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Ante el Impacto de la Muerte, Nos Ocupamos de la Vida

22 septiembre, 2013

Entonces oí una voz del cielo, que me decía: “Escribe esto: ‘Dichosos de aquí en adelante los que mueren unidos al Señor. ““Sí–dice el Espíritu–, ellos descansarán de sus trabajos, pues sus obras los acompañan.” Apocalipsis 14.13

CFernando y Ceciliauando, el lunes pasado, Manuel me llamó para informarme sobre el estado de Fernando al llegar al Instituto Nacional de Cardiología, sólo dijo tres palabras: Está muerto, Papá. Más que sus palabras, la emoción que su voz reflejaba fue lo que hizo evidente el impacto de la muerte. Preguntas, dudas, compasión, reclamos, etc., son emociones que acompañan la siempre inesperada llegada de la muerte y por ello la hacen tan impactante.

Sin embargo, ante el impacto de la muerte, conviene que nos ocupemos de la vida. De entrada, porque verdad de Perogrullo resulta el hecho de que lo que define a la persona no es su muerte, sino el cómo de su vida. Cómo fue la persona, cómo se relacionó con los suyos y con los otros, cuál su aporte a lo largo de la vida es lo que la define y, por lo tanto, lo que determina el modo en que trasciende más allá del momento y del cómo de su vida. Siempre me ha gusta el sentido de la palabra trascender, exhalar olor tan vivo y subido, que penetra y se extiende a gran distancia. Y, sí, lo que nos queda de quienes han muerto no es el olor de su muerte, sino el aroma de su vida. Es su vida la que nos marca, la que nos condiciona, la que determina el modo en que seguirán estando presentes aun cuando padezcamos su ausencia física.

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Separados de Mí, Nada

14 julio, 2013

En memoria de Carmen Martínez Contreras

Juan 15.1-11

Ante la realidad impactante de la muerte nada mejor podemos hacer que ocuparnos de la vida. Desde luego, se trata de hacer memoria de la vida de quienes nos han dejado, como es el caso de Carmen. Pero, mejor aún, se trata de hacer consciencia del sentido y la razón de la vida misma.

Carmen vivió con el santo de espaldas. Su vida fue una sucesión de pérdidas, de sus seres amados, de su salud, de su estabilidad económica, etc. Desde luego, ello implica que su carácter se haya perfilado de tal forma que, de muchas maneras, se encontró sola y aislada. Le resultaba difícil compartir la vida y a quienes estaban a su lado no siempre les resultaba fácil comprenderla. No obstante, en Carmen encontramos elementos que nos ayudan a la mejor comprensión del cómo y el para qué de la vida.

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Consumado Es

22 abril, 2011

La muerte se enfrenta de la misma manera en que se ha enfrentado la vida. Se muere de la misma manera en que se vive. En la cruz, nuestro Señor Jesucristo no fue otro distinto a quien lo fuera a lo largo de su vida y ministerio. Intercedió por los pecadores, se ocupó de los desafortunados como María y Juan, guió hacia Dios a quien se arrepintiera, refrendó su comunión y confianza con su Padre, dio testimonio de su condición humana, etc. Y plenamente consciente de que todo había llegado a su fin, dijo “consumado es”; con lo cual mostró, hasta el final, el propósito y compromiso de su vida: cumplir y hacer cumplir la voluntad de su Padre.

En efecto, la expresión: consumado es, o, todo está cumplido, no se refiere al hecho de que se ha llegado al final de la vida, sino al hecho de que, habiendo cumplido con la tarea que daba razón a la vida, ya no quedan más motivos para seguir viviendo. Juan nos dice que Jesús inmediatamente después de haber hecho el recuento de su tarea, inclinó, entonces, la cabeza y expiró.

