Consumado Es

Publicado 22 abril, 2011 por Pastor Adoniram Gaxiola
Categorías: Muerte

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La muerte se enfrenta de la misma manera en que se ha enfrentado la vida. Se muere de la misma manera en que se vive. En la cruz, nuestro Señor Jesucristo no fue otro distinto a quien lo fuera a lo largo de su vida y ministerio. Intercedió por los pecadores, se ocupó de los desafortunados como María y Juan, guió hacia Dios a quien se arrepintiera, refrendó su comunión y confianza con su Padre, dio testimonio de su condición humana, etc. Y plenamente consciente de que todo había llegado a su fin, dijo “consumado es”; con lo cual mostró, hasta el final, el propósito y compromiso de su vida: cumplir y hacer cumplir la voluntad de su Padre.

En efecto, la expresión: consumado es, o, todo está cumplido, no se refiere al hecho de que se ha llegado al final de la vida, sino al hecho de que, habiendo cumplido con la tarea que daba razón a la vida, ya no quedan más motivos para seguir viviendo. Juan nos dice que Jesús inmediatamente después de haber hecho el recuento de su tarea, inclinó, entonces, la cabeza y expiró.

La mayoría de nosotros se preocupa más del hecho de la muerte que lo que se ocupa de la razón de su vida. Tememos morir, deseamos vivir. Pero, no siempre la razón que anima nuestro deseo de vivir es la intención de cumplir el propósito de nuestra vida. En Jesús podemos comprender el equívoco de tal forma de vida y el sufrimiento que resulta de la misma. Veamos por qué.

Para nuestro Señor Jesús la vida es el espacio en el que participamos del quehacer de Dios en nuestro aquí y ahora. Es decir, Jesús no sólo vive plenamente consciente de la existencia y de la presencia de Dios en su vida; sino que también está consciente de la imbricación del ser de Dios y de su propio ser en el todo de la vida. Dicho de otra manera, Jesús se da cuenta que lo que Dios está haciendo en el mundo le incluye y le afecta, de la misma manera en la que lo que él hace en su día a día incluye y afecta a Dios mismo. En algún momento, nuestro Señor declaró que él no decía ni hacía sino aquello que oía decir y veía hacer al Padre. cf.  Jn 14.24

Desde pequeño, Jesús cultiva la consciencia de su relación vital con el Padre que está en los cielos. Es decir, adquiere una consciencia respecto de la trascendencia de su vida. Se da cuenta que la vida es más que lo que vemos y nos ocupa cotidianamente. Jesús adquiere y cultiva, desde niño y hasta el momento mismo de su muerte, un sentido de misión. Alguien ha dicho que la misión de cada uno marca el camino por donde se ha de transitar, qué es lo que se hace y para qué se hace, cuáles son los objetivos de vida principales, cuál el enfoque a lo largo de la misma y qué es aquello a lo que se rinde culto mientras se vive.

Sin embargo, la vida misma de Jesús y lo que la Biblia enseña respecto de este tema, nos muestran que no se trata de un destino manifiesto o de una perspectiva de vida fatalista. El sentido de misión no nos obliga a vivir de cierta manera. Desde la perspectiva bíblica, el sentido de misión más que una obligación impuesta es un llamado a una forma de vida. Requiere del ejercicio de la libertad personal de elección, así como de la renovación constante del compromiso libremente contraído. Nadie es obligado a vivir para Dios ni, mucho menos, a cumplir con la tarea que el Señor le encomienda. Ello no quita, sin embargo, el hecho de que el éxito de la vida depende de si se ha vivido o no para Dios y de si se ha cumplido con la tarea recibida. Vivir muchos años y no cumplir con la tarea recibida, hacen el más absoluto fracaso de cualquiera.

