La Administración del Matrimonio

Publicado 12 febrero, 2011 por Pastor Adoniram Gaxiola
Categorías: Agentes de Cambio, Amor cristiano, Familia, Matrimonio

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Uno de los dones recibidos más significativos que somos llamados a bien administrar es el del matrimonio. El libro de Proverbios establece que si casa y riquezas son herencia de los padres, del Señor es de quien se recibe la esposa [¿el esposo?] inteligente. Prov 19.14. Cuando hablamos de la administración del matrimonio entendemos esta como el acto de ordenar, disponer, organizar el bien en que el matrimonio resulta. Como podemos ver, se trata de una tarea que requiere de una disposición consciente, de la que nos damos cuenta. No se puede administrar correctamente el matrimonio si no se tiene conciencia del mismo. Es decir, si no se reconoce la realidad matrimonial como una que compromete y afecta el todo de la vida; si no se procura entender las razones de la circunstancia matrimonial que se vive en el presente; y, si no se tiene conciencia de, y se asume la, responsabilidad personal respecto de la suerte que el matrimonio vive. La mala administración del matrimonio produce, irremediablemente, dolor para los esposos y para el resto de la familia. Limita las posibilidades de crecimiento integral de los miembros de la familia toda y acaba por volver el amor en odio (cuando menos en resentimiento), y la convivencia en una constante de insatisfacción y frustración compartida. Son tres, a mi parecer, los principales elementos que caracterizan a una mala administración matrimonial: el desinterés, la lucha por el poder y la convivencia paralela.

El desinterés. Este no consiste sólo en la falta de la inclinación del ánimo hacia el cónyuge y la relación matrimonial. Es también el desapego respecto del otro y de lo que este representa. Quien se desapega del otro no sólo se aleja, sino que también corre el riesgo de desviarse respecto del compromiso y la fidelidad conyugal debida. Las razones que explican el desinterés son muchas y complejas, pero cabe destacar que la falta de compromiso con uno mismo y con el otro puede ser considerada como la principal causa del desapego matrimonial.

Por diferentes razones, reales o supuestas, se puede renunciar de facto a la obligación contraída en el matrimonio. Se deja de considerar al cónyuge como parte integradora de uno mismo y se le ve, simplemente, como el otro. El sentido de unidad se deteriora y da lugar a un principio de competencia en el que, mientras que el interés en y por el otro disminuye, se incrementa el interés por uno mismo. Así, la relación matrimonial se convierte en una lucha por perder lo menos y ganar lo más, aún cuando ello se logre a expensas del esposo o de la esposa.

La lucha por el poder. La formación, o construcción, de la pareja pasa por la lucha por el poder. Toda pareja debe decidir sobre quién y qué decisiones cotidianas y trascendentes han de tomarse: dinero, sexualidad, educación de los hijos, etc. A menor madurez de la pareja, o de alguno de sus integrantes, la lucha por el poder se extiende en el tiempo y adquiere tintes más sombríos. Un acercamiento inmaduro a la cuestión del poder en la pareja termina por separar a los miembros de la misma. Pero, no solo los separa, sino que los lleva a establecer alianzas con sus hijos, propiciando así la total división de la familia.

La lucha por el poder se traduce en persecución y en la necesidad de acotar al cónyuge. A su vez, esta persecución se manifiesta ya de manera abierta y grosera, o de manera sutil y pasiva. Ambas formas son violencia. Puestos a escoger, quizá la violencia pasiva sea la más destructiva. Destruye a quien la ejerce y a su destinatario, en ese orden. General  y paradójicamente, la violencia pasiva es propia de la parte débil de la pareja. De quien se asume el perdedor mayor de la relación matrimonial. Como en el caso de Isaac, cuya pasividad fue en aumento al grado de propiciar un incremento en el maltrato departe de Rebeca su esposa. —No es que una forma de violencia sea mejor que la otra. Pero al igual que el torero ante un toro que bufa y embiste sabe cuándo, cómo y qué decisiones tomar; pero, ante un toro que bufa y rasca la tierra, pero sin embestir, el mismo torero no sabe cuándo, ni cómo ni qué decisiones tomar; así en el matrimonio.—  De cualquier forma, como en el caso de Isaac y Rebeca, los matrimonios que en su lucha por el poder no miden las consecuencias de sus actitudes y acciones, terminan por lastimar irreversiblemente a sus hijos.

