Eso de Celebrar el 14 de Febrero

Publicado 14 febrero, 2011 por Pastor Adoniram Gaxiola
Categorías: Familia, Parejas, Relaciones Humanas

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Eso de celebrar el 14 de febrero como el día del amor y la amistad tiene sus bemoles. Para algunos, no pasa de ser un mero artilugio comercial que sólo tiene como propósito el beneficiar a los comerciantes. Entre la comunidad cristiana, no falta quien asegura que, como tantas otras celebraciones, la de San Valentín tiene un origen pagano y alertan sobre los riesgos de participar en tal tipo de celebraciones. Lo cierto es que pocos pueden sustraerse del atractivo de ocuparse de manera extraordinaria de un asunto que interesa a todos, la cuestión del amor y, sobre todo, del amor de la pareja.

Aun entre quienes lo celebran, el Día del Amor y la Amistad resulta en un problema para la mayoría de las parejas, ya se trate de jóvenes, adultos o viejos. Para quienes viven relaciones amorosas satisfactorias y emocionantes, el problema es, de hecho un feliz problema que consiste en encontrar la manera de manifestarle al ser amado que se le ama como nadie más puede, o podrá hacerlo. Generalmente, quienes celebran a su ser amado terminan descubriendo que lo que hace trascendente tal celebración es la convicción de que su relación es única, trascendente y plenamente satisfactoria. Así, lo que hayan podido hacer fue suficiente, para ellos y para los que aman. Pues, al fin y al cabo, sólo abundaron en la expresión de sus sentimientos y del disfrute de su relación.

Para quienes, por el contrario, participan de relaciones afectivas poco satisfactorias y desgastantes, el problema consiste en cómo hacer para sobrevivir el 14 de febrero sin comprometerse más en una relación que no les anima, pero sin provocar, al mismo tiempo, mayores daños a la misma. Porque, ¿cómo celebrar con gozo una fecha que tan poco gozo anima? Y, es que, resulta muy difícil celebrar en febrero el amor que no se ha celebrado en enero. O, más aun, prometer un día catorce aquello que difícilmente se está dispuesto a cumplir el día quince y los que le siguen.

En fin, el pomposamente llamado Día del Amor y la Amistad, viene a poner sobre la mesa lo complejo de las relaciones afectivas. Sus costos, sus logros, sus tragedias, sus expectativas. Pero, sobre todo, la profunda necesidad que los seres humanos tenemos de amar y de ser amados. No sólo de amar a aquellos a quienes nos unen lazos de sangre y de ser amados por nuestra familia. Hay una necesidad intrínseca a nuestra condición de seres humanos: la de ser amados por quienes no están obligados por razones de parentesco a hacerlo. Es esta una necesidad que trasciende los estadios de nuestra vida, la experimentamos muy pronto en la adolescencia, y seguimos viviéndola en nuestra edad adulta. Ciertamente, en la vejez seguimos disfrutando el amar y el ser amados, y, cuando la persona a quien hemos amado y nos ha amado nos ha dejado solos, seguimos suspirando y anhelando, a veces contra toda esperanza, que ella pudiera estar de nueva cuenta con nosotros.

A veces hay quienes se sienten mal consigo mismos cuando se reconocen necesitados de tener a quién amar y por quién ser amados. Desgraciadamente, en no pocos casos, se trata de personas que hay sido abusadas, engañadas o, de plano, ignoradas por otros. Aun cuando se les ha obligado a la soledad y han llegado a aceptarla como la porción que les corresponde en la vida, muy dentro suyo siguen anhelando que las cosas cambien y así puedan tener la oportunidad de cambiar la suerte que la vida –y otros- les ha deparado.

Lo cierto es que no hay nada de malo en sentir tal necesidad. Ni siquiera aquellos que se hacen a sí mismos eunucos por causa del reino, o por causa de aquellos de sus familiares a quienes dedican sus vidas renunciando al amor, dejan de experimentar tal necesidad. Simple y dolorosamente ofrecen su necesidad como una ofrenda grata a Dios y a quien sirven. Pero no lo hacen sin dolor, ni sin renunciar del todo a soñar, desear y esperar que de alguna manera se cubra tal necesidad.

