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A los que Viven Siempre Angustiados y Preocupados

11 julio, 2011

Mateo 11.25ss

Quizá la principal dificultad del Evangelio, sea su propia sencillez. De tan sencillo, nos resulta difícil entenderlo y aceptarlo. Dada la complejidad de nuestros problemas, pensamos que la solución de los mismos tiene que ser igualmente compleja y exigimos, nos exigimos, mucho más de lo que tenemos y podemos hacer, y no pocas veces más de lo que Dios mismo espera de nosotros.

Nuestro pasaje nos permite entender mejor el llamado de Jesús. Forma parte de una sección que tiene que ver con la compleja incredulidad de los hombres, para quienes nada parece ser suficiente pues, de todos, modos no creen. Jesús dice que las personas, son como niños que se sientan a jugar y les dicen a los otros: “Tocamos la flauta, pero ustedes no bailaron. Cantamos canciones tristes, pero ustedes no lloraron”. Nuestro Señor Jesús se refiere, entonces, al enfrentamiento entre la fe sencilla –la fe evangélica-, y el complicado camino que, buscando a Dios, recorren quienes no entienden que Dios ya se ha acercado a nosotros en Jesucristo.

Al leer a Mateo, lo primero que nuestro pasaje nos muestra es que Dios ha decidido revelar las cosas más profundas y difíciles a las personas más humildes y sencillas. Dios no juega a las escondidas. Él no quiere permanecer, ni lejano, ni oculto a nosotros. Por el contrario, Dios quiere que lo conozcamos y que establezcamos una relación amorosa, profunda y permanente con él.

La segunda cosa que Mateo nos muestra es que Dios ha escogido revelarse en Jesucristo. Es en Jesús en quien podemos conocer todo lo que necesitamos saber de Dios. Nadie conoce tan bien a Dios, como Jesús mismo. Y, como Dios mismo, Jesús viene a nuestro encuentro. Él es quien nos busca, quien nos provoca a la reconciliación y quien insiste en que permanezcamos juntos. Un viejo himno cristiano nos recuerda esto cuando dice:

Yo te busqué, Señor, más descubrí
que tú impulsabas mi alma en ese afán.
No era yo quien te buscaba a ti.
Tú me encontraste a mí.

Nuestro pasaje también nos muestra que Jesús tiene el propósito de transformar para bien nuestra vida. Esta transformación para bien la identifica como descanso. Es decir, nos transforma dándonos descanso. ¿A quiénes?, a ustedes que viven siempre angustiados, siempre preocupados. Vengan a mí, y yo los haré descansar. Descanso, éste es un término interesante, significa básicamente tres cosas:

  1. Permitir a alguien que se detenga en lo que está haciendo, para que recupere las fuerzas.
  2. Proporcionar un refrigerio a la persona, ayudarla a que se desahogue.
  3. Mantener quieta, en calma, en una paciente espera.

Que se detenga en lo que está haciendo, para que recupere las fuerzas. Dicen que es normal en situaciones de crisis el actuar inapropiadamente. Que es normal hacer lo que no conviene, diríamos. En efecto, las crisis además de dolor nos traen confusión y nos hacen torpes. En las crisis, caemos en un activismo sin sentido. Hacemos muchas cosas, sin tomar en cuenta si las mismas son convenientes o no lo son. Nuestra confusión y nuestra desesperación nos llevan a hacer, a hacer más, a hacer mucho. Pero, en no pocas circunstancias, lo que necesitamos es detenernos, dejar de hacer. Para recuperar las fuerzas, para poder dimensionar las cosas que estamos viviendo y, entonces, poder tomar las decisiones adecuadas y hacer lo que conviene. En Jesús encontramos esta dimensión del descanso. Lo podemos hacer cuando sabemos y creemos que él está en control de todo. Que, como asegura el Salmista, el Señor gobierna aún en medio de la tormenta.

Pero, la declaración más importante que hace Jesús es vengan a mí. Lo que nos dice es que el descanso está en él. Más aún, que él mismo es nuestro descanso, nuestra paz. Que se trata de una relación, mucho más que de un aprendizaje, o de un mero arreglar las cosas. Que este venir a él representa un reordenamiento de nuestra vida, mismo que tiene como resultado el equilibrio integral de todo nuestro ser y, aún el de nuestras circunstancias.

No sé cuántos de nosotros podemos considerarnos entre los que viven siempre angustiados, siempre preocupados. Quizá varios. (Entre el 30% y el 40% de las ausencias por enfermedad corresponden a trastornos emocionales o mentales causados por el estrés, nos aseguran los estudiosos). Estoy seguro que hemos buscado… sin encontrar. Aún los que nos asumimos creyentes, sabemos de esta frustración. Por eso es tiempo de que todos nos volvamos a Jesús. Él está vivo e interesado en cumplir su propósito en nosotros. Por eso nos sigue llamando y diciendo: vengan a mí.

