Libertad a los Cautivos

Publicado 5 septiembre, 2010 por Pastor Adoniram Gaxiola
Categorías: Agentes de Cambio, Espiritualidad

Tags:

Gálatas 5.1-15

En la Biblia, el de la libertad es un eje rector. Se parte del principio de que el ser humano es libre en razón de su dignidad e identidad. Dios, el Señor de señores, renuncia de entrada a ejercer un dominio o control sobre los hombres y mujeres creados por él y les otorga la condición de seres volutivos y, por lo tanto, libres en el ejercicio de decidir lo que corresponda a sus intereses y propósitos personales.

La Biblia también enseña que el ejercicio de la libertad presupone la conservación del vínculo relacional entre Dios y el hombre. Sólo en la medida que el ser humano se mantiene en comunión con su Creador es que puede conservar el equilibrio interior que le permite mantener su independencia ante los estímulos internos y externos que atentan contra su condición de libre.

Por ello es que la consecuencia inmediata del pecado es, precisamente, la pérdida de la condición de libre del ser humano. Por el pecado se pasa de un estado de libertad a uno de esclavitud. Primero, de una esclavitud interior, la esclavitud de uno mismo. Las emociones son una de las cualidades del ser humano. Como alteradoras de los sentimientos y pensamientos de las personas, conllevan el poder de alterar controlando a la persona. El hombre en comunión con Dios mantiene el gobierno interior que le permite negociar sus emociones y sentimientos. La ausencia de la comunión con Dios coloca a la persona bajo el poder de sus emociones y sentimientos. Aunque su razón sabe, su pasión domina.

Quien es esclavo de sus propias pasiones, resulta sumamente vulnerable e incapaz ante los estímulos exteriores. Principalmente de aquellos que resultan de las relaciones más significativas en su vida. La persona en tal condición resulta incapaz de mantener su autonomía intelectual y emocional ante las conductas disfuncionales de los otros. Al mismo tiempo, resulta incapaz de romper adecuada y oportunamente con los modelos de relación que le atan. En consecuencia, la persona se encuentra esclava de tales modelos relacionales.

Ser esclavo de las pasiones desordenadas, así como de modelos relacionales disfuncionales es causa y efecto de una religiosidad deformada. Aquí entendemos religión como el volver a estar ligado a Dios, en comunión con él. En nuestro pasaje se hace evidente que los hermanos de Galacia se relacionaban de manera equivocada con Dios. Pretendían, en una total regresión, que su comunión con Dios dependía de que cumplieran algunos aspectos de la Ley Mosaica. Al pensar así renunciaban a la libertad adquirida en Cristo y volvían a una condición de esclavitud espiritual. Se ataban de nueva cuenta a ordenanzas, prejuicios y manipulaciones que aunque tenían algún tipo de beneficios parciales, ni garantizaban una relación armónica con Dios, ni traían equilibrio a sus vidas. Su religión afectaba aún más sus conflictos internos y el cómo de sus relaciones, haciéndolos todavía más esclavos de sus pensamientos, emociones y sentimientos.

Como podemos ver, estamos ante una circunstancia que afecta de manera integral, total, a las personas. Tiene que ver con su relación consigo mismas, con aquellos a los que aman y con Dios mismo. En todas estas áreas permanece cautivos y, por lo tanto, incapaces de vivir la libertad con que fueron creados y que les ha sido restaurada por el sacrificio de Cristo.

Cuando nuestro Señor Jesucristo hizo su declaración de Misión, dijo que había venido para publicar libertad a los cautivos y a los prisioneros libertad de cárcel. Isa 61.1 Cabe la pena destacar el término usado por nuestro Señor: cautivos. Estos son quienes están aprisionados en la guerra. Es decir, quienes han perdido todas las batallas que pelearon tratando de vencer sus pasiones, sus codependencias, sus conflictos con Dios. Más interesante aun resulta el saber que la forma antigua del término es cativo, que significa infeliz y desgraciado.

Creo que podemos comprender bien esto. Quien vive una constante de desequilibrio interior entre sus pensamientos, emociones y sentimientos. Quien, además de tener que enfrentar sus temores, resentimientos y frustraciones personales, tiene que permanecer -por las razones que sea-, atado a modelos relacionales disfuncionales. Y quien, además, encuentra que su relación con Dios se vuelve en una carga, en una constante de frustración y confusión. Quien vive así, vive cautivo. No sólo aprisionado, sino con altas dosis de infelicidad y desgracia.

