Archive for the ‘Parejas’ category

Ser pareja a la luz de la fe

27 abril, 2019

IMG-20190412-WA0008Estudiosos de la conducta humana proponen que es la mente el principal campo de batalla de las personas. Joyce Meyer, conocida escritora, asegura: Nuestros pensamientos nos meten en problemas más que ninguna otra cosa. Esto es porque nuestros pensamientos son las raíces de cada palabra y hecho. A Mahatma Gandhi se le atribuye haber dicho: La persona que no está en paz consigo misma, será una persona en guerra con el mundo entero. Y, nuevamente Joyce Meyer asegura: Preocupación, duda, depresión, enojo y sentimientos de condenación: todos ellos son ataque a la mente.

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A los hijos, como a extraños

21 febrero, 2016

Salmo 127

Después de la relación de pareja, no hay otra que resulte más profunda y compleja que la relación filial. Esta tiene, aún, el poder de separar, distanciar, a las parejas. Por los hijos, el esposo -más frecuentemente-, pero, también la esposa, pasan a un segundo plano respecto de la lealtad, el sentido de pertenencia y la preferencia (entendiendo esta como la ventaja concedida a los hijos por sobre la pareja). Debemos decir que, generalmente, esta disposición materna y paterna, lejos de traducirse en un beneficio real en favor de los hijos, erosiona el todo de la estructura familiar. Ello porque la relación de la pareja viene a ser el cimiento de dicha estructura y del sistema familiar todo. Cuando la razón de los esposos se convierte en la razón de los padres, estamos ante una inevitable e integral crisis familiar.

Tres son los fenómenos típicos que expresan tal desviación de los principios y quehaceres familiares:

Alianzas disruptivas. La preferencia por los hijos o por alguno de ellos se traduce, invariablemente, en la ruptura o interrupción inesperada de la alianza matrimonial. Las relaciones que privilegian a los hijos convierten a estos en sustitutos de roles propios de la relación matrimonial. Confidentes, referentes, depositarios de la intimidad de los pensamientos y sentimientos, etc. Ello, desde luego, altera el equilibrio de la pareja y de la familia toda. (más…)

Yo, Tú, Nosotros

24 febrero, 2013

Génesis 2.18

En la relación matrimonial, en el día al día de la misma, los malentendidos son fuente de graves y dolorosos conflictos. Del poder de los malentendidos se puede decir lo mismo que se dice del poder de la lengua: He aquí,  ¡cuán grande bosque enciende un pequeño fuego! Santiago 3.5 Desde luego, hay de malentendidos a malentendidos, uno de ellos, poderoso y definitorio de la relación es el que tiene que ver con la identidad y los patrones de relación entre los esposos.

Identidad es la conciencia que una persona tiene de ser ella misma y distinta a las demás. Y, si conciencia es la propiedad del espíritu humano de reconocerse en sus atributos esenciales y en todas las modificaciones que en sí mismo experimenta. Resulta entonces que el malentendido respecto de quién soy como persona y cuál es mi papel en este matrimonio; así como el quién es mi cónyuge como persona y cuál es su papel en este matrimonio, resulta la fuente generadora de conflictos, fruto, estos, del desajuste existente entre quienes, al no saber quiénes son, terminan no sabiendo qué es lo que se espera de ellos. Sí, mi propuesta es que muchos y los más serios problemas de las parejas se originan en conflictos de identidad (cómo me veo y cómo veo al otro), y del consiguiente malentendido respecto de las obligaciones y derechos de uno y otro.

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El Poder de la Mujer Necia

10 febrero, 2013

Proverbios 14.1

Uno de los énfasis del ministerio de CASA DE PAN es el reconocimiento de la plena dignidad de la mujer, creada en igualdad con el hombre, a imagen y semejanza de Dios. Consecuentemente, uno de los temas recurrentes de nuestra enseñanza es la denuncia de la opresión de la mujer, como una práctica que Dios aborrece. Sin embargo, ahora debemos recordar que el hecho de que a las mujeres se les discrimina, explota y se abusa de ellas, no deja de lado otro hecho igualmente importante: las mujeres necias destruyen su casa con sus propias manos.

