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Caminaré en libertad

14 septiembre, 2014

Salmos 119.44-48

No quiero que me mandes, le dijo un niño a su madre cuando esta le indicó que no podía estar de pie mientras el avión despegaba. Mandamientos, órdenes, ley, tales palabras y sus sinónimos son consideradas, generalmente, como malas palabras. La razón es sencilla, todas son asumidas como un atentado en contra de la libertad personal, son asumidas como limitantes del derecho a decidir y hacer lo que uno quiera. Así que pretender que la libertad y los mandamientos son mutuamente condicionantes, parecería, cuando menos, un absurdo. Mucho más, si la propuesta bíblica consiste en asegurar que quien obedece los mandamientos de Dios es quien vive plenamente en libertad.

El rechazo a los mandamientos y a las figuras de autoridad tiene muchas razones. Algunas de ellas tienen que ver con la formación del carácter del individuo y del cómo de su inteligencia emocional. Es decir, del cómo aprendió la persona a resolver sus conflictos emocionales, especialmente aquellos que resultaron del cómo de su relación con sus padres y otras figuras de autoridad. Mientras más lastimada la persona y menos capaz para negociar sus emociones ante los estímulos negativos (sean reales o supuestos), resultantes de su relación con figuras de autoridad, mayor será su rechazo a mantenerse dentro de un marco disciplinario y a respetar a las figuras de autoridad actuales, nos dicen los estudiosos de la conducta humana.

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El Espejismo de la Libertad

20 septiembre, 2010

2Pedro 3.17-22

Muchas veces, al leer los pasajes bíblicos que describen el carácter de las personas, nos encontramos con que habla de muchos a quienes conocemos, con los cuales convivimos. En no pocas ocasiones, nos descubrimos a nosotros mismos en lo que estamos leyendo. Tal el caso del pasaje que nos ocupa hoy. Cuando menos nos obliga a reconsiderar algunas de las actitudes que afectan el cómo de nuestras relaciones más primarias; tanto por lo que tiene que ver con los otros, como por aquello que de nosotros el pasaje descubre.

Es este un pasaje difícil, feo y desagradable. De acuerdo con su contexto, describe la condición del hombre que se revela a la autoridad de Dios y pretende tener el derecho y la capacidad, no sólo para decidir lo bueno y lo malo, sino para enseñar a otros de acuerdo con sus convicciones. Pedro asegura que se trata de hombres que hablan mal de cosas que no entienden. Tal expresión petrina es una clave en sí misma, tanto para identificar a aquellos que son injustos, como para entender las razones que tienen para actuar de la manera en que lo hacen.

Primero, se trata de hombres que no hacen lo que es justo. Es decir, lo que Dios ha establecido como lo bueno, lo propio de las personas y de sus circunstancias. Por lo tanto, se trata de personas que actúan mal, son llevadas por sus instintos y emociones antes que por su capacidad de juicio, de análisis. Son sensuales en el sentido de que se dejan llevar por sus sentidos, por lo que sienten. Pueden ser simultáneamente cariñosos y agresivos; estar conscientes de sus responsabilidades y dejar de cumplirlas; su patrón de comunicación se vuelve confuso pues dan caricias positivas y caricias negativas, en una mezcla que evidencia su propia confusión interior. Son rebeldes a la autoridad, aunque codependientes de sus figuras parentales; mantienen una relación culposa con Dios, resistiéndose a reconocerlo como el Señor de su vida, pero al mismo tiempo procurando no molestarlo demasiado. Por lo tanto, se trata de personas emocionalmente inestables, propiciadoras de mucho dolor para quienes los aman y para ellos mismos. En principio, como fuentes sin agua y nubes empujadas por la tormenta, sólo tienen como destino la más densa oscuridad en sus vidas.

Sin embargo, se trata de personas que dan la apariencia de ser plenamente libres. Ellas mismas presumen: a mí, nadie; a mí, nada. Sin embargo, dice el Apóstol Pedro, son ellos mismos esclavos de corrupción. Y es que, todo hombre es esclavo de aquello que lo ha dominado. DHH ¿Qué es lo que nos domina a nosotros? ¿De qué somos esclavos, aunque pretendemos ser libres? Quizá la vieja consigna, dime de qué presumes y te diré de qué careces, sea un instrumento útil para comprender qué es lo que nos domina. Quizá presumamos de libertad, de independencia; quizá lo hagamos respecto de nuestra autosuficiencia o de la abundancia de nuestros recursos; a veces, se tratará de nuestro valor o de nuestra sabiduría. Lo cierto es que, Pedro asegura que las palabras infladas y vanas, altisonantes y vacías, no son suficientes para disimular siquiera la condición de esclavos. Abusadores, explotadores, adictos, los que viven contra natura, etc., se distinguen por la abundancia y la aparente contundencia de sus argumentos. Sin embargo, como en el caso del mal aliento, quienes conviven con ellos, quienes los tratan, se dan cuenta de que tales argumentos no los hacen menos esclavos de la condición en que se encuentran.

