Sí, hay que salir de la cueva

Santiago 5:17,18; 1 Reyes 19

Como sabemos, Elías es uno de los personajes más conocidos y destacados en la Biblia. Ocupa un lugar en el pasado de Israel, en el presente y también lo ocupa al final de los tiempos. Ciertamente era un hombre excepcional: hizo milagros, resucitó muertos, provocó sequías y lluvias, etc. Pero, la Biblia también señala que: Elías era un hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras.

Contra lo que pareciera ser lo lógico, la fe y las pasiones humanas no se excluyen. Se puede ser un hombre de fe y, al mismo tiempo, padecer afectos y sentimientos muy humanos.  ¿Cómo es posible ello? ¿Cómo se puede ejercer el poder de la fe, al mismo tiempo que se lucha contra los afectos y pasiones que atormentan?

En 1 Reyes 19, encontramos el relato de una de las experiencias más reveladoras del carácter de Elías. Después de salir victorioso de su encuentro con los profetas de Baal, y de haber ordenado la muerte de 450 de estos; después de haber provocado sequía y lluvia y de haber avergonzado a Acab, el rey, Elías huye al desierto atemorizado por las amenazas de Jezabel… una mujer. (Conviene notar que Elías se acostumbraba a relacionarse con ellas como seres necesitados y de los cuales él podía disponer).

En su huida, Elías cae en tal estado de depresión y ansiedad que exclama uno de los lamentos más desesperanzadores: Basta ya, oh Jehová, quítame la vida, pues no soy yo mejor que mis padres. Su lamento expresa su cansancio de la vida, su deseo de evasión la realidad que lo oprime y la pérdida de su estima propia. Todo ello queda refrendado con la pasividad contenida en la única acción que se le ocurre tomar: se queda dormido debajo del enebro. Cansancio, negación, depresión, pasividad. De veras que Elías era un hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras.

La Biblia dice que Dios: conoce nuestra condición, sabe bien de qué estamos hechos y, por lo tanto, se compadece de sus hijosSalmos 103. La compasión es el amor en acción. Así que Dios, quien está al tanto de lo que nos pasa se apresura a actuar en nuestro favor. El relato bíblico nos dice que un ángel despertó a Elías diciéndole: levántate y come. En tal orden, están presentes dos cuestiones: el reconocimiento a su capacidad: puede levantarse; así como el reconocimiento a su condición débil: necesita fortalecerse con el alimento. En tal condición, Dios provee agua y comida caliente.

Sin embargo, a veces llegamos, como Elías, a tal condición que lo que Dios hace no parece ser suficiente. Elías volvió a quedarse dormido, y el ángel volvió a despertarlo. Si lo despertó implica que lo había dejado dormir, porque reconocía su condición de cansancio. Pero, a su llamado inicial, el ángel agrega la frase: porque largo camino te espera. Vemos en Elías que los éxitos en la vida no excluyen las etapas de derrota. Pero, también vemos en la exhortación del ángel, que los fracasos en la vida no acaban con el camino que tenemos por delante. Dios, quien nos da las victorias, también nos sustenta cuando acabamos debajo del enebro. ¿Cómo lo hace?

La Biblia explica que, recuperadas sus fuerzas Elías caminó hasta el monte de Dios, Horeb. Al llegar a este se metió a una cueva y ahí pasó la noche. Dios se le aparece y le pregunta: ¿qué haces aquí, Elías? Y este responde haciendo una descripción de su situación: hizo lo buenolo persiguenestá asustado porque teme que lo maten.

Era obvio que Dios no lo había llevado hasta Horeb para que Elías siguiera con su cantinela. Envío al ángel a alimentarlo y protegerlo para que Elías hiciera lo que Dios le había encargado. Desde luego, saber lo que debemos hacer no siempre es suficiente. Es más, saber lo que se espera de nosotros no significa que estemos listos para hacerlo. Ni siquiera estamos listos cuando llegamos hasta el monte de Dios, al lugar de su presencia y ahí nos escondemos.

En las circunstancias torales, las más importantes, de la vida se necesita algo más que sólo saber qué. Desde luego, este algo más no puede encontrarse dentro de la cueva, por mucho que esta esté en el monte de Dios. Dios le pide a Elías que salga de la cueva y se pare delante de Jehová. Una vez fuera, Dios le muestra viento, terremoto y fuego. Elementos que hablan de las ansiedades de la vida. Pero, aclara el escritor sagrado: Jehová no estaba en ninguno de ellos.

Sí estaba en el silbo apacible y delicado. El término apacible connota la presencia de la paz de Dios. Ello nos remite al tema del reposo de Dios. Es decir, al permanecer confiados en que Dios habrá de honrarse a sí mismo, y honrar nuestros esfuerzos, tomando el control de todo y capacitándonos para seguir el camino que tenemos por delante.

Elías pudo ser el profeta poderoso, a pesar de ser el hombre temeroso, porque depositó sus pasiones en el Señor. Su confianza la mostró yendo a donde Dios lo enviaba y haciendo lo que le encargaba. Al ser y hacer así, sus pasiones no desaparecieron; pero tampoco fueron tan relevantes que le impidieran cumplir con su tarea.

Conviene terminar esta reflexión diciendo que el problema no es el meterse a la cueva, sino permanecer en ella más de lo que resulta prudente. Hay quienes permanecen en sus amarguras, temores, rencores, etc. Estos son sus propias cuevas. Hay que salir de las mismas, aunque, de pronto, nos encontremos con las manos vacías. El vacío que llena el viento, el terremoto y el fuego, no significa que Dios no se haga presente. Lo hace, sí, cuando salimos animados por la evidencia de su presencia.

Conviene que vayamos al monte de Dios y que ahí busquemos, no solo su protección, sino su presencia. No solo su consuelo, sino su poder. No solo su comprensión, sino también su mandato.

 

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