Libres para elegir, decidir, hacer

Apocalipsis 3

Como sabemos, para Freud –y para muchos otros-, la religión no sólo resulta un peligro para la verdad sino también para la libertad del ser humano. Una de las principales razones que argumentan los milenaristas (jóvenes nacidos a partir de los 80), que rechazan a Dios es que asumen que la religión es represiva, que Dios mismo es represivo. Dios aparece como insensible e impositivo, controlador y revanchista contra los que no se someten incondicionalmente a sus ordenanzas. Antes de seguir, debemos asumir que a lo largo de la historia los creyentes hemos sido víctimas y culpables de la utilización y manipulación de la religión para controlar, someter y cooptar a muchos animados por prejuicios, intereses políticos-económicos, fama, etc. Philip Yancey y David Kinnaman, tienen mucho qué decir al respecto.

La Biblia asegura que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza. Génesis 5.1,2 Esto sólo significa que el hombre, el ser humano, es un ser pensante. Es decir, con la capacidad de: Considerar un asunto con atención y detenimiento, especialmente para estudiarlo, comprenderlo bien, formarse una opinión sobre ello o tomar una decisión. Desde luego, tal característica requiere de la libertad plena del individuo pues, de otra manera, no podrá formarse una opinión sobre cosa alguna ni, mucho menos, tomar una decisión consecuente. Así que la segunda característica constitutiva del ser humano es su libertad para elegir, decidir y hacer.

Ser libre no es una cualidad aprendida, es innata al ser humano. Es decir, forma parte de la comprensión de sí mismo y le lleva a repeler cualquier cuestión que atente contra su libertad. Propongo que la convicción de libertad precede aún a las cuestiones de género, de pertenencia o de sentido de la vida. Es decir, el niño, antes de asumirse hombre o mujer está convencido de su derecho a elegir, a escoger, lo que quiere para sí. La rebeldía del niño, la del adolescente y la del ser humano a cualquier edad no es sino la manifestación natural de su convicción de ser libre y del derecho, que es también obligación, a mantenerse libre de cualquier influencia que pretenda controlarlo.

La libertad del ser humano se compone de tres elementos fundacionales: Elegir, decidir y hacer. Las personas tenemos el derecho de escoger, seleccionar personas o cosas para el cumplimiento de un fin o propósito. Una vez hecha tal elección, decidimos –determinamos algo- porque somos libres para ello. Finalmente, en pleno ejercicio de nuestra libertad, hacemos. Llevamos a la práctica, concretamos lo que elegimos y determinamos como lo propio para hacerlo.

Los elementos que componen nuestra libertad son independientes de nuestra edad, de nuestras capacidades de juicio y de los efectos que produzcan. Un niño que desobedece, un adolescente que decide descuidar su formación académica o su integridad física, un adulto que pone en riesgo su estabilidad personal y familiar, etc., ejercen los mismos tres elementos que componen su libertad.

La libertad del ser humano no deja de lado que su Creador, Dios, haya establecido leyes o pautas morales para los hombres. Pero, siguiendo a C.S. Lewis –Mero Cristianismosi bien los seres creados no pueden decir no a las leyes de la naturaleza tales como la ley de la gravedad o las leyes de la herencia o las leyes de la química, en tratándose de lo que él llama la ley de la naturaleza humana, el hombre puede elegir entre obedecerla o desobedecerla. A este respecto el autor asegura que ninguno de nosotros, los seres humanos, guarda la ley de la naturaleza en su totalidad. Y esto es así no porque Dios no la haya establecido, sino porque Dios a nadie impone su voluntad, ni su propósito ni sus principios.

Esto es así porque la libertad del ser humanos resulta la conditio sine qua non de la relación entre Dios y la humanidad. Más allá del cómo y del cuándo de la Creación, lo que resulta fundamental es el comprender el para qué de la misma. El testimonio bíblico nos dice que Dios creó al hombre para estar en relación, en comunión, con él. Si bien ello no implica una relación entre iguales sí requiere de un marco común que facilite tal relación. Este marco común es el la libertad que ambos interlocutores –Dios y el hombre-, tienen para elegir, decidir y hacer en el marco de su relación.

Nosotros elegimos si queremos relacionarnos con Dios, decidimos el cómo de nuestra relación con él y somos nosotros lo que hacemos o dejamos de hacer en consecuencia. Sin importar el dolor que ello ocasione, a Dios o a nosotros; sin importar, las consecuencias para nosotros o para terceros; sin importar que tanto nos separemos o nos acerquemos a él en el ejercicio de nuestra libertad, Dios nunca nos impondrá lo que Lewis llama la ley de la naturaleza. Dios sólo seguirá aconsejándonos: Elijan la vida. Deuteronomio 30.19

Dios siempre propone, nunca impone. Aun cuando prevé las consecuencias resultantes de tal ejercicio de libertad. Y comprender esto resulta de primordial importancia. En última instancia, cada vez que ejercemos nuestra libertad, estamos escogiendo entre la vida y la muerte, literalmente. Primero, porque nuestras decisiones nos acercan o separan de Dios. Además, porque día a día, al decidir sobre las cuestiones vitales, torales, escogemos entre la vida plena o la vida que es muerte. Hay quienes deciden embarcarse en la empresa de vivir a como sea. Y, sí, prolongan por más tiempo… lo que ha dejado de ser vida. No están viviendo más, están sobreviviendo (viviendo apenas) y sobrellevando la vida (Soportando con resignación una enfermedad, una pena o una situación que no satisface completamente).

Hay otros, especialmente jóvenes y adolescentes, que deciden menospreciar las oportunidades que la vida les ha dado para construir cimientos fuertes y duraderos. Descuidan su educación, malgastan sus recursos, se involucran en conductas de auto destrucción. Embarazan y se embarazan. Adicionan drogas a su organismo para sentirse mejor. Viven a su manera. Lo hacen porque, como son libres, tienen el derecho de hacerlo. Son libres para aumentar el daño, el despojo que otros han propiciado. ¿Son libres de hacerlo, tienen el derecho de hacerlo? ¡Claro que sí! Pero, más temprano que tarde descubren que el cómo de su libertad se ha traducido en esclavitud, en limitaciones autoimpuestas, en pérdidas irreparables. Que un viejo sobreviva, bueno. Pero que un joven tenga que sobrellevar el don de la vida es, indudable e irrefutablemente, una desgracia.

Terminemos diciendo que gran mito es aquel de que Dios reprime. Pero, también asumiendo que el ejercicio de nuestra libertad produce consecuencias. Y que estas son resultado del ejercicio de nuestra libertad. Como seres pensantes podemos analizar y prever. Y así como sabemos y tomamos las medidas precautorias pertinentes, cuando se trata de aquello de que todo lo que sube, baja; así debemos analizar y prever que quien, en pleno ejercicio de su libertad, violenta las pautas morales establecidas por Dios, enfrentará las consecuencias de su elección, de sus decisiones y de sus acciones. Que al igual que lo que la ley de la gravedad confirma, en cuestiones morales, no importa qué tanto tiempo ni qué tan alto se suba, se llegará al momento y al lugar en que se bajará.

Dios siempre toca, avisa que está esperando a la puerta de nuestra vida. Pero, nunca echa abajo la puerta ni se mete por la ventana. Hacerlo no está en su carácter. Estaríamos más seguros si Dios fuera represivo, pero no seríamos seres humanos, a su imagen y semejanza. No seríamos pensantes ni libres. Así que, mejor escojamos hoy la vida, que amemos a Dios y lo obedezcamos en todo. Entonces, y sólo entonces, valdrá la pena el que seamos plenamente libres.

 

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