La Doctrina Acerca de la Voluntad de Dios

Publicado 1 mayo, 2011 por Pastor Adoniram Gaxiola
Categorías: Mente de Cristo

Tags: , ,

Una de las doctrinas bíblicas más importantes y menos comprendidas es la doctrina, o enseñanza, acerca de la voluntad de Dios. ¿Cuál es la voluntad de Dios para mi vida? ¿Todo lo que pasa, sucede porque así es la voluntad de Dios? ¿Cómo puedo conocer la voluntad de Dios para mi vida? Tales serían las preguntas con las que, generalmente, nos acercamos a tan importante tema.

La Biblia nos enseña que sí hay un propósito divino, una intención inalterable, para nuestra vida. En 1ª Timoteo 2.4, encontramos una de las más claras expresiones del mismo: Dios, nuestro Salvador… quiere que todos [los seres humanos] se salven y conozcan la verdad. Tal es la intención divina para todos y para cada uno de nosotros, misma que explica dos grandes fundamentos de la vida cristiana: primero, la obra redentora de Jesucristo, pues gracias a ella es que los hombres podemos vivir en comunión con Dios y podamos, también, hacer las buenas obras a las que él nos llama, convirtiéndonos así en colaboradores suyos en la tarea redentora. Y, en segundo lugar, el fundamento de la vida consagrada a Dios. Es decir, al reconocer que somos del y para Dios, vivir santa y puramente, cumpliendo con los presupuestos morales y éticos por él establecidos.

Como podemos ver, aunque la intención inalterable de Dios es nuestra salvación y, por lo tanto, el que estemos en comunión con él, no se trata de una imposición divina a nosotros. El que tal intención divina se cumpla requiere de nuestra participación. En este sentido, la voluntad de Dios sólo se cumple en aquellos que responden al estímulo de su amor en Cristo Jesús, nuestro Señor y Salvador.

Una segunda cosa que la Biblia nos enseña es que uno de los valores fundamentales del ser humano es, precisamente, la libertad. Esta facultad natural de obrar de una manera o de otra, y de no obrar, conlleva el principio de responsabilidad respecto del quehacer propio, así como el principio del riesgo ante el quehacer de terceros y/o las circunstancias imprevisibles de la vida. Es cierto que Dios es el Señor de todo y que ni un solo pajarillo cae a tierra sin que el Padre lo permita. Mateo 10.29 Pero, ello no significa que todo lo que sucede en nuestras vidas responde a lo que algunos estudios han llamado la voluntad intencional de Dios. Estos estudiosos han acuñado también el término voluntad permisiva de Dios, para referirse a aquellas cosas, buenas o malas, que son fruto no de la intención específica del Señor, sino del ejercicio de la libertad personal y social de las personas.

Resulta importante considerar que Dios, quien sabe que las consecuencias del ejercicio de la libertad humana conllevan el riesgo del sufrimiento, del menoscabo de la dignidad, de la pérdida de la fe y la esperanza, etcétera, dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman, a los cuales él ha llamado de acuerdo con su propósito. Romanos 8.28 De acuerdo con Pablo, cuando las circunstancias en nuestra vida atentan contra la intención inalterable de Dios, nuestra salvación y comunión con él: en nuestra debilidad el Espíritu acude a ayudarnos. No sabemos qué pedir, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos que no pueden expresarse con palabras. Y Dios, que examina los corazones, sabe cuál es la intención del Espíritu, porque el Espíritu intercede por los creyentes conforme a la voluntad de Dios. Romanos 8.26,27 De tal suerte, aún en los casos extremos en los que haya sido nuestro pecado o nuestra ignorancia, o la dureza de nuestro corazón, la causa de nuestras tragedias y fracasos, Dios, quien por respeto a nosotros ha tenido que permanecer como espectador dolido ante nuestras circunstancias, obra sin violentar nuestra libertad personal. No impide nuestra tragedia, pero dispone que de todas las cosas, buenas o malas, resulte el bien para nuestra vida. De esta manera él sigue realizando su propósito en aquellos que viven en acuerdo con el mismo.

