Hoy es día de llevar buenas nuevas

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2 Reyes 7.3-11

1578235539666Sólo podemos acercarnos a entender la crudeza de nuestro relato si conocemos la condición que vivía la ciudad de Samaria, la capital del reino de Israel. Esta, la ciudad real, después del asedio sufrido por parte de Siria, enfrentó la hambruna, la enfermedad y la muerte. Muestra de ello es que hubo quienes comieron a sus propios hijos. El sitio de Samaria es una de esas experiencias humanas que no parecen tener sentido. Que sorprenden no sólo por la crudeza del sufrimiento vivido, sino por el hecho de que este no distingue entre clases sociales, buenos y malos, razas, etc. Afecta a todos y a todos los hace iguales ante el embate de la tragedia. Situaciones que provocan situaciones que, si las llegamos a imaginar, supones que les pasarán a los otros, pero no a nosotros. Y que, cuando se manifiestan descubren que, en efecto, todos somos iguales ante la tragedia.

Desde luego, siempre hay quienes viven la tragedia de otro modo, con una perspectiva diferente. Como los leprosos de nuestra historia. Aún en los tiempos de abundancia, su suerte era una desgracia. Marginados, despreciados e impedidos. Vivían de la caridad de los que los menospreciaban y temían. No pocos les arrojaban sobras de comida no por compasión, sino para alejarlos de sí mismos y de los suyos. Aún los que los amaban los marginaban, los negaban y los rechazaban. Y nuestros leprosos, ante el recrudecimiento de la tragedia deciden enfrentar el riesgo de la muerte ante las dificultades que la vida representa para ellos. En una situación extrema, se deciden por soluciones extremas.

Deciden ir a buscar vida entre los que los han condenado a la muerte. En Samaria no había más lugar para ellos porque las sobras de comida que antes les daban se habían convertido en el alimento que daba esperanzas de vida a los pocos que todavía contaban con tales sobras para comer. Siempre he pensado que el dolor más doloroso que enfrentaban los leprosos no era el de las carencias que enfrentaban, sino el que les producía el saberse rechazados y profundamente menospreciados por los suyos. Rechazo y menosprecio tales que les orillaron a buscar ayuda entre los que, repito, les había condenado a muerte, los soldados sirios. Consideremos en la amargura, el resentimiento y rencor que anidaba en sus corazones al verse obligados a salir a terrenos de mayor inseguridad, incertidumbre y riesgo. Todo porque en Samaria no había lugar para ellos ni quién los amara.

Son estos hombres los que descubren y son confrontados por el quehacer milagroso de nuestro Dios. Una vez más, los menospreciados son los primeros beneficiados de la gracia divina. DHH dice que los leprosos se pusieron a comer y beber, como primera reacción a la bendición enfrentada. Después sacaron plata, oro y ropa, y escondieron todo. Creo que vivieron un momento de profunda y gloriosa reivindicación. Es decir, pensaron que disfrutar de todo aquello era su derecho, porque, por fin, se les hacía justicia. No sólo porque como samaritanos había sufrido el injusto juicio de los enemigos sirios. Sino porque, por fin, tenían lo que los suyos les habían negado y privado, quizá, desde que eran pequeños. Tanto tiempo siendo los otros, los menospreciables, y ahora eran ellos, los dueños, los saciados, los ricos y poderosos.

El sufrimiento nos hace egoístas y resentidos, pero, es la abundancia la que revela nuestras envidias y resentimientos. Dice la Biblia que entre las cosas más insufribles de la vida es la mujer que de sirvienta se convierte en la señora de la casa. Sabemos de muchos casos de quienes han aguantado, se han humillado y guardado silencia en sus etapas de sometimiento. Pero, que se vuelven feroces, egoístas y abusadores cuando, por fin, la revolución les hace justicia. Nuestros leprosos disfrutaron su momento de gloria, sabían que su vida iba a cambiar a partir de ese momento. Que, aunque seguirían estando leprosos, ahora los demás se dirigirían a ellos llamándolos: Señor Leproso o Don Leproso.

Pero, en tal efervescencia vivida, hubo un momento incómodo de iluminación moral y espiritual. Se dijeron entre ellos: Esto no está bien. Hoy es un día de buenas noticias, ¡y nosotros no lo hemos dicho a nadie! ¿Cuáles eran las buenas noticias? En principio que el sitio se había terminado porque los soldados enemigos habían huido. Pero ¿cambiaban las cosas en esencia, se había acabado el sufrimiento? Es cierto, desde luego, que hubo cosas que cambiaron, la comida abundó y cualquiera podía comer hasta hartarse. Pero, empezaban los días en los que se tenía que enfrentar el hecho de que la vida no podría volver a ser jamás, la misma. Que como en toda tragedia humana, sea causada por la naturaleza o por la maldad de los hombres, el tiempo de recuperación que sigue a la terminación de la tragedia resulta, casi siempre, mucho más doloroso, traumático y difícil que la tragedia misma.