La misión de nuestra vida no la construimos nosotros, la descubrimos en el cultivo cotidiano de nuestra relación con Dios. El Apóstol Pablo nos asegura que lo que somos, a Dios se lo debemos. Y, añade, que él nos ha creado por medio de Cristo Jesús, para que hagamos el bien que Dios mismo nos señaló de antemano como norma de conducta. Ef 2.10

Me gustaría relacionar tal declaración paulina con la que encontramos en Proverbios 10.22: La bendición del Señor es riqueza que no trae dolores consigo. Primero, porque la comprensión de ambos pasajes nos permite entender que el que vivamos para cumplir la voluntad de Dios no significa que hemos de vivir una vida gris, dolorida e insatisfecha. En el hacer la voluntad del Padre hay bendición y esta bendición no trae dolores consigo. Es decir, ni siquiera los sufrimientos logran agotar el gozo de la presencia divina en el creyente.

La segunda cosa a destacar es que la comprensión de ambos conceptos nos da la clave para entender tanto si vamos por buen camino (si estamos haciendo lo que Dios nos ha llamado a hacer), como si hemos de esforzarnos en seguir viviendo o debemos prepararnos para ir al encuentro de nuestro Señor. La clave consiste en preguntarnos si la vida que estamos viviendo nos trae bendición o simplemente añade tristeza a nosotros y a los nuestros en el día a día. Si el fruto de nuestros esfuerzos es más y más tristeza, podemos estar seguros que hemos llegado a un punto de inflexión, en nuestra vida.

La vida está llena de puntos de inflexión, es decir, de momentos en los que debemos reconsiderar el curso de nuestra vida y tomar las decisiones y hacer los cambios conducentes. Una traducción inglesa de puntos de inflexión es turning points, es decir, puntos para dar vuelta. No se llega a la meta sin haber dado las vueltas necesarias. Jesús mismo tuvo que modificar el rumbo, tuvo que retomar la dirección correcta. Es decir, el mismo Jesús tuvo que convertirse a Dios y resintonizar su vida con el propósito divino una y otra vez. Lo hizo, por ejemplo en Getsemaní, cuando pidió que pasara de él la copa del sufrimiento, pero reiteró su disposición a que no se hiciera en él su voluntad, sino la del Padre. Y, me parece, lo hizo también en la cruz, cuando, de acuerdo con el Evangelista Lucas, gritó diciendo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y habiendo dicho esto, murió. Lc 23.46

La historia de Jesús no termina con su muerte, pues él, habiendo sido resucitado por el Padre, vive y reina para siempre. Saber esto nos da confianza. Primero, para vivir determinados a cumplir con la tarea que hemos recibido, sabiendo que forma parte de la tarea divina que nos trasciende y llega hasta la eternidad. Pero, también nos da confianza para tomar las decisiones que convienen en el momento oportuno. Nos da confianza para seguir viviendo, cuando las dificultades y dolores parecieran decirnos que no vale la pena hacerlo; y nos da confianza para entregarnos en las manos del Señor, aún cuando nuestro deseo de vida siga latiendo en nosotros.

En la cruz del Calvario la muerte fue despojada de su poder definitorio. A partir de Cristo, quien muere en comunión con Dios, sigue viviendo. Por Cristo, aún en la muerte hay esperanza para aquellos que han cumplido con la tarea recibida y pueden decir: consumado es, todo está cumplido, todo está hecho. Quiera Dios que su Espíritu nos dirija y nos ayude para que también nosotros lleguemos al final de nuestra carrera sabiendo que, por la gracia de Dios en nosotros, perseveramos en fidelidad y fuimos tierra fértil en la que la semilla de Dios produjo fruto abundante.

Esperar sin Esperanza

Publicado 18 abril, 2011 por Pastor Adoniram Gaxiola
Categorías: Desesperanza

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Hace algunos años, un buen amigo escribió un poema que en su parte medular decía: “Difícil es esperar, pero más difícil es esperar sin esperanza”. La esperanza es, según el diccionario: “[El] estado del ánimo en el cual se nos presenta como posible lo que deseamos”. Así, que de acuerdo con Raúl, resulta muy difícil esperar cuando hemos dejado de creer que es posible aquello que deseamos.