Sí, hay mujeres necias y estas destruyen sus hogares. La figura utilizada por el proverbista es de por sí interesante, dice que las mujeres necias destruyen sus casas con sus propias manos. Esta figura implica tanto una determinación (conciente e inconciente), como un proceso. Hay mujeres que destruyen sus hogares de una vez por todas: son infieles, abandonan el hogar, etc. Estas mujeres son impulsivas, torpes, ignorantes. Pero, no pasa así con las mujeres necias, estas van quitando ladrillo a ladrillo, enfocando sus esfuerzos de destrucción con serenidad, paciencia y determinación. Aunque son movidas por sentimientos profundamente arraigados de insatisfacción, frustración y enojo, mantienen la cabeza fría y se ocupan pacientemente en su tarea destructiva.

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Eso de Celebrar el 14 de Febrero

14 febrero, 2011

Eso de celebrar el 14 de febrero como el día del amor y la amistad tiene sus bemoles. Para algunos, no pasa de ser un mero artilugio comercial que sólo tiene como propósito el beneficiar a los comerciantes. Entre la comunidad cristiana, no falta quien asegura que, como tantas otras celebraciones, la de San Valentín tiene un origen pagano y alertan sobre los riesgos de participar en tal tipo de celebraciones. Lo cierto es que pocos pueden sustraerse del atractivo de ocuparse de manera extraordinaria de un asunto que interesa a todos, la cuestión del amor y, sobre todo, del amor de la pareja.

Aun entre quienes lo celebran, el Día del Amor y la Amistad resulta en un problema para la mayoría de las parejas, ya se trate de jóvenes, adultos o viejos. Para quienes viven relaciones amorosas satisfactorias y emocionantes, el problema es, de hecho un feliz problema que consiste en encontrar la manera de manifestarle al ser amado que se le ama como nadie más puede, o podrá hacerlo. Generalmente, quienes celebran a su ser amado terminan descubriendo que lo que hace trascendente tal celebración es la convicción de que su relación es única, trascendente y plenamente satisfactoria. Así, lo que hayan podido hacer fue suficiente, para ellos y para los que aman. Pues, al fin y al cabo, sólo abundaron en la expresión de sus sentimientos y del disfrute de su relación.

Para quienes, por el contrario, participan de relaciones afectivas poco satisfactorias y desgastantes, el problema consiste en cómo hacer para sobrevivir el 14 de febrero sin comprometerse más en una relación que no les anima, pero sin provocar, al mismo tiempo, mayores daños a la misma. Porque, ¿cómo celebrar con gozo una fecha que tan poco gozo anima? Y, es que, resulta muy difícil celebrar en febrero el amor que no se ha celebrado en enero. O, más aun, prometer un día catorce aquello que difícilmente se está dispuesto a cumplir el día quince y los que le siguen.

En fin, el pomposamente llamado Día del Amor y la Amistad, viene a poner sobre la mesa lo complejo de las relaciones afectivas. Sus costos, sus logros, sus tragedias, sus expectativas. Pero, sobre todo, la profunda necesidad que los seres humanos tenemos de amar y de ser amados. No sólo de amar a aquellos a quienes nos unen lazos de sangre y de ser amados por nuestra familia. Hay una necesidad intrínseca a nuestra condición de seres humanos: la de ser amados por quienes no están obligados por razones de parentesco a hacerlo. Es esta una necesidad que trasciende los estadios de nuestra vida, la experimentamos muy pronto en la adolescencia, y seguimos viviéndola en nuestra edad adulta. Ciertamente, en la vejez seguimos disfrutando el amar y el ser amados, y, cuando la persona a quien hemos amado y nos ha amado nos ha dejado solos, seguimos suspirando y anhelando, a veces contra toda esperanza, que ella pudiera estar de nueva cuenta con nosotros.

A veces hay quienes se sienten mal consigo mismos cuando se reconocen necesitados de tener a quién amar y por quién ser amados. Desgraciadamente, en no pocos casos, se trata de personas que hay sido abusadas, engañadas o, de plano, ignoradas por otros. Aun cuando se les ha obligado a la soledad y han llegado a aceptarla como la porción que les corresponde en la vida, muy dentro suyo siguen anhelando que las cosas cambien y así puedan tener la oportunidad de cambiar la suerte que la vida –y otros- les ha deparado.

