Posted tagged ‘Violencia Intrafamiliar’

¡Levántate y vámonos!

9 agosto, 2015

Jueces 19

Esta es una historia que estremece por su actualidad. Parecería que estuviésemos leyendo cualquier periódico, cualquier día de la semana. No hay explicación posible para tanta crueldad, mucho menos para la pasiva resignación de las víctimas. Se trata de una de esas historias que hacen evidente la degradación de aquellos que, asumiéndose mejores, deciden que son dueños de los que les resultan utilitarios y desechables. Pero, también, la de aquellos que han asumido ser inferiores y, por lo tanto, merecedores de la suerte que enfrentan.

Violencia de Género es un concepto cada vez más complicado e incluyente. Aunque generalmente se refiere a la violencia en contra de las mujeres, en realidad define la violencia –pasiva y activa- en contra de las personas en razón del rol, de las funciones asignadas a alguien, en función de su sexo. No hay tal cosa como que a tal género sexual corresponden, en automático, tales o cuales tareas o funciones familiares y/o sociales. Los roles u ocupaciones, aún el destino de las personas en razón de su sexo, responden a las culturas en las que las personas se desarrollan. Se trata de las culturas dominantes, pero también de las culturas familiares.

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Como Plumas de Ganso

18 octubre, 2010

Alguna vez, nuestro Señor Jesucristo hizo referencia al hecho de que nuestro adversario el diablo sólo ha venido para robar, matar y destruir. Creo que difícilmente podemos encontrar una mejor descripción de lo que el abuso resultante de la violencia intrafamiliar hace en las personas, especialmente en las mujeres. Los abusos son equivalentes al hecho de esparcir plumas de ganso al aire, se llega al momento en el que el abusador pierde el control sobre lo que ha hecho y el daño se hace cada vez más grande, más poderoso y alcanza a más y más personas. Sucede lo mismo que con quien avienta plumas al aire, no sabe hasta dónde llegarán y a cuántas personas afectarán una vez que han salido de sus manos.

El padre o la madre que abusan de sus hijos, lo mismo que los esposos que abusan de sus esposas o los hijos que abusan de sus padres y madres, no sólo causan dolor y daño en el aquí y ahora de los suyos. Desatan fuerzas que nunca más podrán controlar y que esparcirán el dolor y el daño a muchos otros, en muchos lugares y al través de mucho tiempo. Conozco mujeres que a sus más de setenta años, todavía lloran y se estremecen cuando recuerdan lo que sus padres, abuelos o hermanos, hicieron con ellas. Van por la vida, tristes y provocando la tristeza, y a veces el dolor, de aquellos con los que comparten su vida. Al igual que conozco padres ancianos, a los que el menosprecio y las ofensas de los hijos los han marcado y, con toda seguridad, seguirán causando dolor hasta que la muerte los libere del mismo.

Debemos entender que la violencia intrafamiliar provoca un deterioro integral de la persona. Es decir, no sólo la afecta físicamente, sino que también la daña en lo espiritual, lo intelectual, lo emocional, y, desde luego, en el terreno de lo relacional. Sí, quienes sufren cualquier tipo de violencia, en cualquier edad de sus vidas, son despojados de mucho de aquello que les hace seres humanos. Sucede con ellos lo que nuestro Señor Jesús describe como la primera obra del diablo: son robados.

Se les roba dignidad. Esta es la principal característica de los seres humanos, consiste en el hecho de que las personas son merecedoras de respeto, dado que son creadas a imagen y semejanza de Dios. La falta de respeto es causa y efecto del menosprecio. Se abusa de aquellos a quienes se desprecia, a quienes se tiene en poco. Es decir, a quienes no se tiene en estima. A fuerza de repetir y aumentar el grado de tales expresiones de menosprecio, la persona abusada aprende que no vale, que no importa, que no es merecedora de respeto por parte de sus abusadores… y de los demás. En consecuencia, el robo de su dignidad le lleva a que su estima propia muera poco a poco, y de manera irreversible.

Sí, los abusadores y los sistemas familiares que los permiten, matan la estima propia de aquellos de quienes abusan. Muchas veces la violencia intrafamiliar provoca la muerte física de los suyos. Según la Revista Nexos el 20% de los asesinatos en México son de mujeres, en el contexto de la violencia intrafamiliar. Pero, con todo el drama y el dolor de quienes son asesinados por sus propios familiares, es mucho más dramático el hecho y mucho mayor el número de aquellos que, estando vivos, llevan la muerte en el alma. Y esta es mucho más que una mera frase efectista, es literal. El alma es el asiento de los pensamientos y las emociones de las personas. Es decir, en el alma se desarrolla también la capacidad intelectual que permite a las personas pensar atinadamente, tomar las decisiones adecuadas y oportunas, analizar y discernir sobre las cuestiones importantes de la vida.

Los abusadores matan tales capacidades en los abusados. No pocas veces, lo primero que me dice quien ha sido, o está siendo víctima de abuso, es “no sé”. “No sé qué pensar”, “No sé si estoy bien o no”, No sé…” Ante la pérdida o la disminución de la capacidad para pensar, razonar y decidir por sí misma, la persona abusada queda más y más a expensas de quien las ofende y daña. Cada vez son menos ellas, para ser, también cada vez más, quienes sus abusadores quieren que sean.

