Posted tagged ‘Comunión con Dios’

¡Vivan con alegría su vida cristiana!

27 agosto, 2017

Filipenses 4.4-7

¿Será posible vivir la vida cristiana con alegría? Parece difícil. Por un lado están las tradiciones, las culpas, las acusaciones que emanan de no pocos púlpitos y parecen diseñadas para despojar a la vida del gozo de sus momentos torales. Por el otro, las dificultades crecientes que todos, creyentes y no creyentes, enfrentamos. Con la diferencia de que, a los primeros se nos ha prometido que en Cristo podremos gozar, siempre, de su paz y su gozo.

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Dios mío, ¿no piensas hacer nada?

11 diciembre, 2016

Salmos 35.11-17 TLAD

Una de las experiencias vitales más complejas es cuando tenemos que enfrentarnos con el hecho de que personas a las que amamos, y que nos aman, dicen cosas falsas en nuestra contra. Cuando nos levantan falso testimonio. Desde luego, las emociones dominantes parecen ser la molestia, el coraje y los deseos de revancha. Pero, creo que, en realidad, las emociones más fuertes que experimentamos cuando somos difamados son la decepción, la sensación de impotencia y, desde luego, la confusión que resulta del no poder entender el porqué de tales conductas.

El salmista expresa bien tal confusión cuando asegura: Lo que más me duele es que yo los traté bien y ahora ellos me tratan mal. Añade su estupor cuando descubre que inventan mentiras y que, sin pensarlo dos veces, aseguran: Tú cometiste eses crimen; ¡nosotros mismos lo vimos! Como hemos dicho, es esta una experiencia común a los humanos. El mismo Señor Jesús experimentó el poder complejo de los falsos testimonios, en su caso, hasta el extremo mismo de la muerte. Por ello es que en él encontramos algunos principios que nos ayudarían a enfrentar tal experiencia a la manera de Cristo. Veamos, (más…)

Para que regresen a Dios

11 octubre, 2014

Marcos 2

Lo primero que salta a la vista al leer este capítulo es la capacidad de Marcos para llevarnos de una locación a otra, para hacernos saber que Jesús realizó su ministerio en distintos lugares, circunstancias y con diferentes grupos y tipos de personas. Sin embargo, aunque se trata de diferentes historias, podemos encontrar una constante en el relato de Marcos: la llegada de Jesús significa, necesariamente, la irrupción de un orden nuevo y diferente en la vida de aquellos con los que se relaciona.

En el Antiguo Testamento nos encontramos con el quehacer de un Dios totalitario, quien actúa por sí mismo y pocas veces recurre a la participación de los hombres en las obras que realiza. Sin embargo, en nuestro pasaje encontramos que la salvación-sanidad del paralítico requirió de la iniciativa y del compromiso de los amigos de este. Estos cuatro hombres se pusieron en sintonía con Jesús porque estuvieron dispuestos a ser sensibles ante la necesidad de su amigo y, movidos por su amor, estuvieron dispuestos a actuar de una manera poco ortodoxa. Es decir, animados por el testimonio de Jesús también ellos decidieron hacer suya la condición del paralítico y buscar una alternativa poco convencional para llevarlo hasta los pies del Señor.

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La Vida Cristiana se Vive Paso a Paso

7 octubre, 2012

Lucas 22.29; 2 Corintios 3.6; Jeremías 31.31-14

La vida cristiana se vive paso a paso. Y, en cada nueva etapa es preciso, necesario, recordar que estamos unidos a Dios por un pacto, un nuevo pacto que se sustenta en la sangre preciosa de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Es mi oración que Dios nos ilumine para comprender a profundidad lo que significa que nuestra salvación y todos los beneficios inherentes a la misma tienen su sustento en la sangre derramada y el cuerpo quebrantado de quien quiso morir en lugar nuestro.