Lo cierto es que no hay nada de malo en sentir tal necesidad. Ni siquiera aquellos que se hacen a sí mismos eunucos por causa del reino, o por causa de aquellos de sus familiares a quienes dedican sus vidas renunciando al amor, dejan de experimentar tal necesidad. Simple y dolorosamente ofrecen su necesidad como una ofrenda grata a Dios y a quien sirven. Pero no lo hacen sin dolor, ni sin renunciar del todo a soñar, desear y esperar que de alguna manera se cubra tal necesidad.

Recuerdo haber preguntado a un grupo de hombres adultos, cincuentones casi todos, cuál era su más grande temor. Me sorprendió su respuesta: que mi mujer se muera. Algunos, me pareció, expresaron su temor con sus ojos rasados de lágrimas. Porque todavía no se moría la mujer a la que amaban y quien les amaba y ya les hacía falta tan especial amor. Cuando los escuché y fui testigo de sus emociones supe que no estaba yo solo, y que al extrañar a mi mujer aun cuando está conmigo, sólo estoy disfrutando del privilegio del amor y del costos que el mismo implica.

Estoy hablando de esto porque me duele, preocupa y aun aterra el menor aprecio que muchos que han sido bendecidos con el amor y con la oportunidad de amar a su cónyuge, muestran en su día a día. Parecen ignorar la importancia de la oportunidad recibida. El privilegio que Dios les ha dado. El valor del don por el que tienen que rendir cuentas. A veces, cuando veo a hombres que maltratan a las mujeres que los aman; o a mujeres que menosprecian al hombre que las ama, me pregunto qué será de ellos y ellas cuando enfrenten la soledad, la ausencia y aun el abandono de aquellos a quienes Dios escogió para que les acompañaran por la vida.

Porque, sí, hay algo místico, misterioso, en la formación de las parejas. Estoy firmemente convencido de que, en principio, el amor que las une está animado por mismo Espíritu de Dios. Los judíos creen que en cada nuevo matrimonio, Dios se da a sí mismo la oportunidad de cumplir el propósito de amor, unidad y éxito que fracasara por la desobediencia de Adán y Eva. Dios anima el amor en las parejas porque él ha descubierto que no es bueno que el hombre –ni la mujer- estén solos. Así que, quienes han, hemos, tenido el privilegio de contar con la compañía del ser amado, somos llamados a valorar, cultivar y cuidar el don recibido.

Todos necesitamos compañía, en especial de la compañía de aquellos a quienes hemos elegido amar y nos han elegido como sus amantes y compañeros de camino. En la juventud y en la edad adulta necesitamos de tales compañeros. Cuando la vida empieza, cuando empezamos a ser nosotros mismos y a caminar el camino de nuestra adultez, el amor del ser amado nos anima, empodera y da el valor para enfrentar los retos a los que la vida nos enfrenta. No sabemos a dónde vamos ni qué hemos de encontrar, pero en nuestra ignorancia el amor de la esposa, o del esposo, se convierte en suficiente razón para seguir adelante y para saber que, con la ayuda de Dios, podremos lograr lo que nos proponemos y llegar hasta donde nuestros ojos han visto. No sabemos qué, pero estamos seguros de y con quién está a nuestro lado.

En la vejez, la vida prácticamente ya no tiene secretos para nosotros. Llegamos hasta donde podíamos llegar, alcanzamos lo que estuvo dentro de nuestras posibilidades, perdidos mucho de lo que tuvimos y que nos hace falta. Pero, en el recuento de la vida, con sus logros y sus fracasos, con sus haberes y sus adeudos, la presencia del ser amado es suficiente razón para asumir que, después de todo, valió la pena vivir la vida. Que el amor, la fidelidad y la paciencia que nuestra esposa, esposo, nos han dispensado, es testimonio de que también nosotros supimos amar y reconocer en nuestra pareja la gracia divina que nos ha privilegiado.

