Archive for the ‘crisis’ category

Y, ¿dónde está ese Dios tuyo?

23 julio, 2017

Salmos 42

Las crisis pasan. En los dos sentidos principales del verbo: Suceden y desaparecen.

Las crisis siempre producen efectos colaterales, a las personas de fe las provocan a la duda, la confusión y al replanteamiento de sus convicciones, de sus expectativas y del sentido de su vida. Uno de tales replanteamientos tiene que ver con Dios, más bien, con el lugar y el quehacer de Dios en sus vidas. Hay quienes se burlan de los creyentes en tiempos de crisis preguntando: ¿Dónde está, dónde quedó tu Dios? Lo peor de tales burlas es que, en no pocas ocasiones la burla se suma a la confusión resultado del preguntarnos a nosotros mismos, y, ¿dónde está Dios en todo esto?

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Para Sacudirlos como a Trigo

13 enero, 2013

Lucas 22.31-34

Si de algo nos llenamos las manos en la vida es de decepciones. Con frecuencia nos encontramos que la confianza depositada en otros, no es honrada por ellos y actúan en forma diametralmente opuesta a lo que esperábamos de ellos. Es esta la razón de la pérdida de la esperanza, de la confianza y aún del interés en seguir adelante.

Mientras más cercana a nosotros la persona que nos decepciona, mayor el conflicto que experimentamos, la tristeza que sufrimos. Como aquellos hijos que van por la vida sin comprender por qué sus padres no quisieron o no pudieron seguir juntos. Por qué es que los hijos tienen que pagar el precio de la soledad, la vergüenza y la confusión que enfrentan, fruto de la separación o la ausencia de sus padres. O como la mamá de Ricardo, que no entiende cómo es que el hombre al que ella le entregó todo su amor, su confianza… su vida toda, la engañó ocultándole que era casado y que no tenía el propósito de honrar sus palabras de amor y entrega.

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A los que Viven Siempre Angustiados y Preocupados

11 julio, 2011

Mateo 11.25ss

Quizá la principal dificultad del Evangelio, sea su propia sencillez. De tan sencillo, nos resulta difícil entenderlo y aceptarlo. Dada la complejidad de nuestros problemas, pensamos que la solución de los mismos tiene que ser igualmente compleja y exigimos, nos exigimos, mucho más de lo que tenemos y podemos hacer, y no pocas veces más de lo que Dios mismo espera de nosotros.

Nuestro pasaje nos permite entender mejor el llamado de Jesús. Forma parte de una sección que tiene que ver con la compleja incredulidad de los hombres, para quienes nada parece ser suficiente pues, de todos, modos no creen. Jesús dice que las personas, son como niños que se sientan a jugar y les dicen a los otros: “Tocamos la flauta, pero ustedes no bailaron. Cantamos canciones tristes, pero ustedes no lloraron”. Nuestro Señor Jesús se refiere, entonces, al enfrentamiento entre la fe sencilla –la fe evangélica-, y el complicado camino que, buscando a Dios, recorren quienes no entienden que Dios ya se ha acercado a nosotros en Jesucristo.

Al leer a Mateo, lo primero que nuestro pasaje nos muestra es que Dios ha decidido revelar las cosas más profundas y difíciles a las personas más humildes y sencillas. Dios no juega a las escondidas. Él no quiere permanecer, ni lejano, ni oculto a nosotros. Por el contrario, Dios quiere que lo conozcamos y que establezcamos una relación amorosa, profunda y permanente con él.

La segunda cosa que Mateo nos muestra es que Dios ha escogido revelarse en Jesucristo. Es en Jesús en quien podemos conocer todo lo que necesitamos saber de Dios. Nadie conoce tan bien a Dios, como Jesús mismo. Y, como Dios mismo, Jesús viene a nuestro encuentro. Él es quien nos busca, quien nos provoca a la reconciliación y quien insiste en que permanezcamos juntos. Un viejo himno cristiano nos recuerda esto cuando dice:

Yo te busqué, Señor, más descubrí
que tú impulsabas mi alma en ese afán.
No era yo quien te buscaba a ti.
Tú me encontraste a mí.

