Ante el Machismo Bíblico

Publicado 7 marzo, 2011 por Pastor Adoniram Gaxiola
Categorías: Agentes de Cambio

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Leí hace poco que cuando Adela Micha, la reconocida conductora y periodista, fue cuestionada por su ocuparse reiteradamente del tema de la violencia en contra de la mujer, respondió que no se trata de una cuestión de necedad, sino de necesidad. Desafortunadamente, la realidad se empeña en darle la razón a Adela y muchos otros que seguimos considerando que el tema de la violencia en contra de las mujeres no debe dejarse de lado, en tanto las mujeres sigan siendo víctimas de tan injusta violencia.

Apenas ayer, el periódico Reforma informaba que de enero de 2009 a junio de 2010, en once estados del país, se dieron 890 feminicidios, de los cuales el 58% implicó un alto grado de violencia. Por cierto, menos del 5% de tales crímenes han recibido sentencia. La Encuesta sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares, realizada el año 2007, arrojó el dato de que 67% de las mujeres mayores de 15 años han sufrido violencia de algún tipo y que el 92% de las mujeres ha sufrido alguna manera de intimidación en sus comunidades. 43.2% sufren algún tipo de violencia a lo largo de sus relaciones de pareja y el 16% de las mujeres sufren maltrato de alguno de sus familiares, además del que reciben de sus parejas. No cabe duda que sigue siendo necesario el que nos ocupemos de tan delicado tema y animemos la concientización de los hombres y las mujeres creyentes, respecto de la necesidad de llevar el todo de nuestras relaciones a la luz de Cristo.

Como hemos dicho en otras ocasiones, desafortunadamente ciertas interpretaciones parciales, prejuiciadas y hasta ignorantes de los textos bíblicos dan pie a la pretendida legitimidad de la violencia en contra de las mujeres. Quienes van a la Biblia influenciados por los valores machistas de la cultura judeo-cristiana, encuentran en la misma suficientes razones para justificar un modelo de relación entre géneros, en el que el hombre actúa desde una presunta superioridad y la mujer aparece como una natural subordinada. Pero, debemos decirlo una vez más, el que una lectura prejuiciada de la Biblia parezca dar razón a quienes pretenden encontrar razón en ella para tal modelo de relación, no significa que tal lectura sea correcta.

Para empezar, todo estudioso de la Biblia sabe que la interpretación de los textos bíblicos exige de la consideración del contexto histórico, cultural y aún ideológico y doctrinal de los mismos. El estudioso de la Biblia sabe que la misma fue escrita en circunstancias distintas a las del lector contemporáneo y que, por lo tanto, la tarea exegética incluye, y aún requiere, de una adecuación acorde al aquí y ahora en el que la Biblia se lee y aplica. Tal tarea implica la necesidad de distinguir y separar los valores culturales que los escritores bíblicos reflejan y transmiten, respecto de los principios bíblicos que trascienden lugares, tiempos y culturas particulares. Esto implica que resulte un error el simplemente aplicar a las circunstancias actuales lo que era propio de una cultura y forma de organización social propia de otros tiempos y circunstancias.

Entender esto nos permite descubrir, apreciar y aplicar los principios inherentes a la verdad revelada por Dios en su Palabra. Para empezar, en tratándose de las relaciones de género, es decir del cómo de la relación entre el hombre y la mujer, debemos considerar lo que los relatos de la creación del ser humano (varón y hembra), enseñan respecto de la dignidad de ambos. Como sabemos, el Génesis contiene dos relatos de la creación que resultan complementarios el uno al otro. El primer relato que aparece, en Génesis 1. , y que por cierto no es el más antiguo, destaca que tanto el hombre como la mujer somos creados en un principio de igualdad y semejanza respecto de Dios mismo. En efecto, el texto sagrado asegura que el Señor creó al hombre y a la mujer, igualmente a semejanza de Dios.

Por otro lado, el relato más antiguo de la creación del hombre y la mujer, mismo que aparece en Génesis 2, destaca que cuando Dios crea a Eva y la presenta a Adán, este reconoce que su mujer es igual a él en dignidad puesto que es sangre de su sangre y carne de su carne. Es decir, ni Adán es más que Eva, ni esta es menos que su marido. Ambos participan de la misma naturaleza.

