Piedad. Deseo de Dios

2 Pedro 1.3-11

Al repasar con atención nuestro pasaje resulta interesante que la invitación petrina a que agreguemos a nuestra fe la piedad, aparezca en quinto lugar y no al principio. Porque piedad no es otra cosa que la devoción a las cosas santas, es decir, deseo de Dios. Bien podríamos preguntarnos, entonces, el porqué el deseo de Dios no lo enlista Pedro al inicio de su recomendación. La respuesta puede resultar muy sencilla: no se puede desear a Dios bíblicamente si no se ha agregado a la fe conocimiento, al conocimiento dominio propio y al dominio propio la paciencia.

Deseo de Dios. Tres palabras que bien pueden describir el sentido de la piedad, de la devoción a las cosas santas.

El hombre ha sido diseñado para ser piadoso, para tener sed de Dios. Como bien dice el Catecismo de la Iglesia Católica: El deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios; y Dios no cesa de atraer al hombre hacia sí, y sólo en Dios encontrará el hombre la verdad y la dicha que no cesa de buscar.

El pecado, sin embargo, endurece el corazón del hombre y provoca que este pierda la sensibilidad espiritual que da lugar al hambre, al deseo, de Dios. Los tiempos que vivimos se caracterizan por ello. El último censo de población en nuestro país muestra el aumento del número de personas no religiosas. Casi catorce millones de personas se asumen sin religión o no miembros de alguna iglesia.

Una encuesta reciente muestra que casi la mitad de los millennials (43%), es decir, de los nacidos entre 1984 y el 2002, declaró que o no sabe, no le importa o no cree que Dios exista. Esto representa un serio problema para la iglesia, para nuestra iglesia, porque la mayoría de nuestros hijos adolescentes y jóvenes se encuentran entre quienes piensan así. 

Desafortunadamente, no es problema exclusivo de los jóvenes, porque un número creciente de adultos y aún ancianos se están alejando del Señor y de su iglesia.

El problema se complica porque mientras más se aleja la persona de Dios, menor es la necesidad sentida del ser humano respecto de Dios. Quien se aleja de Dios descubre que puede seguir respirando, viviendo y haciendo su vida normalmente. Pero, no es que quien se aleja de Dios lo necesite menos, sino que, por su pecado, pierde la conciencia y tal pérdida conlleva la incapacidad para advertir el vacío de Dios en su corazón.

Sin embargo, la disminución del deseo de Dios no significa, necesariamente, ni la ausencia de fe, del conocimiento, del dominio propio, ni siquiera de la paciencia. En efecto, se puede hacer el bien (añadir paciencia al conocimiento), sin que ello implique que la persona ha hecho de Dios el bien fundamental, o más preciado de su vida. 

En efecto, podemos vivir bien, sin que ello signifique que estamos abundando en la relación personal e íntima con Dios.

Recuerdo el testimonio de un pastor quien vivió un tiempo de desierto espiritual, al que él llamó de rutina espiritual. Oraba, leía la Biblia, la enseñaba y la predicaba. Bautizaba, casaba y enterraba. Pero, confiesa, todo lo hacía en automático, de manera rutinaria, porque no había en él ni la pasión por Dios ni el deseo de Su presencia. Como diría mi esposa, vivía y servía en sus propias fuerzas.

Cuán sencillo resulta el llegar a una situación así. Y qué trágico resulta hacerlo. Creer en Dios, saber de Dios, esforzarnos por controlar nuestro carácter, perseverar haciendo el bien, pero, sin desear ni abundar en la comunión íntima con nuestro buen Dios.

Conviene considerar que la razón por la cual Dios nos ha dado vida es su interés y disposición de vivir en comunión con nosotros. Todo lo que él hace está encaminado a fortalecer la relación entre nosotros y él. La Biblia nos enseña que Dios ha llegado al extremo de poner su Espíritu en nosotros y que este nos anhela celosamente. Santiago 4.5

Como todo el que ama, Dios espera de nosotros una respuesta de amor. Desea que le amemos, que nos apasionemos con las cosas santas. Que reconozcamos nuestra sed de él y estemos dispuestos a saciarla con él.

A veces queremos saciar lo de Dios con alternativas humanas: nosotros mismos, otras personas, cosas, riquezas, actividades, conocimiento, etc. Pero, la sed de Dios sólo se sacia con Dios.

Cuentan que en la India, un hombre adinerado preguntó a un muchacho que vendía agua cuanto costaba un vaso de la misma. Cuando el vendedor le indicó el precio, aquel hombre se molestó y le reclamó que fuera tan cara, aunque a todas luces él podía pagar eso y mucho más por ella. El muchacho ignoró al hombre y siguió ofreciendo su mercancía a otros.

De pronto, el hombre lo alcanzó y le exigió que le vendiera un vaso de agua. El muchacho se negó a hacerlo diciéndole: usted no tiene sed, así que no necesita el agua. El hombre, sorprendido, le preguntó, ¿por qué aseguras que no tengo sed? Y el muchacho le respondió, porque si en verdad tuviera sed, el precio no le hubiera parecido caro.