¿Cómo podemos conocer la voluntad de Dios para nosotros? Lo primero a tener en cuenta ante esta inquietud es el hecho de nuestra libertad. Una libertad delegada, ciertamente, pero, al fin, libertad. Ello significa que Dios no va a ir dando instrucciones precisas en cada paso de nuestra vida. También significa, como algunos estudiosos de la Biblia destacan, el que no hay una sola respuesta apropiada para cada circunstancia de la vida. Y que el secreto para una buena vida consiste en el desarrollo de la expresión máxima de la libertad humana: la libertad de elegir. Elegir no es otra cosa sino preferir a alguien o algo para un fin. Así que, ¿cómo elegir, escoger, aquello que está de acuerdo con el propósito de Dios para nosotros? Tal es la cuestión.

Los personajes bíblicos enfrentan tal cuestión utilizando términos tales como, enséñame, guíame, hazme saber. Los mismos revelan, primero el que tales personajes asumen (hacen propia), su propia ignorancia e incapacidad para escoger lo mejor. De ahí que requieran de la ayuda divina para saber qué y a quién preferir. Lo segundo que está implícito en tales términos es el principio de relación con Dios que tales personas guardan y cultivan. Tales términos están asociados a la práctica de la oración, al estudio de la Palabra de Dios revelada en las Sagradas Escrituras y al cultivo de una vida de santidad y consagración a Dios. Es decir, quienes están interesados en saber escoger de acuerdo con la voluntad de Dios, viven en comunión estrecha con su Señor.

A esto se refiere el Apóstol Pablo cuando llama a los romanos a que se presenten a sí mismos como ofrenda viva, santa y agradable a Dios. Ya que, les dice, este es el auténtico culto que podemos ofrecer al Señor. En consecuencia, asegura Pablo, sabremos apreciar lo que Dios quiere, es decir, lo bueno, lo que le es grato, lo perfecto. Romanos 12.1,2 El conocimiento de la voluntad divina para nosotros, de lo que es bueno para cada uno y que agrada a Dios (lo perfecto), es resultado de la comunión con el Señor. Del conocerlo y del permanecer en él.

En conclusión

Al asumir que entender a Dios, saber lo que él piensa y quiere es una tarea difícil, la Biblia aclara que sólo los espirituales pueden comprender las cosas del Espíritu, las cosas de Dios. Y concluye asegurando que nosotros, quienes tenemos el Espíritu de Dios, tenemos la mente de Cristo. Lo que otra versión traduce más claramente: ¡… nosotros estamos en posesión del modo de pensar de Cristo! 1 Corintios 2.16

Saber lo que Dios quiere para nosotros, distinguir el origen y las razones de las cosas que nos pasan y saber elegir de acuerdo con la voluntad de nuestro Señor, da a nuestra vida claridad, fortaleza y cimientos suficientes para que permanezcamos firmes tanto en la abundancia como en la escasez, en la alegría y en el dolor, en la certeza y en la incertidumbre. Podemos ir por la vida sabiendo que el propósito de Dios para nosotros es nuestro bien y que él se ocupa de cumplir su intención en nuestra vida. Con el Salmista podemos concluir diciendo: Jehová cumplirá su propósito en mí. Tu misericordia,  Jehová,  es para siempre; ¡no desampares la obra de tus manos! Salmos 138.8

En Valles de Sombra y de Muerte

Publicado 25 abril, 2011 por Pastor Adoniram Gaxiola
Categorías: crisis, Fe, Salmos

Tags: , ,

Los últimos días han estado llenos de conflictos y situaciones especialmente difíciles para muchas familias que conocemos. Enfermedades graves, dolorosos y complejos conflictos familiares, tensiones económicas, etc., son los diferentes rostros de la problemática que nuestras familias enfrentan. Ello significa, desde luego, que muchos de los miembros de la Iglesia de Cristo han sido alcanzados por los días malos.