La convivencia paralela. Esta es la máxima expresión del fracaso de la relación matrimonial. Muchas parejas, por diversas razones, arrastran su miseria hasta el fin de sus vidas. Permanecen juntos, sí, pero no unidos. Como en el caso de las líneas paralelas, se mantienen equidistantes entre sí y que por más que se prolongue su relación no pueden encontrarse. Este tipo de relación es consecuencia de la incapacidad o indisposición para comprometerse con el cónyuge y con su proyecto de vida. Se le asume extraño a sí mismo, aunque no se pueden ignorar los frágiles, pero poderosos, lazos que les unen: hijos, intereses económicos, presión religioso/social/familiar, temores, etc.

La convivencia paralela tiene la capacidad para fortalecer la resiliencia emocional. Es decir, la capacidad de asumir con flexibilidad situaciones límite y sobreponerse a ellas. Mientras menos parte del otro, mientras menos se involucra emocionalmente la persona con el otro, más puede asumir flexiblemente y sobreponerse a las circunstancias negativas y dolorosas de la relación. Pero, la resiliencia emocional también fortalece la convivencia paralela. A mayor capacidad para aguantar al otro, menor necesidad de, y menor compromiso de cambio. Tal el caso de la relación matrimonial de Jacob con sus esposas Lea y Raquel, quienes simplemente aprendieron a administrar una forma de relación que a nadie satisfacía y que se fortalecía en la medida que más abundaban en ella.

¿Cuáles son las alternativas para una correcta administración de nuestra relación matrimonial?

De la historia de Abel y Caín aprendemos dos cuestiones importantes. La primera es que las relaciones familiares establecen obligaciones irrenunciables de las que tenemos que dar cuenta. A Caín, Dios le pide cuentas respecto de Abel. Esto es lo primero, no podemos permanecer indiferentes a la suerte de los nuestros pues tenemos que dar cuenta de ellos. La segunda cosa, es la confesión de parte de Caín, implícita en su reclamo: ¿Acaso soy yo el que debe cuidar a mi hermano? A tal pregunta retórica, sólo queda el reclamo divino: la sangre de tu hermano reclama justicia. Génesis 4.9,10. Dios nos ha dado esposa, esposo, hijos, hermanos, padres, etc., también para que cuidemos de ellos. Por lo tanto, no hay lugar para el desinterés, ni para el distanciamiento emocional respecto de ellos. Las obligaciones familiares no desaparecen ni siquiera con la muerte.

El principio bíblico para el orden matrimonial consiste en el sometimiento mutuo. Efesios 5.21ss. Se trata de que permitamos que el otro decida y aun mande en aquello que contribuye al bien de la pareja y de la familia toda. La humillación colateral es una ofrenda que nace del amor al otro, sí, pero también del amor a uno mismo. De ahí la necesidad y conveniencia de que las parejas establezcan los roles y los espacios de autoridad de cada quien. Procurando que los mismos contribuyan al bien de ambos (y de la familia), así como estando alertas para cambiarlos y redimensionarlos según lo requieran las circunstancias conyugales y familiares.

Sólo se administra con interés, buena disposición y aun sacrificialmente aquello que se asume propio y parte de uno mismo. El principio bíblico para la relación matrimonial es que dos se convierten en una sola carne, en una sola persona. Efesios 5.31. Frecuentemente, el principal obstáculo que impide el que queramos ser uno con el otro es, precisamente, el otro. Sus actitudes, sus formas, sus conductas, su ser canijo, etc., estorban y aun parecen impedir, de plano, el que nos asumamos uno con él o ella. Pero, dado que las relaciones no terminan, sino solo se modifican, conviene que nos propongamos vencer con el bien el mal. Que tomemos la decisión, y nos comprometamos con ella, de que si nuestra relación matrimonial terminara en bancarrota no sería por causas atribuibles principalmente a nosotros. Así, nos esforzaremos y trabajaremos para seguir amando a nuestro cónyuge y procurando que, lejos de fortalecer una convivencia paralela, habremos de estar más y más unidos para nuestro propio beneficio, para el de nuestra familia y para que Dios sea glorificado en el cómo de nuestra relación matrimonial.