Al recordar y pensar en las llamadas que muchos de ustedes nos hacen me parece descubrir la lucha de no pocos que siguen esperando sin esperanza. Pienso, por ejemplo, en las personas ancianas, en las madres de hijos e hijas rebeldes, en los esposos y las mujeres separados y/o separándose de su pareja, en las personas que día a día luchan con problemas económicos. Leo sus peticiones de oración y, me doy cuenta que muchos siguen esperando, aunque al final de cada día sus vacíos se han hecho más profundos y sus manos, al llegar la noche, se encuentran más vacías. Muchos de ustedes, y de nosotros, sabemos, sí, lo que es esperar sin esperanza.

¿Y Dios? Nuestras vidas están llenas de testimonios, recuerdos, de situaciones en las que clamamos pidiendo su ayuda y él oyó nuestro clamor, se puso de nuestra parte y nos trajo la respuesta ansiada. Cada uno de nosotros tiene sus muchos ebenezeres. Sí, el recuento de nuestras vidas pasa por un constante: hasta aquí nos ha ayudado Dios. Podemos recordar situaciones en las que no solo obtuvimos la respuesta deseada, o debida, sino que nuestra esperanza pareció tener razón de ser y fue fortalecida y aumentada.

Pero resulta que Dios también permanece callado. El silencio de Dios es una realidad que conocen, sobre todo, quienes más abundan en su relación con él. A veces, Dios no solo parece desentenderse de nuestro clamor, realmente se desentiende. “Aunque grité pidiendo ayuda, no hizo caso de mis ruegos”, reclama Jeremías, el profeta llorón. Más aún, no solo permanece callado, pareciera empeñado en aumentar nuestras penas y alimentar nuestra desesperanza. Como el profeta, también nosotros sabemos lo que significa:

Me encerró en un cerco sin salida;

me oprimió con pesadas cadenas; aunque grité pidiendo ayuda,

no hizo caso de mis ruegos; me cerró el paso con muros de piedra,

¡cambió el curso de mis senderos!

          Él ha sido para mí como un león escondido, como un oso a punto de atacarme.

          Me ha desviado del camino, me ha desgarrado, ¡me ha dejado lleno de terror!

          ¡Tensó el arco y me puso como blanco de sus flechas!

Me estrelló los dientes contra el suelo; me hizo morder el polvo.

          De mí se ha alejado la paz y he olvidado ya lo que es la dicha.

          Hasta he llegado a pensar que ha muerto mi firme esperanza en el Señor. Lam 3.7ss

Se trata de momentos en los que más que poder salir adelante, nos conformamos con permanecer ahí a donde hemos podido llegar. Recuerdo el testimonio de mi Madre. Hace muchos años, más de treinta, mi familia enfrentó un momento muy difícil. Todo aquello en lo que creíamos pareció venirse abajo. Todo lo que hacíamos, especialmente en el ministerio a Dios y a la Iglesia, pareció perder todo valor. Hacíamos lo que había que hacer en automático. Una noche, en una reunión de oración, Mamá contó su testimonio: subía unas escaleras muy altas, llegó a un momento en que ya no podía alcanzar el siguiente escaló. Entonces oyó una voz, ¿sería la de Dios?, que le decía “si no puedes seguir subiendo, permanece en donde estás”.

Sí, hay momentos en los que la voz de Dios no nos trae esperanza, nos conmina a permanecer en medio de la situación que nos está desgastando. No nos ofrece salida, sino que nos atrapa en tal condición.

Jeremías permaneció donde y por el tiempo que Dios dispuso. No hizo nada por acortar los días de su desierto. Y, entonces, comprendió un par de cosas. Empiezo por la segunda: “El hombre debe quedarse solo y callado cuando el Señor se lo impone; debe, humillado, besar el suelo, pues tal vez aún haya esperanza; debe ofrecer la mejilla a quien le hiera, y recibir el máximo de ofensas”, asegura el profeta. Quedarse solo y callado, besar el suelo. Raras maneras para encontrar la esperanza. ¿De veras el silencio y la humillación engendran esperanza?