La mayoría de nosotros se preocupa más del hecho de la muerte que lo que se ocupa de la razón de su vida. Tememos morir, deseamos vivir. Pero, no siempre la razón que anima nuestro deseo de vivir es la intención de cumplir el propósito de nuestra vida. En Jesús podemos comprender el equívoco de tal forma de vida y el sufrimiento que resulta de la misma. Veamos por qué.

Para nuestro Señor Jesús la vida es el espacio en el que participamos del quehacer de Dios en nuestro aquí y ahora. Es decir, Jesús no sólo vive plenamente consciente de la existencia y de la presencia de Dios en su vida; sino que también está consciente de la imbricación del ser de Dios y de su propio ser en el todo de la vida. Dicho de otra manera, Jesús se da cuenta que lo que Dios está haciendo en el mundo le incluye y le afecta, de la misma manera en la que lo que él hace en su día a día incluye y afecta a Dios mismo. En algún momento, nuestro Señor declaró que él no decía ni hacía sino aquello que oía decir y veía hacer al Padre. cf.  Jn 14.24

Desde pequeño, Jesús cultiva la consciencia de su relación vital con el Padre que está en los cielos. Es decir, adquiere una consciencia respecto de la trascendencia de su vida. Se da cuenta que la vida es más que lo que vemos y nos ocupa cotidianamente. Jesús adquiere y cultiva, desde niño y hasta el momento mismo de su muerte, un sentido de misión. Alguien ha dicho que la misión de cada uno marca el camino por donde se ha de transitar, qué es lo que se hace y para qué se hace, cuáles son los objetivos de vida principales, cuál el enfoque a lo largo de la misma y qué es aquello a lo que se rinde culto mientras se vive.

Sin embargo, la vida misma de Jesús y lo que la Biblia enseña respecto de este tema, nos muestran que no se trata de un destino manifiesto o de una perspectiva de vida fatalista. El sentido de misión no nos obliga a vivir de cierta manera. Desde la perspectiva bíblica, el sentido de misión más que una obligación impuesta es un llamado a una forma de vida. Requiere del ejercicio de la libertad personal de elección, así como de la renovación constante del compromiso libremente contraído. Nadie es obligado a vivir para Dios ni, mucho menos, a cumplir con la tarea que el Señor le encomienda. Ello no quita, sin embargo, el hecho de que el éxito de la vida depende de si se ha vivido o no para Dios y de si se ha cumplido con la tarea recibida. Vivir muchos años y no cumplir con la tarea recibida, hacen el más absoluto fracaso de cualquiera.

La misión de nuestra vida no la construimos nosotros, la descubrimos en el cultivo cotidiano de nuestra relación con Dios. El Apóstol Pablo nos asegura que lo que somos, a Dios se lo debemos. Y, añade, que él nos ha creado por medio de Cristo Jesús, para que hagamos el bien que Dios mismo nos señaló de antemano como norma de conducta. Ef 2.10

Me gustaría relacionar tal declaración paulina con la que encontramos en Proverbios 10.22: La bendición del Señor es riqueza que no trae dolores consigo. Primero, porque la comprensión de ambos pasajes nos permite entender que el que vivamos para cumplir la voluntad de Dios no significa que hemos de vivir una vida gris, dolorida e insatisfecha. En el hacer la voluntad del Padre hay bendición y esta bendición no trae dolores consigo. Es decir, ni siquiera los sufrimientos logran agotar el gozo de la presencia divina en el creyente.

La segunda cosa a destacar es que la comprensión de ambos conceptos nos da la clave para entender tanto si vamos por buen camino (si estamos haciendo lo que Dios nos ha llamado a hacer), como si hemos de esforzarnos en seguir viviendo o debemos prepararnos para ir al encuentro de nuestro Señor. La clave consiste en preguntarnos si la vida que estamos viviendo nos trae bendición o simplemente añade tristeza a nosotros y a los nuestros en el día a día. Si el fruto de nuestros esfuerzos es más y más tristeza, podemos estar seguros que hemos llegado a un punto de inflexión, en nuestra vida.