Los matrimonios mal administrados genera grandes pérdidas para todos: para la pareja, para la familia y para la iglesia. Un matrimonio en bancarrota no tiene mucho qué dar a nadie. Pero un matrimonio bien administrado, un matrimonio que vive la realidad matrimonial a los pies y a la luz de Cristo, es un matrimonio lleno, rico y enriquecedor. Un matrimonio satisfecho que produce satisfacción y fruto abundante en todos. Seamos, porque podemos serlo, este tipo de matrimonios: matrimonios bien administrados. 1 Corintios 4.2; 1 Pedro 4.10.

Amarnos a nosotros mismos

Publicado 7 febrero, 2011 por Pastor Adoniram Gaxiola
Categorías: Amor cristiano, Autoestima, Emociones, Parejas, Relaciones, Soledad, Sufrimiento

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Hace algún tiempo, platicaba con un amigo. Este no dejada de quejarse de, y aún de maldecir a, su esposa, su propia madre, sus socios, etc. De pronto, a bocajarro le pregunté: Fulano, ¿te amas? Fue como si lo hubiera golpeado. Su rostro, antes lleno de ira y de prepotencia, pareció convertirse en el de un niño asustado y angustiado. Con voz baja me respondió: no hay nada en mí que yo pueda amar.

Amarnos a nosotros mismos resulta, en la mayoría de los casos, tarea difícil. Hemos aprendido a no amarnos; a pensar de nosotros mismos en términos peyorativos, con menosprecio; siempre sintiendo que nuestra tarea es apreciar lo mejor de los demás al mismo tiempo que enfatizamos nuestras propias limitaciones. Repito, hemos aprendido a no amarnos. No es que no nos amemos de inicio, sino que aprendemos que hacerlo es algo que no está bien, que no nos toca a nosotros hacerlo sino a los demás. Con frecuencia pregunto a los niños pequeños si están bonitos; si la mamá o alguno de sus hermanos mayores no andan por ahí, me responden que sí, que están bonitos. Cuando mamá o algún otro familiar llega a escucharlos, se burlan del niño y de su respuesta, a partir de ello es prácticamente imposible que este vuelva a aceptar que está bonito. Es decir, ha aprendido a no amarse, a no reconocerse bello, digno de ser amado y respetado.

Desde no pocos púlpitos y quizá desde estos mismos micrófonos se nos ha enseñado que amarnos a nosotros mismos resulta, cuando menos, peligroso, si no es que todo un pecado. El egoísmo, nos dicen, es el principio detonador de todos, o casi todos, los males que tienen que ver con las relaciones humanas. Pero, déjenme decirles que amarse a uno mismo no es, necesariamente, egoísmo. Este, de acuerdo con el diccionario consiste en el: inmoderado y excesivo amor a sí mismo, que hace atender desmedidamente al propio interés, sin cuidarse del de los demás. El amor a uno mismo no es sino el reconocimiento de la dignidad propia y el respeto y aprecio a lo que uno es: imagen y semejanza de Dios.

Quienes enseñan en contra y previenen de los males resultantes del amor a uno mismo olvidan un hecho fundamental: que cuando nuestro Señor Jesús enseñó respecto del mandamiento del amor al prójimo, estableció como la medida de este, precisamente, el amor a uno mismo. Amarás a tu prójimo como a ti mismo, prescribe un principio: el de amar al otro como nos amamos a nosotros mismos. También enuncia una verdad implícita, no puedes amar al otro más que en la medida que te amas a ti mismo.

Como hemos dicho antes, el amor consiste en el reconocimiento de la dignidad propia, así como del aprecio y el respeto consecuentes. Solo se ama quien acepta que es merecedor de aprecio y respeto. Solo quien se aprecia –reconoce que es valioso, y solo quien se respeta a si mismo puede, como fruto y expresión de su identidad, reconocer que su prójimo es merecedor de su aprecio y su respeto. El ser humano, hombres y mujeres todos, hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. Esto nos da un valor peculiar, trascendente, no condicionado. Es cierto que el pecado hace del ser humano lo que Dios no hizo de él. Hace al hombre apenas una caricatura de lo que Dios creó.