No basta con parecer libres, se trata de ser verdaderamente libres. La Biblia no sólo describe la condición esclavizada de los hombres sin Dios y sin esperanza. El mismo Pedro asegura que Dios nos hizo renacer para una esperanza viva 1Pe 1.3 Así que, conviene que si nos ocupamos de lo que nos esclaviza, o lo que puede llegar a hacerlo, no s ocupemos principalmente de lo que nos libera verdaderamente. Que tratemos de entender cómo es que la libertad puede dejar de ser un mero espejismo, para transformarse en una realidad verdadera y relevante a nuestro aquí y ahora.

La Biblia nos enseña que el camino de la libertad empieza por el arrepentimiento y la conversión. Dos cuestiones que aunque nos referimos a ellas como separadas, no son sino una sola desde la perspectiva bíblica. El mismo Pedro respondió a quienes, conscientes de su esclavitud y apesadumbrados por el peso de su pecado se preguntaban qué hacer para encontrar la libertad de Cristo, que era necesario que se arrepintieran de su pecado y se bautizaran en el nombre de Jesucristo para perdón de sus pecados y así recibirían el don del Espíritu Santo. Hch 2.38

Con su llamado a arrepentirse, Pedro invita a sus oyentes a cambiar de opinión y/o de propósito. Que se involucren en un cambio a mejor. Pablo llama también a que cambiemos nuestra manera de pensar, para que cambie nuestra manera de vivir. Ro 12.2 Es este un paso difícil para quienes se asumen libres y presumen de tal condición, siendo esclavos. La razón es que se requiere humildad. Esta consiste en no levantar mucho de la tierra, no presumir de sabios, diría Pablo. Rom 12.16 La humildad requiere y propicia el que reconozcamos nuestra verdadera condición y nuestra incapacidad inicial para liberarnos de aquello que nos posee, nos controla. Es decir, que reconozcamos nuestros temores, nuestras heridas, nuestras necesidades existenciales. Y, una vez habiéndolas reconocido, asumamos que no está en nosotros lo que puede hacernos libres y que, por lo tanto, necesitamos llevar nuestros trabajos y nuestras cargas a Jesucristo, nuestro Señor y Salvador.

Juan el evangelista asegura: Si el Hijos los hace libres, [los libertare] ustedes serán verdaderamente libres. Jn 8.36  Es esta nuestra confianza y es, al mismo tiempo, esta nuestra invitación. Dejemos de creer en los espejismos de nuestra libertad y asumamos en humildad la realidad de aquello que nos posee, domina y está destruyendo (lo que somos, a los que amamos, lo que tenemos).

Arrepintámonos y volvamos nuestro corazón a Jesucristo, nuestro liberador. En su presencia, quizá dolorosa pero confiadamente, abramos nuestro corazón y permitamos que él descubra y limpie de raíz lo que tanto dolor nos provoca. Comprometámonos a vivir en la luz y para honra y gloria del Señor. Así, caminaremos en libertad porque seremos plenamente libres.

Libertad a los Cautivos

5 septiembre, 2010

Gálatas 5.1-15

En la Biblia, el de la libertad es un eje rector. Se parte del principio de que el ser humano es libre en razón de su dignidad e identidad. Dios, el Señor de señores, renuncia de entrada a ejercer un dominio o control sobre los hombres y mujeres creados por él y les otorga la condición de seres volutivos y, por lo tanto, libres en el ejercicio de decidir lo que corresponda a sus intereses y propósitos personales.

La Biblia también enseña que el ejercicio de la libertad presupone la conservación del vínculo relacional entre Dios y el hombre. Sólo en la medida que el ser humano se mantiene en comunión con su Creador es que puede conservar el equilibrio interior que le permite mantener su independencia ante los estímulos internos y externos que atentan contra su condición de libre.

Por ello es que la consecuencia inmediata del pecado es, precisamente, la pérdida de la condición de libre del ser humano. Por el pecado se pasa de un estado de libertad a uno de esclavitud. Primero, de una esclavitud interior, la esclavitud de uno mismo. Las emociones son una de las cualidades del ser humano. Como alteradoras de los sentimientos y pensamientos de las personas, conllevan el poder de alterar controlando a la persona. El hombre en comunión con Dios mantiene el gobierno interior que le permite negociar sus emociones y sentimientos. La ausencia de la comunión con Dios coloca a la persona bajo el poder de sus emociones y sentimientos. Aunque su razón sabe, su pasión domina.