Los cristianos no sólo somos beneficiarios del nuevo pacto, también somos ministros del mismo. Así lo asegura el Apóstol Pablo cuando nos recuerda que Dios nos ha hecho ministros competentes de un nuevo pacto. Como traduce DHH, él nos ha capacitado para ser servidores de una nueva alianza… basada en la acción del Espíritu. Tal declaración paulina reitera nuestro llamamiento al servicio a Dios y al prójimo, así como establece el hecho de que, por la acción del Espíritu Santo, somos capaces para ser servidores. En la Biblia, pacto es mucho más que un compromiso mutuo, es, sobre todo, una promesa divina que se cumple en Jesucristo. Tiene un origen, el amor de Dios y una consecuencia, nuestra nueva vida en Cristo. Es decir, el nuevo pacto nos hace diferentes en naturaleza a lo que éramos antes de Cristo. Consecuentemente, nuestra nueva naturaleza nos obliga a vivir de tal manera que Dios sea glorificado en el todo de nuestra vida.

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Para Vivir en Comunión con Dios

4 julio, 2011

El ser humano ha sido creado, diseñado, para vivir en comunión con Dios. La Biblia dice que Dios puso de su propio aliento en el cuerpo del hombre. Por lo tanto, hay una estrecha relación entre Dios y el ser humano. Este, para estar completo, necesita de Dios y, me pregunto si acaso no pudiéramos decir lo mismo acerca del Señor, que él también nos necesita para estar completo.

El Salmista expresa la necesidad que el hombre tiene de Dios, diciendo: “mi corazón ha dicho de ti: buscad mi rostro”. Al mismo tiempo, la Biblia dice que Dios nos atrae hacia sí mismo: “con cuerdas humanas los atraje, con cuerdas de amor”. Oseas 11.4 Estos pasajes, y sus muchos paralelos, hacen evidente que la comunión con Dios, el cultivo de la espiritualidad, responde tanto al llamado que Dios mismo hace al ser humano; como del impulso interior que lleva a la persona a ansiar la comunión del Señor.

Es esto lo que da sentido al término religión que usamos para referirnos a las cosas y las prácticas espirituales. Uno de sus significados más básicos es religar; es decir, “ceñir más estrechamente” la relación entre Dios y el hombre. Lo que el pecado rompió, Cristo lo ha vuelto a unir. Ahora, dice el Apóstol, “tenemos paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo”. Romanos 5.1 Este trato familiar debe ser cuidado y cultivado por el cristiano. Esto significa que debemos esforzarnos en vivir de tal manera que la paz de Cristo permanezca en y entre nosotros. De los primeros cristianos se dice que perseveraban en la comunión, es decir, que se mantenían firmes en ella. Hechos 2.42

De los escritos bíblicos se desprende que perseverar en la comunión incluye dos áreas integrales y mutuamente condicionantes: primero, la que tiene que ver con la individualidad de la persona, con su propia alma y su relación personal e íntima con Dios. La segunda es el área comunitaria, primero en la dimensión la que se refiere al cuerpo de Cristo, la iglesia; perseverar en la comunión con Dios también implica permanecer y crecer en la comunión con los hermanos. No hay tal cosa, como pretenden algunos, que se pueda amar y servir a Dios fuera de la iglesia. Además, esta dimensión comunitaria de la comunión con Dios incluye, también, el vivir de tal manera que nuestro testimonio beneficie y anime a seguir a Cristo a quienes no lo conocen. Col 4.5ss

La comunión personal con Dios empieza siendo un privilegio y una responsabilidad individual y propia de cada quién. Empieza, también, siendo un acto electivo. Cada quien elige, en principio, la profundidad de su relación con Cristo. Él ha tomado la iniciativa y ha venido a nuestro encuentro. Pero, nunca irá más allá de donde nosotros le permitamos ir. “Yo estoy a la puerta y llamo; [dice el Señor] si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaremos juntos”. Apocalipsis 3.20

Superada la cuestión de si Dios quiere o no estar en comunión con nosotros, queda ahora la relativa a cómo podemos permanecer en comunión personal con él y cómo podemos hacer más profunda nuestra relación personal. La Biblia nos enseña que el recurso con que contamos es, sencillamente, el cultivo de las llamadas disciplinas espirituales:

La práctica cotidiana de la oración y el ayuno. La oración es un diálogo de fe. Cuando oramos nos abrimos a la inmensidad de Dios, lo ponemos a prueba. Él nos escucha y nos habla. Nos descubre su carácter y su propósito personal para nosotros. Además, la oración es la llave al poder divino; hemos sido autorizados para orar pidiendo y se nos ha prometido que lo que pidamos en su nombre lo recibiremos. Lo que Dios hace en respuesta a nuestras oraciones es un plus que nos permite abundar en la comunión con él. Lucas 22.40; 1 Tesalonicenses 5.17; Santiago 5.16

La lectura y el estudio de la Biblia. La Biblia ha sido escrita para nuestra edificación. Es decir, nos guía, fortalece y restaura mostrándonos el carácter de Dios y quienes somos nosotros en Cristo. Cuando nos muestra quienes somos, también nos revela qué es lo que Dios espera de nosotros y cómo, al obedecer sus mandamientos, podemos encontrar la plenitud de la vida. Además, la Palabra de Dios en nuestros labios es poderosa para responder a quienes nos confrontan o piden consejo; así como para reprender al diablo y a sus emisarios.

Una buena cosa es aprender a orar con la Biblia. Es decir, memorizar aquellos pasajes bíblicos que conllevan alabanza, súplica y/o intercesión; repetirlos frecuentemente y aprender a aplicarlos en cada circunstancia que nos toque vivir. Salmo 119.105; Isaías 55.11Juan 5.39; 2 Timoteo 3.16; Hebreos 4.12

La práctica de la santidad. Dios es santo y no puede estar en comunión con quienes no practican la santidad. Esta, según la Biblia, es al mismo tiempo consagración y limpieza. Santo es quien vive para Dios y se aparta del pecado, de hacer lo malo. Vivir sabiendo que somos de Dios, nos permite entender todo lo que nos sucede desde la perspectiva espiritual. Comprender que detrás de todo hay un propósito superior y más grande. Además, nos lleva a vivir teniendo cuidad de que nuestros pensamientos, actitudes, palabras y acciones glorifiquen a Dios y no lo ofendan.

Consideremos atentamente el que nadie que ha buscado a Dios ha resultado defraudado. Al contrario, mientras más abundamos en la comunión con el Señor más vivimos en plenitud, con fortaleza y siendo de bendición para quienes están a nuestro lado. Por lo tanto, vale la pena hacer caso a nuestro corazón y buscar interesada y comprometidamente el rostro de nuestro Dios.

 

Entregar el Espíritu

2 agosto, 2010

Hace muchos años, más de treinta, tuve la oportunidad de volar por primera vez en una pequeña avioneta. Cruzamos buena parte de la Sierra Madre, en el Estado de Chihuahua, así que tuvimos que despegar y aterrizar varias veces en rústicas pistas, entre tierra y no pocas piedras. Al observar al piloto que, después de que la avioneta se encarreraba un tanto sobre la pista, jalaba una palanca produciéndose así el despegue, le pregunté: ¿cómo sabe cuándo es el momento de jalar la palanca para elevarse? El piloto, quizá extrañado por mi pregunta, dudó un poco y entonces me contestó: la avioneta te dice cuándo está lista para dejar la tierra y volar.

Tan pocas palabras compusieron uno de los mejores sermones que haya yo escuchado. Resultaron una parábola sobre la fe, la confianza y la entrega de nuestra vida a Dios, nuestro Señor. Y es que al reflexionar sobre la respuesta del piloto vienen a mí los momentos de la vida en los que debemos dejar, separarnos, distanciarnos de alguien o de algo para poder ir al encuentro de lo que está delante. Pienso en las mujeres y los hombres de la Biblia quienes llegaron a períodos clave, determinantes en y de sus vidas, en los que tuvieron que renunciar a la seguridad de sus espacios, al pretendido control de sus circunstancias y se entregaron a lo desconocido.