Nuestro pasaje también nos muestra que Jesús tiene el propósito de transformar para bien nuestra vida. Esta transformación para bien la identifica como descanso. Es decir, nos transforma dándonos descanso. ¿A quiénes?, a ustedes que viven siempre angustiados, siempre preocupados. Vengan a mí, y yo los haré descansar. Descanso, éste es un término interesante, significa básicamente tres cosas:

  1. Permitir a alguien que se detenga en lo que está haciendo, para que recupere las fuerzas.
  2. Proporcionar un refrigerio a la persona, ayudarla a que se desahogue.
  3. Mantener quieta, en calma, en una paciente espera.

Que se detenga en lo que está haciendo, para que recupere las fuerzas. Dicen que es normal en situaciones de crisis el actuar inapropiadamente. Que es normal hacer lo que no conviene, diríamos. En efecto, las crisis además de dolor nos traen confusión y nos hacen torpes. En las crisis, caemos en un activismo sin sentido. Hacemos muchas cosas, sin tomar en cuenta si las mismas son convenientes o no lo son. Nuestra confusión y nuestra desesperación nos llevan a hacer, a hacer más, a hacer mucho. Pero, en no pocas circunstancias, lo que necesitamos es detenernos, dejar de hacer. Para recuperar las fuerzas, para poder dimensionar las cosas que estamos viviendo y, entonces, poder tomar las decisiones adecuadas y hacer lo que conviene. En Jesús encontramos esta dimensión del descanso. Lo podemos hacer cuando sabemos y creemos que él está en control de todo. Que, como asegura el Salmista, el Señor gobierna aún en medio de la tormenta.

Pero, la declaración más importante que hace Jesús es vengan a mí. Lo que nos dice es que el descanso está en él. Más aún, que él mismo es nuestro descanso, nuestra paz. Que se trata de una relación, mucho más que de un aprendizaje, o de un mero arreglar las cosas. Que este venir a él representa un reordenamiento de nuestra vida, mismo que tiene como resultado el equilibrio integral de todo nuestro ser y, aún el de nuestras circunstancias.

No sé cuántos de nosotros podemos considerarnos entre los que viven siempre angustiados, siempre preocupados. Quizá varios. (Entre el 30% y el 40% de las ausencias por enfermedad corresponden a trastornos emocionales o mentales causados por el estrés, nos aseguran los estudiosos). Estoy seguro que hemos buscado… sin encontrar. Aún los que nos asumimos creyentes, sabemos de esta frustración. Por eso es tiempo de que todos nos volvamos a Jesús. Él está vivo e interesado en cumplir su propósito en nosotros. Por eso nos sigue llamando y diciendo: vengan a mí.

Vayamos, entonces, a él. Corramos el riesgo de la fe sencilla. Del que está dispuesto a decirle a Dios: si en verdad existes y de veras me amas, muéstrate a mí. Del que está dispuesto a confesarse trabajado y cargado, sin mayor posibilidad de respuesta que la que le pueda dar el mismo Señor Jesús. Vengamos a él con la fe del que se entrega sabiendo que el Maestro está aquí y te llama, como le dijera Marta a María, cuando esta esperaba el consuelo ante la muerte de su hermano Lázaro. Juan 11.28

Vengamos, pues, a Jesús, porque es cierto que el Maestro está aquí y nos llama para dar a nuestras almas el descanso que tanto necesitamos.

A Todo Puedo Hacerle Frente

23 mayo, 2011

Filipenses 4.11-13

Umbral del dolor, es la expresión que se refiere a la intensidad mínima de un estímulo, misma que una persona requiere para sentir dolor. Las circunstancias, el tipo de estímulo y, sobre todo, el carácter de las personas explica el que algunas resistan más que otras la intensidad de estímulos similares.