La vida está llena de puntos de inflexión, es decir, de momentos en los que debemos reconsiderar el curso de nuestra vida y tomar las decisiones y hacer los cambios conducentes. Una traducción inglesa de puntos de inflexión es turning points, es decir, puntos para dar vuelta. No se llega a la meta sin haber dado las vueltas necesarias. Jesús mismo tuvo que modificar el rumbo, tuvo que retomar la dirección correcta. Es decir, el mismo Jesús tuvo que convertirse a Dios y resintonizar su vida con el propósito divino una y otra vez. Lo hizo, por ejemplo en Getsemaní, cuando pidió que pasara de él la copa del sufrimiento, pero reiteró su disposición a que no se hiciera en él su voluntad, sino la del Padre. Y, me parece, lo hizo también en la cruz, cuando, de acuerdo con el Evangelista Lucas, gritó diciendo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y habiendo dicho esto, murió. Lc 23.46

La historia de Jesús no termina con su muerte, pues él, habiendo sido resucitado por el Padre, vive y reina para siempre. Saber esto nos da confianza. Primero, para vivir determinados a cumplir con la tarea que hemos recibido, sabiendo que forma parte de la tarea divina que nos trasciende y llega hasta la eternidad. Pero, también nos da confianza para tomar las decisiones que convienen en el momento oportuno. Nos da confianza para seguir viviendo, cuando las dificultades y dolores parecieran decirnos que no vale la pena hacerlo; y nos da confianza para entregarnos en las manos del Señor, aún cuando nuestro deseo de vida siga latiendo en nosotros.

En la cruz del Calvario la muerte fue despojada de su poder definitorio. A partir de Cristo, quien muere en comunión con Dios, sigue viviendo. Por Cristo, aún en la muerte hay esperanza para aquellos que han cumplido con la tarea recibida y pueden decir: consumado es, todo está cumplido, todo está hecho. Quiera Dios que su Espíritu nos dirija y nos ayude para que también nosotros lleguemos al final de nuestra carrera sabiendo que, por la gracia de Dios en nosotros, perseveramos en fidelidad y fuimos tierra fértil en la que la semilla de Dios produjo fruto abundante.

Ordena tu Casa

3 septiembre, 2009

Pastor Adoniram Gaxiola

Isaías 38

porque morirás. Le dijo Isaías a Ezequías, por mandato de Dios. No siempre resulta un placer el que el siervo de Dios visite nuestra casa. En ocasiones, lo que tiene que decirnos de parte del Señor no resulta agradable, ni esperanzador.  Es fácil comprender el que Ezequías haya volteado su rostro a la pared y orado pidiendo que el Señor le concediera más tiempo de vida. También resulta fácil comprender que quien amaba tanto la vida, su propia vida, hubiera llorado amargamente.

Generalmente, quienes se ocupan de esta historia exaltan el que Dios haya escuchado la oración de Ezequías y le haya concedido quince años más de vida. Es decir, enfatizan el hecho de la misericordia divina y del poder de la fe. Por ello animan a quienes están en su lecho de muerte a que oren con fe y confíen que Dios puede sanarlos… como a Ezequías. Y es cierto. Dios, en su misericordia, escucha el clamor de sus hijos y con frecuencia responde positivamente a la petición que le hacen.