La buena noticia es que somos llamados a ser libres. Y no solo llamados, sino que, en Cristo, somos libres y más que vencedores. Esto es mucho más que una declaración optimista o un lugar común. Es el resultado inmediato de la salvación que hemos recibido por medio de Cristo. La razón es sencilla, el estado de esclavitud evidencia el dominio del diablo sobre nuestra vida. La anomia (la ausencia de ley), propia del pecado es provocada y aprovechada por Satanás para despojarnos de todo lo que Dios nos ha dado. La esclavitud es el estado donde el individuo es despojado de todo y condenado a una condición de constante degradación. De nada de lo que hace recibe beneficio alguno, por el contrario, mientras más hace y produce, menos tiene.

¿Cuántos de nosotros podemos identificar en nuestra vida tales circunstancias? ¿Cuántos hacemos, nos esforzamos, sacrificamos y, al final, nada bueno tenemos. Pues de todo ello vino a salvarnos nuestro Señor Jesucristo. Él vino a destruir las obras del diablo, (quien sólo ha venido para hurtar y matar y destruir), y para darnos vida abundante. Jn 10.10 Así es, Jesucristo, nuestro Señor, ha venido para traernos descanso y para que en él encontremos el equilibrio perdido de nuestra vida. El Apóstol Pablo sintetiza bien la obra salvadora de nuestro Señor cuando asegura que Dios no nos ha dado un espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio.

Al ser liberados de nuestro cautiverio y ser llamados a permanecer cotidianamente en la libertad recibida, nos encontramos con que podemos hacerlo (porque hemos recibido el poder para ello), podemos amarnos a nosotros mismos, a nuestros semejantes y, desde luego a Dios (porque hemos recibido el poder para ello), y que podemos recuperar el gobierno interior que nos permite mantener el equilibrio interior que nos lleva a una correcta relación con el Señor, con nuestros semejantes y con nosotros mismos.

El creyente ha dejado de ser cautivo para ser, de nuevo, el hombre y la mujer creados en libertad por nuestro Dios. Respondamos, pues, con entusiasmo, gozo y compromiso al llamado que hemos recibido, el llamado a la libertad gloriosa de nuestro Señor Jesucristo.

Vamos Adelante a la Perfección

Publicado 30 agosto, 2010 por Pastor Adoniram Gaxiola
Categorías: Agentes de Cambio, Compromiso, Discipulado, Iglesia, Servicio Cristiano, Testimonio, Vida Cristiana

Tags: , ,

Hebreos 5.11-6.9b

Nuestro pasaje resulta, de inicio, difícil de ser abordado. Se aproxima peyorativamente a los lectores, los califica de inmaduros e incapaces para comprender las cosas más profundas de la fe cristiana. Sin embargo, más allá de la forma que evidencia la frustración típica de un pastor, lo importante es el llamado implícito y explícito a ir adelante, a la perfección. Destaca la necesidad de que los creyentes pasen de los rudimentos (los primeros y más sencillos principios de una ciencia, literatura o doctrina religiosa),  y se ocupen de la perfección, es decir de madurar para tener el conocimiento completo, mismo que les permita vivir y servir conforme al llamado que han recibido. El autor no menosprecia lo rudimentario, pero asume que no es suficiente para cumplir con el encargo de ser colaboradores de Dios en la tarea de la redención humana. 1Co 3.9

Resulta interesante el que, en este contexto de la tensión entre rudimentos y perfección, el autor sagrado se refiera al peligro de la apostasía. Relaciona la falta de crecimiento con el mantenerse aparte. ¿Aparte de qué? En primer lugar, del quehacer divino. El creyente que no hace la obra de Dios, se aparta de Dios. No solo en el sentido de que mantenerse ajeno a lo que el Señor está haciendo, sino que toma distancia, deja de estar en comunión con Dios mismo. Así que, la falta de crecimiento es causa y efecto del alejarse de Dios y, por lo tanto, de dejar de participar en lo que él está realizando cotidianamente.

Hay un primer estadio en la experiencia de los creyentes que dejan de crecer en las cuestiones de la fe. Su aproximación a Dios y a su Iglesia se caracteriza por un sentido utilitarista. Es decir, la relación con el Señor y la Iglesia está determinada por el provecho, la conveniencia, el interés o el fruto que se saca de algo. Así que, como Dios no es una máquina tragamonedas, que responde mecánicamente a los estímulos interesados de las personas, estas pronto dejan de encontrar redituable su servicio. Por lo tanto, terminan alejándose de Dios, perdiendo paulatinamente el interés y el sentido de compromiso en su vida cristiana.

Esto que se da inicialmente en el ámbito privado, puede darse en el todo congregacional. La Iglesia tiene una tarea y un papel determinantes en el establecimiento del Reino de Dios en el mundo. No sólo da testimonio de la realidad y presencia de Cristo entre los hombres, sino que sirve como un instrumento en la tarea evangelizadora y redentora que el mismo Señor hace al través y por medio de ella. Cuando las expresiones locales de la Iglesia, las congregaciones o iglesias locales, dejan de crecer y se mantienen en el nivel de lo rudimentario, pierden la razón de su ser y, aunque sigan realizando tareas rituales, se alejan más y más de Cristo; es decir, apostatan.