El hecho es que todos los seres humanos experimentan dolor: físico y emocional. Uno de los estímulos que mayor dolor emocional, espiritual, producen es el fracaso. Este puede ser definido como: “Malogro, resultado adverso de una empresa o negocio. [Y como] Suceso lastimoso, inopinado y funesto.”

En nuestra cultura, que ha resaltado como un indicador del éxito personal la acumulación de bienes: sean estos físicos, intelectuales, económicos, relacionales y materiales; la carencia o pérdida de cualquiera de estos es sinónimo de fracaso. Por lo tanto, quienes fracasan al no alcanzar o retener tales bienes o logros, generalmente entran en una condición de vulnerabilidad. Su ansiedad no solo es resultado de lo que perdieron o podrían perder, sino de la pérdida de su propia estima pues, como sabemos, nuestra cultura de pecado asocia lo que se es a lo que se tiene.

Vulnerable es el que puede ser herido. La historia de la humanidad registra una verdad que no conviene ignorar: aunque todos podemos ser heridos, no todos somos heridos de la misma forma ni en el mismo grado; y no todos somos heridos por las mismas cosas.

Pablo, ha hecho en el capítulo tres de Filipenses, un inventario de lo que alcanzó en la vida y de lo que ha perdido por causa de Cristo. En términos modernos, Pablo era un rico venido a menos, un desempleado, un paria social rechazado por los suyos. Al momento de escribir el pasaje que nos ocupa, está preso, depende económicamente de sus hermanos y amigos y, desde luego, su carrera profesional ha desaparecido.

En tal condición asegura: he aprendido a contentarme con lo que tengo. Loser, sería el epíteto con que lo calificaríamos. Parecería que Pablo fuera un perdedor. De él podría decirse que no solo había perdido todo lo que tenía, sino que, peor aún, se había vuelto un conformista. ¿Cierto?, no hay tal.

Pablo asegura que ha aprendido a ser suficiente en sí mismo. Tal expresión contiene dos declaraciones contundentes e importantes:

Pablo ha aprendido. Ha llegado a saber mediante la observación y mediante la práctica. Es decir ha desarrollado su capacidad de evaluación de sí mismo en comparación con lo que ve en otros modelos (Cristo mismo, en el caso de Pablo y de los creyentes); así como lo que ha ido practicando de manera diferente, y a veces en contra, de lo aprendido. Al aprender, Pablo ha desaprendido a pensar, juzgar y valorar como lo hacía en tanto no había madurado.

Pablo es suficiente en sí mismo. Se asume apto e idóneo, además de que encuentra en sí mismo lo bastante para lo que se necesita. En resumen, lo que Pablo ha aprendido es a no depender de los demás, ni de lo que tiene para asumir que lo que es, como persona, y lo que tiene a su disposición es suficiente para resolver la circunstancia que enfrenta, cualquiera que esta sea.

¿De dónde tal pretensión? Quizá primero, de su propia experiencia. Ha superado lo que parecía poder detenerlo y hasta destruirlo. Es un hecho que, vistas en perspectiva, las luchas del pasado resultan menos importantes, definitorias y poderosas que lo que nos pareció cuando las estábamos enfrentando.

Pero, no especulemos, fijémonos que Pablo declara de manera contundente: todo lo puedo en Cristo que me fortalece, o, como dice DHH, a todo puedo hacerle frente, gracias a Cristo que me fortalece.

Todo: cualquier cosa, en cualquier lugar, en cualquier tiempo. El término que usa Pablo se refiere, simplemente, a la totalidad de la vida. No hay nada que quede fuera de esta expresión, ni relaciones, ni conflictos, ni bendiciones… nada queda fuera del área de influencia de Cristo.

Cristo que me fortalece, que me hace fuerte, asegura Pablo. Una mejor traducción: Cristo me da las fuerzas (fortaleza y consistencia), para enfrentar todas las cosas.

