Más que mamá, mujer

1 Samuel 1; Lucas 1,2

Celebramos este Día de las Madres en medio de una tensión provocada por quienes, por un lado, consideran la maternidad como el deber de toda mujer y quienes, en el lado contrario, ven la maternidad como una limitante para eso que consideran la realización plena de la mujer. Esta tensión se hace evidente en el número creciente de mujeres que se niegan a la maternidad y la emergencia de sectores religiosos, considerados ultraconservadores, que aseguran que el no ser madre es un pecado que propicia la degradación del todo de la sociedad.

¿Quiénes tienen la razón? ¿Es obligación de las mujeres ser madres? ¿Se vale menospreciar, condenar a quienes no lo son, sea por elección o imposibilidad? ¿De veras quienes optan por la maternidad renuncian a su realización integral como personas? ¿Vale más la mujer que se niega a ser madre que quien asume como propia la maternidad? Preguntas difíciles de responder, sin duda.

Hemos propuesto que la nuestra, la de nosotros los discípulos de Jesús, es una Presencia Testimonial, en medio de un orden ajeno al orden de Dios. Creo que uno de los espacios en los que se demanda un testimonio cristiano coherente es, precisamente, el espacio de la maternidad. No, no creo que la maternidad por sí misma es Presencia Testimonial. Lo que sí creo es que la maternidad no hace a la mujer. De ahí que toca a cada mujer decidir respecto de su propia maternidad.

Quiero retomar la experiencia de dos mujeres a quienes conocemos bien, a Ana, la madre de Samuel y a María, la madre de Jesús. Considero que de ambas podemos aprender sobre la dimensión y el propósito de la maternidad. Te invito para que repases los pasajes bíblicos que se ocupan del asunto, 1 Samuel 1 y Lucas 1 y 2, respectivamente. Confío en que mi propuesta aporte elementos para una reflexión más profunda e integral acerca del propósito de la maternidad y ayude a quienes se encuentran ante la disyuntiva de ser madres o no, a tomar una decisión.

También aspiro a que esta reflexión ayude tanto a quienes son madres como a quienes han decidido no serlo, a confirmar el hecho de que el principio, el fundamento de su identidad, no pasa por la maternidad, pues, unas y otras, antes que ser madres, son mujeres. Aunque esto parezca una mera perogrullada.

Con estas consideraciones previas, ocupémonos del tema que hoy resulta tan relevante.

Ana, la madre de Samuel, sufrió el trato y las presiones típicas de una sociedad machista. Sus relaciones familiares se caracterizaron por el menosprecio y la persecución “de la otra”, Penina. Su marido la amaba mucho, pero ni la conocía, ni la entendía. Vivía convencido de que todo lo que su mujer necesitaba era a él; estaba seguro de que él era, para Ana, mejor que diez hijos.

Elcana, su esposo, no solo era un hombre insensible, también era un esposo presuntuoso. Elí, su pastor y sacerdote, quien recibía de ella y de su esposo ricas ofrendas, apreciaba estas pero poca atención prestaba a Ana. Insensible, como buen hombre, le ve sufrir y no la entiende… concluye que está borracha.

Pobre Ana, ¡con cuánta razón necesitaba un hijo! Necesitaba a alguien que la ayudara a ser ella, a valer como persona. Sin un hijo no estaba completa, apenas era una sierva afligida. Quería un hijo no para criarlo, sino para ser madre. No para formarlo, sino para triunfar ante sus enemigos. Un hijo que se convirtiera en la razón de su identidad; quien la reivindicara ante los demás… y ante sí misma. La vida de Ana se agota en su maternidad.

María, la madre de Jesús, es sorprendida por su maternidad. En condiciones increíbles y complicadas se descubre la madre del Señor. Vive presiones, desconfianzas, temores. Pero no solo no renuncia a la maternidad, tampoco se refugia en ella. A diferencia de Ana, ve en su ser madre y en la vida de su hijo, la continuidad de la historia salvífica. Se sabe parte de algo más grande y trascendental que ella misma, que su momento personal.

Su canto –parecido y totalmente distinto al de Ana, en el que se inspira-, descubre una dimensión eterna de su embarazo de nueve meses: El Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas… Ayudó al pueblo de Israel, su siervo y no se olvidó de tratarlo con misericordia. Así lo había prometido a nuestros antepasados, a Abraham y a sus futuros descendientes. La maternidad de María hace posible que llegue al mundo la vida abundante, la vida plena, en la persona de su hijo Jesús.

Y a nosotros ¿qué? Primero, las mujeres que son madres y que hoy están siendo celebradas como tales, conviene que tomen en cuenta que la maternidad siempre conlleva dos riesgos: convertirse en salida de una forma de vida incómoda, y convertirse en destino, en un callejón sin salida. Esto puede llevar a una perversión del sentido y propósito de la maternidad, ya que unas viven para ser madres y no pocas son madres para tener una razón para vivir.

