Posted tagged ‘Matrimonio’

Perdonar, perder para ganar

26 febrero, 2017

Marcos 11.22-26 NTV

Las dinámicas relacionales de hoy en día, desde las más íntimas hasta las macro sociales, hacen del tema del perdón una cuestión de actualidad y del acto de perdonar una necesidad cada vez más sentida. El no perdonar abre la puerta a espirales de incomprensión, intolerancia y violencia crecientes. En estas, tanto los que han sido lastimados como aquellos que les han ofendido se mantienen atrapados en una constante de rencor que termina por marcarlos y, no pocas veces, por destruirlos. Lo más difícil resulta del hecho de que a mayor cercanía, mayor la necesidad del perdón, pero, también la dificultad de hacerlo.

La aseveración que Jesús hace, que si creemos de verdad podremos decir a la montaña levántate y échate al mar, y sucederá, no deja de resultarme conflictiva. Me pregunto cómo es que algo en apariencia tan sencillo como creer y decir, puede resultar tan difícil de concretarse. También llama mi atención que sea en el contexto de tal aseveración que el Señor nos exhorte a que cuando estemos orando, primero perdonemos a todo aquel contra quien guardemos rencor. Y, añade, para que su Padre que está en el cielo también les perdone a ustedes sus pecados.

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Por envidia o por celos

19 febrero, 2017

Santiago 3.13-16 TLAD

Empecemos diciendo que los celos no tienen que ver, necesariamente, con el amor. Mucho menos, cuando se trata de los celos obsesivos, de la celotipia. Desde la perspectiva neo testamentaria, los celos son una excitación de la mente, fervor en favor de alguien o algo, o una envidiosa y contenciosa rivalidad que busca castigar a alguien. Desde luego, el fervor que favorece a alguien lleva a desear a la persona y a experimentar dolor cuando esta se distancia afectivamente o, de plano, traiciona a quien le ha entregado su amor. Tal el caso de Dios, que entre sus atributos tiene el de ser celoso con los que ama. Éxodo 20.5, esto implica que dado que nos ama él no está dispuesto a compartirnos con nadie más.

Desafortunadamente, los celos que nos agobian, insisto, poco tienen que ver con el amor. Antes que ver con el ser amado (pareja, hijos, hermanos, amigos, etc.), tiene que ver con las inseguridades y prejuicios de quien cela a otros. Los celos obsesivos poco tienen que ver con la actitud o conducta del otro, son resultado de los temores, la experiencia de vida y la necesidad de explicarse a uno mismo en función de los demás. Los relatos bíblicos que tratan de los celos como factor de relación entre las personas: Caín y Abel, Jacob y Esaú, Lea y Raquel, etc., así lo confirman.  En la historia bíblica, como en la historia de muchos, quienes resultan animados por los celos son personas que llevan a sus relaciones actuales las amarguras, las heridas y los temores resultado de experiencias vitales desafortunadas.

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Solo como una concesión

6 diciembre, 2014

Marcos 10

Mucha de la comprensión que tenemos del carácter y del mensaje de Jesús se lo debemos a los fariseos. Si estos no hubieran cuestionado tanto al Señor quizá no tendríamos respuestas y explicaciones tan claras y aplicables como la que ahora nos ocupa: el divorcio. Divorciar es: Separar, apartar personas que vivían en estrecha relación, o cosas que estaban o debían estar juntas. Como podemos ver, el divorcio requiere de una condición previa: una estrecha relación. Así, empecemos por proponer que lo que separa a las personas no es el acta de divorcio o la orden extendida por un juez. De hecho, el juez sólo legitima (la hace conforme a las leyes), una realidad en la que la pareja ha dejado de estar unida, aunque debiera estarlo. En otras palabras, la disposición judicial es al divorcio lo que el acta de defunción es al cadáver: la certificación legal de su carencia de vida.

Leí en estos días un pensamiento que indica la importancia y la actualidad del tema del divorcio: No importa qué tal civilizado resulte el divorcio, los hijos de los divorciados siguen sufriendo las consecuencias del mismo. Podríamos agregar a los hijos, a los abuelos, a los tíos, a los amigos, etc. El divorcio no es una cuestión entre dos. Tiene el desafortunado efecto dominó, en el que la caída de la primera ficha (los que se divorcian), provoca la caída, la pérdida de muchos otros. Así, podemos entender que los fariseos escogieran un tema tan importante para provocar a Jesús. De entrada, se trata de un tema en el que la elección no es entre lo mejor y lo malo. Sino entre lo malo y lo más malo. No hay divorcio saludable, aunque en no pocos casos debamos asumir que este es la menos mala de las opciones.

