Dios Conoce

Publicado 4 abril, 2011 por Pastor Adoniram Gaxiola
Categorías: Éxito, Biblia, crisis, Emociones, Fe, Sufrimiento

Tags: , ,

La vida está llena de situaciones que conllevan un potencial de destrucción increíble. Enfrentamos cosas y circunstancias que no sólo dañan en lo inmediato, sino que pueden convertirse en los disparadores de procesos destructivos que van más allá de aquello en lo que se iniciaron. Por ejemplo, sabemos de no pocos casos en los que la muerte de un hijo ha destapado una serie de conflictos y situaciones difíciles entre sus padres, mismos que les han llevado a separarse. También conocemos de muchos casos en los que la enfermedad de los padres ancianos, y la pérdida de sus capacidades para valerse por sí mismos, terminan distanciando y hasta enfrentando entre sí a los hijos que antes se amaban y procuraban el uno al otro. En fin, podríamos referirnos a muchas y muy diversas situaciones en las que podemos testimoniar el potencial de destrucción de las circunstancias de vida que enfrentamos.

En nuestro pasaje de referencia (Mateo 5.25-34), nuestro Señor Jesús se ocupa de la manera en que nos enfrentamos a lo que cotidianamente nos ocupa y nos preocupa. Con una impresionante precisión, nuestro Señor se refiere a los dos asuntos que más fácilmente nos sacan de control, nos ponen fuera de quicio: lo que tiene que ver con la comida y la bebida, y lo que tiene que ver con el vestido. Más aún, nuestro Señor se ocupa de lo que se refiere a la vida y lo que se refiere al cuerpo. Vida y salud. Con tales referencias, el Señor pone el dedo en la llaga, literalmente. Porque bien sabe que los seres humanos hemos hecho de la vida y de la salud, objetos de culto a los cuáles dedicamos nuestros más sentidos afanes y nuestros más sacrificados esfuerzos. Queremos vivir, desde luego, y queremos vivir bien, queremos vivir sanos.

Y, ¿qué tiene de malo ello?, se preguntarán algunos. Nada, amar la vida y procurar la salud del cuerpo no tienen, en sí, nada de malo. La clave para comprender la enseñanza de Jesús se encuentra en la repetida expresión: no os afanéis. Literalmente, Jesús exhorta a sus oidores a que no enfrenten de manera ansiosa las necesidades vitales. Resulta interesante destacar aquí que el término bíblico ansiedad proviene de la misma razón que la palabra meteoro, y que esta significa en medio del aire, levantado alto.

Jesús sabe que muchos de nosotros permitimos que las circunstancias de vida que enfrentamos en el día a día nos sacudan al extremo de levantarnos en el aire y no permitirnos actuar con firmeza, prudencia y sabiduría. No sólo perdemos la calma, sino que también perdemos el control de nosotros mismos y empezamos a actuar impulsiva y neciamente, terminando por complicar mucho más la circunstancia que dio origen a nuestra preocupación.

Resulta muy interesante el argumento con el que nuestro Señor Jesús da sustento a su llamado a que no estemos ansiosos. En Reina-Valera la exhortación completa se lee así: No os afanéis, pues,  diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos? Porque los gentiles buscan todas estas cosas; pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas. Primero, nuestro Señor se refiere, por contraste a nuestra identidad en Cristo, somos diferentes de los gentiles, de los que no son pueblo de Dios. La enseñanza implícita es que quienes estamos en Cristo tenemos el deber de enfrentar los retos y las necesidades de la vida de manera diferente a los que, diría Pablo, no tienen esperanza.

Precisamente, la razón de nuestra esperanza es que Dios es nuestro Padre y que él sabe que tenemos necesidad de las cosas que nos preocupan. Dios está al tanto de nosotros y de nuestras necesidades, es la razón que nuestro Señor nos da para que no permitamos que las cosas que necesitamos tomen el control de nuestra vida. Porque cuando dejamos que las cosas nos controlen, hacemos a Dios a un lado e impedimos que él permanezca en control de nuestra vida y circunstancias.

Tal parece ser la preocupación de nuestro Señor, puesto que nos exhorta a que busquemos primeramente el reino de Dios y su justicia. Es esta una expresión toral, a la cual debemos prestar especial importancia. La misma nos remite al hecho de que cuando permitimos que las necesidades cotidianas nos alteren, nos vuelvan ansiosos y nos mantengan en el aire, estamos dispuestos a solucionarlas de cualquier forma y a cualquier precio… aún a costa de nuestra integridad y testimonio cristiano.