Los días malos forman parte de la vida. Nadie escapa a ellos, son prácticamente connaturales a nuestra condición de seres humanos. Por ello, por más difíciles que resulten no pueden llamarnos a sorpresa. El hombre nacido de mujer, corto de días y harto de sinsabores, decía el justo Job. Sería, ocioso, entonces, ocuparnos de tratar de descubrir los porqués de tales días. Así como los hechos son, también los días malos son. Nada los cambia, nada los evita.

Sin embargo, el hecho de que sean muchas las familias que estamos enfrentando días malos, algunos excepcionalmente malos, nos obliga a la reflexión. Indudablemente hay algo más, un elemento extraordinario, un doloroso aporte a nuestra vida personal, familiar y congregacional en tales circunstancias de conflicto. Conviene recordar que en la dimensión espiritual simplemente no hay coincidencias. Debemos asumir que las cosas extraordinarias, como las que estamos viviendo, responden a un propósito y tienen un origen. En no pocos casos, este origen se encuentra en el enemigo de nuestras almas. En otros muchos, las cosas extraordinarias, aún las situaciones conflictivas, tienen su origen en Dios o son aprovechadas por el Señor para nuestro perfeccionamiento  y para el cumplimiento de su propósito en y al través de nosotros.

Es mi convicción que los días malos que estamos atravesando contienen un triple propósito:

§  Concienciarnos acerca de nuestra fragilidad.

§  Fomentar nuestra dependencia de Dios.

§  Provocar nuestro compromiso con Dios y su Iglesia.

Uno de los más grandes engaños es el de nuestra autosuficiencia. Vivimos una era en la que uno de los principios gobernantes es: si se descompone, arréglalo. Se nos anima a asumirnos fuertes, autosuficientes, permanentes. La verdad es que no lo somos. En pleno Siglo XXI, seguimos siendo frágiles.

Nuestra cultura nos hace menospreciar la fragilidad. No queremos ser débiles, resulta penoso serlo. Nos obligamos a ser fuertes. La cultura del reino de Dios, por su lado, nos recuerda que nuestra debilidad es un espacio de oportunidad para Dios. Que mientras más débiles somos, más se perfecciona el poder de Dios en nosotros. Así, nuestra debilidad no se traduce, necesariamente, en derrota o pérdida. Por el contrario, es la puerta por la que entramos al territorio de la victoria divina.

Asumir nuestra fragilidad, aceptarla, nos coloca en las manos del Señor. Pretender que somos fuertes, ignorar nuestras debilidades, nos coloca fuera del señorío de Dios quien, no debemos olvidarlo, gobierna en medio de la tormenta.

Mientras más delgado el hilo del que colgamos, mayor valor le reconocemos y mayor cuidado le dedicamos. Sin Dios no podemos hacer nada. Fuera de él nada somos. Si no fuera por su gracia no estaríamos aquí, ni podríamos superar los días malos que nos desgastan.

En los días malos tenemos que confiar, depender de Dios. Ello nos obliga a replantear el cómo de nuestra vida. A identificar aquellas actitudes, conductas y omisiones que nos ponen en riesgo de apartarnos de Dios y, por lo tanto, quedar fuera de su cuidado y amoroso cuidado.

Sabernos dependientes de Dios nos obliga a confesar nuestros pecados para quedar libres de su peso, al mismo tiempo que recomponemos nuestro caminar en la fe. Quien depende de Dios, como teme provocar su ira o incomodidad, se esfuerza por agradarlo en todo.

Los días malos hacen evidente aquello que, en nuestra vida, debe hacernos transitar la dura senda del arrepentimiento, la confesión y el arrepentimiento.