Y es que de eso se trata. De reconocer en la persona a la que amamos y que nos ama, una gracia especial, excepcional, con la que Dios nos ha privilegiado. Nací, crecí y me he hecho viejo a la sombra del amor que mis padres se profesan. Con su cerebro preso de la enfermedad del Alzheimer, mi Padre ha podido mantener libre del poder de la demencia, su amor por Gloria su mujer y su gloria. Y es este apenas uno de los muchos testimonios que la vida nos ofrece respecto del poder del amor por sobre nuestras miserias y limitaciones. Así que termino esta rara reflexión, animando a quienes hemos sido bendecidos con el amor y la oportunidad de amar a alguien; a quien todavía tienen a su lado a la persona a quien prometieron amar y a quien le pidieron les amara, a que honremos nuestra promesa, y a que, apreciando el valor y la importancia que tienen en nuestra vida, nos propongamos honrarlos y amarlos hasta lo último. Así, si alguna vez hemos de quedarnos solos, su amor seguirá anidado en nuestros corazones y, junto con el amor de Dios, seguirá animando nuestras vidas.

Amarnos a nosotros mismos

7 febrero, 2011

Hace algún tiempo, platicaba con un amigo. Este no dejada de quejarse de, y aún de maldecir a, su esposa, su propia madre, sus socios, etc. De pronto, a bocajarro le pregunté: Fulano, ¿te amas? Fue como si lo hubiera golpeado. Su rostro, antes lleno de ira y de prepotencia, pareció convertirse en el de un niño asustado y angustiado. Con voz baja me respondió: no hay nada en mí que yo pueda amar.

Amarnos a nosotros mismos resulta, en la mayoría de los casos, tarea difícil. Hemos aprendido a no amarnos; a pensar de nosotros mismos en términos peyorativos, con menosprecio; siempre sintiendo que nuestra tarea es apreciar lo mejor de los demás al mismo tiempo que enfatizamos nuestras propias limitaciones. Repito, hemos aprendido a no amarnos. No es que no nos amemos de inicio, sino que aprendemos que hacerlo es algo que no está bien, que no nos toca a nosotros hacerlo sino a los demás. Con frecuencia pregunto a los niños pequeños si están bonitos; si la mamá o alguno de sus hermanos mayores no andan por ahí, me responden que sí, que están bonitos. Cuando mamá o algún otro familiar llega a escucharlos, se burlan del niño y de su respuesta, a partir de ello es prácticamente imposible que este vuelva a aceptar que está bonito. Es decir, ha aprendido a no amarse, a no reconocerse bello, digno de ser amado y respetado.

Desde no pocos púlpitos y quizá desde estos mismos micrófonos se nos ha enseñado que amarnos a nosotros mismos resulta, cuando menos, peligroso, si no es que todo un pecado. El egoísmo, nos dicen, es el principio detonador de todos, o casi todos, los males que tienen que ver con las relaciones humanas. Pero, déjenme decirles que amarse a uno mismo no es, necesariamente, egoísmo. Este, de acuerdo con el diccionario consiste en el: inmoderado y excesivo amor a sí mismo, que hace atender desmedidamente al propio interés, sin cuidarse del de los demás. El amor a uno mismo no es sino el reconocimiento de la dignidad propia y el respeto y aprecio a lo que uno es: imagen y semejanza de Dios.

Quienes enseñan en contra y previenen de los males resultantes del amor a uno mismo olvidan un hecho fundamental: que cuando nuestro Señor Jesús enseñó respecto del mandamiento del amor al prójimo, estableció como la medida de este, precisamente, el amor a uno mismo. Amarás a tu prójimo como a ti mismo, prescribe un principio: el de amar al otro como nos amamos a nosotros mismos. También enuncia una verdad implícita, no puedes amar al otro más que en la medida que te amas a ti mismo.

Como hemos dicho antes, el amor consiste en el reconocimiento de la dignidad propia, así como del aprecio y el respeto consecuentes. Solo se ama quien acepta que es merecedor de aprecio y respeto. Solo quien se aprecia –reconoce que es valioso, y solo quien se respeta a si mismo puede, como fruto y expresión de su identidad, reconocer que su prójimo es merecedor de su aprecio y su respeto. El ser humano, hombres y mujeres todos, hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. Esto nos da un valor peculiar, trascendente, no condicionado. Es cierto que el pecado hace del ser humano lo que Dios no hizo de él. Hace al hombre apenas una caricatura de lo que Dios creó.