Por ejemplo, hay quienes ante las presiones económicas y la ansiedad resultante de la incapacidad para resolverlas en Cristo, se abren a la posibilidad de participar en prácticas no éticas, ni morales. Mienten, roban, estafan, engañan. Esto es algo que está sucediendo con mayor frecuencia en nuestro país, la pobreza parece justificar la participación de muchos en actividades ilegales y hasta delincuenciales. O, consideremos a aquellos que estando enfermos no encuentran ni en la medicina, ni en la oración, alivio para sus males. Algunos, desesperados por la enfermedad y los temores que la acompañan, de plano buscan la salud en las prácticas de hechiceros y brujos. Lo hacen porque están convencidos de que lo más importante es la salud; pues, dicen, teniendo salud uno puede enfrentar lo que sea. Otro ejemplo de algo que sucede con desafortunada frecuencia, es el de mujeres cristianas que, atemorizadas por la soledad de la vejez, se comprometen en relaciones con hombres que no son miembros del cuerpo de Cristo, la Iglesia. Así, se unen en yugo desigual con los impíos, con lo que complican su vida y la de sus hijos, todo porque enfrentaron afanosamente el problema de la soledad.

Cuando nuestro Señor Jesús nos llama a buscar primeramente el reino de Dios, es decir, a hacer lo que es justo delante de Dios, destaca la importancia que nuestra fidelidad a Dios tiene por sobre cualquier otra cosa en la vida. Parecerá una exageración, pero es mejor permanecer fiel aún a costa de nuestra salud física, o permanecer firme en nuestro propósito de santidad y servicio, aún a costa de nuestra soledad y tristeza. Cuando buscamos el reino de Dios sintonizamos el todo de nuestra vida con la voluntad del Señor. Como las águilas, sólo extendemos nuestras alas para que sea el viento del Espíritu Santo el que nos guíe a toda verdad y a toda justicia. Es decir, quien está dispuesto a sacrificar lo inmediato en aras de lo eterno obtendrá, siempre, la gracia redentora de su Señor y Salvador.

Día a día enfrentamos la dura realidad de la vida. A veces, nuestra enfermedad es superada con la salud, nuestra pobreza con la abundancia y nuestra soledad con el don de la alegría compartida. Otras veces, la enfermedad, la pobreza y la soledad permanecen. Cosa difícil esta, es cierto. Pero, la fe nos hace saber y la experiencia en Cristo nos permite recordar que en todas las cosas somos más que vencedores. Que dado que en nuestra debilidad se manifiesta el poder de Dios, podemos estar seguros que nuestro destino es la victoria. Y que, mientras estamos luchando, atrapados en los valles oscuros de la vida, la vara y el cayado de nuestro Dios no dejan de traernos aliento. Vivimos en esperanza, sí, pero también vivimos en la comunión y la gracia fieles de nuestro Padre. Por ello es que podemos enfrentar en la paz de Cristo las circunstancias que vivimos. Por ello es que podemos permanecer confiados en medio de las dificultades. Es que el amor lleva a nuestro buen Padre Dios a guardar en completa paz a aquel cuyo pensamiento en persevera en él;  porque en él ha confiado. Isaías 26.3

Como Vasijas de Barro

Publicado 28 marzo, 2011 por Pastor Adoniram Gaxiola
Categorías: Éxito, Fe, Guerra Espiritual

Tags: , ,

El pasaje que hemos leído, en 2Corintios 4.7-10, es uno de los pasajes más hermosos y poéticos de la literatura neotestamentaria. Parte de un supuesto que ha sido descuidado y desperdiciado, más aún, menospreciado por los muchos predicadores de la Teología de la Prosperidad. Se trata del supuesto de la fragilidad, como el punto de partida de nuestra experiencia cristiana. El Apóstol Pablo no se ocupa de dorarnos la píldora y animarnos a creer que somos lo que no somos. Por el contrario, se refiere a los creyentes, los describe, como meras vasijas de barro. Es decir, de una manera tan sintética y poética, el Apóstol asume nuestra fragilidad, nuestra impotencia y nuestra pobreza ante las vicisitudes de la vida.

Desde luego, no podemos encontrar belleza en la fragilidad, la impotencia y la pobreza, a menos que la contrastemos con aquello que hace de la fragilidad, la impotencia y la pobreza algo hermoso. Lo que contrasta y transforma tales realidades es, precisamente, el tesoro que procede de Dios: la salvación de nuestras almas y la incorporación al cuerpo de Cristo, la Iglesia; es decir, la verdad de Cristo en nosotros. Para Pablo, mientras más evidentes nuestras limitaciones, más resplandeciente la gloria de Dios que habita y se manifiesta en nosotros. Mientras mayor nuestra pequeñez, mayor la grandeza y el brillo de Cristo en nosotros; con todo lo que incluye su amor, su cuidado, su poder y su propósito en nuestra vida.