Así pues, el principio regulador de las relaciones de género contenido en la Biblia, es un principio de igualdad en dignidad. Así es como Dios crea a los seres humanos, iguales y con los mismos derechos y responsabilidades respecto de la creación: dominarla y administrarla. Sin embargo, el relato bíblico también enseña que el trato desigual entre los hombres y las mujeres, la dominación y el sojuzgamiento de la mujer por parte del hombre, son una realidad, sí, pero una realidad ajena al propósito divino. El que el hombre se enseñoree de la mujer y el que esta tienda a desarrollar relaciones de codependencia con su marido, no corresponde al propósito de Dios. Por el contrario, el origen de tal modelo de relación, la razón del mismo, es el pecado. De acuerdo con la nueva traducción de la Biblia conocida como La Palabra, Dios le advierte a la mujer que una de las consecuencias de su pecado será el que tendrá ansia de su marido y él la dominará. Podemos decir, entonces, que los hombres abusadores y las mujeres que sufren y permanecen en situaciones de violencia, evidencian el poder del pecado que les domina. Pero, de ninguna manera podemos concluir que ha sido la voluntad de Dios al crear al hombre y la mujer, que estos desarrollasen modelos relacionales en los que la dignidad de ambos fuera negada.

Muestra del poder del pecado es el hecho de que este se manifiesta tanto en el ámbito personal, individual, como en el social. El pecado se vuelve cultura, establece formas de vida tanto de individuos, como de familias y aún de la sociedad misma. A pocos les agrada que se diga que la cultura oriental, misma que permea la manera de pensar de no pocos autores bíblicos, es una cultura machista, deformada por el pecado. Pero, que no resulte agradable decirlo, no significa que no sea verdad tal hecho. Por ejemplo, en el conocido pasaje de 1Co 11, donde el Apóstol Pablo enseña que la mujer debe cubrirse la cabeza cuando ora, estamos ante una expresión del machismo de ciertas escuelas rabínicas. Pablo usa como argumento de su instrucción una enseñanza extra bíblica. Esta aseguraba que los ángeles, a quienes según algunos se refiere Génesis 6.1, cuando habla de los hijos de Dios, habían sido seducidos por el cabello de las mujeres con las que sostuvieron relaciones sexuales.

Sorprende que el mismo Apóstol Pablo, tan preparado intelectualmente y tan lleno del Espíritu Santo, haya hecho suya tan débil interpretación. Pero, se trata del mismo hombre que haciendo suyos algunos conocimientos médicos de su época, recomienda a Timoteo que tome vino en lugar de agua, para así aliviar sus males estomacales.

Lo cierto es que los escritores bíblicos son resultado de los condicionamientos culturales de su época. Por lo que tarea nuestra es discernir bajo la dirección del Espíritu Santo y con las herramientas de investigación y estudio bíblico a nuestro alcance, la verdad de Dios. Entresacar esta de entre los prejuicios culturales y aún religiosos de quienes escribieron la Biblia y de entre los nuestros.

Ante el deterioro evidente de la institución familiar. Ante el avance, aparentemente incontenible, de la degradación de la mujer por parte de sus propios esposos y familiares. Ante la pérdida de valores que sirve como justificación para el surgimiento y la aceptación social de modelos de matrimonio ajenos al propósito divino. Ante todo esto sigue estando vigente el llamado bíblico para que las relaciones matrimoniales de los creyentes sean de tal carácter y forma que sirvan como un ejemplo del cómo de la relación de Cristo con su Iglesia. Dios quiere que los matrimonios cristianos den testimonio al mundo del propósito redentor que Cristo encarna.

No deja de ser interesante y cautivante que, de acuerdo con Pablo, tal misterio habrá de ser revelado cuando el marido ame  a su esposa como a sí mismo, y que la esposa sea respetuosa con su marido. Es decir, las relaciones matrimoniales que se sustentan en el mutuo reconocimiento, en el respeto recíproco y en el trato digno, tienen el poder para hacer presente a Cristo en la tierra. En contraste, cuántos hijos han dejado de creer en Dios ante el lamentable escenario familiar en el que su propio padre humilla, lastima y desprecia a la mujer que les dio la vida.