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Yo, Tú, Nosotros

24 febrero, 2013

Génesis 2.18

En la relación matrimonial, en el día al día de la misma, los malentendidos son fuente de graves y dolorosos conflictos. Del poder de los malentendidos se puede decir lo mismo que se dice del poder de la lengua: He aquí,  ¡cuán grande bosque enciende un pequeño fuego! Santiago 3.5 Desde luego, hay de malentendidos a malentendidos, uno de ellos, poderoso y definitorio de la relación es el que tiene que ver con la identidad y los patrones de relación entre los esposos.

Identidad es la conciencia que una persona tiene de ser ella misma y distinta a las demás. Y, si conciencia es la propiedad del espíritu humano de reconocerse en sus atributos esenciales y en todas las modificaciones que en sí mismo experimenta. Resulta entonces que el malentendido respecto de quién soy como persona y cuál es mi papel en este matrimonio; así como el quién es mi cónyuge como persona y cuál es su papel en este matrimonio, resulta la fuente generadora de conflictos, fruto, estos, del desajuste existente entre quienes, al no saber quiénes son, terminan no sabiendo qué es lo que se espera de ellos. Sí, mi propuesta es que muchos y los más serios problemas de las parejas se originan en conflictos de identidad (cómo me veo y cómo veo al otro), y del consiguiente malentendido respecto de las obligaciones y derechos de uno y otro.

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El Poder de la Mujer Necia

10 febrero, 2013

Proverbios 14.1

Uno de los énfasis del ministerio de CASA DE PAN es el reconocimiento de la plena dignidad de la mujer, creada en igualdad con el hombre, a imagen y semejanza de Dios. Consecuentemente, uno de los temas recurrentes de nuestra enseñanza es la denuncia de la opresión de la mujer, como una práctica que Dios aborrece. Sin embargo, ahora debemos recordar que el hecho de que a las mujeres se les discrimina, explota y se abusa de ellas, no deja de lado otro hecho igualmente importante: las mujeres necias destruyen su casa con sus propias manos.

Sí, hay mujeres necias y estas destruyen sus hogares. La figura utilizada por el proverbista es de por sí interesante, dice que las mujeres necias destruyen sus casas con sus propias manos. Esta figura implica tanto una determinación (conciente e inconciente), como un proceso. Hay mujeres que destruyen sus hogares de una vez por todas: son infieles, abandonan el hogar, etc. Estas mujeres son impulsivas, torpes, ignorantes. Pero, no pasa así con las mujeres necias, estas van quitando ladrillo a ladrillo, enfocando sus esfuerzos de destrucción con serenidad, paciencia y determinación. Aunque son movidas por sentimientos profundamente arraigados de insatisfacción, frustración y enojo, mantienen la cabeza fría y se ocupan pacientemente en su tarea destructiva.

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Que te Casaste con la Persona Equivocada

3 febrero, 2013

 Génesis 29.20-30

 Tarde o temprano, una mirada, una palabra, cierta actitud lleva a la persona a aceptar que se ha casado con la persona equivocada. Desde luego, tal descubrimiento provoca emociones encontradas. Por un lado, es cierto que hay lugar para la sorpresa (la realidad nos coge desprevenidos), y las emociones que son propias de ella: ira, frustración, decepción y temor, entre otras. Pero, por el otro, hay también lugar para el auto reproche, para el reclamo a uno mismo, pues uno se da cuenta que siempre ha sabido, cuando menos intuido, que la persona con la que se ha casado no es aquella que ella creyó conocer, que se trata de alguien diferente de quien supuso era. Lo que se percibe cuando está oscuro no es lo mismo que se ve cuando amanece, tal como Jacob pudo comprobar.

Generalmente, cuando conocemos mejor a nuestro cónyuge y nos enfrentamos a aquellas de sus características que nos sorprenden, lastiman e incomodan, optamos por hacerle el primero y principal responsable de nuestra sorpresa y de los daños colaterales que le acompañan. sin embargo, conviene considerar que, en buena medida y en la mayoría de los casos, el otro siempre se ha mostrado tal cual es, pues el matrimonio lo único que ha hecho es regar la semilla de su identidad. La relación matrimonial sólo ha venido a hacer más evidente y relevante aquello que ya estaba ahí y que ya conocíamos en mayor o en menor grado.