Vayamos, entonces, a él. Corramos el riesgo de la fe sencilla. Del que está dispuesto a decirle a Dios: si en verdad existes y de veras me amas, muéstrate a mí. Del que está dispuesto a confesarse trabajado y cargado, sin mayor posibilidad de respuesta que la que le pueda dar el mismo Señor Jesús. Vengamos a él con la fe del que se entrega sabiendo que el Maestro está aquí y te llama, como le dijera Marta a María, cuando esta esperaba el consuelo ante la muerte de su hermano Lázaro. Juan 11.28

Vengamos, pues, a Jesús, porque es cierto que el Maestro está aquí y nos llama para dar a nuestras almas el descanso que tanto necesitamos.

Amarnos a nosotros mismos

7 febrero, 2011

Hace algún tiempo, platicaba con un amigo. Este no dejada de quejarse de, y aún de maldecir a, su esposa, su propia madre, sus socios, etc. De pronto, a bocajarro le pregunté: Fulano, ¿te amas? Fue como si lo hubiera golpeado. Su rostro, antes lleno de ira y de prepotencia, pareció convertirse en el de un niño asustado y angustiado. Con voz baja me respondió: no hay nada en mí que yo pueda amar.

Amarnos a nosotros mismos resulta, en la mayoría de los casos, tarea difícil. Hemos aprendido a no amarnos; a pensar de nosotros mismos en términos peyorativos, con menosprecio; siempre sintiendo que nuestra tarea es apreciar lo mejor de los demás al mismo tiempo que enfatizamos nuestras propias limitaciones. Repito, hemos aprendido a no amarnos. No es que no nos amemos de inicio, sino que aprendemos que hacerlo es algo que no está bien, que no nos toca a nosotros hacerlo sino a los demás. Con frecuencia pregunto a los niños pequeños si están bonitos; si la mamá o alguno de sus hermanos mayores no andan por ahí, me responden que sí, que están bonitos. Cuando mamá o algún otro familiar llega a escucharlos, se burlan del niño y de su respuesta, a partir de ello es prácticamente imposible que este vuelva a aceptar que está bonito. Es decir, ha aprendido a no amarse, a no reconocerse bello, digno de ser amado y respetado.

Desde no pocos púlpitos y quizá desde estos mismos micrófonos se nos ha enseñado que amarnos a nosotros mismos resulta, cuando menos, peligroso, si no es que todo un pecado. El egoísmo, nos dicen, es el principio detonador de todos, o casi todos, los males que tienen que ver con las relaciones humanas. Pero, déjenme decirles que amarse a uno mismo no es, necesariamente, egoísmo. Este, de acuerdo con el diccionario consiste en el: inmoderado y excesivo amor a sí mismo, que hace atender desmedidamente al propio interés, sin cuidarse del de los demás. El amor a uno mismo no es sino el reconocimiento de la dignidad propia y el respeto y aprecio a lo que uno es: imagen y semejanza de Dios.

Quienes enseñan en contra y previenen de los males resultantes del amor a uno mismo olvidan un hecho fundamental: que cuando nuestro Señor Jesús enseñó respecto del mandamiento del amor al prójimo, estableció como la medida de este, precisamente, el amor a uno mismo. Amarás a tu prójimo como a ti mismo, prescribe un principio: el de amar al otro como nos amamos a nosotros mismos. También enuncia una verdad implícita, no puedes amar al otro más que en la medida que te amas a ti mismo.

Como hemos dicho antes, el amor consiste en el reconocimiento de la dignidad propia, así como del aprecio y el respeto consecuentes. Solo se ama quien acepta que es merecedor de aprecio y respeto. Solo quien se aprecia –reconoce que es valioso, y solo quien se respeta a si mismo puede, como fruto y expresión de su identidad, reconocer que su prójimo es merecedor de su aprecio y su respeto. El ser humano, hombres y mujeres todos, hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. Esto nos da un valor peculiar, trascendente, no condicionado. Es cierto que el pecado hace del ser humano lo que Dios no hizo de él. Hace al hombre apenas una caricatura de lo que Dios creó.

Pero, Dios ama al pecador. Para Dios aún el pecador sigue teniendo valor, tanto, que ha estado dispuesto a entregar a su Hijo Jesucristo para el rescate del hombre caído. Así, aún sin Cristo, podemos amar lo que hay de Dios en nosotros. Mucho más podemos hacerlo estando en Cristo, quien ha venido a regenerarnos y ha pagado el precio más alto posible: su propia sangre. Sí, hay mucho en nosotros que podemos apreciar y respetar. Haciéndolo estamos en condiciones de apreciar y respetar al prójimo; de reconocer que también él, o ella, son merecedores de nuestro aprecio y respeto.