Según el Censo realizado el año pasado, los cristianos evangélicos son más que nunca antes en la historia. Gracias a Dios por ello. Lamentablemente, tal crecimiento no parece estar contribuyendo a acabar, cuando menos a detener, el deterioro de las relaciones de pareja y el de las familias mexicanas. Por ello es que tenemos que seguir ocupándonos del tema.

Termino hoy invitando a los hombres y las mujeres que me escuchan, para que vayamos a la Biblia dispuestos a correr el riesgo de que la misma nos muestre nuestra realidad. Que en una lectura-espejo, permitamos que Dios no revele lo que está de más y lo que hace falta en nuestras relaciones de pareja. En particular, al felicitar a las mujeres a la luz de la celebración del Día Internacional de la Mujer, quiero invitarlas a que se propongan recuperar el respeto que se les ha negado. Si su marido, o los hombres que las rodean, no las respetan, respétense a ustedes mismas. Por favor, no olviden que han sido creadas a imagen y semejanza de Dios y que son ustedes, nada más y nada menos, que templos santos en los que habita el Espíritu de Dios.

 

Fe y Familia

Publicado 6 marzo, 2011 por Pastor Adoniram Gaxiola
Categorías: Amor cristiano, Autoestima, Emociones, Familia, Vida Cristiana

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Juan 10.10

Dos de cada diez familias mexicanas padecen la falta de cariño, revelaba la Encuesta Nacional sobre las Dinámicas de Familia, según nota del periódico Milenio en diciembre de 2006. De mantenerse la dinámica del deterioro familiar evidenciada por dicha encuesta, el número de familias con problemas de cariño habrá crecido al día de hoy. Lamentablemente, la falta de cariño no es el único factor que afecta a las familias mexicanas: separación, divorcio, violencia, distanciamiento, mala comunicación, desamor, etc. ¿Quién no conoce, o no ha vivido, alguna de tales experiencias dolorosas?

No obstante su deterioro, la familia sigue siendo un pilar fundamental de la sociedad y una de las riquezas más preciadas de los seres humanos. En cierta manera, la familia es lo que nos queda… cuando todo lo demás ha fallado. De ahí que hemos aprendido a apreciar lo que tenemos y que, muchas veces de manera inconciente, nos ocupemos de presentarla de la mejor manera posible, ya sea a nosotros mismos, ya a quienes están a nuestro alrededor. Actuamos de la misma manera en que lo hacen no pocos ancianos con la ropa que usan y que se encuentra un tanto deslavada, la limpian, la planchan y la adornan de la mejor manera posible.

Ahora bien, la familia y la fe siempre van de la mano. De hecho, detrás de toda crisis familiar está presente una condición o circunstancia espiritual, tanto en las buenas como en las malas. El hombre que ama a su esposa revela su comunión con Dios y su propósito de honrarlo. Quien la trata con aspereza, o de plano la abandona, evidencia que es animado por el pecado y que está en enemistad con el Señor.

Así, cuando nos aproximamos al tema de la familia, y de nuestra familia en particular, lo hacemos desde la perspectiva de la fe, tengamos o no consciencia de ello. La fe bíblica nos indica que el propósito destructor de Satanás, robar, matar y destruir, (Jn 10.10), se enfila de manera particular y dolosa en contra de la familia. El discernimiento espiritual nos permite entender que detrás de toda violencia, insensibilidad, distanciamiento, abuso, etc., existe un propósito maligno de destruir a la familia como un todo y a cada uno de quienes la forman en lo particular.

Por ello es que si nos preocupamos y ocupamos de la restauración familiar, tengamos que hacerlo, también, desde la perspectiva de la fe. En efecto, la restauración de la familia, y la de sus miembros, sólo es posible bajo la dirección de nuestro Señor Jesucristo y por el poder de su Espíritu Santo.

Dado que nuestro Señor Jesús ha venido para destruir las obras del diablo y para traernos vida abundante, podemos confiar que gracias a él y por el poder suyo, nuestras familias pueden ser restauradas. En algunos casos, de manera plena y en otros, aunque parcialmente, la restauración lograda será suficiente para asegurar el bienestar de quienes se han propuesto honrar a Dios en todos y cada uno de sus espacios vitales.

En medio de las crisis familiares que enfrentamos podemos tener dos convicciones básicas y fundacionales: (1) Dios tiene planes de bienestar para nuestra familia; y (2) las familias cristianas somos llamadas a enfrentar los problemas y los conflictos familiares, desde la perspectiva de nuestra vocación, de nuestro llamamiento, para que así Dios sea honrado en nosotros.