Los días malos son días de compromiso. Son días en los que las obligaciones contraídas, por nosotros con Dios, deben ser renovadas y redimensionadas. La razón es sencilla, no podemos pedir a Dios que intervenga en nuestro favor sin asumir, por nuestro lado, el que Dios tiene derecho de que nosotros cumplamos con lo que le hemos ofrecido y prometido.

Desde luego, Dios no espera de nosotros más de lo que podemos hacer. Así que no le resulta tan importante el monto de nuestra ofrenda, sino la condición de nuestro corazón. Se ha comprometido a no menospreciar al corazón contrito y humillado. Al corazón que se encoge y humilla buscando agradarlo en todo.

Todos nosotros hicimos muchas de nuestras promesas cuando nuestros días eran brillantes. Pero, algunas de las promesas más significativas, más trascendentes, las hemos hecho, precisamente, en medio de muchos días malos. Generalmente, cuando estos pasan, nos olvidamos de ellas y renunciamos a su cumplimiento.

Nuestras enfermedades, los conflictos familiares, las dificultades económicas, etc., reclaman que cumplamos lo que hemos prometido. Que seamos fieles, que renovemos nuestro compromiso y vayamos más allá de lo que hemos alcanzado.

Terminemos diciendo que los días malos no tienen el poder para definir el todo de nuestra vida. Nuestra vida es más que nuestros conflictos y aún que nuestros fracasos. Estos nos derriban, pero no nos destruyen. La razón para ello es que los transitamos, como todos los valles de sombra y de muerte, siempre bajo la guía y con el apoyo de la vara y del cayado de nuestro Dios, quien, no debemos olvidar, es nuestro Pastor.

¡He Visto al Señor!

Publicado 24 abril, 2011 por Pastor Adoniram Gaxiola
Categorías: crisis, Muerte, Semana Santa

Tags: , ,

Hoy la cristiandad celebra la resurrección de Jesús. La pasión y muerte de Jesús no tienen sentido sino a la luz de su resurrección. Es la resurrección la clave, el acontecimiento que da sentido y significado, al dolor y al fracaso presentes en la cruz. El Apóstol Pablo dice: “Si… Cristo no resucitó… vana es nuestra predicación y vana la fe que en Dios hemos depositado… Si el ser cristianos nos fuera de valor sólo en esta vida, somos los seres más desgraciados del mundo”. 1 Corintios 15.13ss

Si la resurrección es la clave que nos permite entender la pasión y la muerte, estas son los elementos que dan sentido a la resurrección. Parecería una perogrullada decir que, “no hay resurrección que no sea precedida de la muerte y del fracaso”.

El Drama de la Crucifixión

Alrededor de la pasión y muerte de Jesús encontramos una serie de crisis de crecimiento que son valiosas para nosotros y nuestro caminar:

María y las otras mujeres. Jesús, en su trato cotidiano, hizo por las mujeres algo que nadie había hecho por ellas: les dio esperanza. Jesús mismo representaba la posibilidad de una posición nueva ante la vida y los demás. Dignidad, respeto, aprecio. Lo siguieron sin comprenderlo. El caminar termina “al pie de la cruz”, “mirando de lejos” dice Marcos. Cristo la razón de su esperanza es el principal argumento de su fracaso. Lo que Cristo no hace por sí mismo se traduce en la pérdida propia de aquellas mujeres. Juan 19.25

Tomás, el valiente incrédulo. Siempre hemos criticado a Tomás y lo usamos para simbolizar nuestra propia incredulidad. Pero, ¿nos hemos preguntado el por qué de la incredulidad de Tomás? Tomás creyó en Jesús, por eso le siguió… hasta Jerusalem. Fue fiel y animoso, aún cuando no entendía. “Muramos con él”, había dicho. ¿Cómo no ser incrédulo de quien había roto su confianza y lo había dejado solo? Las crisis se viven en distintos grados. Diez estaban reunidos después de la muerte de Jesús. ¿Dónde estaba Tomás? ¿Por qué no lo había ido a buscar? Su “sólo creeré si veo las heridas”, ¿era la respuesta de quien se siente reprochado por sus propios hermanos? Juan 14.5; Juan 11.16