Algunos, cuando la vida o Dios mismo los llamó a ir más allá de lo que eran, tenían y estaban haciendo, respondieron en obediencia y, como Abraham, salieron de su tierra, dejando a su parentela para ir a lugares que no sabían dónde quedaban. Otros, como Jonás, simplemente no quisieron dejar de ser lo que eran, ni de tener lo que tenían; tampoco quisieron caminar caminos oscuros y correr riesgos desconocidos. Estos últimos, decidieron permanecer en tierra, caminar sí, pero en dirección contraria a la que Dios les estaba indicando.

Es que no resulta fácil ni sencillo dejar la seguridad de lo que somos y tenemos. Una de las tendencias naturales del ser humano es la que lo inclina al confort, a la comodidad de lo que conoce y puede controlar. Cuando la vida lo coloca en situaciones de cambio, sobre todo cuando la propuesta de la vida conlleva, o parece hacerlo, el riesgo del dolor y del sufrimiento, las personas nos resistimos a salir de nuestra zona y confort y nos aferramos a lo que somos, tenemos, nos hace sentirnos seguros.

Pero, resulta, que como las avionetas de la Sierra de Chihuahua, no importa cuántas veces hayamos aterrizado y despegado en nuestra vida, siempre habrá una vez más para hacerlo, siempre habrá una nueva pista de la cuál tendremos que partir para ir al encuentro de nuestra realidad y destino. Esta realidad tiene que ver con el todo de nuestra vida y la enfrentamos y vivimos, en acuerdo o en desacuerdo, cada día… hasta que se acaben los días de viajar.

Pensemos en los padres de familia y en esa circunstancia, accidente de tiempo inevitable, que significa el dejar ir a los hijos y quedarse solos y a solas. Mientras menos tienen los padres, como individuos y como pareja, más difícil les resulta dejar lo que conocen y controlan. Se aferran a los hijos, no por los hijos mismos, sino por lo que ellos representan para los padres incapacitados para volar a la nueva etapa de sus vidas. En la mayoría de los casos el aferrarse a los hijos, o a los padres, provoca una serie de complicaciones tales que lejos de hacer la convivencia entre los padres y sus hijos mayores una fuente de bendición, paz y crecimiento, se convierte en motivo de discordia, frustración y amargura crecientes.

O pensemos también en aquellos hombres y mujeres que iniciaron alguna empresa importante en la vida. Fueron visionarios, valientes y arrojados, dispuestos a volar por zonas que no conocían y a recorrer caminos en los que no sabían qué habrían de encontrar. Pero, llegados a la vejez se niegan a pasar la estafeta. Se aferran a lo que fueron e hicieron, a lo que tanto les costó y a lo que con tanto esfuerzo lograron echar a andar. Por lo tanto, no dan oportunidad a otros para que enriquezcan la empresa iniciada por ellos. Se aferran creyendo sinceramente que pueden seguir en control, cuando en la realidad lo único que están haciendo es sofocar, asfixiar, la obra que Dios les encomendó y que con tanto éxito hicieron fructificar en el tiempo favorable. Es esta una historia que se repite, una y otra vez, en empresas familiares de todo tipo; así como, desafortunadamente, en un número creciente de iglesias y movimientos eclesiales que habiendo sido fructíferos ahora languidecen bajo el liderazgo de hombres y mujeres cansados; mismos que no han estado dispuestos a despegar y dar así la oportunidad a que la vida siga y otros tomen la estafeta que ellos recibieron de quienes les precedieron o de Dios mismo.