En consecuencia, la libertad de la persona abusada va muriendo poco a poco. Como en el caso de las víctimas de abuso sexual, se trate de mujeres o de hombres, quienes terminan por no presentar resistencia ante la violación que sufren. Aprenden que no pueden hacer nada, que sólo les queda resignarse y así se muere en ellos su dignidad, su capacidad para pensar y sentir y, desde luego, su libertad. He perdido ya la cuenta del número de veces que personas que han pedido hablar conmigo en busca de consejería, llaman por teléfono para disculparse porque ya hablé con mi marido-mi padre-mi hijo-mi jefe y no quiso que yo hablara con usted”. Lo peor es que no sólo sufren la muerte de su libertad para buscar ayuda, también va muriendo en ellos la fe, la confianza en Dios, la capacidad para creer que Cristo es su liberador, así como es su Salvador. Sí, el la violencia intrafamiliar mata el alma de las personas.

Robo más muerte, es igual a destrucción total. Como pasa con el diablo, los abusadores no se contentan con robar y matar, no descansan sino hasta que destruyen a sus víctimas. Al robo y a la muerte agregan la burla, la ostentación de su poder y los efectos del dolor infligido. Amenazan, presumen, evidencian, tanto su conducta, como los daños causados. Por eso dejan a la vista las fotos de sus conquistas, por eso señalan las debilidades y limitaciones de aquellos a quienes dañan, por eso cada vez causan más daño y dañan a más personas. Porque no les es suficiente con robar y con matar, necesitan destruir como lo hace su padre el diablo.

La buena noticia es que nuestro Señor Jesús ha venido para destruir las obras del diablo. Ha venido para regenerarnos, es decir para hacer de nuevo lo que estaba en nosotros desde nuestro nacimiento. Él nos ha justificado, ha quitado lo que está de más y ha añadido lo que hacía falta. Así que quienes han sido redimidos por la sangre de nuestro Señor Jesucristo, son libres de dos cosas: del poder de sus abusadores, y, la segunda, del poder de las heridas recibidas. Pueden vivir en plenitud de vida. Pero, para ello, tienen que pagar el precio que representa el salir de su propio Egipto y caminar hasta la Tierra Prometida.

Es decir, tienen que asumir –hacer suya-, la convicción de que el sacrificio de Cristo en la cruz alcanza para que salgan de su condición de víctimas y vivan como mujeres y hombres libres. Deben creerlo y actuar en consecuencia. Denunciando, oponiéndose y haciendo público el hecho del abuso recibido. Pueden hacerlo a pesar de la vergüenza y el dolor que ello provoque, porque en Cristo son más que vencedores.

Pero, también, deben creerlo y actuar en consecuencia sobreponiéndose a los pensamientos, las emociones y los temores que los dañan y limitan. Por favor, no permitan que el diablo y quienes han abusado de ustedes se salgan con la suya. Al abuso, al menosprecio, al robo, la muerte y la destrucción que les han provocado, respondan con el poder liberador de la sangre de Cristo. Paguen el precio de salir al desierto y caminar hasta la Tierra Prometida, en su caminar no estarán solos: Dios será la nube que los proteja y la antorcha que los guíe. Será difícil y doloroso; habrá soledad y confusión, es cierto. Pero, quien pone sus pies en el agua de la vida no tiene otro destino sino la libertad gloriosa que Dios ha provisto para los suyos.

A ti te recuerdo el llamado a Josué: Esfuérzate y sé valiente, no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios, está contigo.

Los Ciclos de la Violencia Intrafamiliar

11 octubre, 2010

No poca sorpresa e incomodidad causa el que nos ocupemos del tema de la violencia intrafamiliar y que aseguremos que el mismo es asunto de las familias cristianas. De hecho, es este un tema que las iglesias se resisten a considerar con amplitud y objetividad. Apenas el viernes pasado, una mujer que ha sufrido el maltrato verbal y sexual de su esposo me contaba cómo su Pastora, le había recomendado paciencia y resignación ante el riesgo de que, si se revelaba o denunciaba a su marido, pudiera quedarse sola. La mujer me dijo, mejor sola que constantemente lastimada. Duele, el porcentaje tan alto de personas que animadas por las reflexiones aquí propuestas, identifican y reconocen el estar viviendo situaciones de violencia. Duele porque, como alguna persona me dijera entre semana, también se trata de cristianos que cumplen con tareas de liderazgo a interior de sus respectivas congregaciones. Hoy abundaremos un poco más en el tema en el ánimo de comprender mejor el asunto y estar en condiciones de, con la ayuda de Dios, superarlo.

Como ya hemos dicho, debemos entender es que cuando hablamos de violencia intrafamiliar o doméstica no nos referimos sólo a desafortunados hechos aislados en los que alguno de los miembros de la familia arremete o lastima contra otro u otros. La violencia intrafamiliar consiste en un patrón de abuso que se repite una y otra vez. Un patrón, una forma de ser familia, que tiene sus propias etapas y tiempos. Que, además, requiere como en un juego u obra de teatro, que los miembros de la familia jueguen o representen distintos papeles o roles. En efecto, la violencia intrafamiliar no es generada solo por el miembro violento de la familia, sino que requiere también de un ambiente particular, así como de la participación de los otros en complemento a las actitudes y conductas del o de los agresores.