Quien es esclavo de sus propias pasiones, resulta sumamente vulnerable e incapaz ante los estímulos exteriores. Principalmente de aquellos que resultan de las relaciones más significativas en su vida. La persona en tal condición resulta incapaz de mantener su autonomía intelectual y emocional ante las conductas disfuncionales de los otros. Al mismo tiempo, resulta incapaz de romper adecuada y oportunamente con los modelos de relación que le atan. En consecuencia, la persona se encuentra esclava de tales modelos relacionales.

Ser esclavo de las pasiones desordenadas, así como de modelos relacionales disfuncionales es causa y efecto de una religiosidad deformada. Aquí entendemos religión como el volver a estar ligado a Dios, en comunión con él. En nuestro pasaje se hace evidente que los hermanos de Galacia se relacionaban de manera equivocada con Dios. Pretendían, en una total regresión, que su comunión con Dios dependía de que cumplieran algunos aspectos de la Ley Mosaica. Al pensar así renunciaban a la libertad adquirida en Cristo y volvían a una condición de esclavitud espiritual. Se ataban de nueva cuenta a ordenanzas, prejuicios y manipulaciones que aunque tenían algún tipo de beneficios parciales, ni garantizaban una relación armónica con Dios, ni traían equilibrio a sus vidas. Su religión afectaba aún más sus conflictos internos y el cómo de sus relaciones, haciéndolos todavía más esclavos de sus pensamientos, emociones y sentimientos.

Como podemos ver, estamos ante una circunstancia que afecta de manera integral, total, a las personas. Tiene que ver con su relación consigo mismas, con aquellos a los que aman y con Dios mismo. En todas estas áreas permanece cautivos y, por lo tanto, incapaces de vivir la libertad con que fueron creados y que les ha sido restaurada por el sacrificio de Cristo.

Cuando nuestro Señor Jesucristo hizo su declaración de Misión, dijo que había venido para publicar libertad a los cautivos y a los prisioneros libertad de cárcel. Isa 61.1 Cabe la pena destacar el término usado por nuestro Señor: cautivos. Estos son quienes están aprisionados en la guerra. Es decir, quienes han perdido todas las batallas que pelearon tratando de vencer sus pasiones, sus codependencias, sus conflictos con Dios. Más interesante aun resulta el saber que la forma antigua del término es cativo, que significa infeliz y desgraciado.

Creo que podemos comprender bien esto. Quien vive una constante de desequilibrio interior entre sus pensamientos, emociones y sentimientos. Quien, además de tener que enfrentar sus temores, resentimientos y frustraciones personales, tiene que permanecer -por las razones que sea-, atado a modelos relacionales disfuncionales. Y quien, además, encuentra que su relación con Dios se vuelve en una carga, en una constante de frustración y confusión. Quien vive así, vive cautivo. No sólo aprisionado, sino con altas dosis de infelicidad y desgracia.

La buena noticia es que somos llamados a ser libres. Y no solo llamados, sino que, en Cristo, somos libres y más que vencedores. Esto es mucho más que una declaración optimista o un lugar común. Es el resultado inmediato de la salvación que hemos recibido por medio de Cristo. La razón es sencilla, el estado de esclavitud evidencia el dominio del diablo sobre nuestra vida. La anomia (la ausencia de ley), propia del pecado es provocada y aprovechada por Satanás para despojarnos de todo lo que Dios nos ha dado. La esclavitud es el estado donde el individuo es despojado de todo y condenado a una condición de constante degradación. De nada de lo que hace recibe beneficio alguno, por el contrario, mientras más hace y produce, menos tiene.

¿Cuántos de nosotros podemos identificar en nuestra vida tales circunstancias? ¿Cuántos hacemos, nos esforzamos, sacrificamos y, al final, nada bueno tenemos. Pues de todo ello vino a salvarnos nuestro Señor Jesucristo. Él vino a destruir las obras del diablo, (quien sólo ha venido para hurtar y matar y destruir), y para darnos vida abundante. Jn 10.10 Así es, Jesucristo, nuestro Señor, ha venido para traernos descanso y para que en él encontremos el equilibrio perdido de nuestra vida. El Apóstol Pablo sintetiza bien la obra salvadora de nuestro Señor cuando asegura que Dios no nos ha dado un espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio.

Al ser liberados de nuestro cautiverio y ser llamados a permanecer cotidianamente en la libertad recibida, nos encontramos con que podemos hacerlo (porque hemos recibido el poder para ello), podemos amarnos a nosotros mismos, a nuestros semejantes y, desde luego a Dios (porque hemos recibido el poder para ello), y que podemos recuperar el gobierno interior que nos permite mantener el equilibrio interior que nos lleva a una correcta relación con el Señor, con nuestros semejantes y con nosotros mismos.

El creyente ha dejado de ser cautivo para ser, de nuevo, el hombre y la mujer creados en libertad por nuestro Dios. Respondamos, pues, con entusiasmo, gozo y compromiso al llamado que hemos recibido, el llamado a la libertad gloriosa de nuestro Señor Jesucristo.