Alguien ha dicho que aprender es, en realidad, desaprender. Si esto es cierto, y creo que lo es, lo primero que debemos hacer es desaprender a no amarnos a nosotros mismos. Desaprender a no apreciarnos, a no usar un lenguaje de menosprecio respecto de nosotros mismos. Negarnos a nosotros mismos no es un acto de adjudicarnos un menor-precio a nosotros mismos. Al contrario, es estar dispuestos a dejar de lado lo que vale tanto para nosotros, con tal de cumplir un propósito superior, el que Dios ha dispuesto en y al través de nosotros. Pablo no considera que todo lo que él llegó a ser y logró antes de Cristo careciera de valor alguno. Solo lo considera basura, cuando lo compara con el valor y la importancia de Cristo en su vida. Dice que a nada le concede valor si lo comparo con el bien supremo de conocer a Cristo Jesús, mi Señor. Fil 3.8. Nuestro valor como personas solo desmerece ante Jesucristo.

Además de desaprender a no amarnos a nosotros mismos, debemos estar dispuestos a reconsiderar los modelos relacionales que hemos desarrollado. Quien no se respeta a sí mismo, quien no se ama, busca, necesita, que los demás lo respeten. Así, o se vuelve un perseguidor necesitado de mostrar su superioridad, o se convierte en una víctima siempre buscando quien le rescate y le haga sentirse valioso.

Debemos, entonces, preguntarnos si el sustento de nuestras relaciones es el aprecio y el respeto a nosotros mismos y a los demás. Conviene que, al considerar nuestras relaciones amorosas nos preguntemos, ¿cómo me respeto a mí mismo al relacionarme contigo? ¿Cómo hago evidente que te aprecio y te respeto en mi relación contigo? Si abuso de ti o permito que me humilles, no hay respeto, ni mutuo, ni a mi mismo. Entonces, tenemos que transformar nuestros modelos de relación. Recuerdo a una mujer que, después de haber escuchado la Palabra, regresó a su casa y le dijo a su marido: o cambias tu manera de tratarme o aquí terminamos. Ahora sé quien soy en Cristo y he decidido pagar el precio necesario para respetarte y hacerme respetar. ¡Esto sí que es amarse a sí misma y amar al esposo!

Finalmente, el amor a nosotros mismo es resultado del cómo de nuestra relación con Dios. Como en el caso de Isaías cuando estuvo en el Templo, el estar en la presencia de Dios nos resulta en extremo riesgoso. Su santidad hace evidente nuestra inmundicia. Su Espíritu en nosotros, nos da testimonio de que somos sus hijos, al tiempo que nos guía a toda verdad y toda justicia. El camino a la verdad y a la justicia pasa por la denuncia de la mentira y del error. Nuestra conciencia da testimonio de nuestra condición y señala tanto nuestros aciertos, como nuestras faltas. La santidad nos hace agradables a Dios. Fortalece nuestro aprecio por nosotros mismos, nos motiva a respetarnos, a reconocernos dignos. Nuestro pecado, por lo contrario, nos rebaja ante nosotros mismos. No hay lugar para el orgullo y la satisfacción en el pecado. El pecado no da prestigio, no produce satisfacción, no fructifica en aprecio. Por el contrario, el pecado seca, el pecado vuelve el verdor en sequedales. Amarnos a nosotros mismos requiere de nuestra consagración a Dios, de nuestra lucha contra el pecado que nos asedia.

Muchas veces, el motivo de nuestro rechazo o nuestra agresión al otro es nuestro propio pecado. Odiamos lo que vemos en el otro… y que hace evidente lo que está en nosotros. No lo respetamos, no lo amamos, porque no podemos amar lo que hay en nosotros. Y es que, como mi amigo comprendió, cuando pecamos no hay nada en nosotros que podamos amar.

A este amigo, a mí mismo y a quienes nos escuchan, nos hará bien saber que el Apóstol Pedro nos recuerda que: Quien quiera amar la vida y pasar días felices, cuide su lengua de hablar mal y sus labios de decir mentiras; aléjese del mal y haga el bien, busque la paz y sígala. 1 Pe 3.10. Alejarnos del mal, buscar la paz con los que amamos, nos permitirá, no sólo amarnos a nosotros mismos, sino construir relaciones ricas y enriquecedoras en las que la paz y la justicia habrán de producir gozo en la compañía de aquellos a los que amamos.

A la Luz del Amor de Dios

6 septiembre, 2010

La semana pasada, Milca me comentaba que mientras que en el día podía sobrellevar con mayor fortaleza los malestares propios de la enfermedad que le aflige, durante las noches el dolor y la tribulación resultaban casi insoportables. Al escucharla y cuando, orando por ella, he recordado sus palabras y el tono de su voz, no he podido sustraerme a la convicción de que la noche, las noches de la vida, tienen un efecto multiplicador de las tribulaciones, los temores y la ansiedad de los humanos.