Nuestro umbral del dolor personal, nuestra capacidad de resistencia al dolor y al fracaso se da en proporción directa con nuestra comunión con Cristo. Este abundar en Cristo produce una renovación espiritual en nuestra manera de juzgar las cosas, como lo asegura Pablo en Efesios 4.23: En cuanto a la pasada manera de vivir,  despojaos del viejo hombre,  que está viciado conforme a los deseos engañosos,  y renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre. Vivir en tal comunión nos permite dimensionar las cosas adecuadamente y tomar conciencia de nuestra valía personal, así como de los recursos propios y los de quienes nos aman; mismos que están a nuestra disposición y nos ayudan a enfrentar la situación de que se trate.

Como Pablo, de manera decidida y confiada, tomemos la decisión de permanecer en Cristo. Al hacerlo podremos hacer frente a todo y se cumplirá la promesa que nos declara más que vencedores en todas las cosas. Romanos 8.37

En Valles de Sombra y de Muerte

25 abril, 2011

Los últimos días han estado llenos de conflictos y situaciones especialmente difíciles para muchas familias que conocemos. Enfermedades graves, dolorosos y complejos conflictos familiares, tensiones económicas, etc., son los diferentes rostros de la problemática que nuestras familias enfrentan. Ello significa, desde luego, que muchos de los miembros de la Iglesia de Cristo han sido alcanzados por los días malos.

Los días malos forman parte de la vida. Nadie escapa a ellos, son prácticamente connaturales a nuestra condición de seres humanos. Por ello, por más difíciles que resulten no pueden llamarnos a sorpresa. El hombre nacido de mujer, corto de días y harto de sinsabores, decía el justo Job. Sería, ocioso, entonces, ocuparnos de tratar de descubrir los porqués de tales días. Así como los hechos son, también los días malos son. Nada los cambia, nada los evita.

Sin embargo, el hecho de que sean muchas las familias que estamos enfrentando días malos, algunos excepcionalmente malos, nos obliga a la reflexión. Indudablemente hay algo más, un elemento extraordinario, un doloroso aporte a nuestra vida personal, familiar y congregacional en tales circunstancias de conflicto. Conviene recordar que en la dimensión espiritual simplemente no hay coincidencias. Debemos asumir que las cosas extraordinarias, como las que estamos viviendo, responden a un propósito y tienen un origen. En no pocos casos, este origen se encuentra en el enemigo de nuestras almas. En otros muchos, las cosas extraordinarias, aún las situaciones conflictivas, tienen su origen en Dios o son aprovechadas por el Señor para nuestro perfeccionamiento  y para el cumplimiento de su propósito en y al través de nosotros.

Es mi convicción que los días malos que estamos atravesando contienen un triple propósito:

§  Concienciarnos acerca de nuestra fragilidad.

§  Fomentar nuestra dependencia de Dios.

§  Provocar nuestro compromiso con Dios y su Iglesia.

Uno de los más grandes engaños es el de nuestra autosuficiencia. Vivimos una era en la que uno de los principios gobernantes es: si se descompone, arréglalo. Se nos anima a asumirnos fuertes, autosuficientes, permanentes. La verdad es que no lo somos. En pleno Siglo XXI, seguimos siendo frágiles.

Nuestra cultura nos hace menospreciar la fragilidad. No queremos ser débiles, resulta penoso serlo. Nos obligamos a ser fuertes. La cultura del reino de Dios, por su lado, nos recuerda que nuestra debilidad es un espacio de oportunidad para Dios. Que mientras más débiles somos, más se perfecciona el poder de Dios en nosotros. Así, nuestra debilidad no se traduce, necesariamente, en derrota o pérdida. Por el contrario, es la puerta por la que entramos al territorio de la victoria divina.

Asumir nuestra fragilidad, aceptarla, nos coloca en las manos del Señor. Pretender que somos fuertes, ignorar nuestras debilidades, nos coloca fuera del señorío de Dios quien, no debemos olvidarlo, gobierna en medio de la tormenta.

Mientras más delgado el hilo del que colgamos, mayor valor le reconocemos y mayor cuidado le dedicamos. Sin Dios no podemos hacer nada. Fuera de él nada somos. Si no fuera por su gracia no estaríamos aquí, ni podríamos superar los días malos que nos desgastan.

