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No Sin el Poder del Espíritu Santo

9 agosto, 2014

Hch 1.8; Ro 15.13; 1Tes 1.5

Como sabemos, el poder del Espíritu Santo, su dunamis, no es otra cosa sino la capacidad de llevar cualquier cosa a cabo. Dios en nosotros puede y nosotros, llenos de su Espíritu Santo, también podemos. De acuerdo con la oración de nuestro Señor Jesucristo, registrada por Juan, de la misma manera en la que el Padre está en el Hijo, así también el Hijo está en los creyentes. Así, el poder que opera en el creyente es el mismo poder que operaba en Jesús el Cristo.

Generalmente, cuando se trata de hablar del poder de Jesucristo, la primera cuestión que se destaca es la capacidad que él tuvo para sanar a los enfermos, resucitar a los muertos, alimentar a las multitudes y obrar muchos otros milagros. Sin embargo, la lectura cuidadosa de los evangelios nos muestra que tal capacidad no era sino la expresión de una más relevante: aquella que le llevó conocer la mente del Padre (su carácter y su propósito), y, por lo tanto, a mantenerse en una relación confiada, fiel y fructífera. Es tal capacidad, la de conocer al Padre y mantenerse en relación con él, la que le permitió, consecuentemente, hacer todas esas cosas que llaman nuestra atención y que no eran sino las señales que hacían evidente que el Reino de Dios se hacía presente en Jesús hombre.

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La Identidad del Espíritu Santo

2 octubre, 2010

A la pregunta, ¿quién es el Espíritu Santo?, solo cabe una respuesta: el Espíritu Santo es Dios mismo. Juan 4.24 No la fuerza de Dios, tampoco la tercera parte de Dios, ni siquiera un dios Espíritu Santo. La Biblia nos enseña que Dios es uno, ello implica que es además de uno solo, también único en su manera de ser. Los teólogos han recurrido al término unicidad, para referirse a la manera única de ser de Dios.

La Biblia nos enseña que Dios se ha manifestado como Padre, como Hijo y como Espíritu Santo. 1 Ti 3.16 El término que Reina-Valera traduce como manifestado (faneroo), significa “se presentó”. Así que, podemos entender que Dios se ha presentado a sí mismo actuando como Padre, como Hijo (en la persona de Jesucristo), y como Espíritu Santo. En un intento de explicar el ser y quehacer de Dios, los cristianos han desarrollado la llamada doctrina de la Trinidad. Esta enseña que Dios es uno, pero que es Padre, es Hijo y es Espíritu Santo. Es decir, dicha doctrina señala, sostiene su fe en un Dios único, pero se refiere a las hipóstasis del mismo. Es decir, que al mismo tiempo que Dios es uno, es verdaderamente Padre, verdaderamente Hijo y verdaderamente Espíritu Santo. Quienes no se asumen como trinitarios, coinciden en cuanto a su fe en un Dios uno, y consideran que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, son manifestaciones o modos de ser de Dios.

Al respecto debemos tener en cuenta que toda doctrina respecto del ser y quehacer de Dios, no es sino una aproximación parcial de la mente humana, a la grandeza, la soberanía y la magnificencia divinas. Por lo tanto, animados por la fe, nosotros creemos que Dios es uno y que se ha presentado a nosotros de distintas maneras: como Padre, como Hijo y como Espíritu Santo.

Para los efectos de nuestra reflexión, consideramos que el Espíritu Santo es Dios mismo obrando en y al través del creyente. 1 Corintios 3.16; 6.19 La Biblia declara de manera reiterada que el Espíritu Santo es Dios; más aún la Biblia nos enseña que Dios es Espíritu. También enseña que el creyente, que ha sido regenerado mediante el sacrificio de Cristo, ha recibido el Espíritu Santo y, por lo tanto, es templo del Espíritu Santo. Es decir, que Dios habita en el creyente y actúa en él y al través suyo; tanto para la edificación personal del cristiano, como para su capacitación para el servicio de Cristo. Primero, para que el cristiano pueda actuar como testigo de Cristo en la tarea evangelizadora que consiste en ir a todo el mundo y hacer discípulos a los que escuchen el Evangelio de Salvación.