La Biblia, que en la traducción Reina-Valera 69 contiene la palabra noche en 345 versículos, asume la noche como un período asociado a la separación de Dios y a la muerte misma. Quizá por ello es que una de las más hermosas promesas del Apocalipsis, un libro de esperanza y regocijo espiritual, es, precisamente que, en la presencia eterna del Señor, no habrá más noche. Es decir, los redimidos nunca más volverán a estar separados de su Dios, ni habrán de enfrentar el temor de la muerte.

El temor de la muerte. Quizá sea este el elemento más distintivo, dramático y desgastante de las noches de nuestra vida. Recordemos esas muchas noches en las que, al lado de la cama del ser amado –ya en el hospital, ya en la casa misma-, la oscuridad de la noche, la soledad asociada a la misma y la impotencia resultantes nos hacen temer, con mayor intensidad que durante el día, lo que nos parece ser la inminencia de la muerte. O, recordemos nuestra propia experiencia, cuando estando enfermos nosotros mismos, o en medio de circunstancias de gran tribulación ante los conflictos personales o los de aquellos a los que amamos, tememos con mayor intensidad la cercanía de la muerte. No sólo porque tememos morir físicamente, sino porque nos sentimos alejados –hasta olvidados-, de Dios y llegamos a asumir que no hay lugar para la esperanza mientras las tinieblas sigan cubriendo el todo de nuestra vida.

En tales circunstancias anhelamos el resplandor de la luz del día, porque, nos parece, nuestros afanes son menores, o menos definitivos, cuando la luz trae seguridad, abre horizontes y nos permite tomar conciencia de la presencia de aquellos a los que amamos; siendo la de Dios la primera presencia que se hace evidente a la luz del día.

Siempre que leo el Salmo 130, me identifico bien con el Salmista. No hablaba de nadie más, sino de sí mismo, cuando aseguraba: Mi alma espera a Jehová más que los centinelas a la mañana, más que los vigilantes a la mañana. Y, sin embargo, expresaba la que es la experiencia de muchas mujeres y de muchos hombres; quienes, en las noches de la vida anhelan la llegada del nuevo día.

Sí, cuando nos encontramos atrapados en las noches de la vida no hay anhelo más ferviente que el que la noche pase y llegue un nuevo día. Porque, si de nosotros dependiera, nuestra vida bien podría componerse sólo de días, porque ¿a quién le hacen falta las noches de la vida?

Sin embargo, la Biblia nos enseña algunas cosas acerca de la noche, mismas que conviene tener presente. En primer lugar, la Biblia nos enseña que la vida se compone de días y de noches. De luz y de sombras. De alegrías y de tristezas. Ni los días sustituyen a las noches, ni estas expulsan de la vida los tiempos de luz y de seguridad. La riqueza de la vida está, precisamente, en el equilibrio interior que la persona mantiene tanto en los días como en las noches de la vida. El ser humano es más que las circunstancias de la vida. Las trasciende, va más allá de ellas porque las vive a la luz de la eternidad y no sólo de lo inmediato.

Ello es posible porque, como lo enseña la Biblia, la noche y el día son lo mismo para Dios. El Salmista le dice a Dios: Aun las tinieblas no encubren de ti, y la noche resplandece como el día; lo mismo te son las tinieblas que la luz. ¿En qué sentido es que el día y la noche le dan lo mismo a Dios? Permítanme proponer que la declaración del Salmista (29.10), contiene la razón que buscamos. En efecto, el Salmista asegura: Jehová preside en el diluvio, y se sienta Jehová como rey para siempre. En los diluvios nada permanece, el agua arrastra con todo, según sabemos. Sin embargo, el Salmista nos recuerda que Jehová preside en el diluvio; es decir, que el Señor retiene su autoridad y poder aun en la circunstancia del diluvio. También nos recuerda que no lo mantiene de cualquier forma, por el contrario, David asegura que el Señor se sienta como rey para siempre. Es decir, en las noches de la vida, Dios sigue estando al frente de la misma y se mantiene firme. Firme en su poder, pero también firme en su compasión y en su compromiso para con nosotros, sus hijos, su pueblo.

Además de lo anterior, podemos trascender –ir más allá de nuestras noches y nuestros días-, porque Dios, a quien le da lo mismo la luz que las tinieblas-, ha prometido acompañarnos en las noches de nuestra vida. El Salmo 23, como sabemos, nos asegura que cuando andemos por valles de sombra de muerte, el Señor estará con nosotros. Me gusta más la traducción de Dios Habla Hoy: Aunque pase por el más oscuro de los valles, no temeré peligro alguno, porque tú, Señor, estás conmigo; tu vara y tu bastón me inspiran confianza. Aunque muchas veces nos parece, cuando atravesamos las noches de la vida, que Dios nos espera al otro lado de la oscuridad, al amparo de la luz; lo cierto es que Dios camina a nuestro lado en los más oscuros valles de nuestra existencia. Aunque no vemos su luz, esta sigue brillando y guiándonos. Aunque a veces no sintamos su presencia, él, nuestro amoroso Padre, no sólo nos acompañan, también nos sostiene y nos anima: vivifica nuestro cuerpo e infunde vigor a nuestra alma.