Desafortunadamente, quienes sufren la violencia intrafamiliar desarrollan una gran capacidad de adaptación y aguante ante la misma, pues, conforme la violencia intrafamiliar aumenta, los ciclos o etapas de la misma se vuelven cada vez más cortos y dañinos. Por lo tanto, confunden lo frecuente con lo normal, asumiendo que lo que viven es lo que está bien, que así les tocó vivir. Por ello es necesario poder identificar las etapas y características del ciclo de la violencia:

La etapa de la acumulación de tensión. En esta todavía no hay agresión física, pero existe un clima de tensión en la que las víctimas perciben, saben, que en cualquier momento pueden ser agredidos. La violencia por llegar se anuncia con gritos, las amenazas abiertas o veladas, los insultos, menosprecio o insinuaciones sobre lo que le espera a la víctima.

La etapa o fase violenta. Es cuando la agresión estalla, ya sea físicamente: con golpes, apretones, pellizcos, empujones, etc.; o en su modalidad sexual, particular, aunque no exclusivamente de las relaciones de pareja. En estos casos se da el agravio, la violación, la imposición de prácticas sexuales ofensivas para el otro o hasta el negarse a sostener relaciones sexuales con la pareja.

Generalmente, después de la agresión la persona violenta experimenta sentimientos de culpa, lo cual no necesariamente significa que se arrepienta, en el sentido bíblico de la expresión. Más bien, se trata del temor a las consecuencias, a ser descubierto o a la posible reacción de la víctima, denunciando o respondiendo al maltrato recibido. Por lo tanto, para mantenerse seguros, los agresores acostumbran mantener bajo amenaza a sus víctimas: “si dices algo te mato, o te quito a tus hijos”, por ejemplo; también procuran convencerlas de su poca o nula credibilidad, al asegurarles: “nadie te va a creer”; o chantajean revirtiendo la culpa en contra de la víctima: “te lo ganaste”, “si fueras más responsable esto no sucedería”, etc.

Además, el agresor tratará de justificarse a sí mismo, y a su conducta, haciendo alarde de sus propias debilidades. Culpando a las circunstancias, a su pasado o al otro. Acto seguido, pedirá perdón y desarrollará toda una estrategia complaciente para ganarse el perdón, la comprensión y la confianza de su víctima. Esto nos lleva a la tercera etapa del ciclo de la violencia intrafamiliar.

La etapa de la luna de miel. A la pérdida, y el otorgamiento, del perdón sigue la etapa de la luna de miel. En esta, las relaciones se normalizan, la conducta del agresor se modera y hasta cambia diametralmente. La víctima asume su papel como tal y procura mostrarse conforme, sumisa y paciente para no acelerar el inminente nuevo estallido de violencia. Es decir, víctima y victimario juegan a que “ya todo está bien”, favoreciendo un estado de cosas que, simplemente generará más y más violencia.

Como podemos ver, se trata de un círculo viciado que incluye tanto el carácter de cada uno de los miembros de la familia, como diversos factores externos a la misma. En no pocos casos, las víctimas encuentran en aquellos en quienes buscan apoyo, orientación y ayuda, un rechazo a su deseo de cambiar las cosas. “Aguántate, quisiste casarte con él, ¿o no?”; “piensa en tus hijos, ¿quieres dejarlos sin su padre o sin madre?; “piensa en el testimonio, ¿qué va a decir la gente de ti, de nosotros, de la iglesia”? Muchas de ustedes han oído frases similares, y, entonces, se sienten más solas y menos capaces de superar la situación que les degrada y lastima.

Quienes padecen la violencia de personas amadas por ellos, deben asumir que la violencia intrafamiliar es una calle de doble sentido. Que si bien, la víctima no es culpable de la violencia que se ejerce en contra suyo, sí es responsable de permitir y permanecer en una situación que propicia la violencia. Quienes padecen violencia deben procurar no solo entender por qué su agresor actúa como lo hace; sino, entender también, cuales son aquellas características propias que les llevan, como víctimas, a permanecer en una forma de relación que favorece y propicia la manifestación del ciclo de la violencia intrafamiliar.

El ser humano ha sido creado con Valores Fundamentales. Dios nos ha creado dignos, íntegros y libres del poder de nuestras emociones. Sin embargo, por el pecado, la persona deja de actuar animada por sus Valores Fundamentales y lo hace empujada por sus miedos, sus temores. Estos temores son la razón de las relaciones de codependencia. El agresor necesita de víctimas para reafirmar su identidad. Necesita sentirse poderoso para saber que vale. Pero, desafortunadamente, la víctima también necesita sentirse indefensa o comprensiva con su agresor para creer que vale. No pocas víctimas asumen que su tarea en la vida es cambiar, rescatar, a su agresor y por ello es que soportan y perdonan infructuosamente la violencia que sufren.