Pero, Dios ama al pecador. Para Dios aún el pecador sigue teniendo valor, tanto, que ha estado dispuesto a entregar a su Hijo Jesucristo para el rescate del hombre caído. Así, aún sin Cristo, podemos amar lo que hay de Dios en nosotros. Mucho más podemos hacerlo estando en Cristo, quien ha venido a regenerarnos y ha pagado el precio más alto posible: su propia sangre. Sí, hay mucho en nosotros que podemos apreciar y respetar. Haciéndolo estamos en condiciones de apreciar y respetar al prójimo; de reconocer que también él, o ella, son merecedores de nuestro aprecio y respeto.

Alguien ha dicho que aprender es, en realidad, desaprender. Si esto es cierto, y creo que lo es, lo primero que debemos hacer es desaprender a no amarnos a nosotros mismos. Desaprender a no apreciarnos, a no usar un lenguaje de menosprecio respecto de nosotros mismos. Negarnos a nosotros mismos no es un acto de adjudicarnos un menor-precio a nosotros mismos. Al contrario, es estar dispuestos a dejar de lado lo que vale tanto para nosotros, con tal de cumplir un propósito superior, el que Dios ha dispuesto en y al través de nosotros. Pablo no considera que todo lo que él llegó a ser y logró antes de Cristo careciera de valor alguno. Solo lo considera basura, cuando lo compara con el valor y la importancia de Cristo en su vida. Dice que a nada le concede valor si lo comparo con el bien supremo de conocer a Cristo Jesús, mi Señor. Fil 3.8. Nuestro valor como personas solo desmerece ante Jesucristo.

Además de desaprender a no amarnos a nosotros mismos, debemos estar dispuestos a reconsiderar los modelos relacionales que hemos desarrollado. Quien no se respeta a sí mismo, quien no se ama, busca, necesita, que los demás lo respeten. Así, o se vuelve un perseguidor necesitado de mostrar su superioridad, o se convierte en una víctima siempre buscando quien le rescate y le haga sentirse valioso.

Debemos, entonces, preguntarnos si el sustento de nuestras relaciones es el aprecio y el respeto a nosotros mismos y a los demás. Conviene que, al considerar nuestras relaciones amorosas nos preguntemos, ¿cómo me respeto a mí mismo al relacionarme contigo? ¿Cómo hago evidente que te aprecio y te respeto en mi relación contigo? Si abuso de ti o permito que me humilles, no hay respeto, ni mutuo, ni a mi mismo. Entonces, tenemos que transformar nuestros modelos de relación. Recuerdo a una mujer que, después de haber escuchado la Palabra, regresó a su casa y le dijo a su marido: o cambias tu manera de tratarme o aquí terminamos. Ahora sé quien soy en Cristo y he decidido pagar el precio necesario para respetarte y hacerme respetar. ¡Esto sí que es amarse a sí misma y amar al esposo!

Finalmente, el amor a nosotros mismo es resultado del cómo de nuestra relación con Dios. Como en el caso de Isaías cuando estuvo en el Templo, el estar en la presencia de Dios nos resulta en extremo riesgoso. Su santidad hace evidente nuestra inmundicia. Su Espíritu en nosotros, nos da testimonio de que somos sus hijos, al tiempo que nos guía a toda verdad y toda justicia. El camino a la verdad y a la justicia pasa por la denuncia de la mentira y del error. Nuestra conciencia da testimonio de nuestra condición y señala tanto nuestros aciertos, como nuestras faltas. La santidad nos hace agradables a Dios. Fortalece nuestro aprecio por nosotros mismos, nos motiva a respetarnos, a reconocernos dignos. Nuestro pecado, por lo contrario, nos rebaja ante nosotros mismos. No hay lugar para el orgullo y la satisfacción en el pecado. El pecado no da prestigio, no produce satisfacción, no fructifica en aprecio. Por el contrario, el pecado seca, el pecado vuelve el verdor en sequedales. Amarnos a nosotros mismos requiere de nuestra consagración a Dios, de nuestra lucha contra el pecado que nos asedia.

Muchas veces, el motivo de nuestro rechazo o nuestra agresión al otro es nuestro propio pecado. Odiamos lo que vemos en el otro… y que hace evidente lo que está en nosotros. No lo respetamos, no lo amamos, porque no podemos amar lo que hay en nosotros. Y es que, como mi amigo comprendió, cuando pecamos no hay nada en nosotros que podamos amar.