Finalmente, las noches de la vida no tienen el poder para definir lo que somos, lo que valemos y nuestro destino. Las noches de la vida: nuestras enfermedades, nuestros conflictos, aun nuestras derrotas, son meras circunstancias. Es decir, meros accidente de tiempo, lugar, modo, mismos que con la ayuda de Dios no solo superamos, sino de los que podemos levantarnos en victoria. San Pablo nos recuerda que: ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro.

En los días y en las noches de la vida, los que hemos sido salvados por la sangre preciosa del Cordero de Dios, nos mantenemos unidos a él. Esta es nuestra victoria, este es nuestro triunfo. Nada puede separarnos del amor de Dios, nada. Ni la luz, ni las tinieblas. Ni lo que vivimos de día, ni lo que vivimos de noche. Porque el amor de Dios permanece, trasciende, a nuestras circunstancias.

A Milca, y a las milcas y los milcos que me escuchan, quiero decirles que Dios está con ustedes en todo tiempo y en todo lugar. También quiero animarles, exhortarles a que de día y de noche hagan su principal petición a Dios, la de su amor y su presencia consoladora. Más importante que la salud, que la tranquilidad y que la abundancia, es la realidad presente del amor divino. Sin este, la salud, la tranquilidad y la abundancia, nada son, para nada sirven. Pero, el amor de Dios es suficiente, es bastante para lo que necesitamos. Con frecuencia, cuando oro por quienes atraviesan los valles oscuros de la vida, lo hago pidiendo que el amor de Dios sea tan abundante y tan evidente, que la persona en necesidad no pueda ignorarlo. Así, podrá seguir adelante en medio de las tinieblas, mirando el rostro de Dios a la luz de la fe. Quiera el Señor amarte a ti de esta manera. Que el amor de Dios se haga tan evidente en tu vida que lo mismo te sean las tinieblas que la luz, para seguir confiando en la misericordia y provisión divinas. Sí, mi oración es que transites por las noches de la vida a la luz esplendorosa del amor de Dios.

Cuando el Diablo Ronda

29 mayo, 2010

Pastor Adoniram Gaxiola

1 Pedro 5.6-11

En Primera de Pedro 5.6-11, encontramos uno de los pasajes más interesantes y descriptivos acerca de la manera en la que el diablo observa, acorrala y, cuando logra su propósito, daña a los creyentes. Pedro les escribía a cristianos que se encontraban en crisis, una crisis provocada por su fidelidad a Cristo. El aceptar a Jesucristo como su Señor no sólo había cambiado de religión, sino que su vida entera fue transformada y se encontraron con que su nueva forma de vida era una contracultura. Es decir, vivían no sólo de una manera diferente a la de sus conciudadanos, sino de una manera que incomodaba a estos pues ponía en evidencia su pecado y su desobediencia a Dios.  En consecuencia, los creyentes enfrentaron la enemistad de sus familiares y vecinos, así como la persecución de las autoridades.

Antes, el Apóstol Pedro ya les había explicado a los creyentes el porqué de la persecución y maltrato que sufrían (4.4). Les dice que a quienes los conocieron antes de ser cristianos, les parece extraño que ustedes ya no corran con ellos en ese mismo desbordamiento de inmoralidad, y por eso los insultan. Una vez más, nos encontramos que para quien sigue y sirve a Cristo, la vida se vuelve más y más complicada y difícil de lo que podría esperarse.

Igual que complicado y difícil resulta el comprender la recomendación petrina, en el sentido de que los creyentes que se encuentran en tal crisis, sean humildes y acepten la autoridad de Dios, en tales circunstancias. Pero, lejos de recomendar que se solamente se resignen, el Apóstol anima a los creyentes a que enfrenten y resuelvan su circunstancia a la luz del poder de Dios y en la esperanza del cumplimiento de su promesa. Por eso resulta relevante la exhortación que les hace para que pongan sus preocupaciones en manos de aquel que tiene cuidado de ellos.