Pablo hace una relación contrastante de las circunstancias de la vida. Se ocupa del acoso que sufren los cristianos, de los apuros o dificultades que estos enfrentan, de las persecuciones a las que la fe en Cristo nos expone, a las caídas que el creyente enfrenta de tanto en tanto, etc. Asombra la honestidad del Apóstol. Ciertamente, debiera ser considerado como un mal publicista de la fe cristiana. Me decía alguna vez un pastor: hermano, no debemos hablar de problemas a los que vienen a la iglesia, la gente lo que quiere es oír de paz, de  tranquilidad, de gozo. Bueno, me temo que tales pastores no invitarían a Pablo a predicar en sus púlpitos, porque el Apóstol reconoce públicamente que la vida cristiana también se compone de acoso, apuros, persecución y que los cristianos caen en su fe muchas veces más de las que imaginamos.

Creo que Pablo lo hace, precisamente, para destacar el hecho y la importancia de la gracia divina. Este, el de la gracia de Dios, es un tema de primordial importancia para el creyente. Vivimos y andamos por gracia. Es decir, hemos sido salvos y nos mantenemos firmes en la comunión con Cristo, por su gracia, por su disposición favorable hacia nosotros. Hay quienes han aprendido que su comunión con Cristo depende, prioritariamente, de sus propios méritos. Que mientras más buenos sean y más cosas buenas hagan, más seguros pueden estar en Cristo. Otros viven aterrorizados por sus dudas, sus faltas y sus temores. Han aprendido a pensar que no pueden dar la medida de santidad que les asegure la entrada a la comunión y el amor de Dios en Cristo.

En nuestro pasaje, Pablo nos recuerda que somos, simplemente, vasijas de barro. Despostilladas, de tanto uso, poco agradables en su apariencia y, siempre, en el riesgo de agrietarse y terminar rotas. Pero, estas vasijas que somos nosotros, llevamos, poseemos, contenemos, el tesoro del poder de Dios que no sólo habita en nosotros, sino que se manifiesta en y al través de nuestra vida. Sólo por gracia, sólo porque Dios ha querido amarnos y privilegiarnos con su poder maravilloso, mismo al que no limita ni nuestra debilidad, ni nuestras propias limitaciones. Es cierto que somos llamados a hacer las buenas obras que Dios preparó desde el principio, para que anduviésemos por ellas. Es cierto, también, que somos llamados a santidad y a esforzarnos en la práctica de la justicia. Pero, también es cierto que si podemos hacer buenas obras, que si podemos mantenernos santos y practicando la justicia, ello se debe al poder que habita en nosotros y no a la calidad de vasijas que somos.

Ahora bien, la gracia se manifiesta de manera muy concreta en relación a nuestras fragilidades. Pablo destaca lo que debe ser entendido como un quehacer divino que convoca a un quehacer humano: estamos atribulados en todo, mas no angustiados; en apuros, mas no desesperados; perseguidos, mas no desamparados; derribados,  pero no destruidos; llevando en el cuerpo siempre por todas partes la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestros cuerpos. En este juego de contrastes, el Apóstol se refiere tanto a lo que Dios hace, como a lo que somos llamados a hacer. Permítanme tratar de explicarme.

Recuerdo a una mujer a la que, cuando sus hijos eran muy pequeños, la abandonó el marido. Fueron años difíciles los que enfrentó, literalmente a sus hijos para que estos salieran adelante en la vida. Desarrolló una muy especial relación con el mayor; desde pequeño este le proveyó de amor, comprensión y compañía. Los hijos salieron adelante, la mujer se hizo vieja. Llegaron los nietos y la vida parecía recompensar todo lo que antes había negado. Sin aviso previo, el hijo mayor muere. La madre se queda tan sola como nunca antes lo había estado. Se derrumba, se viene abajo y parece que todo hubiera acabado para ella. La muerte de su hijo mostró de manera ostensible la tremendamente frágil que era esta mujer y la absoluta carencia de recursos propios para enfrentar los apuros de la vida.

Los que estábamos a su lado temimos por ella. Guardábamos silencio cuando la acompañábamos, porque sabíamos que nuestras palabras eran insuficientes para remediar su pena. Pero, el que estaba y está en ella, ni tuvo temor, ni se quedó callado. La gracia de su Señor se hizo evidente en ella. La mujer encorvada por el dolor, la mujer que suspiraba por el hijo perdido, ella, esa vasija frágil, se levantó de entre la tragedia y dio testimonio de que si bien, la vida la había derribado, no había logrado rematarla.