Una investigación realizada entre mujeres norteamericanas divorciadas, muestra que el treinta por ciento de las mismas sabía que se estaba casando con la persona equivocada en el momento mismo de la formalización de su relación matrimonial. ¿Qué explica que muchos se casen sabiendo que su elección de pareja no es la más adecuada, o que, cuando menos, conlleva un alto porcentaje de riesgo? Es más, ¿qué explica que muchas parejas se mantengan atadas a una relación matrimonial disfuncionalmente dolorosa para ellos y para los suyos? De entre las varias razones posibles, propongo tres como las más frecuentes y, por lo tanto, importantes: (más…)

La Administración del Matrimonio

12 febrero, 2011

Uno de los dones recibidos más significativos que somos llamados a bien administrar es el del matrimonio. El libro de Proverbios establece que si casa y riquezas son herencia de los padres, del Señor es de quien se recibe la esposa [¿el esposo?] inteligente. Prov 19.14. Cuando hablamos de la administración del matrimonio entendemos esta como el acto de ordenar, disponer, organizar el bien en que el matrimonio resulta. Como podemos ver, se trata de una tarea que requiere de una disposición consciente, de la que nos damos cuenta. No se puede administrar correctamente el matrimonio si no se tiene conciencia del mismo. Es decir, si no se reconoce la realidad matrimonial como una que compromete y afecta el todo de la vida; si no se procura entender las razones de la circunstancia matrimonial que se vive en el presente; y, si no se tiene conciencia de, y se asume la, responsabilidad personal respecto de la suerte que el matrimonio vive. La mala administración del matrimonio produce, irremediablemente, dolor para los esposos y para el resto de la familia. Limita las posibilidades de crecimiento integral de los miembros de la familia toda y acaba por volver el amor en odio (cuando menos en resentimiento), y la convivencia en una constante de insatisfacción y frustración compartida. Son tres, a mi parecer, los principales elementos que caracterizan a una mala administración matrimonial: el desinterés, la lucha por el poder y la convivencia paralela.

El desinterés. Este no consiste sólo en la falta de la inclinación del ánimo hacia el cónyuge y la relación matrimonial. Es también el desapego respecto del otro y de lo que este representa. Quien se desapega del otro no sólo se aleja, sino que también corre el riesgo de desviarse respecto del compromiso y la fidelidad conyugal debida. Las razones que explican el desinterés son muchas y complejas, pero cabe destacar que la falta de compromiso con uno mismo y con el otro puede ser considerada como la principal causa del desapego matrimonial.

Por diferentes razones, reales o supuestas, se puede renunciar de facto a la obligación contraída en el matrimonio. Se deja de considerar al cónyuge como parte integradora de uno mismo y se le ve, simplemente, como el otro. El sentido de unidad se deteriora y da lugar a un principio de competencia en el que, mientras que el interés en y por el otro disminuye, se incrementa el interés por uno mismo. Así, la relación matrimonial se convierte en una lucha por perder lo menos y ganar lo más, aún cuando ello se logre a expensas del esposo o de la esposa.

La lucha por el poder. La formación, o construcción, de la pareja pasa por la lucha por el poder. Toda pareja debe decidir sobre quién y qué decisiones cotidianas y trascendentes han de tomarse: dinero, sexualidad, educación de los hijos, etc. A menor madurez de la pareja, o de alguno de sus integrantes, la lucha por el poder se extiende en el tiempo y adquiere tintes más sombríos. Un acercamiento inmaduro a la cuestión del poder en la pareja termina por separar a los miembros de la misma. Pero, no solo los separa, sino que los lleva a establecer alianzas con sus hijos, propiciando así la total división de la familia.

La lucha por el poder se traduce en persecución y en la necesidad de acotar al cónyuge. A su vez, esta persecución se manifiesta ya de manera abierta y grosera, o de manera sutil y pasiva. Ambas formas son violencia. Puestos a escoger, quizá la violencia pasiva sea la más destructiva. Destruye a quien la ejerce y a su destinatario, en ese orden. General  y paradójicamente, la violencia pasiva es propia de la parte débil de la pareja. De quien se asume el perdedor mayor de la relación matrimonial. Como en el caso de Isaac, cuya pasividad fue en aumento al grado de propiciar un incremento en el maltrato departe de Rebeca su esposa. —No es que una forma de violencia sea mejor que la otra. Pero al igual que el torero ante un toro que bufa y embiste sabe cuándo, cómo y qué decisiones tomar; pero, ante un toro que bufa y rasca la tierra, pero sin embestir, el mismo torero no sabe cuándo, ni cómo ni qué decisiones tomar; así en el matrimonio.—  De cualquier forma, como en el caso de Isaac y Rebeca, los matrimonios que en su lucha por el poder no miden las consecuencias de sus actitudes y acciones, terminan por lastimar irreversiblemente a sus hijos.