Aunque a lo largo de la Biblia encontramos diversas referencias al ser y quehacer del Espíritu Santo, es a partir del ministerio de nuestro Señor Jesucristo que el tema adquiere mayor relevancia. A José el ángel le asegura que María ha engendrado del Espíritu Santo. Juan el Bautista anuncia que detrás de él viene Jesús, quien habrá de bautizar a los creyentes con Espíritu Santo y fuego. El evangelista Juan hace una declaración por demás interesante: El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva. Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él; pues aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado. Juan 7.38-39

Nuestro Señor Jesús se refiere a la obra del Espíritu Santo comparándola con el fluir de ríos de agua viva en el interior del creyente. Es decir, alude a la presencia manifiesta del poder de Dios en el creyente. Pero, Juan también hace un par de precisiones: dice que aún no había venido el Espíritu Santo, y explica que ello se debía a que Jesús no había sido glorificado.

Nuestro Señor Jesús, al referirse a su glorificación, prometió a sus discípulos que no los dejaría huérfanos, sino que vendría a ellos. Hace tal promesa en referencia de la venida del Espíritu Santo, el Consolador. Fijémonos que nuestro Señor Jesús no promete que él o el Padre enviarán a otro, sino que el mismo Jesús volverá a estar con ellos. Juan 14.18 DHH

Hebreos nos asegura que es, precisamente nuestro Señor Jesús, la forma más perfecta en la que Dios se ha mostrado a los hombres. Lo que podemos conocer de Dios, lo conocemos gracias a Jesús quien es el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder. Hebreos 1.1-3 Mientras Cristo estuvo en la Tierra, en tanto que no fue glorificado, su presencia era la presencia de Dios. En Cristo habitaba corporalmente, asegura San Pablo, toda la plenitud de la deidad. Colosenses 2.9 Cuando Cristo es arrebatado en las nubes, ya no está más físicamente entre los suyos. Pero, siendo Dios, no se ausenta de y de entre los hombres, se manifiesta como [el] Espíritu Santo.

Esto muestra una cuestión sumamente importante: Dios tiene un profundo interés en relacionarse personalmente con los suyos. Uno de los elementos de la doctrina de la Trinidad es, precisamente, el uso del término persona. Al decir que el Espíritu Santo es una persona, al igual que el Padre y el Hijo, se refiere a la capacidad del Espíritu Santo para relacionarse con las personas humanas. Es decir, la fe cristiana no considera a Dios como una fuerza impersonal, como una esencia sin identidad, ni, mucho menos, como un poder ajeno y distante de los seres humanos.

Dios piensa, siente y se relaciona con su Creación. En particular lo hace con el hombre. Para ello lo creó, para vivir en relación con los seres humanos. Así que, una vez que Cristo, la imagen de Dios, ha sido glorificado y no está más físicamente entre los hombres, Dios se mantiene en relación con las personas al través de Espíritu Santo. Gracias a la obra de Cristo, Dios ha vuelto a estar en comunión con los hombres y las mujeres redimidos por la sangre derramada en la cruz. Este estar en comunión, es mucho más que estar en relación. Es participar de la realidad humana y hacer partícipes a los suyos de su esencia divina. Por el Espíritu Santo, Dios mismo habita en el corazón de los suyos.

Es el tipo de relación a la que se refiere nuestro Señor Jesucristo cuando le dice al Padre: Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado. Juan 17.23 Dios siempre ha querido estar unido a los suyos. La razón y el vínculo de tal unidad son el amor; el amor con que él nos ama y el amor que, como respuesta, le profesamos a él. Dado que Dios es amor, entonces es él en nosotros, al través de su Espíritu Santo, quien hace posible la realidad de la comunión que, a su vez, desata todo el poder y las capacidades divinas en nuestra vida.

Podemos concluir reiterando que el Espíritu Santo es Dios mismo en el creyente. Todo lo que Dios hace en y al través del cristiano es porque él mismo habita en el corazón de mismo. Como el cristiano es el templo del Espíritu Santo, es en él y por él que Dios se muestra al mundo y da testimonio de su poder, su amor y su propósito salvífico. Procuremos, entonces, que el Espíritu Santo abunde en nosotros y cumpla su propósito en nuestra vida y al través de la misma.