En los días malos tenemos que confiar, depender de Dios. Ello nos obliga a replantear el cómo de nuestra vida. A identificar aquellas actitudes, conductas y omisiones que nos ponen en riesgo de apartarnos de Dios y, por lo tanto, quedar fuera de su cuidado y amoroso cuidado.

Sabernos dependientes de Dios nos obliga a confesar nuestros pecados para quedar libres de su peso, al mismo tiempo que recomponemos nuestro caminar en la fe. Quien depende de Dios, como teme provocar su ira o incomodidad, se esfuerza por agradarlo en todo.

Los días malos hacen evidente aquello que, en nuestra vida, debe hacernos transitar la dura senda del arrepentimiento, la confesión y el arrepentimiento.

Los días malos son días de compromiso. Son días en los que las obligaciones contraídas, por nosotros con Dios, deben ser renovadas y redimensionadas. La razón es sencilla, no podemos pedir a Dios que intervenga en nuestro favor sin asumir, por nuestro lado, el que Dios tiene derecho de que nosotros cumplamos con lo que le hemos ofrecido y prometido.

Desde luego, Dios no espera de nosotros más de lo que podemos hacer. Así que no le resulta tan importante el monto de nuestra ofrenda, sino la condición de nuestro corazón. Se ha comprometido a no menospreciar al corazón contrito y humillado. Al corazón que se encoge y humilla buscando agradarlo en todo.

Todos nosotros hicimos muchas de nuestras promesas cuando nuestros días eran brillantes. Pero, algunas de las promesas más significativas, más trascendentes, las hemos hecho, precisamente, en medio de muchos días malos. Generalmente, cuando estos pasan, nos olvidamos de ellas y renunciamos a su cumplimiento.

Nuestras enfermedades, los conflictos familiares, las dificultades económicas, etc., reclaman que cumplamos lo que hemos prometido. Que seamos fieles, que renovemos nuestro compromiso y vayamos más allá de lo que hemos alcanzado.

Terminemos diciendo que los días malos no tienen el poder para definir el todo de nuestra vida. Nuestra vida es más que nuestros conflictos y aún que nuestros fracasos. Estos nos derriban, pero no nos destruyen. La razón para ello es que los transitamos, como todos los valles de sombra y de muerte, siempre bajo la guía y con el apoyo de la vara y del cayado de nuestro Dios, quien, no debemos olvidar, es nuestro Pastor.

¡He Visto al Señor!

24 abril, 2011

Hoy la cristiandad celebra la resurrección de Jesús. La pasión y muerte de Jesús no tienen sentido sino a la luz de su resurrección. Es la resurrección la clave, el acontecimiento que da sentido y significado, al dolor y al fracaso presentes en la cruz. El Apóstol Pablo dice: “Si… Cristo no resucitó… vana es nuestra predicación y vana la fe que en Dios hemos depositado… Si el ser cristianos nos fuera de valor sólo en esta vida, somos los seres más desgraciados del mundo”. 1 Corintios 15.13ss

Si la resurrección es la clave que nos permite entender la pasión y la muerte, estas son los elementos que dan sentido a la resurrección. Parecería una perogrullada decir que, “no hay resurrección que no sea precedida de la muerte y del fracaso”.

El Drama de la Crucifixión

Alrededor de la pasión y muerte de Jesús encontramos una serie de crisis de crecimiento que son valiosas para nosotros y nuestro caminar:

María y las otras mujeres. Jesús, en su trato cotidiano, hizo por las mujeres algo que nadie había hecho por ellas: les dio esperanza. Jesús mismo representaba la posibilidad de una posición nueva ante la vida y los demás. Dignidad, respeto, aprecio. Lo siguieron sin comprenderlo. El caminar termina “al pie de la cruz”, “mirando de lejos” dice Marcos. Cristo la razón de su esperanza es el principal argumento de su fracaso. Lo que Cristo no hace por sí mismo se traduce en la pérdida propia de aquellas mujeres. Juan 19.25

