Para Entender la Violencia Intrafamiliar

Publicado 20 septiembre, 2010 por Pastor Adoniram Gaxiola
Categorías: Autoestima, crisis, Emociones, Familia, Feminismo, Machismo, Parejas, Violencia Intrafamiliar

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Hace algún tiempo fui invitado por el grupo de matrimonios de una iglesia citadina para hablar, se me insistió, sobre el tema de la violencia intrafamiliar. La insistencia con la que se me había pedido que fuera ese y no otro el tema a tratar me llevó, al empezar mi exposición, a preguntar cuántas de las familias ahí representadas enfrentaban situaciones de violencia al interior de sus hogares. Después de que repetí varias veces la misma pregunta, la respuesta siguió siendo la misma: silencio. Sin embargo, después de que respondieron a un sencillo cuestionario, casi las dos terceras partes de los asistentes reconocieron que, en mayor o en menor grado, se enfrentaban a situaciones de violencia intrafamiliar.

No me extrañó del todo dicha situación. Parte de las causas que explican la proliferación de la violencia intrafamiliar, hasta en las mejores familias, es precisamente el desconocimiento que se tiene respecto de lo que la misma es y cómo se manifiesta. Por lo general, se asocia la violencia intrafamiliar exclusivamente con la violencia física. Se piensa que si no hay golpes, no hay violencia. No hay tal. Paradójicamente otras expresiones de la violencia intrafamiliar son mucho más dolorosas y dañinas que la mera violencia física, ello sin menospreciar el daño e impacto de esta última. Recuerdo a una mujer que me decía que hubiera preferido, mil veces, que su padre la hubiera golpeado a que le dijera tantas cosas y tantas veces que le hacía sentir que no valía y que no le importaba a nadie.

Parecería absurdo pensar que haya quienes sufran de violencia intrafamiliar y no se den cuenta de ello. Sin embargo, un hecho que explica el porqué de tal ignorancia es la cultura familiar y social en que las personas viven y han crecido. Por ejemplo, en algunas zonas urbanas es normal ver que el hombre viaje a lomo del caballo o el burro, mientras que la mujer le sigue caminando a pie y llegando en sus brazos o espalda a uno o a más de sus hijos. Obviamente, quienes crecen mirando y participando de tal patrón relacional difícilmente considerarán que sea injusto, que se trate de una forma de violencia contra la mujer tal disparidad de trato. Sin embargo, lo es. O pensemos en nuestros hogares cristianos, cuando el domingo al volver a casa llenos del gozo del Espíritu de Dios, el hombre se siente a ver la tele o se recueste un rato –pues viene muy cansado de estar todo el día en la iglesia-, mientras su mujer le prepara la cena. Como estos, hay muchos casos que nos parecen normales, pero que esconden tras de sí severas y dolorosas formas de agresión en contra de las mujeres.

La violencia intrafamiliar tiene muchos rostros y aunque en apariencia sólo vaya dirigida a algunos de los miembros de la familia: mujeres, niños o ancianos, generalmente, termina por afectar a todos los miembros de la misma. Para comprender la complejidad de la violencia intrafamiliar y de sus consecuencias, conviene tomar en cuenta dos conceptos: abuso y maltrato. Dado que la violencia intrafamiliar es una cuestión de poder, se trata de un abuso. Es decir, del mal uso que se hace de algo o de alguien. Este mal uso tiene que ver con lo excesivo, lo injusto, lo impropio o lo indebido de la autoridad, o del mero poder, que el abusador detenta. La violencia intrafamiliar afecta a los más débiles, dado que es realizada por quienes tienen mayor poder o autoridad que estos. Tal abuso se manifiesta, y aquí tenemos el segundo concepto clave, cuando se maltrata a otro o a otros.

La cuestión del maltrato es una cuestión toral, de suma importancia, en el cómo de las relaciones familiares. Maltratar no sólo es tratar mal a alguien de palabra u obra. También es echar a perder. Porque el maltrato tiene que ver con lo que pasa aquí y ahora, es cierto; pero también produce un fruto a largo plazo. De acuerdo con el lenguaje bíblico, el maltrato planta en el corazón de las personas abusadas, raíces de amargura mismas que, como resulta obvio, sólo podrán producir frutos amargos. El término bíblico que se traduce como amargura, se refiere a un aborrecimiento amargo.