Una Iglesia En el Poder del Espíritu Santo

4 julio, 2010

Hechos 1.8; 2.1-4; 4.29-31

La principal característica, y por lo tanto la principal enseñanza, de la Iglesia Primitiva, es que se trata de una Iglesia que vive y hace en el Espíritu Santo. Utilizo esta expresión, en el Espíritu Santo, porque es sabido que la preposición en, denota en qué lugar, tiempo o modo se realiza lo expresado por el verbo a que se refiere. Así, la Iglesia Primitiva estaba inmersa, sumergida y por lo tanto llena por fuera y por dentro, en el poder del Espíritu Santo.

Nuestro Señor Jesucristo prometió a sus discípulos que recibirían poder cuando el Espíritu Santo viniera sobre ellos. Hechos 1.8 A partir de tal realidad, los discípulos habrían de convertirse en testigos de Cristo en Jerusalén, Judea, Samaria y hasta en las partes más lejanas de la tierra. El estudio del tema, sobre todo en el libro de Hechos, nos permite entender que lo que el bautismo del Espíritu Santo habría de provocar o producir en los discípulos, nosotros entre ellos, es un apoderamiento. Es decir, que Dios habría de poner en ellos poder y darles posesiones que hasta entonces no tenían. Al ser un bautismo del Espíritu Santo tal poder no sería otro sino el mismo poder de Dios, que quedaría bajo la administración de los discípulos con el fin de que ellos pudieran cumplir con la tarea de evangelizar y hacer nuevos discípulos en todo el mundo.

El estudio bíblico nos permite descubrir que el poder del Espíritu Santo apodera al creyente dándole tres capacidades particulares: la capacidad de recuperar el equilibrio interior; la capacidad para hacer señales milagrosas que evidencien el poder y la presencia de Dios en y al través de ellos; y, lo que podemos llamar la capacidad de la palabra convincente, misma que es creída aun por los más pecadores.

Cuando hablamos de la capacidad para la recuperación del equilibrio interior, estamos hablando del poder para desaprender una forma de vida bajo la influencia del pecado y re-alinear nuestros pensamientos, sentimientos, emociones y acciones en el orden de Cristo. Ante el poder del pecado y sus consecuencias, poco podemos hacer por nosotros mismos. Pero, el Espíritu Santo en nosotros nos capacitad y fortalece de tal forma que podemos actuar como nuevas criaturas… en todo. Más aún, podemos enfrentar los ataques del diablo que van certeramente dirigidos a nuestras áreas débiles, y salir victoriosos ante los mismos. Esta capacidad se incrementa en la medida que nos llenamos constantemente del Espíritu Santo.

Los discípulos en equilibrio interior pueden disponer del poder delegado por Dios para hacer milagros y señales en su nombre. Resulta obvio el que una persona sin equilibrio interior puede ser superada por un poder tan extraordinario como el que nuestro Señor prometió a los suyos en Marcos 16.16. Pero el discípulo en equilibrio, aquel que ha logrado superar sus conflictos internos y de relación, puede usar sabia y oportunamente el poder derivado de los dones espirituales a su servicio. Por ejemplo, puede orar por los enfermos y ver que estos sanan, sin olvidar que no es él quien los ha sanado, sino Dios que mora en él por su Espíritu Santo. Sobre todo, el discípulo que sabe quién es, que cultiva su comunión personal con Dios haciéndose responsable de la misma y que se relaciona adecuadamente con sus semejantes, sabe que los milagros y las señales que él hace tienen como exclusivo propósito el que Dios sea glorificado en todo.

El Espíritu Santo capacita al discípulo para que la suya sea una palabra convincente. De manera extraordinaria, sobrenatural, prueba lo que dice e incita a sus oyentes para que acepten como verdad lo que le escuchan decir. En las palabras del discípulo lleno del Espíritu Santo hay un poder que clarifica la verdad, la hace sencilla y comprensible y anima al oyente a que la siga. Bien lo dijo el Señor, cuando prometió que cuando sus discípulos fueran llevados ante los jueces -cuando sus palabras estuvieran bajo juicio-, el Espíritu Santo les enseñará lo que deben decir. Lucas 12.12

Ahora bien, el estudio del libro de los Hechos nos muestra que el poder del Espíritu Santo no fue lo único, ni el único poder, que explica el éxito de la Iglesia Primitiva en su tarea de proclamar fielmente el evangelio de nuestro Señor Jesucristo. Además del poder del Espíritu Santo encontramos el que podemos identificar como el poder del compromiso de los primeros discípulos. Por su amor y gratitud a Dios por la salvación recibida y animados por la manifestación del poder del Espíritu Santo en y al través de ellos, los primeros cristianos contrajeron la obligación, de vivir al límite con tal de ser hallados fieles en la tarea que se les encomendara.