Tomás, el valiente incrédulo. Siempre hemos criticado a Tomás y lo usamos para simbolizar nuestra propia incredulidad. Pero, ¿nos hemos preguntado el por qué de la incredulidad de Tomás? Tomás creyó en Jesús, por eso le siguió… hasta Jerusalem. Fue fiel y animoso, aún cuando no entendía. “Muramos con él”, había dicho. ¿Cómo no ser incrédulo de quien había roto su confianza y lo había dejado solo? Las crisis se viven en distintos grados. Diez estaban reunidos después de la muerte de Jesús. ¿Dónde estaba Tomás? ¿Por qué no lo había ido a buscar? Su “sólo creeré si veo las heridas”, ¿era la respuesta de quien se siente reprochado por sus propios hermanos? Juan 14.5; Juan 11.16

Pedro, el defensor cobarde. Protector de la vida y del buen nombre de Jesús. El que deja todo por seguir a Jesús y descubre que, de seguir siguiéndolo, tendría que pagar el precio último, el de su propia vida. ¿Cómo seguir a quien llegó al final del camino? ¿Por qué confesar a quien está perdiendo la vida? ¿Cómo no renegar de quien no hace por sí mismo? Juan 20. 17ss; Marcos 16.6-7

En la cruz del calvario murió Jesús. Pero al pie de esta, o a lo lejos, y más lejos, hubo muchas más muertes: las de la fe, la confianza y la esperanza de sus discípulos. Paradójicamente, mientras resucitaban muchos que no tenían nada que ver con Jesús; sus seguidores padecían hasta la muerte.

Las Celebraciones de la Resurrección

Nuestra fe en Jesús no es vana; ni siquiera cuando hemos perdido la esperanza, la fe misma, o cuando lo hemos negado. Nuestra fe sigue contando gracias a la realidad esplendorosa de la resurrección.

María, mensajera. No es María la madre de Jesús la mensajera de la resurrección. Es “aquella María”, quien, perdida la esperanza representada por el Jesús vivo, acude al sepulcro a perfumar el cadáver putrefacto de su Maestro. Es esta mujer, llorosa y confundida, la que se convierte en portadora del mensaje de vida: “Ve, busca a mis hermanos y diles que subo a mi Padre y al Padre de ustedes, a mi Dios y al Dios de ustedes”. “Quiero que le digan a Pedro y a los demás discípulos que Jesús va delante de ellos a Galilea. Allí lo verán como les dijo”. María se convirtió, entonces, en “la que había visto al Señor”. Jn 20.18 NVI

Tomás, el visionario. La observación de Jesús: “Has creído porque me viste. ¡Benditos los que sin verme han creído!”, nos distrae de la declaración de Tomás: “Señor mío y Dios mío”. ¿Recuerdan a los discípulos? “Hemos visto al Señor”. “Nosotros, hemos visto al Señor”. Tomás, el incrédulo, ve lo que ellos no ven: en Jesús ve a Dios mismo. A veces el fracaso, la huida, resulta una especie de colirio espiritual. Dejamos de ver para poder ver. Es la realidad presente del resucitado el elemento refundador de nuestra fe. Jn 20.28

Pedro, el que amaba más que los demás. Jesús no deja pasar la oportunidad de recordarle a Pedro su traición: una fogata y una pregunta que se repite tres veces. Lo acorrala. Lo lastima porque quiere sacar lo que está en el fondo. No busca razones, explicaciones o disculpas. Quiere saber si Pedro lo ama “más que los demás”. La resurrección pone las cosas en su lugar. Un riesgo calculado de Jesús es la negación circunstancial de los suyos. Esta le lastima pero no lo atrapa. Él está seguro de que detrás y a pesar de la negación, vive un amor único. ¿Me amas como nadie más me ama?