Pablo nos ayuda a comprender el cómo de este proceso divino. Cuando Dios lo hizo permanecer en tragedia, también le dijo: “Mi amor es todo lo que necesitas; pues mi poder se muestra plenamente en la debilidad.” 1 Co 12.9. Y, Pablo descubrió que cuando nos quedamos solos, que cuando no tenemos más ya nada, Dios se vuelve la realidad más absoluta y esencial para el creyente. El Salmista también sabía de esto. Confundido y desalentado por el éxito de los malos y su propia condición de derrota, fue a la presencia de Dios… y ahí entendió. Supo lo que había de saber de los malos, pero, sobre todo, supo lo que tenía que saber de sí mismo. Lo que supo de sí mismo le llevó a declarar: “Sin embargo, siempre he estado contigo. Me has tomado de la mano derecha, me has dirigido con tus consejos y al final me recibirás con honores. ¿A quién tengo en el cielo? ¡Solo a ti! Estando contigo nada quiero en la tierra. Todo mi ser se consume, pero Dios es mi herencia eterna y el que sostiene mi corazón”. Salmos 73.23ss

La fe se perfecciona cuando descubrimos que nada de lo nuestro, ni de nosotros mismos, permanece para siempre. Que nuestra necesidad última solo se satisface en Dios. Que tiene razón el Salmista cuando exclama: ¿A quién tengo en el cielo? ¡Solo a ti! Todo mi ser se consume, pero Dios es mi herencia eterna y el que sostiene mi corazón.

En medio del silencio, besando el suelo, el creyente descubre, además, que el amor del Señor no tiene fin. Que sus misericordias se hacen nuevas cada mañana. Que la vida no se agota, no termina, ahí en la circunstancia que padecemos. Que la vida es más que nuestros temores, que nuestras luchas, que nuestro dolor. La vida es él en nosotros. Y, él en nosotros, es siempre una realidad de vida nueva.

Cuando todo se nos ha quitado, nos queda la esperanza. Y cuando aún la esperanza se nos arrebata, Dios permanece siendo nuestra realidad. Porque no es nuestra esperanza la que engendra a Dios, es él quien nos sustenta cuando tenemos esperanza y cuando nuestro estado de ánimo ya no nos permite creer que será posible lo que deseamos.

A ti que me escuchas, que enfrentas el silencio de Dios. A ti que has llegado hasta el límite de tus fuerzas. A ti que vas por la vida, sintiendo que todo lo que tienes es muerte. A ti, que no tienes más compañía que las voces de extraños al través de la radio. A ti, tengo algo que decirte:

El destino final de los hijos de Dios no es, y nunca lo será, el fracaso. El destino final de quienes hemos puesto, encargado, nuestra esperanza en él, es su amor eterno. Estamos destinados al amor de Dios. Nada, absolutamente nada, podrá separarnos del amor de Dios que es en Cristo Jesús. Siendo las cosas así, podemos permanecer en el suelo, podemos permanecer en silencio, podemos permanecer recibiendo el máximo de ofensas… porque el amor del Señor no tiene fin, y el Señor no ha de abandonarnos para siempre.

Mi oración es, hoy y cada vez que pienso en ustedes, que Dios les ame de tal manera que no puedan permanecer ajenos al poder y a la ternura de su inmensurable amor.

Hablemos de la Doctrina de la Salvación

Publicado 17 abril, 2011 por Pastor Adoniram Gaxiola
Categorías: Libertad

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La de la salvación, es una de las doctrinas fundamentales de la fe cristiana. Trata del rescate que Dios hace de nosotros respecto del poder del pecado, así como de la comunión y la salud resultantes del sacrificio, muerte y resurrección de nuestro Señor y Salvador, Jesucristo. La soteriología, o Doctrina de la Salvación, se ocupa también de la regeneración de quien, redimido por Jesucristo, está en condiciones de servir y practicar toda clase de bien.