En segundo lugar, conviene recordar persistentemente que los hijos, siempre son circunstancia, aunque frecuentemente se cometa el error de convertirlos en destino. En este sentido, conviene tomar en cuenta que la vida de las mujeres es mucho más que la vida de los hijos porque en su maternidad está implícito el llamado a María: convertirse en colaboradoras del Todopoderoso.

Vientre-tierra, fértil para la semilla del Altísimo. El propósito de Dios no era hacer madre a María, sino incluirla en su quehacer salvífico. María, ni es, ni se agota en Jesús, su hijo. Es ella, y como Dios conoce quien es, la invita a que sea la madre de su hijo. El hijo de ambos, culminación perfecta del plan de Dios. La perspectiva de la fe provoca tal convicción, me parece, en toda mujer que es madre. Asume a sus hijos como un espacio de colaboración con Dios en la realización del propósito divino en favor de la maternidad.

Lamentablemente, entre nosotros hay mujeres cuya vida se ha agotado en la maternidad. No son más que mamás. Nada más las explica, nada más da sentido a su vida. Pero, paradójicamente, que al igual que Ana, están perdiendo a aquellos que las hacen ser. Ello, porque el cómo de la relación filial que no se resuelve adecuada y oportunamente, se pervierte. Hacen su razón de ser a aquellos que cada día se alejan más de ellas.

Cuestión natural e importante, de la naturaleza mismo podemos aprender que cuando las crías no son separadas oportunamente de sus madres, se corre el riesgo de que se crucen entre sí. Fenómeno parecido a quienes, imposibilitados para ser ellos mismos por la incapacidad de sus padres para dejarlos ir, establezcan relaciones codependientes que sólo traen molestias y trabajo para quienes viven atrapados en y por ellas.

Cuando el proceso de emancipación de los hijos se retrasa, cuando su autonomía e independencia no se dan en el momento oportuno, cuando se establecen relaciones de codependencia, los roles se pervierten. Cada vez más, desafortunadamente, vemos a madres que siguen siendo responsables de hijos adultos y a hijos adultos que disfrutan (¿?), de la llamada adolescencia prolongada.

Se trata de adolescentes eternos, de hombres y mujeres que, al permanecer atados emocionalmente, especialmente, a sus madres, son incapaces de desarrollar su propia identidad y, por lo tanto, de asumir sus responsabilidades vitales.

La diferencia entre Ana y María es Jesús. A la luz de Jesús, y de su misterio, es que María comprende que la tarea de las madres es facilitar la tarea de Dios. A la convocatoria implícita: María, Dios te necesita para madre de su hijo. María responde presta: He aquí la esclava del Señor, que Dios haga conmigo como ha dicho. Lo que María declara es: Mi razón de ser es el Señor, mi tarea, permitir-facilitar-cooperar para que en mí se cumpla lo que él ha dicho.

De igual forma, las madres creyentes asumen que los hijos les son entregados para que durante el tiempo saludable que vivan con ellos den a los mismos el testimonio del amor de Dios. Para que formen en ellos los valores que les ayuden a vivir su realidad con plenitud. Les son entregados, pero no son del todo suyos. Tampoco son instrumentos para cumplir sus propósito de vida, sino llamados a que en ellos se cumpla el propósito divino.

Siempre tienen presente que más que dueñas, son administradoras, formadoras. Saben que así como en el parto deben expulsarlos de su cuerpo para que vivan por sí mismos, después de nueve meses en que los han nutrido, formado físicamente y capacitado para la vida, así, también, una vez nacidos deben nutrirlos, formarlos y capacitarlos para que sean ellos durante los días de su vida. Sean estos pocos o sean muchos.

Para quienes no somos mamás, Ana y María muestran la gran diferencia existente entre el valernos de alguien o algo para llegar a ser y el fructificar en conformidad con lo que somos. Como Ana necesitaba hijos para ser, no pasó de ser mamá. Cada año trabajaba para llevarle ropa al hijo que visitaba en el templo.

Al considerar la experiencia de Ana, conviene tener presente que la medida de nuestro desarrollo como personas está determinada por lo que asumimos con la fuente, la razón de nuestro tu crecimiento. No podemos ser más que aquello que nos hace ser.

El creyente ya es. Es a la luz de Cristo. Al creyente no lo define, no lo hacen ni la tarea, ni los logros. Es el ser del creyente lo que define su tarea, califica sus logros. No sólo define si se es esposo o esposa, o padre o madre. Define qué tipo de esposo se es, y qué tipo de esposa se elige. Define qué tipo de padre o madre se es y qué tipo de hijos se forman.

Ana, para ser –para estar completa- quiso un hijo, aunque para ser madre tuviera que perderlo entregándoselo a Dios, dejándolo en las manos de Elí. María, quien era ya era ella, no entregó su hijo a Dios, ella aceptó llevar en su vientre al hijo de Dios, para que Dios pudiera cumplir con su propósito salvífico.

Mujer que me escuchas, déjame provocarte a la reflexión con estas preguntas:

¿Es tu tarea, son tus logros los que definen quién eres?

O, ¿es quién eres tú lo que define la tarea que realizas y los logros que estás buscando?

A reflexionar sobre esto te animo, a esto te convoco.

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