Romanos 8.37ss
Diversos estudios muestran que una de las razones más importante por las que muchas personas se alejan de Dios y de la iglesia es su decepción por las tragedias, personales o de otros, en las que Dios parece estar ausente. ¿Dónde estaba Dios cuando me violaron? ¿Dónde estaba Dios durante el terremoto de Venezuela? ¿Dónde está Dios cuando los niños de la calle lo necesitan? Son apenas algunas de miles, sí de miles de preguntas que muchos han levantado a lo largo de los siglos ante la presunta indiferencia de Dios ante el dolor humano y, sobre todo, ante las injusticias que muchos realizan invocando su nombre.
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Sólo podemos acercarnos a entender la crudeza de nuestro relato si conocemos la condición que vivía la ciudad de Samaria, la capital del reino de Israel. Esta, la ciudad real, después del asedio sufrido por parte de Siria, enfrentó la hambruna, la enfermedad y la muerte. Muestra de ello es que hubo quienes comieron a sus propios hijos. El sitio de Samaria es una de esas experiencias humanas que no parecen tener sentido. Que sorprenden no sólo por la crudeza del sufrimiento vivido, sino por el hecho de que este no distingue entre clases sociales, buenos y malos, razas, etc. Afecta a todos y a todos los hace iguales ante el embate de la tragedia. Situaciones que provocan situaciones que, si las llegamos a imaginar, supones que les pasarán a los otros, pero no a nosotros. Y que, cuando se manifiestan descubren que, en efecto, todos somos iguales ante la tragedia.
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