¿Cómo podría enfrentar la vida la madre que comió a su hijo, pensando que en poco tiempo también ella viviría? ¿Cómo llenar los vacíos dejados por los que habían muerto? ¿Cómo restaurar las relaciones dañadas por la tragedia? ¿Cómo volver a creer, a tener esperanza? ¿Cómo relacionarnos de nuevo con el Dios que permaneció ajeno y silencioso ante tanto dolor y súplicas inútiles? El final del sitio no significó el final de la muerte, el funcionario del rey, quien no creyó en la palabra del profeta, fue aplastado y murió bajo los pies de quienes salieron a buscar pan al campamento abandonado por los sirios.

Considerar esto podría parecer un desmentido a la declaración de los leprosos: Hoy es un día de buenas noticias. No hay lugar para tal desmentido. Porque lo cierto es que la tragedia que vivía Samaria no quitaba la realidad de gozo que los leprosos vivían. Del gozo de pocos que habría de convertirse en el gozo de muchos en medio de las dificultades, tristezas y pérdidas que enfrentaban. La tristeza de la ciudad no invalidaba la alegría producida por el campamento sirio abandona. Así es la vida, una mezcla extraña de carencias y abundancia, de tristeza y alegría, de pesar y esperanza.

Alguien ha dicho que cuando leemos nos leemos a nosotros mismos. De ser así, propongo a ustedes que nosotros, los cristianos, somos los leprosos de nuestro aquí y ahora. Porque, si bien nuestra suerte no es distinta a la que muchos, millones enfrentan, en nuestra moderna Samaria universal, nosotros somos bendecidos abundantemente, sin merecerlo, por pura gracia. En medio de tanta tragedia nosotros somos beneficiarios de la gracia, gozamos de bendición, de fortaleza, esperanza y sustento. Aunque en la ciudad hay vacíos, con nosotros está el Santo de Israel. Nuestra suerte, en estricto sentido, no es diferente a la de muchos, pero, por gracia, nosotros somos diferentes ante la suerte que enfrentamos.

Hemos recibido una riqueza que nos empodera, alegra y supera. Como los leprosos que nunca podría comerse toda la comida, ni vestirse con todos los vestidos encontrados, mucho menos gastarse toda la fortuna encontrada. Es que la misma no era sólo para ellos, había que compartirla con los que la necesitaban. En nuestro caso, la primera riqueza es el mensaje del Evangelio, Jesucristo mismo. Es a él a quienes somos llamados a compartir entre los que siguen estando bajo el poder del enemigo aun cuando las puertas de su Samaria se hayan abierto.

Les animo a que seamos proactivos en la búsqueda de oportunidades para compartir el amor de Cristo. Sirviendo, acompañando y proveyendo a quienes están en necesidad, desde luego. Pero, sobre todo animándoles para que se vuelvan al Señor y le entreguen su vida. Lo mismo con quienes, conociéndole se han alejado de él. Es tiempo en que debemos insistir abierta, franca y atrevidamente, en el llamado a que se vuelvan a Dios. Recordando a mis padre, diré que los que libren la pandemia que enfrentamos, sea por que no se enfermen o porque sanen, sólo serán cadáveres más saludables. Pues, sin Cristo, estando vivos estarán muertos.

Dije que nuestros leprosos tuvieron un momento incómodo de iluminación moral y espiritual. Pido a Dios que cada uno de nosotros tenga la misma experiencia. A que nos propongamos que seremos diferentes al terminar este sitio que enfrentamos. Muchos han dicho que las cosas cambiarán, que después de tanto sufrimiento seremos diferentes, lo dudo. Porque el cambio resulta de la conversión y sólo quienes nos convirtamos podremos ser diferentes cuando las puertas de nuestra Samaria caigan. Por ello, les animo a que nuestra oración sea que seamos hallados fieles testigos del nuestro Señor. A que desde ya compartamos la principal bendición que hemos recibido, a Jesucristo. Y que, a partir de ahí nos propongamos ser modelos de vida para quienes habrán de superar los estragos que hayan vivido en la tragedia que hoy enfrentamos.

Les animo a que hagamos bien, así es como en verdad saldremos victoriosos, aunque abollados, de situación que hoy nos aflige tanto. A esto los animo, a esto los convoco, porque hoy es día de llevar buenas nuevas.

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One Comment en “Hoy es día de llevar buenas nuevas”

  1. yanamontoya Says:

    Gracias, hay mucha tarea por hacer. Bendiciones.


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