Siendo este un tema difícil, podemos observar en el estudio del contexto de nuestro pasaje, que si bien el autor escribe motivado por su frustración pastoral, no es esta la razón de su exhortación. Heb 6.9 Más bien, anima a los creyentes para que vayan adelante a la perfección. En pleno Siglo XXI, los creyentes contemporáneos debemos, y podemos hacer nuestra tal exhortación. En primer, porque Dios, que no es injusto, toma en cuenta todo aquello que hacemos para su gloria. Además, porque tenemos el ejemplo de otros a quienes podemos imitar y, como ellos, heredar por la fe y la paciencia las promesas que hemos recibido. Vs 12

Fe, se refiere al conocimiento de la doctrina de Cristo, la enseñanza de Cristo. Mt 28.20 El creyente debe crecer en la lectura, el estudio, la comprensión y la aplicación a su vida diaria toda, los principios del Reino de Dios contenidos en la Biblia. Pero, conocimiento-fe sin longanimidad (paciencia), ni es suficiente, ni es relevante. No alcanza y no impacta. Por ello, es que somos llamados a imitar a quienes han mantenido grandeza y constancia de ánimo en las adversidades.

Si las necesidades lacerantes de la sociedad a la cual somos llamados a dar testimonio de Cristo y a servir en nombre de él, marcan nuestra agenda de trabajo como cristianos y como Iglesia, tenemos que dejar los rudimentos y avanzar adelante a la perfección. Debemos buscar la sabiduría divina, misma que nos hará saber y comprender lo que debemos hacer en lo general y en las circunstancias particulares que enfrentamos en el día a día. Pero, también, debemos empeñarnos en el propósito de perseverar y ser constantes de ánimo para así ser hallados fieles administradores de la gracia que hemos recibido. A ello les invito, a ello les exhorto.

La Fe y Nuestras Zonas de Confort

Publicado 24 agosto, 2010 por Pastor Adoniram Gaxiola
Categorías: Fe, Vida Cristiana

Tags: , , , ,

Se dice que uno de los valores más apreciados por los seres humanos es el de la estabilidad. Valoramos el poder mantenernos ajenos al peligro de cambiar, preferimos permanecer en el mismo lugar o circunstancia antes que enfrentar los riesgos aparejados a los cambios. Más vale viejo por conocido, que bueno por conocer, aprendimos desde muy pequeños. Y, es cierto, nos sentimos más a gusto en los territorios y en las circunstancias que conocemos… hasta que las mismas resultan tan costosas que permanecer en ellas representa cada vez más sufrimiento, frustración y resentimiento.

Especialmente en lo que se refiere a las relaciones humanas, casi todos anhelamos el que las mismas sean lo más cómodas y placenteras posible. Sobre todo, cuando se trata de relaciones que son de gran importancia para nosotros en lo sentimental, lo emocional y aún en los laboral, aprendemos que es mejor conservar lo que se tiene aún a costa del precio que mantenernos en ellas representa. Ello explica, por ejemplo que haya parejas que en la práctica están separadas e insisten en vivir creyendo que permanecen unidas. O que en los ambientes laborales aparentemos que no pasa nada, cuando la verdad es que la relación con nuestros compañeros lejos está de ser, ya no digamos placentera, sino llevadera al menos.

En alguna medida, todos apreciamos la que los estudiosos de la conducta humana han llamado nuestra zona de confort. Raúl Hernández González cita la siguiente descripción respecto de la zona de confort: Esta es definida como el conjunto de creencias y acciones a las que estamos acostumbrados, y que nos resultan cómodas. Aquello que está dentro de nuestra zona de confort lo podemos hacer muchas veces sin mayor problema y no nos produce una reacción emocional especial; en cambio, lo que está fuera de nuestra zona de confort nos incomoda, nos produce un cierto rechazo, nos provoca ansiedad o nerviosismo, nos da palo.

Gráficamente la zona de confort puede ser representada como un vado. Es decir, como una especie de cuneta o depresión del piso, misma que permite ir de un lado al otro sin tener que salir de ella. Nosotros haríamos las veces de una pelota que se desliza hacia atrás y hacia adelante, pero siempre teniendo el cuidado de no salirnos de ella. Aprendemos a llegar al límite, pero siempre nos aseguramos que permaneceremos dentro de la realidad que conocemos. Como la mujer que le pone las peras a catorce al marido desobligado, lo amenaza con que lo abandonará si no cambia, pero siempre encuentra justificación para darle una segunda oportunidad. O el empleado cansado de los malos tratos del jefe, o del mal ambiente de la oficina, que se pone fechas para dejar ese trabajo, pero siempre encontrará una razón para permanecer en el mismo un poco más.