Recuerdo haber preguntado a un grupo de hombres adultos, cincuentones casi todos, cuál era su más grande temor. Me sorprendió su respuesta: que mi mujer se muera. Algunos, me pareció, expresaron su temor con sus ojos rasados de lágrimas. Porque todavía no se moría la mujer a la que amaban y quien les amaba y ya les hacía falta tan especial amor. Cuando los escuché y fui testigo de sus emociones supe que no estaba yo solo, y que al extrañar a mi mujer aun cuando está conmigo, sólo estoy disfrutando del privilegio del amor y del costos que el mismo implica.

Estoy hablando de esto porque me duele, preocupa y aun aterra el menor aprecio que muchos que han sido bendecidos con el amor y con la oportunidad de amar a su cónyuge, muestran en su día a día. Parecen ignorar la importancia de la oportunidad recibida. El privilegio que Dios les ha dado. El valor del don por el que tienen que rendir cuentas. A veces, cuando veo a hombres que maltratan a las mujeres que los aman; o a mujeres que menosprecian al hombre que las ama, me pregunto qué será de ellos y ellas cuando enfrenten la soledad, la ausencia y aun el abandono de aquellos a quienes Dios escogió para que les acompañaran por la vida.

Porque, sí, hay algo místico, misterioso, en la formación de las parejas. Estoy firmemente convencido de que, en principio, el amor que las une está animado por mismo Espíritu de Dios. Los judíos creen que en cada nuevo matrimonio, Dios se da a sí mismo la oportunidad de cumplir el propósito de amor, unidad y éxito que fracasara por la desobediencia de Adán y Eva. Dios anima el amor en las parejas porque él ha descubierto que no es bueno que el hombre –ni la mujer- estén solos. Así que, quienes han, hemos, tenido el privilegio de contar con la compañía del ser amado, somos llamados a valorar, cultivar y cuidar el don recibido.

Todos necesitamos compañía, en especial de la compañía de aquellos a quienes hemos elegido amar y nos han elegido como sus amantes y compañeros de camino. En la juventud y en la edad adulta necesitamos de tales compañeros. Cuando la vida empieza, cuando empezamos a ser nosotros mismos y a caminar el camino de nuestra adultez, el amor del ser amado nos anima, empodera y da el valor para enfrentar los retos a los que la vida nos enfrenta. No sabemos a dónde vamos ni qué hemos de encontrar, pero en nuestra ignorancia el amor de la esposa, o del esposo, se convierte en suficiente razón para seguir adelante y para saber que, con la ayuda de Dios, podremos lograr lo que nos proponemos y llegar hasta donde nuestros ojos han visto. No sabemos qué, pero estamos seguros de y con quién está a nuestro lado.

En la vejez, la vida prácticamente ya no tiene secretos para nosotros. Llegamos hasta donde podíamos llegar, alcanzamos lo que estuvo dentro de nuestras posibilidades, perdidos mucho de lo que tuvimos y que nos hace falta. Pero, en el recuento de la vida, con sus logros y sus fracasos, con sus haberes y sus adeudos, la presencia del ser amado es suficiente razón para asumir que, después de todo, valió la pena vivir la vida. Que el amor, la fidelidad y la paciencia que nuestra esposa, esposo, nos han dispensado, es testimonio de que también nosotros supimos amar y reconocer en nuestra pareja la gracia divina que nos ha privilegiado.

Y es que de eso se trata. De reconocer en la persona a la que amamos y que nos ama, una gracia especial, excepcional, con la que Dios nos ha privilegiado. Nací, crecí y me he hecho viejo a la sombra del amor que mis padres se profesan. Con su cerebro preso de la enfermedad del Alzheimer, mi Padre ha podido mantener libre del poder de la demencia, su amor por Gloria su mujer y su gloria. Y es este apenas uno de los muchos testimonios que la vida nos ofrece respecto del poder del amor por sobre nuestras miserias y limitaciones. Así que termino esta rara reflexión, animando a quienes hemos sido bendecidos con el amor y la oportunidad de amar a alguien; a quien todavía tienen a su lado a la persona a quien prometieron amar y a quien le pidieron les amara, a que honremos nuestra promesa, y a que, apreciando el valor y la importancia que tienen en nuestra vida, nos propongamos honrarlos y amarlos hasta lo último. Así, si alguna vez hemos de quedarnos solos, su amor seguirá anidado en nuestros corazones y, junto con el amor de Dios, seguirá animando nuestras vidas.