El aborrecimiento se compone de sentimientos maliciosos e injustificables, que lo mismo se tienen respecto de quien nos ha lastimado, de quien ha abusado de nosotros; como se tienen respecto de nosotros mismo. No solo se llega a odiar al abusador, sino que se termina odiándose a uno mismo. El odio empieza siendo un sentimiento de rechazo o repugnancia frente a alguien o algo, nos dice el diccionario. Sumamente doloroso resulta el que quienes han sido sistemáticamente abusados, por sus padres, esposos, hermanos o hijos, terminan, casi siempre, sintiendo que son ellos los culpables y, por lo tanto, merecedores de tantos abusos. Recuerdo, entre otras, a una mujer que habiendo sido abusada sexualmente por su abuelo materno y sus hermanos mayores, se preguntaba cómo es que podía haber sido tan mala que, ya a los cinco años, los provocaba para que abusaran de ella.

Aquí sólo apuntaremos que quienes han sido abusados llegan a sentir repugnancia de sí mismos, porque el abuso afecta de manera integral el todo de su identidad. Afecta sus pensamientos y sus emociones, creando verdaderas fortalezas espirituales, que no son otra cosa sino maneras de pensar negativas y dañinas; les afecta físicamente, puesto que produce el efecto conocido como de somatización, mismo que consiste en que los pensamientos y emociones terminan alterando la salud de la persona produciendo enfermedades y dolores reales. Y, desde luego, les afecta espiritualmente.

Quien ha sido, o está siendo abusado por aquellos a quienes ama, se vuelve más vulnerable ante los ataques del diablo, quien como león rugiente que busca a los más débiles, solo tiene como propósito el robar, matar y destruir. El ataque satánico busca disminuir la credibilidad y la confianza que la persona abusada tiene respecto a Dios. Muchos de los que han sufrido o sufren abuso, aprenden a pensar que Dios no los ama, que no le interesan y que alguna razón habrá para que Dios los esté castigando de tal manera. Cuando se rebelan contra el padre, el esposo o cualquier otro miembro que abusa de ellos, o cuando tienen algún sentimiento de ira o coraje en contra del abusador, se sienten culpables y, por lo tanto, indignos de la gracia divina. El abuso que sufren, y el dolor que del mismo resulta, apaga el gozo del Espíritu y aleja paulatinamente a la persona de la fuente de su salvación.

La buena noticia es que el Hijo del Hombre, nuestro Señor y Salvador Jesucristo, ha venido para deshacer las obras del diablo y para dar vida abundante a quienes han sido lastimados y despojados de su dignidad, su paz y su confianza. Quien ha sido abusado no tiene por qué vivir bajo el poder de sus abusadores, ni de los abusos recibidos. En Cristo encuentra el poder y la libertad para vivir una vida plena y caminar por la senda de la justicia y la paz. De esto nos ocuparemos en nuestra próxima entrega.

Mientras tanto, les invito a que hagamos nuestra la promesa del Señor que nos asegura: El Señor es mi pastor, nada me falta; en verdes pastos me hace descansar. Junto a tranquilas aguas me conduce; me infunde nuevas fuerzas, por amor a su nombre. Aun si voy por valles tenebrosos, no temo peligro alguno porque tú estás a mi lado; tu vara de pastor me reconforta.

El Espejismo de la Libertad

Publicado 20 septiembre, 2010 por Pastor Adoniram Gaxiola
Categorías: Emociones

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2Pedro 3.17-22

Muchas veces, al leer los pasajes bíblicos que describen el carácter de las personas, nos encontramos con que habla de muchos a quienes conocemos, con los cuales convivimos. En no pocas ocasiones, nos descubrimos a nosotros mismos en lo que estamos leyendo. Tal el caso del pasaje que nos ocupa hoy. Cuando menos nos obliga a reconsiderar algunas de las actitudes que afectan el cómo de nuestras relaciones más primarias; tanto por lo que tiene que ver con los otros, como por aquello que de nosotros el pasaje descubre.

Es este un pasaje difícil, feo y desagradable. De acuerdo con su contexto, describe la condición del hombre que se revela a la autoridad de Dios y pretende tener el derecho y la capacidad, no sólo para decidir lo bueno y lo malo, sino para enseñar a otros de acuerdo con sus convicciones. Pedro asegura que se trata de hombres que hablan mal de cosas que no entienden. Tal expresión petrina es una clave en sí misma, tanto para identificar a aquellos que son injustos, como para entender las razones que tienen para actuar de la manera en que lo hacen.