Estoy seguro que la primera sorprendida fue ella misma. Como madre amorosa vivía temiendo siempre que algo malo pasara a alguno de sus hijos. Cuando la muerte de su primogénito la sorprendió, creyó que su propia vida había llegado a su fin. Lloró, se aisló, se derrumbó. Pero, una mañana se despertó temprano, se levantó y descubrió que podía seguir viviendo porque algo dentro suyo la animaba, la fortalecía y la guiaba a una nueva vida.

Como esta mujer, todos nosotros hemos enfrentado, y quizá estamos enfrentando, situaciones que parecieran tener el poder de acabar con nosotros. Déjenme decirles y asegurarles algo: nada tiene el poder para destruir a los que estamos en Cristo Jesús. Quienes llevamos en nosotros el Espíritu de Dios, ese tesoro al que se refiere el Apóstol, podemos salir delante de cualquier situación y circunstancia que enfrentemos. Podemos hacerlo no por nuestros propios méritos y fortaleza, sino por el Espíritu que habita en nosotros por la pura gracia de Dios.

Los días malos son, también, días de confianza y esperanza. El creyente puede estar seguro que los valles de sombra de muerte se acaban, y que al final abren espacios de bendición nunca antes conocidos. Que en las dificultades que enfrentamos la gracia sobreabunda. Que Dios es fiel y él nos sostiene cuando las fuerzas se nos acaban y él mismo se encarga de fortalecernos ante la adversidad. Hace muchos años, el Profeta Isaías, se refirió a esta confianza cuando le dijo a Dios: Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera, porque en ti ha confiado. Sea esta nuestra confianza, nuestra seguridad que se mantiene a pesar de la fragilidad de nuestro barro.

Principios de Sabiduría para las Madres Ancianas

Publicado 21 marzo, 2011 por Pastor Adoniram Gaxiola
Categorías: Familia, Hijos, Vejez

Tags:

La semana pasada tuve la oportunidad de escuchar, animar, y de orar por ella, a una mujer anciana que sufre una de las formas más comunes y dolorosas del maltrato familiar: el abandono y la indiferencia de sus hijos. Al través de sus palabras escuchaba su dolor, su tristeza y aún su resentimiento. Se sentía y sabía abandonada en una jaula de oro. Cubiertas sus necesidades de alimento, pero carente de las expresiones de amor y cariño que muchas veces resultan más necesarias y aún nutricias que la mera comida. Pero, como en muchos otros casos, escuché al mismo tiempo la defensa firme, la justificación que algunas madres hacen de sus hijos ingratos. No me salvé de oír el típico: “pobrecitos, como tienen tantas cosas que hacer, no se dan tiempo para estar conmigo.”

También tuve la oportunidad de escuchar a otras dos mujeres, madres de familia, referirse a sus hijos, con cariño y preocupación, diciendo: “estos niños”. Tal expresión no tendría nada de particular si no se tratara, en ambos casos, de mujeres de más de setenta años y de hijos cincuentones. Al oírlas pensé, para mis adentros, que sus hijos, para niños, ya están bastante creciditos.

En uno y otro caso se trata, desafortunadamente, de mujeres que sufren el síndrome canguro. Es decir, mujeres que siguen llevando a cuestas a sus hijos, haciéndose responsables de ellos y de los hijos que han tenido. En no pocas ocasiones, de sus magras pensiones, destinan cantidades significativas para resolver lo que “sus niños” no pueden y, con desafortunada frecuencia, intervienen para enfrentar a “esas mujeres” (las nueras), con las que sus pobres hijos se casaron.

Así, estas mujeres, como muchas otras ancianas, a los conflictos propios de su vejez suman los resultantes de una maternidad prolongada. Mucho de su cansancio, de sus temores y enfermedades son fruto de su pretensión de que ellas pueden, porque la consideran su obligación, arreglar la vida de sus hijos. Déjenme decir, con temor y temblor, que se trata de mujeres amorosas, abnegadas, nada egoístas, ciertamente; pero también de mujeres poco sabias. Porque, en ellas se hace evidente que el amor no conduce, necesariamente a la sabiduría. Que más amor no significa, siempre, más sabiduría, ni más corrección en lo que se hace o deja de hacer.

Me explico, los términos con los que muchas ancianas se refieren a sus hijos revelan lo que hay en su corazón. Por un lado, la resistencia a dejar que sus hijos “se vayan”, es decir, que sean ellos mismos y no una prolongación de la madre. Por otro, tales palabras revelan los temores, la decepción y la preocupación generados por los hijos que no han madurado. Ante las debilidades evidentes de los hijos, el instinto maternal se fortalece y la madre sigue viéndose a sí misma como el soporte de sus hijos e hijas y a estos como a los niños que todavía necesitan a su mamá, aunque ya estén casados y tengan sus propios hijos.