La Administración del Matrimonio

Publicado 12 febrero, 2011 por Pastor Adoniram Gaxiola
Categorías: Agentes de Cambio, Amor cristiano, Familia, Matrimonio

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Uno de los dones recibidos más significativos que somos llamados a bien administrar es el del matrimonio. El libro de Proverbios establece que si casa y riquezas son herencia de los padres, del Señor es de quien se recibe la esposa [¿el esposo?] inteligente. Prov 19.14. Cuando hablamos de la administración del matrimonio entendemos esta como el acto de ordenar, disponer, organizar el bien en que el matrimonio resulta. Como podemos ver, se trata de una tarea que requiere de una disposición consciente, de la que nos damos cuenta. No se puede administrar correctamente el matrimonio si no se tiene conciencia del mismo. Es decir, si no se reconoce la realidad matrimonial como una que compromete y afecta el todo de la vida; si no se procura entender las razones de la circunstancia matrimonial que se vive en el presente; y, si no se tiene conciencia de, y se asume la, responsabilidad personal respecto de la suerte que el matrimonio vive. La mala administración del matrimonio produce, irremediablemente, dolor para los esposos y para el resto de la familia. Limita las posibilidades de crecimiento integral de los miembros de la familia toda y acaba por volver el amor en odio (cuando menos en resentimiento), y la convivencia en una constante de insatisfacción y frustración compartida. Son tres, a mi parecer, los principales elementos que caracterizan a una mala administración matrimonial: el desinterés, la lucha por el poder y la convivencia paralela.

El desinterés. Este no consiste sólo en la falta de la inclinación del ánimo hacia el cónyuge y la relación matrimonial. Es también el desapego respecto del otro y de lo que este representa. Quien se desapega del otro no sólo se aleja, sino que también corre el riesgo de desviarse respecto del compromiso y la fidelidad conyugal debida. Las razones que explican el desinterés son muchas y complejas, pero cabe destacar que la falta de compromiso con uno mismo y con el otro puede ser considerada como la principal causa del desapego matrimonial.

Por diferentes razones, reales o supuestas, se puede renunciar de facto a la obligación contraída en el matrimonio. Se deja de considerar al cónyuge como parte integradora de uno mismo y se le ve, simplemente, como el otro. El sentido de unidad se deteriora y da lugar a un principio de competencia en el que, mientras que el interés en y por el otro disminuye, se incrementa el interés por uno mismo. Así, la relación matrimonial se convierte en una lucha por perder lo menos y ganar lo más, aún cuando ello se logre a expensas del esposo o de la esposa.

La lucha por el poder. La formación, o construcción, de la pareja pasa por la lucha por el poder. Toda pareja debe decidir sobre quién y qué decisiones cotidianas y trascendentes han de tomarse: dinero, sexualidad, educación de los hijos, etc. A menor madurez de la pareja, o de alguno de sus integrantes, la lucha por el poder se extiende en el tiempo y adquiere tintes más sombríos. Un acercamiento inmaduro a la cuestión del poder en la pareja termina por separar a los miembros de la misma. Pero, no solo los separa, sino que los lleva a establecer alianzas con sus hijos, propiciando así la total división de la familia.

La lucha por el poder se traduce en persecución y en la necesidad de acotar al cónyuge. A su vez, esta persecución se manifiesta ya de manera abierta y grosera, o de manera sutil y pasiva. Ambas formas son violencia. Puestos a escoger, quizá la violencia pasiva sea la más destructiva. Destruye a quien la ejerce y a su destinatario, en ese orden. General  y paradójicamente, la violencia pasiva es propia de la parte débil de la pareja. De quien se asume el perdedor mayor de la relación matrimonial. Como en el caso de Isaac, cuya pasividad fue en aumento al grado de propiciar un incremento en el maltrato departe de Rebeca su esposa. —No es que una forma de violencia sea mejor que la otra. Pero al igual que el torero ante un toro que bufa y embiste sabe cuándo, cómo y qué decisiones tomar; pero, ante un toro que bufa y rasca la tierra, pero sin embestir, el mismo torero no sabe cuándo, ni cómo ni qué decisiones tomar; así en el matrimonio.—  De cualquier forma, como en el caso de Isaac y Rebeca, los matrimonios que en su lucha por el poder no miden las consecuencias de sus actitudes y acciones, terminan por lastimar irreversiblemente a sus hijos.