Así, nos volvemos idólatras y hechiceros. Idólatras porque aprendemos a creer que los otros tienen el poder de decidir sobre nosotros. Cedemos el control de nuestra vida a los otros. “No puedo, él me buscaría si lo dejara”; “es que no podría vivir sin él/sin ella”; “si no le amara tanto, no lo necesitaría”, etc. Hechiceros, cuando pretendemos que lo que la otra persona haga será nuestra responsabilidad dado que nosotros, “le obligamos a que lo hiciera”. “Sí, yo sé que es malo, pero, si lo dejo ¿qué va a hacer con su vida?”; “si se mata o hace alguna locura, yo no podría vivir sabiendo que lo hizo por mi culpa”; “es que si me voy, se va a volver más malo y eso será mi culpa”, son algunos de los argumentos de los hechiceros.

Quienes sufren violencia, deben asumir su realidad. Deben dejar de disculpar al otro, deben correr el riesgo de asumirse pacificadores. Los pacificadores son los que hacen, los que construyen, la paz. La construcción de la paz a veces genera lo que podemos clasificar como la violencia justa. A veces tenemos que violentar situaciones: ya sea deteniendo la mano del agresor o denunciándolo públicamente; recurriendo a las instancias judiciales que sea necesario o exhibiéndolo ante la iglesia, etc. Rebelarse ante el agresor es el primer paso, el más importante, para que las víctimas dejen de serlo y contribuyan a una nueva dimensión de paz, de respeto y de dignidad familiar.

Las relaciones nunca se terminan, simplemente se modifican. Por ello, los tiempos de violencia son también tiempos de perdón. Pero, perdonar no es simplemente comprender al agresor y seguir permitiendo que lo sea. Perdonar es asumir que la conducta propia y la del otro no son dignas, y disponernos, por lo tanto, a vivir de tal manera que ya no permitamos que tal conducta siga siendo nuestra norma.

El perdón no exime del castigo al agresor. El perdón tampoco nos obliga a permanecer en una relación de violencia. El perdón es la recuperación de nuestra identidad y el vivir plenamente íntegros, es decir, viviendo y haciendo de acuerdo a lo que somos: seres humanos, creados a imagen y semejanza del Señor.

El Que Golpea a Una…

11 octubre, 2010

El que Golpea a Una, nos Golpea a Todas, es la campaña que en el año 2007 promovió el Instituto Nacional de las Mujeres, en un intento de superar uno de los más grandes males de nuestros días, la violencia en contra de las mujeres. Las cifras que registran el abuso contra las mujeres son dramáticas y nos obligan a no desentendernos más del tema de la violencia intrafamiliar.

En distintos momentos he asegurado, con no poca ironía, que las familias que sufren violencia son familias solidarias. Somos familias que protegen a sus miembros abusadores guardando silencio respecto de sus excesos, justificándolos y, aún, protegiéndolos cuando la violencia es tal que ya no puede ser disimulada. No hace mucho tiempo, uno de los periódicos de mayor circulación nacional registraba las palabras de una mujer golpeada por su marido: “No le hagan nada, es mi esposo [decía], si él quiere matarme puede hacerlo, pues para eso soy su mujer”. En otros casos, las personas abusadas, particularmente las mujeres, explican los abusos de sus agresores buscando en sí mismas la razón y/o culpa de tales excesos. “No sé que habré hecho o dicho, pero seguramente lo molesté y tuvo que castigarme”. En tratándose de los abusos de los padres, que incluyen la violencia sexual, en no pocos casos se explica tal violencia bajo el pretexto del derecho paterno a hacer con sus hijos lo que se quiera, pues “nuestros padres lo son hasta la muerte”.

De cualquier forma, la violencia intrafamiliar daña, a veces irremediablemente, a las personas. Marca de por vida al abusado y al abusador, dando pie a cadenas de maldición que se transmiten por generaciones. Quienes han sido abusados se convierten, generalmente, en abusadores. Unos y otros procuran establecer relaciones con quienes, pueden estar seguros, les ayudarán a desempeñar el rol aprendido. El abusador buscará relacionarse con una persona sumisa, y esta clase de personas procurará relacionarse con abusadores.

La violencia intrafamiliar no reconoce límites sociales, académicos, raciales ni, aunque nos cueste aceptarlo, religiosos. Desafortunadamente, en no pocos casos la conversión a Cristo no parece incluir necesariamente, el término de las relaciones de abuso intrafamiliar previas a la regeneración de las personas. Más aún, en no pocos casos, la ideología religiosa sirve como un argumento definitivo que establece como lo propio de esa familia en particular, la existencia de abusadores y abusados. Los primeros, encuentran en su nueva fe una presunta justificación de sus actitudes y conductas y quienes padecen la violencia, sublimizan su sufrimiento y lo equiparan con el de Cristo. Siendo así las cosas, están, entonces, dispuestos “a llevar su cruz hasta que el Señor así lo quiera”.

Pero, debemos saber, la violencia intrafamiliar es un problema complejo que tiene sus raíces en el pecado. Por lo tanto, nadie que ejerce o sufre tal violencia en particular, puede presumir que la misma corresponde a la voluntad de Dios. Todo lo contrario, cualquier expresión de violencia, y de violencia intrafamiliar especialmente, atenta contra la dignidad del ser humano y, por lo tanto, contra la dignidad misma de Dios. Cualquier agresión en contra de nuestro prójimo resulta en una agresión en contra de nuestro Señor y Salvador.