A este amigo, a mí mismo y a quienes nos escuchan, nos hará bien saber que el Apóstol Pedro nos recuerda que: Quien quiera amar la vida y pasar días felices, cuide su lengua de hablar mal y sus labios de decir mentiras; aléjese del mal y haga el bien, busque la paz y sígala. 1 Pe 3.10. Alejarnos del mal, buscar la paz con los que amamos, nos permitirá, no sólo amarnos a nosotros mismos, sino construir relaciones ricas y enriquecedoras en las que la paz y la justicia habrán de producir gozo en la compañía de aquellos a los que amamos.

Hablemos del compromiso con la familia

Publicado 29 enero, 2011 por Pastor Adoniram Gaxiola
Categorías: Compromiso, Familia, Hijos, Parejas

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La importancia del compromiso con la familia

Cuando Dios llegó a la conclusión de que no era bueno que Adán estuviese solo, hizo evidente el papel fundamental de los miembros de la familia. Estos tienen la tarea de completarse mutuamente; es decir, de contribuir cada uno para que el otro (los otros), sea una persona plena, completamente ella. En este sentido, el compromiso de cada uno con su familia parte de un principio de complementariedad mutua. Es decir, los miembros de la familia están obligados a favorecer que sus familiares se constituyan en individuos plenos; unidos sí por el vínculo familiar, pero otros, diferentes y autónomos respecto del resto de la familia.

Definición y propósito del compromiso con la familia

Podemos definir, entonces, el compromiso con la familia como la contribución que se hace para que cada miembro de la misma pueda, en primer lugar, cumplir con el rol que le corresponde en su sistema familiar. Así como la contribución para que cada miembro de la familia pueda desarrollar su propio proyecto de vida y cuente con los recursos necesarios para instrumentarlo. De tal suerte, la obligación de cada uno de sus integrantes con el resto de la familia tiene un propósito facilitador y apoderante: cada uno facilita que el otro sea y haga lo que le es propio y conveniente. No sólo no se impide o nulifica el proyecto de su familiar, sino que se contribuye al cumplimiento del mismo.

El cómo del compromiso con la familia

Resulta interesante que el compromiso familiar resulta y se fortalece en la medida que cada miembro de la familia está obligado consigo mismo. Sólo puede facilitar y empoderar a su familiar, aquel que está en equilibrio consigo mismo, se respeta a sí mismo y está desarrollando su proyecto de vida personal. La razón es simple, quien carece de identidad propia se ve en la necesidad de sumarse a proyectos ajenos, o a hacer de los otros su proyecto personal. Por lo tanto, lejos estará de este tipo de personas el facilitar que sus familiares sean y hagan lo que les es propio y conveniente. Mientras más sean ellos mismos ellos, más se hará evidente la falta de identidad de quien carece de un proyecto propio. Por lo tanto, procurará, conciente e inconcientemente, boicotear a los suyos (ya procurando mimetizarse con ellos o ya luchando en contra suya).

Los recursos del compromiso con la familia

La persona comprometida consigo misma puede, sin temor ni recelo alguno, procurar entender y conocer mejor a cada uno de los miembros de su familia. Predispuesto a favor de la otredad de cada uno de los miembros de su familia, procurará discernir el quién y el qué de cada uno. Para ello, su primer recurso es la oración. Desde luego, la oración que intercede a favor del otro, pero también la oración que busca el conocerlo y comprenderlo. ¿Quién es mi esposa, quién es mi hijo, quién es mi hermano?, etc., son las preguntas que dan sentido a tal oración. El llamado del Señor Jesús a no juzgar por las apariencias, adquiere aquí una especial relevancia. La cercanía no significa, necesariamente, conocimiento suficiente. Es más, a veces la cercanía cotidiana se convierte en el principal obstáculo para conocer realmente a nuestros familiares. Nuestra experiencia personal con ellos perfila, ajusta, la opinión que tenemos de ellos. Los vemos al través del filtro de nuestra propia opinión, de lo que a nosotros nos parece, de la apariencia que nosotros mismos hemos construido. De ahí la necesidad de, para juzgar acertadamente al otro, orar buscando la sabiduría divina que trasciende nuestro aquí y ahora. No resulta desproporcionado ni absurdo pedirle a Dios que nos ayude a ver a nuestros familiares como él mismo los ve.

