El Espejismo de la Libertad

2Pedro 3.17-22

Muchas veces, al leer los pasajes bíblicos que describen el carácter de las personas, nos encontramos con que habla de muchos a quienes conocemos, con los cuales convivimos. En no pocas ocasiones, nos descubrimos a nosotros mismos en lo que estamos leyendo. Tal el caso del pasaje que nos ocupa hoy. Cuando menos nos obliga a reconsiderar algunas de las actitudes que afectan el cómo de nuestras relaciones más primarias; tanto por lo que tiene que ver con los otros, como por aquello que de nosotros el pasaje descubre.

Es este un pasaje difícil, feo y desagradable. De acuerdo con su contexto, describe la condición del hombre que se revela a la autoridad de Dios y pretende tener el derecho y la capacidad, no sólo para decidir lo bueno y lo malo, sino para enseñar a otros de acuerdo con sus convicciones. Pedro asegura que se trata de hombres que hablan mal de cosas que no entienden. Tal expresión petrina es una clave en sí misma, tanto para identificar a aquellos que son injustos, como para entender las razones que tienen para actuar de la manera en que lo hacen.

Primero, se trata de hombres que no hacen lo que es justo. Es decir, lo que Dios ha establecido como lo bueno, lo propio de las personas y de sus circunstancias. Por lo tanto, se trata de personas que actúan mal, son llevadas por sus instintos y emociones antes que por su capacidad de juicio, de análisis. Son sensuales en el sentido de que se dejan llevar por sus sentidos, por lo que sienten. Pueden ser simultáneamente cariñosos y agresivos; estar conscientes de sus responsabilidades y dejar de cumplirlas; su patrón de comunicación se vuelve confuso pues dan caricias positivas y caricias negativas, en una mezcla que evidencia su propia confusión interior. Son rebeldes a la autoridad, aunque codependientes de sus figuras parentales; mantienen una relación culposa con Dios, resistiéndose a reconocerlo como el Señor de su vida, pero al mismo tiempo procurando no molestarlo demasiado. Por lo tanto, se trata de personas emocionalmente inestables, propiciadoras de mucho dolor para quienes los aman y para ellos mismos. En principio, como fuentes sin agua y nubes empujadas por la tormenta, sólo tienen como destino la más densa oscuridad en sus vidas.

Sin embargo, se trata de personas que dan la apariencia de ser plenamente libres. Ellas mismas presumen: a mí, nadie; a mí, nada. Sin embargo, dice el Apóstol Pedro, son ellos mismos esclavos de corrupción. Y es que, todo hombre es esclavo de aquello que lo ha dominado. DHH ¿Qué es lo que nos domina a nosotros? ¿De qué somos esclavos, aunque pretendemos ser libres? Quizá la vieja consigna, dime de qué presumes y te diré de qué careces, sea un instrumento útil para comprender qué es lo que nos domina. Quizá presumamos de libertad, de independencia; quizá lo hagamos respecto de nuestra autosuficiencia o de la abundancia de nuestros recursos; a veces, se tratará de nuestro valor o de nuestra sabiduría. Lo cierto es que, Pedro asegura que las palabras infladas y vanas, altisonantes y vacías, no son suficientes para disimular siquiera la condición de esclavos. Abusadores, explotadores, adictos, los que viven contra natura, etc., se distinguen por la abundancia y la aparente contundencia de sus argumentos. Sin embargo, como en el caso del mal aliento, quienes conviven con ellos, quienes los tratan, se dan cuenta de que tales argumentos no los hacen menos esclavos de la condición en que se encuentran.

No basta con parecer libres, se trata de ser verdaderamente libres. La Biblia no sólo describe la condición esclavizada de los hombres sin Dios y sin esperanza. El mismo Pedro asegura que Dios nos hizo renacer para una esperanza viva 1Pe 1.3 Así que, conviene que si nos ocupamos de lo que nos esclaviza, o lo que puede llegar a hacerlo, no s ocupemos principalmente de lo que nos libera verdaderamente. Que tratemos de entender cómo es que la libertad puede dejar de ser un mero espejismo, para transformarse en una realidad verdadera y relevante a nuestro aquí y ahora.

La Biblia nos enseña que el camino de la libertad empieza por el arrepentimiento y la conversión. Dos cuestiones que aunque nos referimos a ellas como separadas, no son sino una sola desde la perspectiva bíblica. El mismo Pedro respondió a quienes, conscientes de su esclavitud y apesadumbrados por el peso de su pecado se preguntaban qué hacer para encontrar la libertad de Cristo, que era necesario que se arrepintieran de su pecado y se bautizaran en el nombre de Jesucristo para perdón de sus pecados y así recibirían el don del Espíritu Santo. Hch 2.38

Con su llamado a arrepentirse, Pedro invita a sus oyentes a cambiar de opinión y/o de propósito. Que se involucren en un cambio a mejor. Pablo llama también a que cambiemos nuestra manera de pensar, para que cambie nuestra manera de vivir. Ro 12.2 Es este un paso difícil para quienes se asumen libres y presumen de tal condición, siendo esclavos. La razón es que se requiere humildad. Esta consiste en no levantar mucho de la tierra, no presumir de sabios, diría Pablo. Rom 12.16 La humildad requiere y propicia el que reconozcamos nuestra verdadera condición y nuestra incapacidad inicial para liberarnos de aquello que nos posee, nos controla. Es decir, que reconozcamos nuestros temores, nuestras heridas, nuestras necesidades existenciales. Y, una vez habiéndolas reconocido, asumamos que no está en nosotros lo que puede hacernos libres y que, por lo tanto, necesitamos llevar nuestros trabajos y nuestras cargas a Jesucristo, nuestro Señor y Salvador.

Juan el evangelista asegura: Si el Hijos los hace libres, [los libertare] ustedes serán verdaderamente libres. Jn 8.36  Es esta nuestra confianza y es, al mismo tiempo, esta nuestra invitación. Dejemos de creer en los espejismos de nuestra libertad y asumamos en humildad la realidad de aquello que nos posee, domina y está destruyendo (lo que somos, a los que amamos, lo que tenemos).

Arrepintámonos y volvamos nuestro corazón a Jesucristo, nuestro liberador. En su presencia, quizá dolorosa pero confiadamente, abramos nuestro corazón y permitamos que él descubra y limpie de raíz lo que tanto dolor nos provoca. Comprometámonos a vivir en la luz y para honra y gloria del Señor. Así, caminaremos en libertad porque seremos plenamente libres.

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