La Biblia enseña que la boca habla de lo que abunda en el corazón. También enseña que las palabras tienen el poder de modelar el carácter de quien las habla. Tomando en cuenta estas dos enseñanzas, permítanme proponer a las madres ancianas que me escuchan, y a las que van para abuelas, tres principios de sabiduría en la relación con sus hijos. Creo que si, con la ayuda de Dios, las madres ancianas se esfuerzan en seguir tales principios no solo abundarán en su propia paz, salud y tranquilidad, sino que contribuirán a la madurez de sus hijos.

Primero, las madres sabias saben cuándo es tiempo de callar. En ocasiones, la madurez del hijo se ve fortalecida con el silencio de sus padres. Las personas inmaduras “tiran el lazo” tratando de atrapar a quienes los escuchan. No siempre piden abiertamente, pero sí sugieren o manipulan para terminar pidiendo de manera indirecta lo que esperan que sus madres y padres hagan en su favor. Así, hay hijos que se quejan, se lamentan, reniegan, etc., porque han aprendido que haciéndolo así, mamá o papá, harán lo que ellos quieren. Y, no siempre lo que los hijos quieren es lo que conviene. Por ello, las madres sabias han de discernir el tiempo cuando lo mejor es callar, aún cuando parezca que tienen mucho qué decir.

En segundo lugar, las madres sabias saben cuándo es tiempo de hablar. A veces para confrontar, para encarar al hijo y animarlo a que sea responsable; para, de la mejor manera, “decirle sus verdades”. A los hijos les hace bien oír la verdad de sí mismos en los labios de sus madres y padres. En otras ocasiones, las madres sabias deben hablar para decir “no”. “No quiero”, “no puedo”, “no tienes derecho”. ¡Cuántas tristezas, decepciones y dolor se hubieran evitado! si mamá hubiera dicho “no” a tiempo y a la persona indicada. En no pocas ocasiones, y ante el evidente desinterés de los hijos mayores en madurar y asumir la responsabilidad de su propia vida, la mejor palabra que pueden escuchar en labios de mamá es, precisamente, “no”.

Finalmente, las madres sabias saben cuándo es tiempo de hacer lo que conviene. Los hechos hablan, las decisiones que se toman dicen mucho más que mil palabras. Conozco a otra mujer, también anciana y madre de un montón de hijos. Algunos de estos hacían de ella lo que querían. Si cambiaban de sala, llevaban a la casa de mamá la que habían desechado. Si querían celebrar una fiesta, lo hacían en casa de su madre… dejándole el tiradero cuando la fiesta acababa. Con frecuencia, le encargaban a los nietos, porque ellos tenían otras cosas qué hacer. Por años, esta mujer hizo lo que sus hijos e hijas quisieron. Se enfermó y se amargó. Se sabía usada y se sentía menospreciada… hasta que se decidió e hizo lo que convenía hacer. Fijó límites, exigió respeto y pago el precio de respetarse a sí misma. Algunos de sus hijos se enojaron y la criticaron, otros se apartaron de ella, los menos la comprendieron y respetaron. De cualquier forma, ella está en paz consigo misma y, por cierto, su salud ha mejorado.

Termino recordando a las lindas viejas que me escuchan que las madres ancianas son llamadas a ser “maestras del bien”. Que sus familias, la Iglesia y la sociedad toda las necesitamos, sí, pero no complacientes, sino sabias. Lo que menos necesitan los hijos, sean niños o adultos, es madres barco, madres tontas de las cuáles puedan aprovecharse cada que les convenga. Lo que los hijos necesitamos es que nuestras madres sean sabias, dueñas de sí mismas y dignas, siempre dignas. Por ello, sería bueno que empezaran aceptando que si sus hijos siguen siendo niños, después de los doce años, se trata de verdaderos fenómenos. Que conviene que a los hijos adultos los traten como a tales, reconociendo sus derechos, sí, pero contribuyendo también a que cumplan con sus responsabilidades. De las cuales forma parte, de manera importante, el que los hijos vean por sus padres y que en la vejez de estos los honren, los ayuden y los amen como no lo han hecho antes. A las madres viejitas les recuerdo que, en la vejez, ellas son llamadas a ocuparse de sí mismas, a servir de ejemplo y, sobre todo, a gozar de las muchas bendiciones que Dios les depara en etapa final de sus vidas y de las cuales no siempre forman parte sus hijos.