Pero, Dios ama al pecador. Para Dios aún el pecador sigue teniendo valor, tanto, que ha estado dispuesto a entregar a su Hijo Jesucristo para el rescate del hombre caído. Así, aún sin Cristo, podemos amar lo que hay de Dios en nosotros. Mucho más podemos hacerlo estando en Cristo, quien ha venido a regenerarnos y ha pagado el precio más alto posible: su propia sangre. Sí, hay mucho en nosotros que podemos apreciar y respetar. Haciéndolo estamos en condiciones de apreciar y respetar al prójimo; de reconocer que también él, o ella, son merecedores de nuestro aprecio y respeto.

Alguien ha dicho que aprender es, en realidad, desaprender. Si esto es cierto, y creo que lo es, lo primero que debemos hacer es desaprender a no amarnos a nosotros mismos. Desaprender a no apreciarnos, a no usar un lenguaje de menosprecio respecto de nosotros mismos. Negarnos a nosotros mismos no es un acto de adjudicarnos un menor-precio a nosotros mismos. Al contrario, es estar dispuestos a dejar de lado lo que vale tanto para nosotros, con tal de cumplir un propósito superior, el que Dios ha dispuesto en y al través de nosotros. Pablo no considera que todo lo que él llegó a ser y logró antes de Cristo careciera de valor alguno. Solo lo considera basura, cuando lo compara con el valor y la importancia de Cristo en su vida. Dice que a nada le concede valor si lo comparo con el bien supremo de conocer a Cristo Jesús, mi Señor. Fil 3.8. Nuestro valor como personas solo desmerece ante Jesucristo.

Además de desaprender a no amarnos a nosotros mismos, debemos estar dispuestos a reconsiderar los modelos relacionales que hemos desarrollado. Quien no se respeta a sí mismo, quien no se ama, busca, necesita, que los demás lo respeten. Así, o se vuelve un perseguidor necesitado de mostrar su superioridad, o se convierte en una víctima siempre buscando quien le rescate y le haga sentirse valioso.

Debemos, entonces, preguntarnos si el sustento de nuestras relaciones es el aprecio y el respeto a nosotros mismos y a los demás. Conviene que, al considerar nuestras relaciones amorosas nos preguntemos, ¿cómo me respeto a mí mismo al relacionarme contigo? ¿Cómo hago evidente que te aprecio y te respeto en mi relación contigo? Si abuso de ti o permito que me humilles, no hay respeto, ni mutuo, ni a mi mismo. Entonces, tenemos que transformar nuestros modelos de relación. Recuerdo a una mujer que, después de haber escuchado la Palabra, regresó a su casa y le dijo a su marido: o cambias tu manera de tratarme o aquí terminamos. Ahora sé quien soy en Cristo y he decidido pagar el precio necesario para respetarte y hacerme respetar. ¡Esto sí que es amarse a sí misma y amar al esposo!

Finalmente, el amor a nosotros mismo es resultado del cómo de nuestra relación con Dios. Como en el caso de Isaías cuando estuvo en el Templo, el estar en la presencia de Dios nos resulta en extremo riesgoso. Su santidad hace evidente nuestra inmundicia. Su Espíritu en nosotros, nos da testimonio de que somos sus hijos, al tiempo que nos guía a toda verdad y toda justicia. El camino a la verdad y a la justicia pasa por la denuncia de la mentira y del error. Nuestra conciencia da testimonio de nuestra condición y señala tanto nuestros aciertos, como nuestras faltas. La santidad nos hace agradables a Dios. Fortalece nuestro aprecio por nosotros mismos, nos motiva a respetarnos, a reconocernos dignos. Nuestro pecado, por lo contrario, nos rebaja ante nosotros mismos. No hay lugar para el orgullo y la satisfacción en el pecado. El pecado no da prestigio, no produce satisfacción, no fructifica en aprecio. Por el contrario, el pecado seca, el pecado vuelve el verdor en sequedales. Amarnos a nosotros mismos requiere de nuestra consagración a Dios, de nuestra lucha contra el pecado que nos asedia.

Muchas veces, el motivo de nuestro rechazo o nuestra agresión al otro es nuestro propio pecado. Odiamos lo que vemos en el otro… y que hace evidente lo que está en nosotros. No lo respetamos, no lo amamos, porque no podemos amar lo que hay en nosotros. Y es que, como mi amigo comprendió, cuando pecamos no hay nada en nosotros que podamos amar.