La convivencia paralela. Esta es la máxima expresión del fracaso de la relación matrimonial. Muchas parejas, por diversas razones, arrastran su miseria hasta el fin de sus vidas. Permanecen juntos, sí, pero no unidos. Como en el caso de las líneas paralelas, se mantienen equidistantes entre sí y que por más que se prolongue su relación no pueden encontrarse. Este tipo de relación es consecuencia de la incapacidad o indisposición para comprometerse con el cónyuge y con su proyecto de vida. Se le asume extraño a sí mismo, aunque no se pueden ignorar los frágiles, pero poderosos, lazos que les unen: hijos, intereses económicos, presión religioso/social/familiar, temores, etc.

La convivencia paralela tiene la capacidad para fortalecer la resiliencia emocional. Es decir, la capacidad de asumir con flexibilidad situaciones límite y sobreponerse a ellas. Mientras menos parte del otro, mientras menos se involucra emocionalmente la persona con el otro, más puede asumir flexiblemente y sobreponerse a las circunstancias negativas y dolorosas de la relación. Pero, la resiliencia emocional también fortalece la convivencia paralela. A mayor capacidad para aguantar al otro, menor necesidad de, y menor compromiso de cambio. Tal el caso de la relación matrimonial de Jacob con sus esposas Lea y Raquel, quienes simplemente aprendieron a administrar una forma de relación que a nadie satisfacía y que se fortalecía en la medida que más abundaban en ella.

¿Cuáles son las alternativas para una correcta administración de nuestra relación matrimonial?

De la historia de Abel y Caín aprendemos dos cuestiones importantes. La primera es que las relaciones familiares establecen obligaciones irrenunciables de las que tenemos que dar cuenta. A Caín, Dios le pide cuentas respecto de Abel. Esto es lo primero, no podemos permanecer indiferentes a la suerte de los nuestros pues tenemos que dar cuenta de ellos. La segunda cosa, es la confesión de parte de Caín, implícita en su reclamo: ¿Acaso soy yo el que debe cuidar a mi hermano? A tal pregunta retórica, sólo queda el reclamo divino: la sangre de tu hermano reclama justicia. Génesis 4.9,10. Dios nos ha dado esposa, esposo, hijos, hermanos, padres, etc., también para que cuidemos de ellos. Por lo tanto, no hay lugar para el desinterés, ni para el distanciamiento emocional respecto de ellos. Las obligaciones familiares no desaparecen ni siquiera con la muerte.

El principio bíblico para el orden matrimonial consiste en el sometimiento mutuo. Efesios 5.21ss. Se trata de que permitamos que el otro decida y aun mande en aquello que contribuye al bien de la pareja y de la familia toda. La humillación colateral es una ofrenda que nace del amor al otro, sí, pero también del amor a uno mismo. De ahí la necesidad y conveniencia de que las parejas establezcan los roles y los espacios de autoridad de cada quien. Procurando que los mismos contribuyan al bien de ambos (y de la familia), así como estando alertas para cambiarlos y redimensionarlos según lo requieran las circunstancias conyugales y familiares.

Sólo se administra con interés, buena disposición y aun sacrificialmente aquello que se asume propio y parte de uno mismo. El principio bíblico para la relación matrimonial es que dos se convierten en una sola carne, en una sola persona. Efesios 5.31. Frecuentemente, el principal obstáculo que impide el que queramos ser uno con el otro es, precisamente, el otro. Sus actitudes, sus formas, sus conductas, su ser canijo, etc., estorban y aun parecen impedir, de plano, el que nos asumamos uno con él o ella. Pero, dado que las relaciones no terminan, sino solo se modifican, conviene que nos propongamos vencer con el bien el mal. Que tomemos la decisión, y nos comprometamos con ella, de que si nuestra relación matrimonial terminara en bancarrota no sería por causas atribuibles principalmente a nosotros. Así, nos esforzaremos y trabajaremos para seguir amando a nuestro cónyuge y procurando que, lejos de fortalecer una convivencia paralela, habremos de estar más y más unidos para nuestro propio beneficio, para el de nuestra familia y para que Dios sea glorificado en el cómo de nuestra relación matrimonial.

Los matrimonios mal administrados genera grandes pérdidas para todos: para la pareja, para la familia y para la iglesia. Un matrimonio en bancarrota no tiene mucho qué dar a nadie. Pero un matrimonio bien administrado, un matrimonio que vive la realidad matrimonial a los pies y a la luz de Cristo, es un matrimonio lleno, rico y enriquecedor. Un matrimonio satisfecho que produce satisfacción y fruto abundante en todos. Seamos, porque podemos serlo, este tipo de matrimonios: matrimonios bien administrados. 1 Corintios 4.2; 1 Pedro 4.10.