Desde luego, Pedro enseña que las crisis han de resolverse con el recurso de la fe. Entendida la fe en cuanto confianza y esperanza; pero, también fe en cuanto sustento del hacer lo que es propio y oportuno. San Pablo describe de manera extraordinaria este tipo de crisis que frecuentemente enfrenta el cristiano. Dice (2Co 7.5), que el cristiano, se ve acosado por todas partes; conflictos por fuera, temores por dentro. Pues bien, tener fe haciendo lo que es propio y oportuno se caracteriza por el cultivo de la prudencia, por el mantenerse despierto y por el resistir firmes en la fe. En este contexto, la prudencia no es otra cosa sino el ejercicio del dominio propio, el mantenerse despierto consiste en permanecer alerta y resistir firmes en la fe consiste en guardar la estabilidad en medio de la crisis.

La estructura del pasaje da sustento al argumento petrino de manera ingeniosa e irrebatible. El doble llamado a ser prudentes y mantenerse despiertos, se sustenta en la figura representada por el león rugiente que anda buscando a quien devorar. Este andar buscando, rondar, se refiere a la observación cuidadosa que el diablo hace de todas y cada una de nuestras actividades cotidianas buscando la oportunidad para alejarnos de la fe. La figura se refiere, también, a la técnica de caza seguida por los leones, misma que consiste en rondar a las manadas, rugiendo para provocar terror y propiciando que los miembros más débiles e inexpertos, se alejen del grupo principal de sus semejantes quedando así más fácilmente a merced de su depredador.

Lo que Pedro enseña es que el creyente sólo está seguro y es beneficiado por la provisión divina cuando permanece en comunión estrecha con los demás creyentes. Que aislándose, manteniéndose al margen del Cuerpo de Cristo, se vuelve más vulnerable. La Biblia nos enseña que la razón para ello es sencilla: es sólo en la comunión de la Iglesia donde los dones espirituales actúan a favor de los creyentes; es la oración corporativa el espacio donde el poder de Dios se hace presente; y, es en la Palabra que se predica y enseña en la Iglesia, donde el creyente se nutre para permanecer fuerte y firme en cualquier circunstancia. La Biblia también nos enseña que el creyente debe permanecer alerta ante cualquier espacio de debilidad que lo ponga en riesgo: tanto de lo que dentro suyo (pecado, temores, concupiscencias, raíces de amargura, etc.), lo anime a separase del resto del Cuerpo de Cristo. Pero que también debe permanecer alerta ante aquellos ataques, desde fuera, que resultan en su contra como resultado de las relaciones disfuncionales, de la animadversión de sus enemigos y aun de las circunstancias de la vida misma. Ante todo ello hay que ser prudentes y mantenerse alertas, dice Pedro.

El llamado a permanecer firmes en la fe ante el rondar del diablo, aunado a la referencia de que en todas partes del mundo los hermanos nuestros sufren las mismas cosas, nos lleva al tema de la auto-victimización. Cuando ante las crisis vitales se asume que sólo nosotros sufrimos, o que nuestro dolor es más grande que el de los otros, o que los demás no nos comprenden, tendemos a aislarnos de los demás quedando a expensas del ataque del diablo. Debemos entender que el dolor aísla, sí, pero no lo hace de manera natural. El aislamiento como fruto del dolor evidencia la fragilidad, la debilidad de los lazos de amor de quien sufre y los suyos. Y en esto hay una corresponsabilidad en unos y otros. De ahí la necesidad de, cotidiana e intencionalmente, desarrollar relaciones sanas, complementarias y sustentadas en la fe común.

Pedro asegura que a quienes se mantienen en comunión intencional, propositiva y sustentada en la fe, con su Señor y su Iglesia, Dios los hará perfectos, firmes, fuertes y seguros. Pero, aclara que ello sucederá, después de que hayan sufrido por un poco de tiempo. Aquí, Pedro se une a Pablo cuando este asegura por su lado que, en Cristo, esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria.

La desesperación de los animales que se sienten bajo el poder del león que los rodea, les lleva a asumir que su fin ha llegado y se abandonan ante quien los ataca. Lo mismo sucede con los creyentes que no han permanecido fieles en la Palabra que han recibido. Se vuelven fatalistas. Se resignan porque no ven la posibilidad de cambiar el curso de los acontecimientos. Pero los creyentes que permanecen en Cristo, saben que ningún sufrimiento permanece indefinidamente y que ningún sufrimiento tiene el control definitivo de nuestra vida. En Cristo, se sufre por un poco de tiempo y toda tribulación es momentánea. Además, el fruto del sufrimiento es la perfección, la firmeza, la fuerza y la seguridad eternas. Así como que los sufrimientos ligeros y efímeros que ahora padecemos producen una gloria eterna que vale muchísimo más que todo sufrimiento. (1 Co 4.17)

En pleno Siglo XXI, los creyentes seguimos enfrentando situaciones de crisis. El diablo sigue rondando alrededor nuestro, buscando destruirnos. Cierto. Pero, más cierto aún, porque es promesa divina, es que el Dios de toda gracia,  que nos llamó a su gloria eterna en Jesucristo,  después que hayamos padecido un poco de tiempo,  él mismo nos restablecerá,  afirmará,  fortalecerá y nos cimentará. Tal y como lo ha hecho una y otra vez, siempre que hemos enfrentado la prueba, cada vez que el diablo nos ha atacado… y hemos permanecido unidos a Cristo.

