la actitud de “los malvados”. De manera significativa exclama: “En mi meditación se encendió fuego, y así proferí con mi lengua: hazme saber, Jehová, mi fin, y cuánta sea la medida de mis días; sepa yo cuán frágil soy”. Salmos 39 Curioso, para traer entendimiento a su vida y poder para comprender lo que le pasa, el salmista no pide ni fuerzas ni fortaleza, pide tener conciencia de su propia fragilidad.

Fragilidad, ¿a quién le gusta esta palabra y lo que representa? Más aún, ¿a quién le gusta reconocerse frágil? Nuestra cultura rinde culto a la fortaleza, al éxito, a la abundancia. Aún en los terrenos de la fe, se nos anima, una y otra vez, a sabernos fuertes, a asumirnos poderosos, a quitar de nuestros labios cualquier referencia a nuestra propia fragilidad y pérdida. Por eso pocos quieren y pueden asumir que vejez y fragilidad van de la mano. En consecuencia, recurren a todos los medios posibles para lograr una apariencia de fortaleza, de juventud y de capacidad. Exactamente como la mujer de la que les hablé al inicio de esta reflexión.

Siempre resulta interesante entender que la Biblia nos anima a asumir nuestra fragilidad y nuestras debilidades no como una cuestión fatalista, sino como el principio, la razón fundamental, de nuestra fortaleza y la clave de nuestra victoria sobre la adversidad. En la Biblia, reconocernos débiles y frágiles no es una cuestión ni pesimista, ni claudicante. Es, por el contrario, la oportunidad para reconocer y descubrir la dimensión del poder que actúa en nosotros, el poder de Dios que es animado por el amor y la compasión divinos. Estar dispuestos a asumir nuestra fragilidad y nuestras limitaciones nos permite poner nuestra confianza en el lugar debido, en Dios mismo. El mismo David declara convencido: “mi esperanza está en ti”. Salmos 39.7

Tal convicción no resulta solo de la fe, de las meras ganas de creer. Es animada por el quehacer de Dios en lo cotidiano de nuestra vida. A los corintios, el Apóstol Pablo, les comparte que en la experiencia de su comunión con Dios ha aprendido a “gozarse en su debilidad”. Es esta una expresión interesante; desde luego, no se trata de Pablo sea un masoquista que encuentra placer en su debilidad. Tampoco se trata de una invitación a creer irracionalmente en Dios. No, Pablo ha descubierto que sus debilidades abren la puerta para que el amor de Dios se manifieste de maneras nuevas, adecuadas y oportunas para el creyente. Las debilidades facilitan que el amor de Dios se manifieste “a la medida” de nuestra realidad. En nuestras debilidades, el amor de Dios se ajusta a nuestra condición. Añade lo que hace falta y elimina lo que está de más.

Somos lo que somos gracias a lo que Dios es en nosotros. Mientras más él, más nosotros. Pero, mientras más nosotros, menos él en nosotros. De ahí que, especialmente quienes enfrentamos el reto de la vejez, debamos abundar en el cultivo de nuestra comunión diaria con Cristo, en la búsqueda de la plenitud de su Espíritu Santo en nuestra vida. La solución a nuestra fragilidad no es el desarrollo de una apariencia de fortaleza. Más bien, lo es el ser llenos del Espíritu de Dios.

Nuestro Señor Jesucristo dijo que su Espíritu nos guiará a la verdad y a lo justo, además nos consolará y nos llenará del poder de Dios para enfrentar la vida siendo testigos de la realidad de Cristo en nosotros, y en el mundo. Por eso, quiero animar a quienes me escuchan a que pongan su confianza en el Señor. A que traigan a él sus trabajos y sus cargas. Al hacerlo así, podrán encontrar el descanso que solo Cristo puede otorgar. Obtendrán la paz que necesitan y que permanece para siempre. Y, como nos asegurara el Apóstol Pablo: … Dios les dará su paz, que es más grande de lo que el hombre puede entender; y esta paz cuidará sus corazones y sus pensamientos por medio de Cristo Jesús. Filipenses 4.7

Hablemos de la Violencia Intrafamiliar Pasiva

27 septiembre, 2010

Hemos considerado algunas de las causas y de las consecuencias de la Violencia Intrafamiliar. Ahora empezaremos a considerar las diferentes expresiones de la misma. Como hemos dicho, la Violencia Intrafamiliar es mucho más que los golpes, los gritos, las violaciones a la integridad física de las personas. De hecho, los estudiosos del tema nos aseguran que la Violencia Intrafamiliar es, prioritariamente, violencia física, violencia sicoemocional, violencia sexual y violencia económica. O sea, que son violencia los empujones, las bofetadas, el arrojar objetos, la intimidación, las amenazas, las prohibiciones para estar en contacto con algunos miembros de la familia, etc.; como también lo son las relaciones sexuales forzadas, o el rechazo de las relaciones sexuales como una forma de castigo a la pareja; y es violencia también el control excesivo de los recursos económicos y materiales, el despojo de los mismos a sus legítimos propietarios o generadores (el caso de los hombres que quitan el dinero que sus mujeres ganan en el trabajo, o los hijos que despojan a sus padres ancianos de sus pensiones), así como la privación de los recursos indispensables para la alimentación, el vestido, el transporte o el estudio.