Paradójicamente, como ya hemos dicho, muchos de los que ejercen la violencia intrafamiliar y de los que la sufren viven en un estado de ignorancia al respecto. No saben que viven una realidad de violencia. Asumen como natural el modelo de relación que les degrada. Aquí se cumple aquel lamento divino, cuando el Señor asegura: “mi pueblo perece por falta de conocimiento”. Y es que, además de que es mentira que alguien tiene el derecho de lastimar a su pareja, hijos, hermanos, padres, abuelos, etc., la violencia intrafamiliar es mucho más que la violencia física. En no pocos casos, esta, aunque más dramática y escandalosa, palidece ante la frecuencia, grado y trascendencia de otras expresiones de la violencia doméstica.

De acuerdo con los estudiosos del tema, son cinco los tipos de violencia doméstica: el abuso físico, el emocional, la negligencia o abuso por descuido, el abuso sexual y el abuso económico. Un acercamiento al tema nos dice, entre otras cosas: que las madres son las principales abusadoras físicas de los niños menores de diez años; que las mujeres recurren con mayor frecuencia al abuso emocional, que los agresores sexuales son, generalmente, familiares cercanos de las víctimas.

Quizá usted que me está escuchando, lo está haciendo “en tercera persona”. Es decir, está pensando más o menos así: “eso le pasa a fulanita”, “sí, a mi vecino le pegaba su mujer”, “pobre gente, ¿qué podrá hacer? Pero, déjeme preguntarle lo siguiente: “usted, ¿es un abusador, o abusadora?”, “¿sufre violencia de parte de su pareja?” Para ayudarle a una mejor reflexión permítame hacerle algunas preguntas más:

  • ¿Su pareja continuamente critica la ropa que usted usa, lo que usted dice, la forma en que usted actúa, y su apariencia?
  • ¿Su pareja a menudo le insulta o le habla en forma denigrante?
  • ¿Siente usted que necesita pedir permiso para salir a ver a sus amistades o familia?
  • ¿Siente usted que, haga lo que haga, todo siempre es culpa suya?
  • Cuando usted se retrasa en llegar a casa, ¿su pareja le interroga insistentemente acerca de dónde anduvo y con quién estuvo?
  • ¿Su pareja le ha amenazado con hacerle daño a usted o a sus hijos si usted la deja?
  • ¿Su pareja le obliga a tener relaciones sexuales aunque usted no quiere?
  • ¿Su pareja ha amenazado con pegarle?
  • ¿Su pareja alguna vez le ha empujado, abofeteado o golpeado?

Si usted ha respondido sí a alguna de estas preguntas. O si usted se descubre actuando de acuerdo con alguna de tales conductas, usted y los suyos están en violencia intrafamiliar.

Así como las causas que originan la violencia intrafamiliar son complejas, superar la misma es, también, una tarea compleja, lenta y difícil. Exige cambios, tanto en la persona misma, como en la dinámica de las relaciones familiares. Exige la toma de decisiones difíciles y costosas, así como el pago de precios altos y dolorosos. Pero, si hemos sido llamados a vivir la realidad de la nueva creación, somos llamados a dejar atrás cualquier expresión de violencia que nos haya sido propia antes de venir a la luz de Cristo.

Primero, tenemos que identificar y aceptar aquellas formas y dinámicas de violencia intrafamiliar en las que participamos o participan las personas a las que conocemos. Por más dolor y vergüenza que ello implique, debemos encarar nuestra realidad y confrontar aquello que nos lastima y degrada.

En segundo lugar, debemos arrepentirnos por lo que hacemos y/o permitirnos. Es decir, debemos cambiar nuestra manera de pensar al respecto. No hay justificación alguna para ningún tipo de violencia intrafamiliar. Esta es siempre, contraria al propósito divino al crear al ser humano a su imagen y semejanza.

En tercer lugar, debemos pedir ayuda. La violencia intrafamiliar genera cadenas tan fuertes que resulta casi imposible superarlas sin ayuda de otras personas. Desde luego, el primer tipo de ayuda es la ayuda espiritual. Hemos dicho que detrás de todo problema de relaciones familiares, hay un problema espiritual. Pero, también, necesitamos del apoyo profesional: de consejería pastoral, o sicológico, siquiátrico, legal, etc., que corresponda a nuestra problemática en particular. Pedir ayuda rompe la condición básica que alienta y alimenta la violencia intrafamiliar: el secreto, el silencio.

En cuarto lugar, debemos pagar el precio para conservarnos dignos. Todo cambio genera dolor; el dolor al cambio nos lleva a renunciar al mismo. Pero, renunciar al cambio siempre provoca más dolor. No puedes ser tratado, o tratada, con mayor dignidad con la que tú mismo te trates.

“El que golpea a una, nos golpea a todas”, dice el lema de la campaña antes referida. Yo cambiaría el género de la última palabra, porque los abusadores no solo golpean a todas las mujeres, nos golpean y agraden a todos. Por ello es que debemos hacer nuestra la lucha en contra de esta terrible expresión del pecado. Déjame decirte algo, si estás sufriendo cualquier forma de violencia doméstica, no te quedes en silencio. No le creas a quien te intimida diciéndote que estás solo o sola, que a nadie le importas. Dios está contigo y le importas a él., también nos importas a nosotros y estamos contigo, queremos y podemos ayudarte. Llámanos o escríbenos (5528-8650 y casadepan@yahoo.com), y ya no dejes que te golpeen.