La celebración petrina incluye a todas las otras. La resurrección de Jesús viene a poner en eminencia el elemento fundamental del amor. El seguimiento de Jesús no consiste en la mera perseverancia de la confianza, de la fe o de la convicción. Reclama la perseverancia del amor. Jn 21.15ss

En Conclusión

En la resurrección de Jesús celebramos el triunfo de la vida sobre la muerte, sí, pero, sobre todo celebramos el triunfo del amor. Del amor de Dios, ciertamente; pero también el triunfo de nuestro amor por él. Amor que permanece en la fe y en la desesperanza, en la convicción y en la duda, en la defensa y en la traición. Gracias al poder de Dios en Jesús, su amor recrea la vida, la fe y la esperanza.

Dios Conoce

4 abril, 2011

La vida está llena de situaciones que conllevan un potencial de destrucción increíble. Enfrentamos cosas y circunstancias que no sólo dañan en lo inmediato, sino que pueden convertirse en los disparadores de procesos destructivos que van más allá de aquello en lo que se iniciaron. Por ejemplo, sabemos de no pocos casos en los que la muerte de un hijo ha destapado una serie de conflictos y situaciones difíciles entre sus padres, mismos que les han llevado a separarse. También conocemos de muchos casos en los que la enfermedad de los padres ancianos, y la pérdida de sus capacidades para valerse por sí mismos, terminan distanciando y hasta enfrentando entre sí a los hijos que antes se amaban y procuraban el uno al otro. En fin, podríamos referirnos a muchas y muy diversas situaciones en las que podemos testimoniar el potencial de destrucción de las circunstancias de vida que enfrentamos.

En nuestro pasaje de referencia (Mateo 5.25-34), nuestro Señor Jesús se ocupa de la manera en que nos enfrentamos a lo que cotidianamente nos ocupa y nos preocupa. Con una impresionante precisión, nuestro Señor se refiere a los dos asuntos que más fácilmente nos sacan de control, nos ponen fuera de quicio: lo que tiene que ver con la comida y la bebida, y lo que tiene que ver con el vestido. Más aún, nuestro Señor se ocupa de lo que se refiere a la vida y lo que se refiere al cuerpo. Vida y salud. Con tales referencias, el Señor pone el dedo en la llaga, literalmente. Porque bien sabe que los seres humanos hemos hecho de la vida y de la salud, objetos de culto a los cuáles dedicamos nuestros más sentidos afanes y nuestros más sacrificados esfuerzos. Queremos vivir, desde luego, y queremos vivir bien, queremos vivir sanos.

Y, ¿qué tiene de malo ello?, se preguntarán algunos. Nada, amar la vida y procurar la salud del cuerpo no tienen, en sí, nada de malo. La clave para comprender la enseñanza de Jesús se encuentra en la repetida expresión: no os afanéis. Literalmente, Jesús exhorta a sus oidores a que no enfrenten de manera ansiosa las necesidades vitales. Resulta interesante destacar aquí que el término bíblico ansiedad proviene de la misma razón que la palabra meteoro, y que esta significa en medio del aire, levantado alto.

Jesús sabe que muchos de nosotros permitimos que las circunstancias de vida que enfrentamos en el día a día nos sacudan al extremo de levantarnos en el aire y no permitirnos actuar con firmeza, prudencia y sabiduría. No sólo perdemos la calma, sino que también perdemos el control de nosotros mismos y empezamos a actuar impulsiva y neciamente, terminando por complicar mucho más la circunstancia que dio origen a nuestra preocupación.

Resulta muy interesante el argumento con el que nuestro Señor Jesús da sustento a su llamado a que no estemos ansiosos. En Reina-Valera la exhortación completa se lee así: No os afanéis, pues,  diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos? Porque los gentiles buscan todas estas cosas; pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas. Primero, nuestro Señor se refiere, por contraste a nuestra identidad en Cristo, somos diferentes de los gentiles, de los que no son pueblo de Dios. La enseñanza implícita es que quienes estamos en Cristo tenemos el deber de enfrentar los retos y las necesidades de la vida de manera diferente a los que, diría Pablo, no tienen esperanza.