El presupuesto que nos permite comprender la razón, el cómo y el propósito de la salvación es que Dios el Señor, al crear al hombre, estableció que este debía honrarlo, vivir en comunión perfecta con él y ser copartícipe en la administración y cuidado de todo lo creado. Isa 43.7; Gn 1.26-30 La gracia de la salvación tiene como propósito último la recuperación de tales condiciones y permite, por la obra de Jesucristo, que el ser humano honre a Dios, que viva en armonía perfecta con él y que cumpla con la tarea que el Señor encarga a cada uno en particular.

Dado que Dios ha creado a los seres humanos a su imagen y semejanza, estos son libres y aptos para ejercer su libertad. Sobre todo, la libertad de elección. Dt 11.26-28 Por la actividad satánica, los hombres son atraídos al pecado. Las concupiscencias (los deseos desordenados de cada quién), son el espacio donde se da la atracción al pecado.  Stg 1.13,14 En Adán encontramos la explicación de tal atracción, así como las consecuencias de elegir el desobedecer a Dios, antes que honrarlo. Quien practica el pecado, se vuelve esclavo del pecado. Ro 5.14; 1Co 15.22 Cada vez menos libre para elegir entre el bien y el mal, la persona sufre y participa de una degradación integral. Su entendimiento se oscurece, su corazón se endurece y en su práctica del mal, quien está bajo el poder del diablo, se lastima a sí mismo al mismo tiempo que daña a sus semejantes. Ro 1.18ss

Dios estableció que la paga, la consecuencia del pecado, es la muerte espiritual de la persona. Ro 6.23 Entendemos esta como el distanciamiento de Dios que es fruto y origen de la enemistad con el Señor. Ro 5.10 Quien decide desobedecer a Dios se vuelve un enemigo de él. Al fin esclavo, el pecador resulta incapaz de pagar el precio de su rescate y, por lo tanto, no puede hacer nada para recuperar su condición original y estar en comunión con el Señor. Gál 3.10 Pareciera estar condenado a la separación eterna, definitiva, de Dios y de hecho lo está. Si lo único que puede redimirlo es su propia muerte, luego, entonces, quien muere para pagar el precio de su pecado no obtiene beneficio alguno. Pues, habiendo muerto, ya no queda esperanza de vida para él.

La Biblia enseña que Dios es amor y que él nos ha amado aún en nuestra condición de pecadores y, por lo tanto, de muertos espiritualmente. Mt 26.28; Ro 3.25 Conviene destacar el hecho de que la Biblia enfatiza que el amor y la compasión divinos no implican la absolución del pecador. El que Dios nos ame no significa que él nos libere del tener que pagar el precio por nuestra redención. La salvación requiere del pago de sangre establecido por Dios. Heb 9.22 Lo que sí hace el amor divino es proveer un sustituto, uno que ocupa nuestro lugar y muere en sustitución nuestra. En efecto, Dios, según San Pablo, al que no cometió pecado alguno, por nosotros Dios lo trató como pecador, para que en él recibiéramos la justicia de Dios. 2Co 5.21 Y, todo esto, lo hizo por amor a nosotros, tal como lo establece el Evangelio de Juan (3.16): Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.

Por qué es que Dios actúa así, cómo es que él está dispuesto a ofrecer a su propio Hijo como el pago de nuestra redención, qué explica que quien ha sido rechazado por los hombres ame a estos hasta tal extremo. Estas y muchas otras consideraciones son asumidas en el texto bíblico como parte del misterio que nos es revelado en Jesucristo a quienes somos regenerados por él. La comprensión de tal misterio requiere de la fe y de la obediencia. Fe en Dios, en tanto confianza y entrega a él; y obediencia, en cuanto a la determinación de vivir una forma de vida que le honre y le sea útil en su propósito redentor.