Quien tiene sed no encuentra reposo, ni se atora, en la búsqueda de su anhelo. Tal es su necesidad, que no satisfacerla representa la ausencia o negación de la vida misma.

Bien dice el salmista: Mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela, en tierra seca y árida, donde no hay aguas. Salmos 63.1 Sería una buena cosa que, al despertarnos, nos hagamos el propósito de anhelar, desear a Dios. Que nos hagamos el propósito de no ignorar Su presencia, las evidencias que, en la vida, nos dicen que Dios está presente y que necesitamos desearlo, anhelarlo.

Anhela a Dios, tiene sed de él quien está dispuesto a necesitar necesitarlo. Quien se esfuerza por escuchar el clamor de su corazón, cuando este le dice: busca el rostro de Dios, acércate a él. Salmo 27

Escucha quien se entrena para hacerlo, quien dedica tiempo a practicar el escuchar el sonido del amor divino. A quien se esfuerza por identificar la voz de Dios, en medio de tantas otras voces y tantos otros reclamos de quienes también desean el amor de quien escucha.

Pero, también, anhela a Dios quien, aún cuando su alma está saciada de otras aguas, se dispone a buscar a Dios de madrugada. Es decir, antes de todo y siempre en primer lugar. Por siglos los cristianos hemos sido animados a buscar la presencia de Dios al inicio de nuestro día.

Quizá ello requiera que despertemos más temprano para dar tiempo a la oración, a la lectura de su Palabra y a la alabanza. Cuando lo hacemos estamos diciendo a Dios, a nosotros mismos, a la vida y aún al diablo que Dios es primero, el primero en el todo de nuestra vida.

Dios ha dado y da testimonio firme de su sed de nosotros. Estuvo dispuesto a dar testimonio de su amor a nosotros, entregando a su Hijo único por nuestra redención. Día a día obra en y al través nuestro reiterando la realidad de su amor.

Ha puesto en nosotros su Espíritu y este da firme y persistente testimonio de que él nos anhela. Y, ¿acaso habremos de resistirnos a responder de igual manera? ¿Habrá, acaso, deseo más valioso e importante que el deseo de Dios en nuestros corazones?

Dios nos llama a él desde lo más profundo de nuestro corazón. Él nos atrae, pero también nos impulsa a él desde nuestro interior. Lo hace con vehemencia, es decir con fuerza impetuosa. Por ello es que no podemos silenciar, ni su voz que nos llama a él, ni el clamor de nuestro corazón que nos anima a ir a su encuentro.

Podemos, sí, negarnos a aceptar que escuchamos; más aún, podemos proponernos ir en dirección contraria a la que Dios nos llama y nuestro corazón nos anima. Pero, hacerlo así siempre resulta una cuestión peligrosa y sumamente dolorosa.

Saulo, Saulo… dura cosa te es dar coces contra el aguijón, la advertencia que Jesús hizo a Saulo de Tarso convendría hacerla nuestra. Como alguien dijo: Todo aquel que rehúsa entregarse a Cristo, está de hecho persiguiéndolo tan ciertamente como lo hizo Saulo. Está batallando contra él. No puede perderse nadie sin dar coces contra el aguijón continuamente. A fin de perderse, uno tiene que resistir al Espíritu Santo.

Como cristianos en lo individual y como congregación somos llamados a animar a otros a que escuchen el llamado de su corazón y cultiven su deseo de Dios. Especialmente, te animo para que nos propongamos compartir a Cristo con nuestras generaciones jóvenes, aún con los niños a los que conocemos.

Hay que animar en ellos el deseo de Dios, enseñarles que aunque pueden hacer la vida sin Dios, Dios los ama y desea estar en comunión con ellos. Porque, hacer la vida sin Dios, no representa ningún beneficio ni éxito. Bien dijo Jesús que quien gana el mundo y pierde su alma, termina la vida en pérdida.

Por todo lo aquí dicho es por lo que debemos añadir a nuestra paciencia, la piedad, el deseo de Dios. Si desoímos el llamado de Dios a estar en comunión con él; o si, peor aún, nos rebelamos y negamos a abundar en su presencia, seremos destruidos, desgarrados. Como se destruye toda casa dividida contra sí misma. 

Pero, si le escuchamos y obedecemos, él promete enseñarnos el camino a escoger, que gozaremos de bienestar, que estaremos en comunión íntima con él y que él nos hará conocer su pacto. Vale la pena, entonces, alimentar en nosotros el deseo de Dios.

A esto los animo, a esto los convoco.

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One Comment en “Piedad. Deseo de Dios”

  1. Will jairo guevara Says:

    Cordial saludo en nombre de Dios les pido que me ayuden a orar por mi esposa Adriana Mogollon sea declarada inocente y puesta en libertad
    Ayúdenme vivimos en Pamplona norte de Santander colombia soy will jairo guevara esposo de Adriana mogollon


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