Amarnos a nosotros mismos

Publicado 7 febrero, 2011 por Pastor Adoniram Gaxiola
Categorías: Amor cristiano, Autoestima, Emociones, Parejas, Relaciones, Soledad, Sufrimiento

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Hace algún tiempo, platicaba con un amigo. Este no dejada de quejarse de, y aún de maldecir a, su esposa, su propia madre, sus socios, etc. De pronto, a bocajarro le pregunté: Fulano, ¿te amas? Fue como si lo hubiera golpeado. Su rostro, antes lleno de ira y de prepotencia, pareció convertirse en el de un niño asustado y angustiado. Con voz baja me respondió: no hay nada en mí que yo pueda amar.

Amarnos a nosotros mismos resulta, en la mayoría de los casos, tarea difícil. Hemos aprendido a no amarnos; a pensar de nosotros mismos en términos peyorativos, con menosprecio; siempre sintiendo que nuestra tarea es apreciar lo mejor de los demás al mismo tiempo que enfatizamos nuestras propias limitaciones. Repito, hemos aprendido a no amarnos. No es que no nos amemos de inicio, sino que aprendemos que hacerlo es algo que no está bien, que no nos toca a nosotros hacerlo sino a los demás. Con frecuencia pregunto a los niños pequeños si están bonitos; si la mamá o alguno de sus hermanos mayores no andan por ahí, me responden que sí, que están bonitos. Cuando mamá o algún otro familiar llega a escucharlos, se burlan del niño y de su respuesta, a partir de ello es prácticamente imposible que este vuelva a aceptar que está bonito. Es decir, ha aprendido a no amarse, a no reconocerse bello, digno de ser amado y respetado.

Desde no pocos púlpitos y quizá desde estos mismos micrófonos se nos ha enseñado que amarnos a nosotros mismos resulta, cuando menos, peligroso, si no es que todo un pecado. El egoísmo, nos dicen, es el principio detonador de todos, o casi todos, los males que tienen que ver con las relaciones humanas. Pero, déjenme decirles que amarse a uno mismo no es, necesariamente, egoísmo. Este, de acuerdo con el diccionario consiste en el: inmoderado y excesivo amor a sí mismo, que hace atender desmedidamente al propio interés, sin cuidarse del de los demás. El amor a uno mismo no es sino el reconocimiento de la dignidad propia y el respeto y aprecio a lo que uno es: imagen y semejanza de Dios.

Quienes enseñan en contra y previenen de los males resultantes del amor a uno mismo olvidan un hecho fundamental: que cuando nuestro Señor Jesús enseñó respecto del mandamiento del amor al prójimo, estableció como la medida de este, precisamente, el amor a uno mismo. Amarás a tu prójimo como a ti mismo, prescribe un principio: el de amar al otro como nos amamos a nosotros mismos. También enuncia una verdad implícita, no puedes amar al otro más que en la medida que te amas a ti mismo.

Como hemos dicho antes, el amor consiste en el reconocimiento de la dignidad propia, así como del aprecio y el respeto consecuentes. Solo se ama quien acepta que es merecedor de aprecio y respeto. Solo quien se aprecia –reconoce que es valioso, y solo quien se respeta a si mismo puede, como fruto y expresión de su identidad, reconocer que su prójimo es merecedor de su aprecio y su respeto. El ser humano, hombres y mujeres todos, hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. Esto nos da un valor peculiar, trascendente, no condicionado. Es cierto que el pecado hace del ser humano lo que Dios no hizo de él. Hace al hombre apenas una caricatura de lo que Dios creó.

Pero, Dios ama al pecador. Para Dios aún el pecador sigue teniendo valor, tanto, que ha estado dispuesto a entregar a su Hijo Jesucristo para el rescate del hombre caído. Así, aún sin Cristo, podemos amar lo que hay de Dios en nosotros. Mucho más podemos hacerlo estando en Cristo, quien ha venido a regenerarnos y ha pagado el precio más alto posible: su propia sangre. Sí, hay mucho en nosotros que podemos apreciar y respetar. Haciéndolo estamos en condiciones de apreciar y respetar al prójimo; de reconocer que también él, o ella, son merecedores de nuestro aprecio y respeto.