Lo curioso, y trágico al mismo tiempo, es que en la mayoría de los casos sabemos, o cuando menos intuimos, que ni debemos permanecer en tal condición, ni está bien que nos mantengamos haciendo lo mismo. Hay un testimonio interior, al que conocemos como la voz de la conciencia, que nos recuerda que ni ese es nuestro lugar, ni esa la vida que hemos sido llamados a vivir. Esa voz de la conciencia nos recuerda que vivir en ansiedad, desperdiciando la vida y llenándonos de amargura no es, de ninguna manera, la voluntad de Dios para nosotros. Pues, como asegura el Profeta Jeremías, los planes que Dios tiene para nosotros son planes de bienestar y no de calamidad, como traduce la Nueva Versión Internacional de la Biblia.

¿Qué es lo que explica, entonces, que nos resulte tan difícil abandonar nuestra zona de confort y tomar las decisiones apropiadas y hacer lo que conviene? Permítanme proponerles que son tres las causas de nuestra resistencia al cambio benéfico:

La Confusión. Esta consiste en un estado de desorden de las cosas o los ánimos. Es decir, la persona se equivoca en cuestiones fundamentales, aprende a creer que lo que siente es más importante que lo que sabe. Así, le confiere a sus sentimientos y emociones un papel determinante para la toma de sus decisiones. La Biblia nos enseña, sin embargo, que el cambio en nuestra vida empieza cuando cambiamos nuestra manera de pensar. Cuando pensamos a la luz, debo insistir en esto, a la luz de la Palabra de Dios, de lo que Dios nos ha dicho. Quienes permanecen en situaciones indignas han aprendido a pensar que no valen, que no merecen y que, por lo tanto, deben soportar lo que están viviendo. Dios nos dice otra cosa, él nos ha hecho personas dignas, valiosas y merecedoras del respeto y de una vida plena. Para ello es que envió a su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, para buscar y salvar lo que se había perdido; para destruir las obras del diablo y llevarnos a una vida plena… aquí en la tierra.

La Ignorancia. Muchas veces permanecemos en nuestra zona de confort porque no sabemos cómo salir de ella. Hemos vivido tanto tiempo haciendo y padeciendo lo mismo. A veces cambiamos: de personas, de lugares, de circunstancias, para descubrir que seguimos en lo mismo. ¿Cómo saber lo que debemos hacer? ¿Cómo hacer lo que sabemos debemos hacer? Cosa difícil esta, cierto; pero menos difícil cuando creemos lo que Dios nos dice en su palabra. Otra vez, el Profeta Jeremías viene en nuestra ayuda, nos recuerda el llamado de Dios: Clama a mí, y yo te responderé, y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces. Dios no solamente es sabio, es la Sabiduría misma. Y, Dios no juega a las escondidillas. Siempre que lo buscamos, lo encontramos. Siempre que clamamos a él, él nos responde. Así que cuando no sabemos, él sí sabe. Cuando dudamos, él tiene la respuesta segura.

El Temor. Temor es la pasión del ánimo, que hace huir o rehusar aquello que se considera arriesgado o peligroso… es el recelo de un daño futuro, dice la Real Academia de la Lengua. Es resultado del hecho de que nosotros no podemos ver el futuro desde nuestro presente. No sabemos qué nos espera del otro lado de la curva. Es comprensible, por lo tanto, que prefiramos mantenernos donde estamos; al fin y al cabo, aquí ya sabemos qué y cómo hacer. La verdad es que nunca sabremos lo que está al otro lado de la curva, hasta que demos vuelta. Así que la razón de nuestra confianza no puede descansar en lo que sabemos, sino con quién estamos. Nuestro Señor Jesucristo prometió que él estaría con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Eso significa que está con nosotros de este lado, y al otro lado, de las curvas de la vida. Él está donde nosotros todavía no hemos llegado. EL Profeta Isaías nos recuerda que el Señor ha prometido: Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; cuando camines por el fuego, no te quemarás ni te abrasarán las llamas.

Lo que aquí quiero decirte es que no tienes que permanecer en la circunstancia que, ni es propia de ti, ni te está haciendo bien. Puedes, y si me dejas ir un poquito más allá, debes salir de ella. Tomar las decisiones adecuadas y oportunas; hacer lo que conviene en el momento preciso, es lo único que alimentará tu estima propia. Porque solo cuando asumes la responsabilidad de tu propia dignidad y pagas el precio de ser tú mismo, tú misma, puedes recuperar el equilibrio de tu vida. La buena noticia es que puedes, podemos hacerlo. La razón es sencilla, contamos con la comprensión, la disposición y la ayuda de nuestro Señor Jesucristo, mismo que dijo: Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso. Corre el riesgo, sal de tu zona de confort y vive la vida abundan que nuestro Señor Jesucristo ha hecho posible para ti.