A este amigo, a mí mismo y a quienes nos escuchan, nos hará bien saber que el Apóstol Pedro nos recuerda que: Quien quiera amar la vida y pasar días felices, cuide su lengua de hablar mal y sus labios de decir mentiras; aléjese del mal y haga el bien, busque la paz y sígala. 1 Pe 3.10. Alejarnos del mal, buscar la paz con los que amamos, nos permitirá, no sólo amarnos a nosotros mismos, sino construir relaciones ricas y enriquecedoras en las que la paz y la justicia habrán de producir gozo en la compañía de aquellos a los que amamos.

Hablemos del compromiso con la familia

29 enero, 2011

La importancia del compromiso con la familia

Cuando Dios llegó a la conclusión de que no era bueno que Adán estuviese solo, hizo evidente el papel fundamental de los miembros de la familia. Estos tienen la tarea de completarse mutuamente; es decir, de contribuir cada uno para que el otro (los otros), sea una persona plena, completamente ella. En este sentido, el compromiso de cada uno con su familia parte de un principio de complementariedad mutua. Es decir, los miembros de la familia están obligados a favorecer que sus familiares se constituyan en individuos plenos; unidos sí por el vínculo familiar, pero otros, diferentes y autónomos respecto del resto de la familia.

Definición y propósito del compromiso con la familia

Podemos definir, entonces, el compromiso con la familia como la contribución que se hace para que cada miembro de la misma pueda, en primer lugar, cumplir con el rol que le corresponde en su sistema familiar. Así como la contribución para que cada miembro de la familia pueda desarrollar su propio proyecto de vida y cuente con los recursos necesarios para instrumentarlo. De tal suerte, la obligación de cada uno de sus integrantes con el resto de la familia tiene un propósito facilitador y apoderante: cada uno facilita que el otro sea y haga lo que le es propio y conveniente. No sólo no se impide o nulifica el proyecto de su familiar, sino que se contribuye al cumplimiento del mismo.

El cómo del compromiso con la familia

Resulta interesante que el compromiso familiar resulta y se fortalece en la medida que cada miembro de la familia está obligado consigo mismo. Sólo puede facilitar y empoderar a su familiar, aquel que está en equilibrio consigo mismo, se respeta a sí mismo y está desarrollando su proyecto de vida personal. La razón es simple, quien carece de identidad propia se ve en la necesidad de sumarse a proyectos ajenos, o a hacer de los otros su proyecto personal. Por lo tanto, lejos estará de este tipo de personas el facilitar que sus familiares sean y hagan lo que les es propio y conveniente. Mientras más sean ellos mismos ellos, más se hará evidente la falta de identidad de quien carece de un proyecto propio. Por lo tanto, procurará, conciente e inconcientemente, boicotear a los suyos (ya procurando mimetizarse con ellos o ya luchando en contra suya).

Los recursos del compromiso con la familia

La persona comprometida consigo misma puede, sin temor ni recelo alguno, procurar entender y conocer mejor a cada uno de los miembros de su familia. Predispuesto a favor de la otredad de cada uno de los miembros de su familia, procurará discernir el quién y el qué de cada uno. Para ello, su primer recurso es la oración. Desde luego, la oración que intercede a favor del otro, pero también la oración que busca el conocerlo y comprenderlo. ¿Quién es mi esposa, quién es mi hijo, quién es mi hermano?, etc., son las preguntas que dan sentido a tal oración. El llamado del Señor Jesús a no juzgar por las apariencias, adquiere aquí una especial relevancia. La cercanía no significa, necesariamente, conocimiento suficiente. Es más, a veces la cercanía cotidiana se convierte en el principal obstáculo para conocer realmente a nuestros familiares. Nuestra experiencia personal con ellos perfila, ajusta, la opinión que tenemos de ellos. Los vemos al través del filtro de nuestra propia opinión, de lo que a nosotros nos parece, de la apariencia que nosotros mismos hemos construido. De ahí la necesidad de, para juzgar acertadamente al otro, orar buscando la sabiduría divina que trasciende nuestro aquí y ahora. No resulta desproporcionado ni absurdo pedirle a Dios que nos ayude a ver a nuestros familiares como él mismo los ve.