La convivencia paralela. Esta es la máxima expresión del fracaso de la relación matrimonial. Muchas parejas, por diversas razones, arrastran su miseria hasta el fin de sus vidas. Permanecen juntos, sí, pero no unidos. Como en el caso de las líneas paralelas, se mantienen equidistantes entre sí y que por más que se prolongue su relación no pueden encontrarse. Este tipo de relación es consecuencia de la incapacidad o indisposición para comprometerse con el cónyuge y con su proyecto de vida. Se le asume extraño a sí mismo, aunque no se pueden ignorar los frágiles, pero poderosos, lazos que les unen: hijos, intereses económicos, presión religioso/social/familiar, temores, etc.

La convivencia paralela tiene la capacidad para fortalecer la resiliencia emocional. Es decir, la capacidad de asumir con flexibilidad situaciones límite y sobreponerse a ellas. Mientras menos parte del otro, mientras menos se involucra emocionalmente la persona con el otro, más puede asumir flexiblemente y sobreponerse a las circunstancias negativas y dolorosas de la relación. Pero, la resiliencia emocional también fortalece la convivencia paralela. A mayor capacidad para aguantar al otro, menor necesidad de, y menor compromiso de cambio. Tal el caso de la relación matrimonial de Jacob con sus esposas Lea y Raquel, quienes simplemente aprendieron a administrar una forma de relación que a nadie satisfacía y que se fortalecía en la medida que más abundaban en ella.

¿Cuáles son las alternativas para una correcta administración de nuestra relación matrimonial?

De la historia de Abel y Caín aprendemos dos cuestiones importantes. La primera es que las relaciones familiares establecen obligaciones irrenunciables de las que tenemos que dar cuenta. A Caín, Dios le pide cuentas respecto de Abel. Esto es lo primero, no podemos permanecer indiferentes a la suerte de los nuestros pues tenemos que dar cuenta de ellos. La segunda cosa, es la confesión de parte de Caín, implícita en su reclamo: ¿Acaso soy yo el que debe cuidar a mi hermano? A tal pregunta retórica, sólo queda el reclamo divino: la sangre de tu hermano reclama justicia. Génesis 4.9,10. Dios nos ha dado esposa, esposo, hijos, hermanos, padres, etc., también para que cuidemos de ellos. Por lo tanto, no hay lugar para el desinterés, ni para el distanciamiento emocional respecto de ellos. Las obligaciones familiares no desaparecen ni siquiera con la muerte.

El principio bíblico para el orden matrimonial consiste en el sometimiento mutuo. Efesios 5.21ss. Se trata de que permitamos que el otro decida y aun mande en aquello que contribuye al bien de la pareja y de la familia toda. La humillación colateral es una ofrenda que nace del amor al otro, sí, pero también del amor a uno mismo. De ahí la necesidad y conveniencia de que las parejas establezcan los roles y los espacios de autoridad de cada quien. Procurando que los mismos contribuyan al bien de ambos (y de la familia), así como estando alertas para cambiarlos y redimensionarlos según lo requieran las circunstancias conyugales y familiares.

Sólo se administra con interés, buena disposición y aun sacrificialmente aquello que se asume propio y parte de uno mismo. El principio bíblico para la relación matrimonial es que dos se convierten en una sola carne, en una sola persona. Efesios 5.31. Frecuentemente, el principal obstáculo que impide el que queramos ser uno con el otro es, precisamente, el otro. Sus actitudes, sus formas, sus conductas, su ser canijo, etc., estorban y aun parecen impedir, de plano, el que nos asumamos uno con él o ella. Pero, dado que las relaciones no terminan, sino solo se modifican, conviene que nos propongamos vencer con el bien el mal. Que tomemos la decisión, y nos comprometamos con ella, de que si nuestra relación matrimonial terminara en bancarrota no sería por causas atribuibles principalmente a nosotros. Así, nos esforzaremos y trabajaremos para seguir amando a nuestro cónyuge y procurando que, lejos de fortalecer una convivencia paralela, habremos de estar más y más unidos para nuestro propio beneficio, para el de nuestra familia y para que Dios sea glorificado en el cómo de nuestra relación matrimonial.

Los matrimonios mal administrados genera grandes pérdidas para todos: para la pareja, para la familia y para la iglesia. Un matrimonio en bancarrota no tiene mucho qué dar a nadie. Pero un matrimonio bien administrado, un matrimonio que vive la realidad matrimonial a los pies y a la luz de Cristo, es un matrimonio lleno, rico y enriquecedor. Un matrimonio satisfecho que produce satisfacción y fruto abundante en todos. Seamos, porque podemos serlo, este tipo de matrimonios: matrimonios bien administrados. 1 Corintios 4.2; 1 Pedro 4.10.