Por eso, quienes están enfrentado la crisis, o cuando la misma llegue a nuestra vida, debemos tener presente que el Dios quien nos ha traído hasta aquí y que ahora nos sustenta, es el mismo Dios que en su gran amor nos ha llamado a tener parte en su gloria eterna en unión con Jesucristo. Que, consecuentemente, nuestro destino no es ni el fracaso, ni el dolor eternos. Por el contrario, nuestro destino es la manifestación gloriosa del poder, de la paz, del amor y del cuidado divino por siempre.

Soledad en Familia

22 abril, 2010

Pastor Adoniram Gaxiola

Con frecuencia nos encontramos que uno de los problemas más serios que enfrentan los miembros de la familia es, precisamente, la soledad. Soledad es, según la Real Academia Española: la carencia voluntaria o involuntaria de compañía. Si tal cosa es la soledad, difícil no solo asumir que quien es parte de una familia, de una comunidad humana, carezca de compañía. Sin embargo, son muchos los que viviendo en la misma casa que los suyos, compartiendo muchas horas del día, aun durmiendo acompañados, o acompañadas, sufran de lo que bien podríamos llamar: soledad en familia.

Desde luego, son muchos los rostros de la soledad en familia. Pensemos, por ejemplo, en las madres de familia. Curiosa o lamentablemente, representan la mayoría de quienes se quejan de sentirse solas. Por lo general, no se trata de las madres solteras, divorciadas, separadas, o viudas. Más bien, quienes se quejan de padecer tal soledad son mujeres casadas, que viven en compañía de su marido y, no pocas veces, de sus hijos y hasta de sus nietos. También están las hijas solteras, generalmente las que han tenido que renunciar a su propia vida en aras de acompañar y servir a los suyos: a sus padres, a sus hermanos, a sus sobrinos, etc. No pocos adolescentes, mujeres y hombres, se asumen en soledad. Se aíslan y los marginan, el ruido que hacen con su música y con su conducta retadora, pareciera ser la manera en que algunos adolescentes quieren gritar su soledad. Están, también y en número creciente, los abuelos. Verdaderos extranjeros en sus propios hogares, diferentes, marginados y siempre a la caza de un gesto, una palabra, una acción que les recuerde que no sólo están vivos, sino que también son amados por los suyos. Desde luego, no pocos de los que padecen del mal de la soledad en familia son los hombres de la casa. Maridos y padres, sí, pero que se sienten extraños, fuera de lugar, en la compañía de aquellos a los que aman y que les aman.

Alguien ha dicho que la soledad no consiste en estar solo, sin compañía; sino, más bien, soledad es el no sentirse apreciado por los demás. El aprecio es la estimación afectuosa de alguien. Así, ser apreciado es ser reconocido con afecto; es decir, saber que aquellos a quienes uno ama y que son importantes para nosotros, están inclinados a nuestro favor y por lo tanto dispuestos a mostrarnos su amor, interés y favor incondicionalmente.

La soledad de las mujeres casadas no consiste, entonces, en la percepción que ellas tienen de la carencia de la compañía del esposo, sino en la falta de disposición del mismo para mostrar a su esposa amor, interés y favor incondicional. La soledad de las hijas solteras pasa por el dolor de la ingratitud. Ellas no solo han entregado su propia vida, sus recursos, su tiempo, a los que aman. También han tenido que, en no pocos casos, enfrentar la ingratitud, el reproche injusto, los desaires de aquellos a quienes han servido. A veces, sirven cada vez más esperando que se les reconozca el mérito de su entrega y, en no pocos casos, la muerte de los que sirvieron sólo viene a confirmar que su amor, su entrega y su servicio, al igual que ellas mismas, no fueron apreciados ni reconocidos con afecto.

En tratándose de los adolescentes y de los ancianos, nos encontramos con que se cumple aquello de que los extremos se unen. Quizá la principal razón que ambos grupos tienen para explicar su no ser comprendidos, su saberse ajenos a quienes les rodean, no es solo su edad, sino el hecho de que se encuentran en una etapa de transición. En efecto, adolescencia y vejez no son etapas terminales, son etapas que anuncian el advenimiento de una nueva forma de vida. En el caso de los adolescentes, se les anuncia la llegada de la edad adulta, en la que se hará notorio quienes son y qué pueden hacer. En el caso de los ancianos, etapa que anuncia la cercanía de la eternidad. Del dejar esta vida para dormir y esperar la manifestación plena de la vida eterna. ¿Quién podrá comprender a quienes viven tales circunstancias?