Para Entender la Violencia Intrafamiliar

20 septiembre, 2010

Hace algún tiempo fui invitado por el grupo de matrimonios de una iglesia citadina para hablar, se me insistió, sobre el tema de la violencia intrafamiliar. La insistencia con la que se me había pedido que fuera ese y no otro el tema a tratar me llevó, al empezar mi exposición, a preguntar cuántas de las familias ahí representadas enfrentaban situaciones de violencia al interior de sus hogares. Después de que repetí varias veces la misma pregunta, la respuesta siguió siendo la misma: silencio. Sin embargo, después de que respondieron a un sencillo cuestionario, casi las dos terceras partes de los asistentes reconocieron que, en mayor o en menor grado, se enfrentaban a situaciones de violencia intrafamiliar.

No me extrañó del todo dicha situación. Parte de las causas que explican la proliferación de la violencia intrafamiliar, hasta en las mejores familias, es precisamente el desconocimiento que se tiene respecto de lo que la misma es y cómo se manifiesta. Por lo general, se asocia la violencia intrafamiliar exclusivamente con la violencia física. Se piensa que si no hay golpes, no hay violencia. No hay tal. Paradójicamente otras expresiones de la violencia intrafamiliar son mucho más dolorosas y dañinas que la mera violencia física, ello sin menospreciar el daño e impacto de esta última. Recuerdo a una mujer que me decía que hubiera preferido, mil veces, que su padre la hubiera golpeado a que le dijera tantas cosas y tantas veces que le hacía sentir que no valía y que no le importaba a nadie.

Parecería absurdo pensar que haya quienes sufran de violencia intrafamiliar y no se den cuenta de ello. Sin embargo, un hecho que explica el porqué de tal ignorancia es la cultura familiar y social en que las personas viven y han crecido. Por ejemplo, en algunas zonas urbanas es normal ver que el hombre viaje a lomo del caballo o el burro, mientras que la mujer le sigue caminando a pie y llegando en sus brazos o espalda a uno o a más de sus hijos. Obviamente, quienes crecen mirando y participando de tal patrón relacional difícilmente considerarán que sea injusto, que se trate de una forma de violencia contra la mujer tal disparidad de trato. Sin embargo, lo es. O pensemos en nuestros hogares cristianos, cuando el domingo al volver a casa llenos del gozo del Espíritu de Dios, el hombre se siente a ver la tele o se recueste un rato –pues viene muy cansado de estar todo el día en la iglesia-, mientras su mujer le prepara la cena. Como estos, hay muchos casos que nos parecen normales, pero que esconden tras de sí severas y dolorosas formas de agresión en contra de las mujeres.

La violencia intrafamiliar tiene muchos rostros y aunque en apariencia sólo vaya dirigida a algunos de los miembros de la familia: mujeres, niños o ancianos, generalmente, termina por afectar a todos los miembros de la misma. Para comprender la complejidad de la violencia intrafamiliar y de sus consecuencias, conviene tomar en cuenta dos conceptos: abuso y maltrato. Dado que la violencia intrafamiliar es una cuestión de poder, se trata de un abuso. Es decir, del mal uso que se hace de algo o de alguien. Este mal uso tiene que ver con lo excesivo, lo injusto, lo impropio o lo indebido de la autoridad, o del mero poder, que el abusador detenta. La violencia intrafamiliar afecta a los más débiles, dado que es realizada por quienes tienen mayor poder o autoridad que estos. Tal abuso se manifiesta, y aquí tenemos el segundo concepto clave, cuando se maltrata a otro o a otros.

La cuestión del maltrato es una cuestión toral, de suma importancia, en el cómo de las relaciones familiares. Maltratar no sólo es tratar mal a alguien de palabra u obra. También es echar a perder. Porque el maltrato tiene que ver con lo que pasa aquí y ahora, es cierto; pero también produce un fruto a largo plazo. De acuerdo con el lenguaje bíblico, el maltrato planta en el corazón de las personas abusadas, raíces de amargura mismas que, como resulta obvio, sólo podrán producir frutos amargos. El término bíblico que se traduce como amargura, se refiere a un aborrecimiento amargo.

El aborrecimiento se compone de sentimientos maliciosos e injustificables, que lo mismo se tienen respecto de quien nos ha lastimado, de quien ha abusado de nosotros; como se tienen respecto de nosotros mismo. No solo se llega a odiar al abusador, sino que se termina odiándose a uno mismo. El odio empieza siendo un sentimiento de rechazo o repugnancia frente a alguien o algo, nos dice el diccionario. Sumamente doloroso resulta el que quienes han sido sistemáticamente abusados, por sus padres, esposos, hermanos o hijos, terminan, casi siempre, sintiendo que son ellos los culpables y, por lo tanto, merecedores de tantos abusos. Recuerdo, entre otras, a una mujer que habiendo sido abusada sexualmente por su abuelo materno y sus hermanos mayores, se preguntaba cómo es que podía haber sido tan mala que, ya a los cinco años, los provocaba para que abusaran de ella.