Es importante, antes de abundar en el análisis de las expresiones y los ciclos de la Violencia Intrafamiliar, hacer hincapié que esta se da de forma tanto activa como pasivamente. En el primer caso la violencia se da de forma abierta, evidente, en la que el abuso es manifiesto. Mientras que en la forma pasiva, la Violencia Intrafamiliar se disfraza, se disimula, se encubre de maneras tales que difícilmente se puede reconocer como violencia a ciertas conductas, actitudes y formas de relación familiares. Recuerdo el caso de una persona que se decía profundamente confundida por los sentimientos de amargura y rencor en contra de su padre. Este, aseguraba, nunca la había golpeado o gritado. Aunque, lo cierto es que tampoco se había ocupado de ella; es más, cuando se divorció de su madre, nunca más volvió a estar al pendiente de la familia, no se interesó por lo que pasaba con sus hijos, nunca asistió a los eventos más significativos para ellos: graduaciones, quince años, bodas, etc. Esta persona no sabía que su padre había ejercido en contra de ella y de sus hermanos una severa violencia, aun cuando no los hubiera golpeado o maltratado física o verbalmente. La forma pasiva de la Violencia Intrafamiliar consiste, fundamentalmente, en el abandono físico y/o emocional de los familiares.

Abandonar no es otra cosa que dejar y/o desamparar a alguien. Así, tenemos situaciones de abandono, de violencia pasiva, en el caso de los niños que son dejados y/o desamparados por sus padres. Amparar es favorecer, proteger a quien lo pide y/o lo necesita. Los hijos necesitan de sus padres, de su presencia, de su cuidado y de su atención. De que se les mire y se les cuide. Ni la niñez, ni mucho menos la adolescencia, son etapas propicias para la soledad de los hijos, ni para la desatención de los padres. Los niños, y de manera destacada los adolescentes, necesitan del cuidado y la atención de sus padres. Estos enraízan y hacen crecer en ellos el llamado sentido de pertenencia, del cual resulta el fortalecimiento de su identidad y sentido de la vida.

Cuando los padres se distancian de los hijos, ya física o emocionalmente, les privan de recursos invaluables en la construcción de su propia identidad como personas. Pero, más aún, al privarlos del cuidado y la relación con quienes son su carne y su sangre, los arriesgan a que busquen satisfacer su necesidad de pertenencia en otros quienes, generalmente, están igual o peor de abandonados y confundidos que ellos.

Los esposos y las esposas también necesitan de sus cónyuges. Cada día crece el número de mujeres que hacen la vida en el abandono, en la soledad conyugal. Pero, tanto o más serio es el problema de los hombres que viven en soledad creciente. Unas y otros viven juntos, pero no unidos. Hablan todo el tiempo, pero no se comunican. Tienen relaciones sexuales, pero no son una misma carne. Y, el hecho es que también las esposas y los esposos necesitan la atención y el cuidado de sus respectivos cónyuges, de sus consortes. Es decir, de la persona que es partícipe y compañera con ellos en la misma suerte.

Y hay un tercer sector al interior de nuestras familias que sufre cotidianamente de la violencia pasiva que se expresa en el abandono físico y emocional: los ancianos. Una mujer, que hace pocos días estuvo seriamente enferma me decía: lo que más me duele es que mis hijos no se dieron cuenta de lo grave que estaba. Y, vaya si no tiene razón para sentirse dolida, fue su nieto de apenas once años quien al verla dormir por dos días consecutivos, le preguntó si estaba enferma. Ello, dentro de un pequeño departamento en el que conviven varios miembros de la familia, incluyendo a hijos adultos. El abandono, el desinterés, la insensibilidad son, me parece, algunas de las expresiones más terribles de la violencia ejercida en contra de los padres ancianos.

A reserva de que en nuestra siguiente entrega abundemos en la consideración de la ignorancia, la ausencia y el desapego, como causas y efectos de la violencia pasiva, aquí sólo quiero llamar la atención a la importancia que debemos dar a esta expresión de la Violencia Intrafamiliar. Me temo que sus consecuencias son mucho más dañinas y trascendentes, paradójicamente, que las expresiones abiertas de tal violencia. Permanecen en el silencio y a veces en aparente olvido, pero sus secuelas terminan por dañar invariablemente a quienes han sufrido tal abuso y a aquellos con los que se relacionan.

La violencia pasiva que se traduce en abandono físico y emocional produce, invariablemente, desesperanza. Esta es mucho más que solo la pérdida de la esperanza. Se traduce en una alteración del ánimo tal, que la persona abandonada queda a expensas de fuerzas poderosas y nocivas que atentan contra ella. De dentro suyo, la depresión y la pérdida de su estima propia. De fuera, la incapacidad para relacionarse sanamente con los demás y, por lo tanto, su predisposición a establecer relaciones de codependencia. Mismas que lejos de satisfacer sus necesidades espirituales, emocionales y físicas, habrán de destruirla sistemáticamente. Cabe aquí la declaración paulina, cuando el Apóstol desanimado exclama: en todo fuimos atribulados: de fuera,  conflictos,  y de dentro,  temores. O, como lo traduce Dios Habla Hoy: en todas partes hemos encontrado dificultades: luchas a nuestro alrededor y temores en nuestro interior.

Quienes han enfrentado o enfrentan violencia pasiva a manos de los suyos, de aquellos a los que aman. A quienes se descubren solos y desamparados, quiero dejarles en esta oportunidad la convicción de la actualidad presente y personal de la declaración del salmista: Aunque mi padre y mi madre me abandonen, tú, Señor, te harás cargo de mí. Tal convicción es mucho más que un mero deseo, que un consuelo barato. Quienes creen a la palabra de Jesucristo y le llevan sus trabajos y sus cargas, confirman en su propia vida que, en efecto, el Señor se hace cargo de ellos. No sólo los consuela, sino que también les da la sabiduría, la fortaleza y la fuerza necesarias para enfrentar y aun contrarrestar la violencia que sufren de parte de los suyos. Comprueban que esta no es suficiente para invalidar la realidad presente del amor de Dios, mismo que les ayuda para que, también en esto, sean más que vencedores en Cristo Jesús, Señor nuestro.