Los hombres, aún llenos de amigos, siguen estando solos en casa. Aislados, cuando no se les comprende y aislándose cuando no se comprenden a sí mismos. Asumiendo sus responsabilidades y cansándose de las mismas. A veces queriendo recibir un poco más, y deseando dar un poquito menos. Cuando no son lo que se espera que sean, pagan el precio de la incomprensión y hasta el abandono.

El salmista oraba, en solitario, preguntándose: ¿de dónde vendrá mi socorro? Algunos buscan la respuesta a su soledad en los lugares altos, en los montes. Es decir, fuera de sí mismos y en aquello que los hombres pueden construir por sí mismos. Lo cierto es que la soledad, entendida esta como el no ser apreciados por los demás se resuelve dentro de uno mismo. El camino que nos libra de la prisión de la soledad empieza en el interior de nuestra mente, de nuestro corazón.

Primero, porque empieza tomando conciencia de que somos personas apreciadas por Dios. Para saber esto no necesitamos buscar, preguntar, escuchar a otros. “Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón”, dice Dios. Cuando en nuestra soledad buscamos a Dios sucede algo extraordinario: su Espíritu da testimonio al nuestro de que somos sus hijos. Quien se sabe hijo de Dios está en condiciones de enfrentar el hecho de su soledad, sea esta real o apenas una percepción.

Real, o apenas una percepción. ¿Qué significa esto? Bien, esto nos lleva al segundo paso. Una vez que nuestro espíritu tiene el testimonio de la presencia y compañía divinas, estamos en condiciones de analizar si realmente los que amamos no nos aprecian, o si se trata de una percepción equivocada de nuestra parte. ¿Qué es lo que nos hace pensar y sentir que no les interesamos? ¿Será que lo que recibimos no nos es suficiente porque nuestro vaso está roto y se filtra? O, ¿será que somos nosotros los que inconcientemente nos alejamos impidiendo a los demás que formen parte del círculo interior de nuestros afectos y sentimientos?

El tercer paso para superar nuestra soledad consiste en preguntarnos qué tanto estamos dispuestos a mostrar nuestra vulnerabilidad a los que nos aman. Que tan dispuestos estamos a mostrarnos tal como somos, tal como estamos. Dios, cuando quiso comprendernos mejor, se hizo hombre. Es decir, estuvo dispuesto a conocer y dejarse conocer. A hablar y a escuchar. A dar y a recibir. A agradecer y a mostrarse complacido con el agradecimiento de los demás. Nos sorprenderemos cuando permitamos que los otros vean lo que hay en nosotros y que escuchen lo que la voz de nuestro corazón quiere decirles.

Hay un factor que está al inicio, durante y al final del camino que nos lleva más allá de la soledad. Este es el cultivo de la comunión con Dios. Estar en comunión con Dios significa gozar de su compañía. Esta es un acompañar que sale del corazón, del lugar donde el Espíritu de Dios habita en nosotros. No depende, por lo tanto, de factores externos, simplemente, está en nosotros. Y desde nuestro interior, fructifica. Primero, porque trae orden y equilibrio en nosotros mismos. Dado que él es suficiente, llena cualquier vacío, real o supuesto, que resulte de nuestras relaciones con los demás. Dado que él es fiel, permanece el mismo independientemente de nuestras circunstancias. Por lo tanto, llenos de su presencia podemos enfrentar los retos que suponen nuestras relaciones con los que amamos.

Cristo en nosotros significa una total ausencia de soledad. Cuando nuestros familiares no satisfacen nuestras necesidades espirituales y afectivas, Cristo lo hace. Cuando los demás no nos aprecian, Cristo lo hace. Cuando nos sentimos, o estamos solos realmente, Cristo hace evidente su presencia. Cuando ya no nos queda nada, Cristo sigue siendo nuestro todo.

No hay nadie que, en algún momento de su vida, no haya experimentado el dolor provocado por la soledad en familia. Tampoco hay nadie que no vaya a experimentarlo en algún otro momento de su vida. La razón es sencilla, nadie es suficiente para satisfacer las necesidades más profundas de nuestro corazón. ¿Nadie, he dicho? Bueno, no es verdad, sí hay uno que puede hacerlo y este es Dios. El salmista decía, lo que les invito sea nuestra oración confiada y constante:

¿A dónde podría alejarme de tu Espíritu? ¿A dónde podría huir de tu presencia? Si subiera al cielo, allí estás tú; si tendiera mi lecho en el fondo del abismo, también estás allí. Si me elevara sobre las alas del alba, o me estableciera en los extremos del mar, aun allí tu mano me guiaría, ¡me sostendría tu mano derecha! Y si dijera: Que me oculten las tinieblas; que la luz se haga noche en torno mío, ni las tinieblas serían oscuras para ti, y aun la noche sería clara como el día. ¡Lo mismo son para ti las tinieblas que la luz!