Sin embargo, quienes solo se ocupan del hecho milagroso dejan de lado dos cuestiones importantes. La primera, que más vida no significa necesariamente más sabiduría, ni una mejor vida. La mera lectura de los pasajes subsecuentes nos muestra que, quizá, hubiera sido mejor para Ezequías y los suyos que el Señor no hubiera respondido a su oración. En efecto, Ezequías, al celebrar sus quince años más de vida atrajo la maldición sobre su pueblo y sobre sus hijos. La historia es sencilla, el rey de Babilonia se enteró de que Ezequías había estado enfermo y le envío cartas y un regalo celebrando su recuperación. Ezequías estaba tan contento de haber sanado y honrado por la visita de los mensajeros de Baladán, que “les mostró todos sus tesoros”. Cuando Isaías se enteró, vino a Ezequías y le advirtió que llegaría el día en que “todo lo que sus antepasados habían atesorado hasta ese día, sería llevado a Babilonia. Además, algunos de sus hijos y descendientes serías llevados para servir como eunucos del rey de Babilonia”. La falta de prudencia, la sensación de seguridad y poder resultantes del milagro recibido, hicieron que Ezequías convirtiera la bendición recibida por él, en una maldición para los suyos. No deja de llamar poderosamente mi atención la respuesta de Ezequías al Profeta: “Lo que ha dicho el Señor es bueno”, porque pensaba: “Al menos mientras yo viva, habrá paz y seguridad”. Ezequías quiso más vida, para él; no porque pensara en el bien de los suyos y de su pueblo.

Lo segundo que se deja de lado es que después de quince años, Ezequías durmió y fue enterrado en los sepulcros de los hijos de David.2 Re 20.21. El milagro no evitó la muerte, solo la pospuso. Más aún, el milagro hizo evidente la necesidad de que Ezequías ordenara su casa. Parece que el milagro le hizo olvidar la instrucción, la palabra, que Dios le había dado al través del Profeta: ordena tu casa. No la ordenó, no tuvo dominio propio, y la consecuencia fue que los suyos resultaran dañados y que la herencia de sus padres fuera robaba por Babilonia.

Así que, sin importar los años de vida con que se cuente, es responsabilidad de todos ordenar la casa. El orden no tiene que ver con la muerte, sino con la vida misma. Esto empieza por el poner orden en las relaciones personales. El advenimiento de la muerte destaca la importancia de arreglar, redimensionar, ajustar los modelos de relación familiar en que participamos. Hay que cerrar ciclos, dicen algunos. Perdonar y pedir perdón, arreglar hasta donde sean posibles los diferendos con la familia, etc.

También tiene que ver con el anticipar las posibles causas de desorden provocadas por nuestra ausencia. Hay padres que, respecto de sus bienes, actúan como los niños que van por la calle pateando un bote. Nunca lo recogen, solo lo echan más adelante. Son los padres que se niegan a aclarar y formalizar lo que tiene que ver con su herencia. Algunos, dadas las dificultades y diferencias que ya enfrentan, prefieren dejar a sus hijos y parentela el problema de arreglar lo que solo competía a ellos mismos hacerlo. Desde los inmuebles, hasta las cosas más pequeñas. La muerte amplifica el poder de división que la herencia tiene.

Sobre todo, ordenar la casa, también implica el ponerse a cuentas con Dios. Privilegiar el cultivo de la comunión y el afirmamiento de la fe. Ordenar la casa significa poner en orden los fundamentos de nuestra fe. ¿Qué es lo que creemos? La muerte, ¿derrota o victoria? ¿Mejor la vida en la tierra, que el descanso en el Señor? Nuestra fe, ¿resulta suficiente para la vida, pero insuficiente ante el hecho de la muerte?

Es un acto de fe asumir que nuestro hombre exterior se va desgastando día a día. Un pasaje desconocido y poco apreciado es Hebreos 9.27. Nos informa que “está establecido que los hombres mueran…” Tal hecho forma parte de nuestra fe. Y conviene que nos preparemos para cuando esta palabra se cumpla en nuestra vida. Podemos hacerlo porque, en Cristo, la muerte es apenas el paso a la eternidad. Porque nuestra muerte anuncia la vida plena, abundante, que Cristo ha ganado para nosotros. Podemos hacerlo, además, porque el hecho de nuestra muerte dará paso a esa dimensión de la eternidad en la que habremos de gozar de la comunión perfecta, libre de dolor y llanto, con nuestro Dios.

Sí, aunque todavía tengamos quince años más de vida por delante, conviene ordenar la casa.