Pedro, el defensor cobarde. Protector de la vida y del buen nombre de Jesús. El que deja todo por seguir a Jesús y descubre que, de seguir siguiéndolo, tendría que pagar el precio último, el de su propia vida. ¿Cómo seguir a quien llegó al final del camino? ¿Por qué confesar a quien está perdiendo la vida? ¿Cómo no renegar de quien no hace por sí mismo? Juan 20. 17ss; Marcos 16.6-7

En la cruz del calvario murió Jesús. Pero al pie de esta, o a lo lejos, y más lejos, hubo muchas más muertes: las de la fe, la confianza y la esperanza de sus discípulos. Paradójicamente, mientras resucitaban muchos que no tenían nada que ver con Jesús; sus seguidores padecían hasta la muerte.

Las Celebraciones de la Resurrección

Nuestra fe en Jesús no es vana; ni siquiera cuando hemos perdido la esperanza, la fe misma, o cuando lo hemos negado. Nuestra fe sigue contando gracias a la realidad esplendorosa de la resurrección.

María, mensajera. No es María la madre de Jesús la mensajera de la resurrección. Es “aquella María”, quien, perdida la esperanza representada por el Jesús vivo, acude al sepulcro a perfumar el cadáver putrefacto de su Maestro. Es esta mujer, llorosa y confundida, la que se convierte en portadora del mensaje de vida: “Ve, busca a mis hermanos y diles que subo a mi Padre y al Padre de ustedes, a mi Dios y al Dios de ustedes”. “Quiero que le digan a Pedro y a los demás discípulos que Jesús va delante de ellos a Galilea. Allí lo verán como les dijo”. María se convirtió, entonces, en “la que había visto al Señor”. Jn 20.18 NVI

Tomás, el visionario. La observación de Jesús: “Has creído porque me viste. ¡Benditos los que sin verme han creído!”, nos distrae de la declaración de Tomás: “Señor mío y Dios mío”. ¿Recuerdan a los discípulos? “Hemos visto al Señor”. “Nosotros, hemos visto al Señor”. Tomás, el incrédulo, ve lo que ellos no ven: en Jesús ve a Dios mismo. A veces el fracaso, la huida, resulta una especie de colirio espiritual. Dejamos de ver para poder ver. Es la realidad presente del resucitado el elemento refundador de nuestra fe. Jn 20.28

Pedro, el que amaba más que los demás. Jesús no deja pasar la oportunidad de recordarle a Pedro su traición: una fogata y una pregunta que se repite tres veces. Lo acorrala. Lo lastima porque quiere sacar lo que está en el fondo. No busca razones, explicaciones o disculpas. Quiere saber si Pedro lo ama “más que los demás”. La resurrección pone las cosas en su lugar. Un riesgo calculado de Jesús es la negación circunstancial de los suyos. Esta le lastima pero no lo atrapa. Él está seguro de que detrás y a pesar de la negación, vive un amor único. ¿Me amas como nadie más me ama?

La celebración petrina incluye a todas las otras. La resurrección de Jesús viene a poner en eminencia el elemento fundamental del amor. El seguimiento de Jesús no consiste en la mera perseverancia de la confianza, de la fe o de la convicción. Reclama la perseverancia del amor. Jn 21.15ss

En Conclusión

En la resurrección de Jesús celebramos el triunfo de la vida sobre la muerte, sí, pero, sobre todo celebramos el triunfo del amor. Del amor de Dios, ciertamente; pero también el triunfo de nuestro amor por él. Amor que permanece en la fe y en la desesperanza, en la convicción y en la duda, en la defensa y en la traición. Gracias al poder de Dios en Jesús, su amor recrea la vida, la fe y la esperanza.