Hay un tercer espacio en el que el reto de dejar lo conocido para asumir e ir hacia lo que no conocemos, se vuelve especialmente difícil y doloroso. Tiene que ver con la aceptación de nuestro propio desgaste, de esa dinámica en la que el deterioro de nuestra humanidad parece ir en proporción inversa a nuestro deseo de ser todavía relevantes, útiles y productivos. No sé ustedes, pero a veces me encuentro con que todavía tengo mucho más que dar, que aquello que mi cuerpo está en condiciones de hacer, de procesar. Queremos seguir al mismo ritmo que lo hicimos hasta aquí… o hasta ayer. Queremos seguir trabajando, comiendo, relacionándonos, importando… como antes. Por eso nos volvemos, no solo perseverantes, sino tercos y hasta groseros cuando otros, no falta quien lo haga, nos recuerden que ya no somos, ni podemos, lo que antes éramos y podíamos.

Son circunstancias en las que tenemos que dejar de correr por las pistas de arena y piedra conocidas para elevarnos a las realidades nuevas que tenemos por delante. La cuestión es que hemos aprendido que siempre será mejor aquello que resulte de nuestras fuerzas e inteligencia. Por eso queremos seguir haciendo, permaneciendo, controlando y no aceptamos que ha llegado un momento, una manera diferente de ser y hacer. Hemos creído que si hacemos más, si nos esforzamos más, si nos presionamos a nosotros mismos y a los demás, podremos lograr todavía cosas buenas, importantes y trascendentes.

Resulta, sin embargo, que al ir a la Palabra de Dios nos encontramos que cuando las mujeres y los hombres temerosos de Dios han llegado a tales momentos de cambio, la respuesta no ha estado en el hacer más, sino en el que permanezcamos quietos. Isaías reclama, en nombre de Dios, que en medio de su conflicto, Israel todavía siguiera creyendo que la respuesta a su tragedia estaba en hacer más de su propia mano. Isaías (30.15), les recuerda: así dijo Jehová el Señor, el Santo de Israel: en descanso y en reposo seréis salvos; en quietud y en confianza será vuestra fortaleza. Y no quisisteis, sino que dijisteis: No, antes huiremos en caballos;  por tanto,  vosotros huiréis. Sobre corceles veloces cabalgaremos; por tanto, serán veloces vuestros perseguidores.

Siempre he creído que quien sí creyó tal promesa y la hizo suya fue, precisamente, nuestro Señor Jesús. Lucas nos cuenta que, en la cruz, Jesús llegó al momento en que ya nada podía hacer, ni por sí mismo, ni por los que habían confiado en él. Todo lo que fue, todo lo que hizo, todo lo que pudo había llegado a su fin. Entonces, relata Lucas, Jesús, clamando a gran voz, dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Jesús llegó al lugar y al momento en el que tuvo que soltar todo lo que había estado en su control y abandonarse en los brazos y la gracia del Padre.

¿Qué no podría haber hecho otra cosa? ¿Qué su fe no era suficiente para bajar de la cruz? ¿Qué no tenía el poder para echar fuera los demonios que poseían a la multitud que lo estaba crucificando? A todas estas preguntas la respuesta es una sola: sí. Pero, nuestro Señor Jesús supo que había llegado el momento de estar quieto y descansar en la misericordia del Padre. Que había llegado el momento en el que habría de conocer lo que hasta ese instante no había conocido del Padre: su poder para resucitarlo a él y para redimir a todos los que hacen suyo el sacrificio del Calvario.

Entre los que me leen hay quienes, al igual que las avionetas, intuyen que ha llegado el momento de despegar, de abandonar la pista que representa lo que conocen, disfrutan y controlan. Naturalmente, algunos tienen temor y otros se rebelan ante tal revelación. Sin embargo, es tiempo de entregar el espíritu, el aliento, el aire que les queda (nos queda), y abandonarnos en las manos del Señor para que sea él quien haga de y con nosotros lo que él se ha propuesto. En algunos casos, quizá, como en el de Jesús en la cruz, ello implique que se acepte que se ha llegado al final del camino. Como la Nicolina, una mujer a quien tuve el honor de pastorear. En la camilla de la sala de urgencias del hospital al que la llevaron me dijo: Pastor, me muero. Le recomendé entonces: Nicolina, si se ha llegado el momento, deje de luchar y entréguese al Señor. De veras, dijo. Reposó la cabeza sobre la camilla y así, en paz, el Señor la llevó a su presencia.