Hechos 2 nos relata el cómo fueron llenos del Espíritu Santo en el día de Pentecostés y cómo la señal de las lenguas despertó el interés inicial de miles de nuevos creyentes. Pero, la historia no termina en ese capítulo. Al impacto inicial provocado por las manifestaciones sobrenaturales del Espíritu Santo, habría de seguir el testimonio: [la] prueba, justificación y comprobación de la certeza o verdad de algo. Debían probar con su propia vida y no nada más en su propia vida, la presencia real del Reino de Dios entre los hombres. Para ello debían vivir de una manera diferente a quienes no tenían el poder del Espíritu Santo; y debían hacerlo en oposición a lo que ellos mismos habían sido y a lo que eran los incrédulos.

El poder del compromiso resulta de la determinación para cambiar y convertirse en agentes de cambio. Es fruto este poder, de la experiencia convencida y cotidiana de la presencia del Espíritu Santo en ellos. Como se cree que el Espíritu Santo los ha hecho capaces, entonces se esfuerzan y viven de acuerdo a tal realidad. No siguen haciendo lo que los aleja de Dios, no siguen practicando el pecado… en fin, no siguen la inercia de formas de vida sin poder y sin propósito. Contraen la obligación de vivir de manera diferente y su vivir diferente se convierte en testimonio que impacta a los no creyentes.

Estando concientes que vivir la vida de Cristo implica graves dificultades y riesgos peligrosos, los discípulos se comprometen a ser fieles al Señor y a su llamado. Por eso oran diciendo: Señor, fíjate en sus amenazas y concede a tus siervos que anuncien tu mensaje sin miedo. Hechos 4.29

De la Iglesia Primitiva aprendemos que necesitamos ser llenos del poder del Espíritu Santo. Que nada o muy poco podemos hacer si no tenemos el poder de Dios en nuestras vidas. Así que, como la Iglesia Primitiva lo hizo, debemos ocuparnos de manera intencional y prioritaria en la búsqueda de la llenura del Espíritu Santo. Mismo que, el Señor ha prometido, Dios habrá de dárselo a quienes se lo pidan. Lucas 11.13 Toca a nosotros, en lo individual y como iglesia, abocarnos a la tarea de ser llenos del Espíritu Santo, no hacerlo nos condenará a una vida mediocre, llena de frustración e impotente en todos los sentidos.

Pero, de la Iglesia Primitiva también aprendemos que se requiere de nuestro compromiso para vivir y desarrollar las capacidades que el Espíritu Santo pone en nosotros. Lamentablemente, hay quienes siguen atrapados en las mismas circunstancias que vivían cuando vinieron a Cristo. Sus vidas siguen estando llenas de insatisfacción; sus relaciones matrimoniales siguen igualmente enfermas; viven bajo el poder de la amargura, la depresión y los conflictos relacionales. En fin, sus vidas no son en nada, o en casi nada, diferentes a lo que eran antes de Cristo. ¿Qué les falta? Les falta compromiso, les falta el denuedo, la libertad, para predicar y vivir la Palabra de vida que han recibido.

Dos tareas tenemos por delante, entonces: la primera, buscar la llenura del Espíritu Santo en nuestras vidas. No es suficiente con lo que tuvimos o las veces que nos llenamos, hoy y aquí necesitamos llenarnos nuevamente de su Espíritu Santo. La segunda, debemos salir de nuestras zonas de confort espiritual y entregarnos a la tarea de ser testigos fieles de Jesucristo. Debemos pagar los precios que ello significa: tomar las decisiones que hemos relegado; hacer lo que es adecuado y oportuno; quedarnos solos, si es necesario; asumir que nuestra fidelidad a Cristo implica la enemistad del mundo. Podemos hacerlo y así experimentar la novedad de vida que es propia de las criaturas nuevas, al mismo tiempo que nos convertimos en agentes de cambio en medio de la generación perversa entre la que vivimos y que tanta necesidad tienen de las buenas nuevas del Evangelio de Cristo.