Primero, se trata de hombres que no hacen lo que es justo. Es decir, lo que Dios ha establecido como lo bueno, lo propio de las personas y de sus circunstancias. Por lo tanto, se trata de personas que actúan mal, son llevadas por sus instintos y emociones antes que por su capacidad de juicio, de análisis. Son sensuales en el sentido de que se dejan llevar por sus sentidos, por lo que sienten. Pueden ser simultáneamente cariñosos y agresivos; estar conscientes de sus responsabilidades y dejar de cumplirlas; su patrón de comunicación se vuelve confuso pues dan caricias positivas y caricias negativas, en una mezcla que evidencia su propia confusión interior. Son rebeldes a la autoridad, aunque codependientes de sus figuras parentales; mantienen una relación culposa con Dios, resistiéndose a reconocerlo como el Señor de su vida, pero al mismo tiempo procurando no molestarlo demasiado. Por lo tanto, se trata de personas emocionalmente inestables, propiciadoras de mucho dolor para quienes los aman y para ellos mismos. En principio, como fuentes sin agua y nubes empujadas por la tormenta, sólo tienen como destino la más densa oscuridad en sus vidas.

Sin embargo, se trata de personas que dan la apariencia de ser plenamente libres. Ellas mismas presumen: a mí, nadie; a mí, nada. Sin embargo, dice el Apóstol Pedro, son ellos mismos esclavos de corrupción. Y es que, todo hombre es esclavo de aquello que lo ha dominado. DHH ¿Qué es lo que nos domina a nosotros? ¿De qué somos esclavos, aunque pretendemos ser libres? Quizá la vieja consigna, dime de qué presumes y te diré de qué careces, sea un instrumento útil para comprender qué es lo que nos domina. Quizá presumamos de libertad, de independencia; quizá lo hagamos respecto de nuestra autosuficiencia o de la abundancia de nuestros recursos; a veces, se tratará de nuestro valor o de nuestra sabiduría. Lo cierto es que, Pedro asegura que las palabras infladas y vanas, altisonantes y vacías, no son suficientes para disimular siquiera la condición de esclavos. Abusadores, explotadores, adictos, los que viven contra natura, etc., se distinguen por la abundancia y la aparente contundencia de sus argumentos. Sin embargo, como en el caso del mal aliento, quienes conviven con ellos, quienes los tratan, se dan cuenta de que tales argumentos no los hacen menos esclavos de la condición en que se encuentran.

No basta con parecer libres, se trata de ser verdaderamente libres. La Biblia no sólo describe la condición esclavizada de los hombres sin Dios y sin esperanza. El mismo Pedro asegura que Dios nos hizo renacer para una esperanza viva 1Pe 1.3 Así que, conviene que si nos ocupamos de lo que nos esclaviza, o lo que puede llegar a hacerlo, no s ocupemos principalmente de lo que nos libera verdaderamente. Que tratemos de entender cómo es que la libertad puede dejar de ser un mero espejismo, para transformarse en una realidad verdadera y relevante a nuestro aquí y ahora.

La Biblia nos enseña que el camino de la libertad empieza por el arrepentimiento y la conversión. Dos cuestiones que aunque nos referimos a ellas como separadas, no son sino una sola desde la perspectiva bíblica. El mismo Pedro respondió a quienes, conscientes de su esclavitud y apesadumbrados por el peso de su pecado se preguntaban qué hacer para encontrar la libertad de Cristo, que era necesario que se arrepintieran de su pecado y se bautizaran en el nombre de Jesucristo para perdón de sus pecados y así recibirían el don del Espíritu Santo. Hch 2.38

Con su llamado a arrepentirse, Pedro invita a sus oyentes a cambiar de opinión y/o de propósito. Que se involucren en un cambio a mejor. Pablo llama también a que cambiemos nuestra manera de pensar, para que cambie nuestra manera de vivir. Ro 12.2 Es este un paso difícil para quienes se asumen libres y presumen de tal condición, siendo esclavos. La razón es que se requiere humildad. Esta consiste en no levantar mucho de la tierra, no presumir de sabios, diría Pablo. Rom 12.16 La humildad requiere y propicia el que reconozcamos nuestra verdadera condición y nuestra incapacidad inicial para liberarnos de aquello que nos posee, nos controla. Es decir, que reconozcamos nuestros temores, nuestras heridas, nuestras necesidades existenciales. Y, una vez habiéndolas reconocido, asumamos que no está en nosotros lo que puede hacernos libres y que, por lo tanto, necesitamos llevar nuestros trabajos y nuestras cargas a Jesucristo, nuestro Señor y Salvador.