Aquí sólo apuntaremos que quienes han sido abusados llegan a sentir repugnancia de sí mismos, porque el abuso afecta de manera integral el todo de su identidad. Afecta sus pensamientos y sus emociones, creando verdaderas fortalezas espirituales, que no son otra cosa sino maneras de pensar negativas y dañinas; les afecta físicamente, puesto que produce el efecto conocido como de somatización, mismo que consiste en que los pensamientos y emociones terminan alterando la salud de la persona produciendo enfermedades y dolores reales. Y, desde luego, les afecta espiritualmente.

Quien ha sido, o está siendo abusado por aquellos a quienes ama, se vuelve más vulnerable ante los ataques del diablo, quien como león rugiente que busca a los más débiles, solo tiene como propósito el robar, matar y destruir. El ataque satánico busca disminuir la credibilidad y la confianza que la persona abusada tiene respecto a Dios. Muchos de los que han sufrido o sufren abuso, aprenden a pensar que Dios no los ama, que no le interesan y que alguna razón habrá para que Dios los esté castigando de tal manera. Cuando se rebelan contra el padre, el esposo o cualquier otro miembro que abusa de ellos, o cuando tienen algún sentimiento de ira o coraje en contra del abusador, se sienten culpables y, por lo tanto, indignos de la gracia divina. El abuso que sufren, y el dolor que del mismo resulta, apaga el gozo del Espíritu y aleja paulatinamente a la persona de la fuente de su salvación.

La buena noticia es que el Hijo del Hombre, nuestro Señor y Salvador Jesucristo, ha venido para deshacer las obras del diablo y para dar vida abundante a quienes han sido lastimados y despojados de su dignidad, su paz y su confianza. Quien ha sido abusado no tiene por qué vivir bajo el poder de sus abusadores, ni de los abusos recibidos. En Cristo encuentra el poder y la libertad para vivir una vida plena y caminar por la senda de la justicia y la paz. De esto nos ocuparemos en nuestra próxima entrega.

Mientras tanto, les invito a que hagamos nuestra la promesa del Señor que nos asegura: El Señor es mi pastor, nada me falta; en verdes pastos me hace descansar. Junto a tranquilas aguas me conduce; me infunde nuevas fuerzas, por amor a su nombre. Aun si voy por valles tenebrosos, no temo peligro alguno porque tú estás a mi lado; tu vara de pastor me reconforta.

Amarse a Uno Mismo

27 febrero, 2010

Pastor Adoniram Gaxiola

2 Samuel 13.10-22

Amarse a uno mismo resulta de primordial importancia. Quien se ama está en paz consigo mismo, por lo tanto puede conservar su equilibrio interior en cualquier circunstancia. Sobre todo, quien se ama a sí mismo puede mantener su dominio propio ante los retos implícitos en toda relación humana. Es más, amarse a sí mismo es una capacidad inherente a la condición de ser humano. La misma naturaleza humana, el diseño divino con que hemos sido creados hace que el amarnos, tanto como capacidad como necesidad, esté unido a nuestra identidad. Por ello quien no se ama a sí mismo sufre un desgarramiento de su identidad, pues no sólo no se ama, sino que se priva a sí mismo de lo que le es propio. Atenta contra sí mismo, de la misma manera que lo hace quien destruye las columnas que sostienen a una construcción.

Son muchas las razones que explican la falta de amor a uno mismo, el desamor. Fundamentalmente se originan tanto en el interior de la persona, como en su entorno social inmediato, la familia. La persona, al nacer, es maleable en su carácter por lo que resulta especialmente sensible a los estímulos familiares que recibe. Se dice que el carácter emocional de las personas se define en los primeros años de vida. Así, la persona no solo aprende a sentir respecto de los demás, sino que también aprende a sentir respecto de sí misma. Uso de manera reiterativa la expresión aprende a sentir, porque  no necesariamente lo que la persona siente respecto de sí mismo y respecto de los demás es natural, propio de su identidad. Más bien, aprehende lo que los demás sienten y perciben de ella. Es decir, hace propio, coge, lo que los demás tienen para ella. Dada su inmadurez emocional, la persona no tiene el juicio que le permite distinguir lo verdadero de lo falso, lo propio de lo impuesto, lo bueno de lo malo.

Un personaje bíblico que nos permite entender mejor esto es Absalón, el hijo de David. Absalón fue uno de los 19 hijos varones de David y tuvo una hermana. La familia de David era una familia en extremo disfuncional. El padre era un hombre pasional, inestable y sensual. Sus hijos sufrieron las consecuencias del pecado de su padre, fueron marcados existencialmente por el ambiente familiar, especialmente Absalón. En él podemos descubrir un peculiar sentido de lealtad familiar, protege y venga su hermana por la deshonra ocasionada por su hermano mayor, Amnón. Pero, también traiciona a su propio padre, al extremo de ponerlo en peligro de muerte. La historia de David y Absalón descubre a un hijo consentido, que había aprendido a sentirse superior, con mayor derecho y enfermamente cercano y enfrentado a su padre.

Absalón difícilmente podía amar a otros, puesto que no estaba en equilibrio consigo mismo… no parece que pudiera amarse a sí mismo.

