Posted tagged ‘Deseo de Dios’

Oren en todo momento

14 octubre, 2018

1 Tesalonicenses 5.17

Un antiguo himno cristiano nos recuerda:

Es la oración un medio que el Señor,
Le dejó a su grey, que anda con temor.
Viendo en Su Palabra, en ella encontrarás
Que la oración te acerca a Cristo más y más.

¡Oh! hablar con Cristo, qué felicidad,
Y contarle todo, todo en verdad;
Exponiéndole tu necesidad,
Él te escuchará desde su Trono Celestial…

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Restaura en mi la alegría de tu salvación

18 diciembre, 2016

Salmos 51 NTV

El Salmo 51 hace evidente que David era un hombre en conflicto. Vivía una realidad que era ajena a su ser. Lo que hacía no estaba en correspondencia con lo que David sabía que era. Él era un hombre temeroso de Dios que había pecado. Era un hombre sensible y deseoso de agradar al Señor; al mismo tiempo, el mismo que actuaba egoístamente, lastimaba a otros y terminaba ofendiendo a aquel a quien deseaba agradar.

El conflicto de David era provocado por el hecho de que lo que hacía, por más que abundara en ello, no lo hacía otra persona. La abundancia de su pecado, lo frecuente de sus faltas, no lograban transformarlo en una persona diferente. No lograban quitar su temor de Dios, ni acallaban el llamado de su corazón para buscar el rostro del Señor. Muchos de nosotros podemos comprender el conflicto de David. Amamos a Dios, sin lugar a dudas, pero igual lo ofendemos. Nuestras muchas faltas no logran destruir nuestro amor por lo bueno y nuestro deseo de vivir dignamente.

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Piedad, Devoción a las Cosas Santas

10 diciembre, 2011

2 Pedro 1.3-11

Deseo de Dios. Tres palabras que bien pueden describir el sentido de la piedad, de la devoción a las cosas santas. El hombre ha sido diseñado para ser piadoso, para tener sed de Dios. Como bien dice el Catecismo de la Iglesia Católica:

El deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios; y Dios no cesa de atraer al hombre hacia sí, y sólo en Dios encontrará el hombre la verdad y la dicha que no cesa de buscar.

El pecado, sin embargo, endurece el corazón del hombre y provoca que este pierda la sensibilidad espiritual que da lugar al hambre de Dios. Mientras más se aleja de Dios, menos es la necesidad sentida del ser humano respecto de Dios. No es que quien se aleja de Dios lo necesite menos, sino que, por su pecado, pierde la conciencia y con ella la capacidad para experimentar el vacío de Dios en su corazón.

La disminución del deseo de Dios no significa, necesariamente, ni la ausencia de fe, o de la virtud, ni del conocimiento o el dominio propio, ni siquiera de la paciencia. En efecto, se puede, por ejemplo, hacer el bien (añadir paciencia), sin que ello implique que la persona ha hecho de Dios el bien fundamental, o más preciado de su vida. En efecto, podemos vivir bien, sin que ello signifique que estamos abundando en la relación personal e íntima con Dios.

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