Juan el evangelista asegura: Si el Hijos los hace libres, [los libertare] ustedes serán verdaderamente libres. Jn 8.36  Es esta nuestra confianza y es, al mismo tiempo, esta nuestra invitación. Dejemos de creer en los espejismos de nuestra libertad y asumamos en humildad la realidad de aquello que nos posee, domina y está destruyendo (lo que somos, a los que amamos, lo que tenemos).

Arrepintámonos y volvamos nuestro corazón a Jesucristo, nuestro liberador. En su presencia, quizá dolorosa pero confiadamente, abramos nuestro corazón y permitamos que él descubra y limpie de raíz lo que tanto dolor nos provoca. Comprometámonos a vivir en la luz y para honra y gloria del Señor. Así, caminaremos en libertad porque seremos plenamente libres.

A la Luz del Amor de Dios

Publicado 6 septiembre, 2010 por Pastor Adoniram Gaxiola
Categorías: Fe, Soledad, Sufrimiento, Vejez

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La semana pasada, Milca me comentaba que mientras que en el día podía sobrellevar con mayor fortaleza los malestares propios de la enfermedad que le aflige, durante las noches el dolor y la tribulación resultaban casi insoportables. Al escucharla y cuando, orando por ella, he recordado sus palabras y el tono de su voz, no he podido sustraerme a la convicción de que la noche, las noches de la vida, tienen un efecto multiplicador de las tribulaciones, los temores y la ansiedad de los humanos.

La Biblia, que en la traducción Reina-Valera 69 contiene la palabra noche en 345 versículos, asume la noche como un período asociado a la separación de Dios y a la muerte misma. Quizá por ello es que una de las más hermosas promesas del Apocalipsis, un libro de esperanza y regocijo espiritual, es, precisamente que, en la presencia eterna del Señor, no habrá más noche. Es decir, los redimidos nunca más volverán a estar separados de su Dios, ni habrán de enfrentar el temor de la muerte.

El temor de la muerte. Quizá sea este el elemento más distintivo, dramático y desgastante de las noches de nuestra vida. Recordemos esas muchas noches en las que, al lado de la cama del ser amado –ya en el hospital, ya en la casa misma-, la oscuridad de la noche, la soledad asociada a la misma y la impotencia resultantes nos hacen temer, con mayor intensidad que durante el día, lo que nos parece ser la inminencia de la muerte. O, recordemos nuestra propia experiencia, cuando estando enfermos nosotros mismos, o en medio de circunstancias de gran tribulación ante los conflictos personales o los de aquellos a los que amamos, tememos con mayor intensidad la cercanía de la muerte. No sólo porque tememos morir físicamente, sino porque nos sentimos alejados –hasta olvidados-, de Dios y llegamos a asumir que no hay lugar para la esperanza mientras las tinieblas sigan cubriendo el todo de nuestra vida.

En tales circunstancias anhelamos el resplandor de la luz del día, porque, nos parece, nuestros afanes son menores, o menos definitivos, cuando la luz trae seguridad, abre horizontes y nos permite tomar conciencia de la presencia de aquellos a los que amamos; siendo la de Dios la primera presencia que se hace evidente a la luz del día.

Siempre que leo el Salmo 130, me identifico bien con el Salmista. No hablaba de nadie más, sino de sí mismo, cuando aseguraba: Mi alma espera a Jehová más que los centinelas a la mañana, más que los vigilantes a la mañana. Y, sin embargo, expresaba la que es la experiencia de muchas mujeres y de muchos hombres; quienes, en las noches de la vida anhelan la llegada del nuevo día.

Sí, cuando nos encontramos atrapados en las noches de la vida no hay anhelo más ferviente que el que la noche pase y llegue un nuevo día. Porque, si de nosotros dependiera, nuestra vida bien podría componerse sólo de días, porque ¿a quién le hacen falta las noches de la vida?

Sin embargo, la Biblia nos enseña algunas cosas acerca de la noche, mismas que conviene tener presente. En primer lugar, la Biblia nos enseña que la vida se compone de días y de noches. De luz y de sombras. De alegrías y de tristezas. Ni los días sustituyen a las noches, ni estas expulsan de la vida los tiempos de luz y de seguridad. La riqueza de la vida está, precisamente, en el equilibrio interior que la persona mantiene tanto en los días como en las noches de la vida. El ser humano es más que las circunstancias de la vida. Las trasciende, va más allá de ellas porque las vive a la luz de la eternidad y no sólo de lo inmediato.