Alguien ha dicho que aprender es, en realidad, desaprender. Si esto es cierto, y creo que lo es, lo primero que debemos hacer es desaprender a no amarnos a nosotros mismos. Desaprender a no apreciarnos, a no usar un lenguaje de menosprecio respecto de nosotros mismos. Negarnos a nosotros mismos no es un acto de adjudicarnos un menor-precio a nosotros mismos. Al contrario, es estar dispuestos a dejar de lado lo que vale tanto para nosotros, con tal de cumplir un propósito superior, el que Dios ha dispuesto en y al través de nosotros. Pablo no considera que todo lo que él llegó a ser y logró antes de Cristo careciera de valor alguno. Solo lo considera basura, cuando lo compara con el valor y la importancia de Cristo en su vida. Dice que a nada le concede valor si lo comparo con el bien supremo de conocer a Cristo Jesús, mi Señor. Fil 3.8. Nuestro valor como personas solo desmerece ante Jesucristo.

Además de desaprender a no amarnos a nosotros mismos, debemos estar dispuestos a reconsiderar los modelos relacionales que hemos desarrollado. Quien no se respeta a sí mismo, quien no se ama, busca, necesita, que los demás lo respeten. Así, o se vuelve un perseguidor necesitado de mostrar su superioridad, o se convierte en una víctima siempre buscando quien le rescate y le haga sentirse valioso.

Debemos, entonces, preguntarnos si el sustento de nuestras relaciones es el aprecio y el respeto a nosotros mismos y a los demás. Conviene que, al considerar nuestras relaciones amorosas nos preguntemos, ¿cómo me respeto a mí mismo al relacionarme contigo? ¿Cómo hago evidente que te aprecio y te respeto en mi relación contigo? Si abuso de ti o permito que me humilles, no hay respeto, ni mutuo, ni a mi mismo. Entonces, tenemos que transformar nuestros modelos de relación. Recuerdo a una mujer que, después de haber escuchado la Palabra, regresó a su casa y le dijo a su marido: o cambias tu manera de tratarme o aquí terminamos. Ahora sé quien soy en Cristo y he decidido pagar el precio necesario para respetarte y hacerme respetar. ¡Esto sí que es amarse a sí misma y amar al esposo!

Finalmente, el amor a nosotros mismo es resultado del cómo de nuestra relación con Dios. Como en el caso de Isaías cuando estuvo en el Templo, el estar en la presencia de Dios nos resulta en extremo riesgoso. Su santidad hace evidente nuestra inmundicia. Su Espíritu en nosotros, nos da testimonio de que somos sus hijos, al tiempo que nos guía a toda verdad y toda justicia. El camino a la verdad y a la justicia pasa por la denuncia de la mentira y del error. Nuestra conciencia da testimonio de nuestra condición y señala tanto nuestros aciertos, como nuestras faltas. La santidad nos hace agradables a Dios. Fortalece nuestro aprecio por nosotros mismos, nos motiva a respetarnos, a reconocernos dignos. Nuestro pecado, por lo contrario, nos rebaja ante nosotros mismos. No hay lugar para el orgullo y la satisfacción en el pecado. El pecado no da prestigio, no produce satisfacción, no fructifica en aprecio. Por el contrario, el pecado seca, el pecado vuelve el verdor en sequedales. Amarnos a nosotros mismos requiere de nuestra consagración a Dios, de nuestra lucha contra el pecado que nos asedia.

Muchas veces, el motivo de nuestro rechazo o nuestra agresión al otro es nuestro propio pecado. Odiamos lo que vemos en el otro… y que hace evidente lo que está en nosotros. No lo respetamos, no lo amamos, porque no podemos amar lo que hay en nosotros. Y es que, como mi amigo comprendió, cuando pecamos no hay nada en nosotros que podamos amar.

A este amigo, a mí mismo y a quienes nos escuchan, nos hará bien saber que el Apóstol Pedro nos recuerda que: Quien quiera amar la vida y pasar días felices, cuide su lengua de hablar mal y sus labios de decir mentiras; aléjese del mal y haga el bien, busque la paz y sígala. 1 Pe 3.10. Alejarnos del mal, buscar la paz con los que amamos, nos permitirá, no sólo amarnos a nosotros mismos, sino construir relaciones ricas y enriquecedoras en las que la paz y la justicia habrán de producir gozo en la compañía de aquellos a los que amamos.