La gracia de Dios, el trato que animado por su misericordia nos da el Señor, permite que aún estando muertos en nuestros delitos y pecados, podamos tener conciencia y elegir el responder positivamente al llamado de su amor en Cristo. Ef 2.1 Por ello es que la salvación es una obra de gracia, es un don gratuito que Dios hace el hombre. Ninguna obra buena, ningún mérito humano son suficientes para la salvación. La misericordia divina opera en aquellos que tiene fe. Por eso es que la Biblia asegura que el justo vivirá por fe. Ro 1.17

El amor de Dios manifestado en Cristo reclama una respuesta de nuestra parte, la de nuestra conversión, para que tal amor pueda cumplir su propósito. De acuerdo con la economía de la salvación (lo que Dios ha dispuesto como el qué y el cómo de la salvación), la conversión requiere del arrepentimiento, es decir, del repudiar el pecado para volverse a Dios. La conversión tiene una doble dinámica: el creyente se aparta del pecado y, el creyente se consagra a Dios. Es en tal sentido que, enseña Pablo, el cristiano muere para sí y vive para Cristo. Una vez salvo, el creyente es llamado a vivir para Dios. Esto no lo limita, por el contrario, lo empodera en el sentido de que vive, hace y se relaciona en conformidad con la voluntad de Dios, que es buena, agradable y perfecta. Efesios 2.10 La idea de Pablo es que el creyente que se ha reconciliado con Dios participa del quehacer divino de manera plena, propositiva y fructífera. La sintonía con Dios le ubica en una perspectiva y desata capacidades en él que son animadas por la sabiduría y el poder del Espíritu Santo.

Hablar del Reino de Dios es hablar del orden divino que se hace presente en la vida del creyente y, al través suyo, en la sociedad que le rodea. Quien es salvo tiene el Reino de Dios en sí mismo, vive a la luz de un orden diferente y fructífero, a diferencia del orden presente. Desde luego, el creyente vive una constante tensión pues quienes le rodean y están bajo el orden satánico procurarán atraerlo de nueva cuenta al mismo. Simultáneamente, el llamado viejo hombre, incita desde su interior al creyente para que nuevamente se aleje de Dios. De ahí que la vida cristiana se considere como un estado de guerra espiritual que el cristiano no puede, ni debe, enfrentar solo. Se requiere del apoyo, la intercesión y la dirección de otros creyentes, con los otros miembros del Cuerpo de Cristo, la Iglesia. Heb 10.24,25

La Iglesia es el espacio en el que las personas son llamadas a salvación y experimentan la experiencia salvífica en una dimensión comunitaria. En este sentido la Iglesia se convierte en un espacio de vida alternativo al de quienes van sin esperanza y sin Dios. La Iglesia da testimonio de la comunión existente entre Dios y los suyos, da testimonio fehaciente de la realidad del amor. Al ser una comunidad de amor, que vive y testimonia el significado pleno de la salvación, es que la Iglesia actúa efectivamente como sal y luz del mundo. 2Co 2.14 Con su testimonio previene el deterioro de la sociedad en la que se encuentra y a la que sirven, al mismo tiempo que la guía a Cristo.

Si bien la salvación tiene que ver con el aquí y el ahora, también contiene una dimensión escatológica. Es decir, la salvación también afecta lo que podemos llamar la eternidad venidera. Ap 2.10 En el cumplimiento de los tiempos, Cristo habrá de reunir todas las cosas bajo el gobierno eterno de Dios. Ef 1.10 Quienes hayan sido salvados por Jesucristo habrán de gozar de la comunión eterna del Señor en su presencia. Jn 10.28 Libres ya de todo dolor, todo pecado y todo riesgo pues, como verán a su Señor, serán como él es. 1Jn 3.2

Dios no quiere la muerte del pecador, sino que este se arrepienta. Ez 18.23 DHH Por ello, nuestro Señor Jesucristo vino al mundo a buscar y a salvar lo que se había perdido. Lc 19.10  El llamado a la salvación no se ha agotado, hoy podemos ir hasta la presencia del Señor, confesar nuestros pecados, convertirnos a él y gozar de una nueva vida, una vida abundante, en Cristo Jesús, Señor nuestro. Jn 10.10