Ello es posible porque, como lo enseña la Biblia, la noche y el día son lo mismo para Dios. El Salmista le dice a Dios: Aun las tinieblas no encubren de ti, y la noche resplandece como el día; lo mismo te son las tinieblas que la luz. ¿En qué sentido es que el día y la noche le dan lo mismo a Dios? Permítanme proponer que la declaración del Salmista (29.10), contiene la razón que buscamos. En efecto, el Salmista asegura: Jehová preside en el diluvio, y se sienta Jehová como rey para siempre. En los diluvios nada permanece, el agua arrastra con todo, según sabemos. Sin embargo, el Salmista nos recuerda que Jehová preside en el diluvio; es decir, que el Señor retiene su autoridad y poder aun en la circunstancia del diluvio. También nos recuerda que no lo mantiene de cualquier forma, por el contrario, David asegura que el Señor se sienta como rey para siempre. Es decir, en las noches de la vida, Dios sigue estando al frente de la misma y se mantiene firme. Firme en su poder, pero también firme en su compasión y en su compromiso para con nosotros, sus hijos, su pueblo.

Además de lo anterior, podemos trascender –ir más allá de nuestras noches y nuestros días-, porque Dios, a quien le da lo mismo la luz que las tinieblas-, ha prometido acompañarnos en las noches de nuestra vida. El Salmo 23, como sabemos, nos asegura que cuando andemos por valles de sombra de muerte, el Señor estará con nosotros. Me gusta más la traducción de Dios Habla Hoy: Aunque pase por el más oscuro de los valles, no temeré peligro alguno, porque tú, Señor, estás conmigo; tu vara y tu bastón me inspiran confianza. Aunque muchas veces nos parece, cuando atravesamos las noches de la vida, que Dios nos espera al otro lado de la oscuridad, al amparo de la luz; lo cierto es que Dios camina a nuestro lado en los más oscuros valles de nuestra existencia. Aunque no vemos su luz, esta sigue brillando y guiándonos. Aunque a veces no sintamos su presencia, él, nuestro amoroso Padre, no sólo nos acompañan, también nos sostiene y nos anima: vivifica nuestro cuerpo e infunde vigor a nuestra alma.

Finalmente, las noches de la vida no tienen el poder para definir lo que somos, lo que valemos y nuestro destino. Las noches de la vida: nuestras enfermedades, nuestros conflictos, aun nuestras derrotas, son meras circunstancias. Es decir, meros accidente de tiempo, lugar, modo, mismos que con la ayuda de Dios no solo superamos, sino de los que podemos levantarnos en victoria. San Pablo nos recuerda que: ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro.

En los días y en las noches de la vida, los que hemos sido salvados por la sangre preciosa del Cordero de Dios, nos mantenemos unidos a él. Esta es nuestra victoria, este es nuestro triunfo. Nada puede separarnos del amor de Dios, nada. Ni la luz, ni las tinieblas. Ni lo que vivimos de día, ni lo que vivimos de noche. Porque el amor de Dios permanece, trasciende, a nuestras circunstancias.

A Milca, y a las milcas y los milcos que me escuchan, quiero decirles que Dios está con ustedes en todo tiempo y en todo lugar. También quiero animarles, exhortarles a que de día y de noche hagan su principal petición a Dios, la de su amor y su presencia consoladora. Más importante que la salud, que la tranquilidad y que la abundancia, es la realidad presente del amor divino. Sin este, la salud, la tranquilidad y la abundancia, nada son, para nada sirven. Pero, el amor de Dios es suficiente, es bastante para lo que necesitamos. Con frecuencia, cuando oro por quienes atraviesan los valles oscuros de la vida, lo hago pidiendo que el amor de Dios sea tan abundante y tan evidente, que la persona en necesidad no pueda ignorarlo. Así, podrá seguir adelante en medio de las tinieblas, mirando el rostro de Dios a la luz de la fe. Quiera el Señor amarte a ti de esta manera. Que el amor de Dios se haga tan evidente en tu vida que lo mismo te sean las tinieblas que la luz, para seguir confiando en la misericordia y provisión divinas. Sí, mi oración es que transites por las noches de la vida a la luz esplendorosa del amor de Dios.