La primera convicción nos permite y anima a perseverar en el propósito de la restauración familiar. A no darnos por vencidos y actuar fatalistamente. Creer que Dios tiene planes de bienestar para nuestra familia nos ayuda creer, actuar y esperar creyendo que, de alguna manera, Dios restaurará lo que ahora está destruido, empezando por nosotros en lo individual. Por ello podemos vivir en esperanza y haciendo la vida familiar a la luz de la fe y no solo bajo las sombras de la realidad que nos abruma.

La segunda convicción nos libera de la esclavitud emocional, física, relacional y aún espiritual a la que nos ha sometido el dolor de la familia, antes de Cristo. La gran tragedia de las familias sin Cristo es que al mal recibido casi siempre se responde con mal. En tal dinámica el único triunfador es, precisamente, el mal, y con él, el malo. Ello porque tanto quienes ejercen la violencia, como quienes la sufren, terminan esclavos de una dinámica familiar que les impide la práctica de lo bueno. Pero, cuando enfrentamos el dolor de la familia en Cristo, podemos vencer con el bien el mal. Es decir, podemos dejar de ser vencidos por el mal y pasar a ser más que vencedores, actuando con justicia y viviendo con la dignidad que nos es propia.

En la cruz, al redimirnos del pecado y darnos vida nueva, Jesús también abrió el camino para la redención de nuestros familiares y la restauración de nuestra familia. El poder de su sangre no se agota en el perdón, sino en la regeneración de nuestra manera de pensar, sentir, actuar y relacionarnos. Así, quienes hemos sido redimidos por la sangre preciosa de Jesucristo, somos llamados, y podemos, vivir la experiencia familiar en amor, armonía y esperanza.

Nuestras familias, nosotros mismos, necesitamos de relaciones familiares que se distingan por el cultivo del cariño familiar. Es decir, de que unos y otros procuremos que los demás sepan que los amamos y que nos interesa su bienestar tanto como el nuestro propio. En otras palabras, todos necesitamos que nuestras relaciones familiares, además de pacíficas y nutrientes, sean también amorosas. Que nos animen a saber que valemos, que somos importantes para los nuestros y que podemos confiarnos mutuamente.

Ello es posible gracias al amor y al poder de nuestro Señor Jesucristo. En su presencia, en la obediencia de sus mandamientos y bajo su cuidado podemos vivir de tal manera que el amor y la caridad sean el distintivo de nuestras relaciones familiares. Creamos en ello y vivamos de acuerdo con tal convicción.

Hay que Salir de la Cueva

Publicado 27 febrero, 2011 por Pastor Adoniram Gaxiola
Categorías: Autoestima, Éxito, Cambio, crisis, Emociones

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Santiago 5:17,18; 1 Reyes 19

Elías es uno de los personajes más conocidos y destacados en la Biblia. Ocupa un lugar en el pasado de Israel, como también lo ocupa al final de los tiempos. Ciertamente era un hombre excepcional: hizo milagros, resucitó muertos, provocó sequías y lluvias, etc. Pero, la Biblia también señala que: Elías era un hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras.

Contra lo que pareciera ser lo lógico, la fe y las pasiones humanas no se excluyen. Se puede ser un hombre de fe y, al mismo tiempo, padecer afectos y sentimientos muy humanos.  ¿Cómo es posible ello? ¿Cómo se puede ejercer el poder de la fe, al mismo tiempo que se lucha contra los afectos y pasiones que atormentan?

En 1 Reyes 19, encontramos el relato de una de las experiencias más reveladoras del carácter de Elías. Después de salir victorioso de su encuentro con los profetas de Baal, y de haber ordenado la muerte de 450 de estos; después de haber provocado sequía y lluvia y de haber avergonzado a Acab, el rey, Elías huye al desierto atemorizado por las amenazas de Jezabel… una mujer. (Conviene notar que Elías se acostumbraba relacionarse con ellas como seres necesitados y de los cuales él podía disponer).

En su huída, Elías cae en tal estado de depresión y ansiedad que exclama uno de los lamentos más desesperanzadores: Basta ya, oh Jehová, quítame la vida, pues no soy yo mejor que mis padres.