Los conflictos de los padres, el alejamiento entre ellos y la separación de facto que los hijos pueden percibir, así como el abandono real o virtual que enfrenten, atenta contra el amor propio de estos. Lo mismo sucede con las relaciones diferenciadas y privilegiadas respecto de los hijos, los que resultan menos favorecidos por sus padres aprenden que no hay en ellos qué los haga dignos de ser amados. Pero, también, los que son amados en exceso aprenden a sentir lo que no es propio, lo que no les ayuda a desarrollar y conservar el equilibrio interior. Como Amnón sienten que los demás están a su servicio y disposición, necesitan someter a los otros para sentirse completos, todavía dignos de ser amados.

Si todo esto resulta importante y digno de ser tomado en cuenta, no es, con todo, lo más importante. Dios creó al hombre para vivir en comunión con él, lo hizo digno [merecedor] de ser amado y Dios es el primero que ama al ser humano de manera incondicional. Porque lo ama, el hombre es lo que más importa a Dios, más que la naturaleza, más que el Universo, más que los ángeles. Por amor al hombre, Dios entregó a su propio Hijo con el fin de recuperar la relación de amor que inicialmente se propuso. Sin embargo, el diablo no sólo ha querido arrebatarle a Dios su gloria y señorío; ya que no pudo hacerlo se propuso arrebatarle a quien Dios más ama: el hombre, creado a su imagen y semejanza. Satanás quiso hacer del hombre un ser indigno de ser amado, por ello es que, según la enseñanza de Jesús nos revela: el diablo ha venido a robar, matar y destruir lo que de Dios hay en el hombre.

Lo interesante es que Satanás destruye dando, incrementando aquello que daña al hombre. Santiago nos enseña que el pecado, el errar, empieza cuando cada uno de su concupiscencia es atraído y seducido. [1.14] Una traducción más actual dice que cada uno es tentado cuando sus propios malos deseos lo arrastran y seduce. [NVI] Los malos deseos, la concupiscencia, no son otra cosa sino deseos desordenados.

La construcción de nuestro carácter, desde la infancia, generó, desarrolló deseos de dos clases: deseos ordenados y deseos desordenados. Los primeros animan y fortalecen lo que nos es propio, la superación, el gusto de lo bueno, el servicio a los demás. Los deseos desordenados, por el contrario, animan y fortalecen actitudes y conductas que atentan contra nuestra dignidad propia y, por lo tanto, dificultan de manera creciente el que nos amemos a nosotros mismos.

Más y más de lo que los deseos desordenados producen, poder, sensualidad, dinero, promiscuidad, etc., nunca producen mayor amor propio. Como Absalón, no se amó más cuando derrocó a su padre, ni siquiera se amó más cuando se acostó con las mujeres de David. Por eso es el diablo nos quita dándonos. Él sabe que mientras más tengamos de lo que es fruto de nuestros deseos desordenados, más vacíos estaremos y menos razón tendremos para amarnos a nosotros mismos.

Jesucristo dijo que él había venido para destruir las obras del diablo y para que nosotros tuviéramos vida en abundancia. ¿Cómo lo hizo? Recuperando en nosotros el amor del Padre. No que el Padre hubiera dejado de amarnos, sino que nuestro pecado hizo que dejáramos de ser amables; es decir, dignos de ser amados. Lo hizo, destruyendo las obras del diablo y dándonos un nuevo espíritu, una nueva manera de pensar y de sentir. Pablo lo define así: Pues Dios no nos ha dado un espíritu de temor, sino un espíritu de poder, de amor y de buen juicio. [2 Ti 1.7]Es decir, en Cristo ha traído a nosotros el equilibrio perdido y, por lo tanto, ha recuperado la paz que nos permite amarnos a nosotros mismos y amar a nuestros semejantes.

Siempre me ha parecido excepcionalmente importante y atractiva la declaración paulina: Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús. [Fil 4.7] Lo importante es la promesa: la paz de Dios guardará nuestros corazones y pensamientos. Es decir, lo que sentimos y lo que pensamos. El término sugiere que la paz de Dios pondrá una guardia militar que impida el ataque del enemigo. Más aún, resulta interesante que el Apóstol se refiere, como paz, a la armonía entre Dios y el hombre y, por consiguiente la armonía de este consigo misma y, en consecuencia la capacidad para poder permanecer en equilibrio en las vicisitudes de las relaciones humanas.

En conclusión

La Biblia nos enseña que en y por Cristo, aquellos que han perdido el derecho de ser amados por Dios y por lo tanto la capacidad de amarse a sí mismos, recuperan tanto el derecho como la capacidad de hacerlo. Pero, también nos enseña que se ama a sí mismo quien se sabe amado por Dios y permanece en una relación nutricia con su Señor. Enseña que nuestro amor a nosotros mismos se nutre del amor que el Padre nos tiene y manifiesta. Que, a final de cuentas, nos amamos con el mismo amor que somos amados.

Y que ese amor en nosotros, el amor de Dios, recupera definitiva, aunque paulatinamente, el equilibrio interior que nos permite ser libres del poder de nuestros más íntimos deseos desordenados. Sabiéndonos amados, podemos amarnos a nosotros mismos.