En otros casos, quizá los más, entregar el espíritu significa entregar el control de nuestra vida, renunciar a lo que controlamos, o creemos hacerlo (nuestra salud, nuestra provisión, la felicidad de los nuestros, etc.), y reposar en el Señor. Creo que es esta la expresión mayor y más sublime de nuestra fe. La que no solo cree que Dios puede hacer cosas para nosotros, sino la que cree también que él puede hacer grandes cosas con y en nosotros. Es la fa que anima nuestro salir de casa y dejar a la parentela para ir al encuentro de su bendición. Es la fe que se cristaliza en el entrar en el reposo del Señor y habitar confiados bajo la sombra del Omnipotente.

Cuando el piloto no entiende lo que la avioneta le está diciendo corre el riesgo de estrellarse en la tierra que ha sido llamado a abandonar. No permitamos que esta tierra, con todo lo que tiene y representa, nos impida entrar en la profundidad del amor y el consuelo de nuestro Dios. Recordemos que él, cuando todo se nos ha quitado, nos prepara un banquete delante de nuestros enemigos y nos ha preparado lugar del que nunca más tendremos que separarnos, el lugar de su presencia amorosa e infinita.

Estando en la cruz nuestro Señor Jesucristo supo que había llegado el momento de jalar la palanca. ¿Cómo lo supo? ¿Qué señal tuvo de que era el momento propicio para abandonarse en los brazos del Padre? Estoy seguro que fue el testimonio mismo del Espíritu del Padre lo que hizo que Jesús supiera. El mismo Espíritu de Dios está en nosotros y sigue dando testimonio al nuestro de que somos hijos de Dios y, por lo tanto, podemos saber y entender los tiempos divinos. Te animo a que, como Jesús, te mantengas en comunión con el Padre, así sabrás cuando ha llegado el tiempo de jalar la palanca y podrás disfrutar del reposo del Señor.

Cultivar la Comunión con Dios I

23 septiembre, 2009

Cuando en CASA DE PAN hablamos de comunión con Dios, no nos referimos a una cuestión intimista, limitada al cultivo de una experiencia sensorial. Estar en comunión con Dios es mucho más que sentir su presencia y, desde luego, mucho más que apartarse para leer la Biblia, orar y alabar al Señor. De hecho, comunión es: participar de una misma cualidad o circunstancia, parecerse en ella. Así, estar en comunión con Dios consiste en sintonizar la propia vida con el carácter, el propósito y el quehacer divinos. Veamos:

Dios es santo, tal es su carácter. Ello implica que estar en comunión con Dios significa practicar lo bueno y abstenerse de toda expresión del pecado. El cristiano que cultiva la comunión con Dios, se abstiene de aquello con lo que Dios no comulga. Pero, no solo se abstiene, también se consagra para, con su vida, dar testimonio del poder del bien.

El propósito de Dios es que los hombres sean salvos. Jesucristo es la evidencia más contundente de que en la agenda de Dios no hay asunto más importante que este. El creyente asume tal propósito y dedica el todo de su vida para colaborar con Dios en la tarea de la redención humana. No deja de ser, ni de hacer, lo que le es propi, todo lo que es y hace lo orienta para que sea un instrumento que proclame la obra redentora de Cristo y anime a los hombres a volverse a él.

Los cristianos se suman a lo que ven hacer al Padre. Se niegan a sí mismos para poder participar de la obra de Dios. Consuelan a los que están tristes, acompañan a los que padecen tribulaciones, alimentan y visten a los pobres; en fin, son luz del mundo y sal de la tierra. El estudio de la Biblia, el cultivo de la oración y la comunión con los santos, la Iglesia, les permite saber qué es lo que Dios está haciendo a favor de la humanidad.

Estar en comunión con Dios consiste, entonces, en sintonizar la vida para que, siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo. Efesios 4.15

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