Precisamente, la razón de nuestra esperanza es que Dios es nuestro Padre y que él sabe que tenemos necesidad de las cosas que nos preocupan. Dios está al tanto de nosotros y de nuestras necesidades, es la razón que nuestro Señor nos da para que no permitamos que las cosas que necesitamos tomen el control de nuestra vida. Porque cuando dejamos que las cosas nos controlen, hacemos a Dios a un lado e impedimos que él permanezca en control de nuestra vida y circunstancias.

Tal parece ser la preocupación de nuestro Señor, puesto que nos exhorta a que busquemos primeramente el reino de Dios y su justicia. Es esta una expresión toral, a la cual debemos prestar especial importancia. La misma nos remite al hecho de que cuando permitimos que las necesidades cotidianas nos alteren, nos vuelvan ansiosos y nos mantengan en el aire, estamos dispuestos a solucionarlas de cualquier forma y a cualquier precio… aún a costa de nuestra integridad y testimonio cristiano.

Por ejemplo, hay quienes ante las presiones económicas y la ansiedad resultante de la incapacidad para resolverlas en Cristo, se abren a la posibilidad de participar en prácticas no éticas, ni morales. Mienten, roban, estafan, engañan. Esto es algo que está sucediendo con mayor frecuencia en nuestro país, la pobreza parece justificar la participación de muchos en actividades ilegales y hasta delincuenciales. O, consideremos a aquellos que estando enfermos no encuentran ni en la medicina, ni en la oración, alivio para sus males. Algunos, desesperados por la enfermedad y los temores que la acompañan, de plano buscan la salud en las prácticas de hechiceros y brujos. Lo hacen porque están convencidos de que lo más importante es la salud; pues, dicen, teniendo salud uno puede enfrentar lo que sea. Otro ejemplo de algo que sucede con desafortunada frecuencia, es el de mujeres cristianas que, atemorizadas por la soledad de la vejez, se comprometen en relaciones con hombres que no son miembros del cuerpo de Cristo, la Iglesia. Así, se unen en yugo desigual con los impíos, con lo que complican su vida y la de sus hijos, todo porque enfrentaron afanosamente el problema de la soledad.

Cuando nuestro Señor Jesús nos llama a buscar primeramente el reino de Dios, es decir, a hacer lo que es justo delante de Dios, destaca la importancia que nuestra fidelidad a Dios tiene por sobre cualquier otra cosa en la vida. Parecerá una exageración, pero es mejor permanecer fiel aún a costa de nuestra salud física, o permanecer firme en nuestro propósito de santidad y servicio, aún a costa de nuestra soledad y tristeza. Cuando buscamos el reino de Dios sintonizamos el todo de nuestra vida con la voluntad del Señor. Como las águilas, sólo extendemos nuestras alas para que sea el viento del Espíritu Santo el que nos guíe a toda verdad y a toda justicia. Es decir, quien está dispuesto a sacrificar lo inmediato en aras de lo eterno obtendrá, siempre, la gracia redentora de su Señor y Salvador.

Día a día enfrentamos la dura realidad de la vida. A veces, nuestra enfermedad es superada con la salud, nuestra pobreza con la abundancia y nuestra soledad con el don de la alegría compartida. Otras veces, la enfermedad, la pobreza y la soledad permanecen. Cosa difícil esta, es cierto. Pero, la fe nos hace saber y la experiencia en Cristo nos permite recordar que en todas las cosas somos más que vencedores. Que dado que en nuestra debilidad se manifiesta el poder de Dios, podemos estar seguros que nuestro destino es la victoria. Y que, mientras estamos luchando, atrapados en los valles oscuros de la vida, la vara y el cayado de nuestro Dios no dejan de traernos aliento. Vivimos en esperanza, sí, pero también vivimos en la comunión y la gracia fieles de nuestro Padre. Por ello es que podemos enfrentar en la paz de Cristo las circunstancias que vivimos. Por ello es que podemos permanecer confiados en medio de las dificultades. Es que el amor lleva a nuestro buen Padre Dios a guardar en completa paz a aquel cuyo pensamiento en persevera en él;  porque en él ha confiado. Isaías 26.3