Su lamento expresa su cansancio de la vida, su deseo de evasión la realidad que lo oprime y la pérdida de su estima propia. Todo ello queda refrendado con la pasividad contenida en la única acción que se le ocurre tomar: se queda dormido debajo del enebro. Cansancio, negación, depresión, pasividad. De veras que Elías era un hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras.

La Biblia dice que Dios: conoce nuestra condición, sabe bien de qué estamos hechos y, por lo tanto “se compadece de sus hijos. Salmos 103. La compasión es el amor en acción. Así que Dios, quien está al tanto de lo que nos pasa se apresura a actuar en nuestro favor.

El relato bíblico nos dice que un ángel despertó a Elías diciéndole: levántate y come. En tal orden, están presentes dos cuestiones: el reconocimiento a su capacidad, puede levantarse; así como el reconocimiento a su condición débil, necesita fortalecerse con el alimento. En tal condición, Dios provee agua y comida caliente.

Sin embargo, a veces llegamos, como Elías, a tal condición que lo que Dios hace no parece ser suficiente. Elías volvió a quedarse dormido, y el ángel volvió a despertarlo. Si lo despertó implica que lo había  dejado dormir, porque reconocía su condición de cansancio. Pero, a su llamado inicial, el ángel agrega la frase: porque largo camino te espera.

Vemos en Elías que los éxitos en la vida no excluyen las etapas de derrota. Pero, también vemos en la exhortación del ángel, que los fracasos en la vida no acaban con el camino que tenemos por delante.

Dios, quien nos da las victorias, también nos sustenta cuando acabamos debajo del enebro. ¿Cómo lo hace?

Recuperadas las fuerzas Elías caminó hasta el monte de Dios, Horeb. Al llegar a este se metió a una cueva y ahí pasó la noche. Dios se le aparece y le pregunta: ¿qué haces aquí, Elías? Y este responde haciendo una descripción de su situación: hizo lo bueno, lo persiguen, está asustado porque teme que lo maten.

Era obvio que Dios no lo había llevado hasta Horeb para que Elías siguiera con su cantinela. Envío al ángel a alimentarlo y protegerlo para que Elías hiciera lo que Dios le había encargado.

Desde luego, saber lo que debemos hacer no siempre es suficiente. Es más, saber lo que se espera de nosotros no significa que estemos listos para hacerlo. Ni siquiera estamos listos cuando llegamos hasta el monte de Dios, al lugar de su presencia y ahí nos escondemos.

En las circunstancias torales de la vida se necesita algo más. Desde luego, este algo más no puede encontrarse dentro de la cueva, por mucho que esta esté en el monte de Dios.

Dios le pide a Elías que salga de la cueva y se pare delante de Jehová. Una vez fuera, Dios le muestra viento, terremoto y fuego. Elementos que hablan de las ansiedades de la vida. Pero, aclara el escritor sagrado: Jehová no estaba en ninguno de ellos.

Sí estaba en el silbo apacible y delicado. El término apacible connota la presencia de la paz de Dios. Ello nos remite al tema del reposo de Dios. Es decir, al permanecer confiados en que Dios habrá de honrarse a sí mismo y honrar nuestros esfuerzos, tomando el control de todo y capacitándonos para seguir el camino que tenemos por delante.

Elías pudo ser el profeta poderoso, a pesar de ser el hombre temeroso, porque depositó sus pasiones en el Señor. Su confianza la mostró yendo a donde Dios lo enviaba y haciendo lo que le encargaba. Al ser y hacer así, sus pasiones no desaparecieron; pero tampoco fueron tan relevantes que le impidieran cumplir con su tarea.

Conviene terminar esta reflexión diciendo que el problema no es el meterse a la cueva, sino permanecer en ella más de lo que resulta prudente.

Hay quienes permanecen en sus amarguras, temores, rencores, etc. Estos son sus propias cuevas. Hay que salir de las mismas aunque, de pronto, nos encontremos con las manos vacías. El vacío que llena el viento, el terremoto y el fuego, no significa que Dios no se haga presente. Lo hace, sí, cuando salimos animados por la evidencia de su presencia.

Conviene que vayamos al monte de Dios y que ahí busquemos, no solo su protección, sino su presencia. No solo su consuelo, sino su poder. No solo su comprensión, sino también su mandato.