Sólo entonces podremos saber qué es lo que tenemos que hacer y qué lo que tenemos que dejar de hacer a favor de nuestros familiares. Es nuestra ignorancia lo que nos lleva a establecer modelos de relación familiar sinceros, pero equivocados. De la ignorancia de nuestra propia identidad, así como del ignorar la identidad particular de los otros, surge el temor como la fuente de nuestra relación. Por temor tendemos a controlar y, por temor también, renunciamos a la obligación que tenemos de facilitar y empoderar al otro para que sea quien es y cumpla la tarea que le es propia. Pero, cuando comprendemos, y aceptamos, la identidad y tarea del otro, podemos sin temor y en esperanza contribuir a su realización personal.

En cierto sentido somos responsables del otro. La relación familiar tiene el poder de hacer fructificar a sus miembros o de acabar con sus ilusiones y posibilidades de vida. Al asumirnos responsables del otro, estamos dispuestos a velar por su bienestar y aun a entregar de lo nuestro con tal de que ellos puedan crecer. En un entorno familiar sano, las mermas que se sufren en favor del otro hacen las veces la poda, por que, lejos de representar una pérdida definitiva, simplemente nos dan la oportunidad de ser más, de poder más y de tener más.

Los mínimos y máximos del compromiso con la familia

¿Hasta dónde llega nuestro compromiso? ¿Hasta dónde estamos obligados con nuestros familiares? ¿Cuándo es suficiente, cuando es poco? Son estas preguntas complejas que más que con recetas, se responden con un principio. La cantidad, el costo y el límite de nuestro quehacer están determinados por la medida en que contribuyen a la realización integral del otro. En lo que hacemos y damos, debemos tener presente el equilibrio integral de la persona: Su espíritu, su mente y su cuerpo. Hay que hacer y dar todo lo que contribuya a tal equilibrio. Cualquier cosa que hagamos o demos que ponga en riesgo tal equilibrio, es un exceso. También, todo lo que dejamos de hacer o lo que dejamos de dar y que afecta la integridad de nuestros familiares, resulta en un exceso, en una agresión. No dar al que necesita, es igualmente irresponsable que dar al otro lo que realmente no le hace bien.

Pero, también damos y hacemos en función de nuestro equilibrio personal. Como en el caso de los otros miembros de la familia, el punto de nuestro equilibrio personal se modifica por nuestras circunstancias, tanto las naturales como las excepcionales. Por lo tanto, nuestro aporte a los demás miembros de la familia cambia en forma y grado, dependiendo de nuestras circunstancias y de las de ellos. Sin embargo, independientemente de las circunstancias, persiste el principio de complementariedad mutua. Cada quien, de acuerdo con lo que tiene, a cada cual, de acuerdo con lo que realmente necesite.

El compromiso con la familia nunca acaba

La obligación que tenemos para con nuestra familia nunca acaba. Ni siquiera acaba con la muerta, mucho menos termina cuando la familia se divide, ya sea porque los padres se separan o porque alguno de sus miembros se aleja física y/o afectivamente del resto de la familia. Es más, ni siquiera el desamor nos libera del compromiso familiar.

Cuando los miembros de la familia se alejan entre sí, se separan, o de plano se mueren, el compromiso mutuo persiste aunque adquiera otras formas y grados. Obviamente los muertos ya no pueden hacer nada por sus familias. Pero, el compromiso con la familia incluye el vivir de tal forma que cuando la muerte llegue, nuestra herencia sea de bendición y no de maldición.

En el caso de quienes se separan y de las parejas que se divorcian; si bien el cómo y la forma de la relación cambian, esta no termina. Las relaciones no terminan, simplemente se modifican. Persiste, entonces, el principio de complementariedad mutua. Tomemos el caso del hijo que permanece al lado del padre o de la madre, cuando la separación o el divorcio se han dado, también sigue siendo hijo de quien se fue. De ahí la necesidad del respeto, de la caridad y del desarrollo de relaciones funcionales con el ex, para así contribuir a que siga siendo y haciendo lo que le es propio en función con quienes siguen formando parte de su familia.

En conclusión

El cimiento sobre el que descansa la paz de la familia se compone de una mezcla de caridad mutua y de firme comunión con Dios. Podemos hacer de nuestra familia un espacio del Reino de Dios en el que la justicia, la paz y el amor fraternal sean pan de todos los días y nos ayuden a permanecer juntos y unidos para beneficio de todos y, desde luego, para la honra y la gloria de Dios.