Sólo entonces podremos saber qué es lo que tenemos que hacer y qué lo que tenemos que dejar de hacer a favor de nuestros familiares. Es nuestra ignorancia lo que nos lleva a establecer modelos de relación familiar sinceros, pero equivocados. De la ignorancia de nuestra propia identidad, así como del ignorar la identidad particular de los otros, surge el temor como la fuente de nuestra relación. Por temor tendemos a controlar y, por temor también, renunciamos a la obligación que tenemos de facilitar y empoderar al otro para que sea quien es y cumpla la tarea que le es propia. Pero, cuando comprendemos, y aceptamos, la identidad y tarea del otro, podemos sin temor y en esperanza contribuir a su realización personal.

En cierto sentido somos responsables del otro. La relación familiar tiene el poder de hacer fructificar a sus miembros o de acabar con sus ilusiones y posibilidades de vida. Al asumirnos responsables del otro, estamos dispuestos a velar por su bienestar y aun a entregar de lo nuestro con tal de que ellos puedan crecer. En un entorno familiar sano, las mermas que se sufren en favor del otro hacen las veces la poda, por que, lejos de representar una pérdida definitiva, simplemente nos dan la oportunidad de ser más, de poder más y de tener más.

Los mínimos y máximos del compromiso con la familia

¿Hasta dónde llega nuestro compromiso? ¿Hasta dónde estamos obligados con nuestros familiares? ¿Cuándo es suficiente, cuando es poco? Son estas preguntas complejas que más que con recetas, se responden con un principio. La cantidad, el costo y el límite de nuestro quehacer están determinados por la medida en que contribuyen a la realización integral del otro. En lo que hacemos y damos, debemos tener presente el equilibrio integral de la persona: Su espíritu, su mente y su cuerpo. Hay que hacer y dar todo lo que contribuya a tal equilibrio. Cualquier cosa que hagamos o demos que ponga en riesgo tal equilibrio, es un exceso. También, todo lo que dejamos de hacer o lo que dejamos de dar y que afecta la integridad de nuestros familiares, resulta en un exceso, en una agresión. No dar al que necesita, es igualmente irresponsable que dar al otro lo que realmente no le hace bien.

Pero, también damos y hacemos en función de nuestro equilibrio personal. Como en el caso de los otros miembros de la familia, el punto de nuestro equilibrio personal se modifica por nuestras circunstancias, tanto las naturales como las excepcionales. Por lo tanto, nuestro aporte a los demás miembros de la familia cambia en forma y grado, dependiendo de nuestras circunstancias y de las de ellos. Sin embargo, independientemente de las circunstancias, persiste el principio de complementariedad mutua. Cada quien, de acuerdo con lo que tiene, a cada cual, de acuerdo con lo que realmente necesite.

El compromiso con la familia nunca acaba

La obligación que tenemos para con nuestra familia nunca acaba. Ni siquiera acaba con la muerta, mucho menos termina cuando la familia se divide, ya sea porque los padres se separan o porque alguno de sus miembros se aleja física y/o afectivamente del resto de la familia. Es más, ni siquiera el desamor nos libera del compromiso familiar.

Cuando los miembros de la familia se alejan entre sí, se separan, o de plano se mueren, el compromiso mutuo persiste aunque adquiera otras formas y grados. Obviamente los muertos ya no pueden hacer nada por sus familias. Pero, el compromiso con la familia incluye el vivir de tal forma que cuando la muerte llegue, nuestra herencia sea de bendición y no de maldición.

En el caso de quienes se separan y de las parejas que se divorcian; si bien el cómo y la forma de la relación cambian, esta no termina. Las relaciones no terminan, simplemente se modifican. Persiste, entonces, el principio de complementariedad mutua. Tomemos el caso del hijo que permanece al lado del padre o de la madre, cuando la separación o el divorcio se han dado, también sigue siendo hijo de quien se fue. De ahí la necesidad del respeto, de la caridad y del desarrollo de relaciones funcionales con el ex, para así contribuir a que siga siendo y haciendo lo que le es propio en función con quienes siguen formando parte de su familia.

En conclusión

El cimiento sobre el que descansa la paz de la familia se compone de una mezcla de caridad mutua y de firme comunión con Dios. Podemos hacer de nuestra familia un espacio del Reino de Dios en el que la justicia, la paz y el amor fraternal sean pan de todos los días y nos ayuden a permanecer juntos y unidos para beneficio de todos y, desde luego, para la honra y la gloria de Dios.