Archivo para diciembre 2011

Navidad, Tiempo y Razón para la Esperanza

24 diciembre, 2011

Lucas 1.46-55

Jesús, cuyo nacimiento recordamos esta Navidad, es la expresión absoluta del amor de Dios. Pablo dimensiona la calidad y el peso de tal amor al asegurar que cuando el pecado aumentó, Dios se mostró aún más bondadoso. Romanos 5.20 Y es esto lo que celebramos en Navidad, el amor incondicional de Dios, mismo que al obrar en nuestro favor añade, día a día a nuestras vidas, el don inmerecido de la bondad de Dios.

No es posible comprender el significado del nacimiento de Jesús si no nos aproximamos al cántico de María, su madre. Ella hace referencia a una realidad humana caótica, en la que lo bueno ha sido desplazado por lo malo, la opresión ha sustituido a la justicia y la paz ha sido alejada por la violencia. María entiende que el nacimiento del niño Jesús significa la recuperación del orden divino y, por lo tanto, el término del caos personal y social que afecta a las personas.

Desde luego, María canta con el convencimiento de la fe. De hecho, lo único que tiene es la promesa recibida. Pero, se trata de una promesa embarazada, es decir, de una promesa que ya ha empezado a gestarse, a hacerse realidad, en el niño que está por nacer.

En María descubrimos, entonces, el qué y el cómo de la fe. La fe es confianza, pero confianza que se va adquiriendo al reconocer lo que Dios ya está haciendo en nosotros. Podemos decir que Dios no pide a nadie que crea en lo que está por venir, sin que, al mismo tiempo, anima la fe mediante las obras de gracia que realiza en el presente de quien espera.

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Afecto Fraternal, a Favor de los Hermanos

18 diciembre, 2011

2 Pedro 1.3-11

Que sean uno, para que el mundo crea. Fue la oración de Jesús a favor de sus discípulos. Así, el tema de la unidad, la comunión, entre los cristianos se vuelve una cuestión esencial. No puede ser seguidor, discípulo de Cristo, a menos que el creyente se mantenga uno con sus hermanos en la fe.

Ahora bien, resulta obvio que la unidad solo puede darse entre aquellos que son cualitativos, o esencialmente, iguales. Esta igualdad supone el que quienes están en unidad participan de una misma naturaleza, cuestión que, en nuestro caso, es una realidad por la obra redentora de Jesucristo. En él, asegura la Biblia, somos nueva creación y hemos sido injertados en el cuerpo de Cristo, la Iglesia.

Pero, tal igualdad demanda también un principio de aceptación mutua como iguales. Así como el creyente ha sido llamado a la conversión a Cristo, podemos decir que ha sido llamado a la conversión a sus hermanos. A volverse a sus hermanos. Este volverse significa estar inclinados afectivamente a favor de los hermanos en la fe.

La primera consecuencia del pecado fue la separación entre Adán y Eva. Cuando Adán tuvo que explicar a Dios la razón por la que había desobedecido, no dudó en culpar a Eva. Mostrando así que no hay solidaridad en el pecado. Pero no solo ello, el pecado divide esencialmente.

Adán y Eva siguieron viviendo juntos por muchos años después de que fueron expulsados del Edén. Sin embargo, vivieron separados, divididos, hasta enemistados. Con toda seguridad, hicieron alianzas al interior de su familia. Adán con unos hijos, Eva con otros. Así, la enemistad entre los esposos, el distanciamiento entre ellos, afectó a sus descendientes.

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Tenemos Razón para Celebrar la Navidad

17 diciembre, 2011

Lucas 2.14

Basta con abrir los periódicos de este día para confirmar que son bien pocas las razones que tenemos para celebrar en esta temporada navideña. Como si ello fuera poco, cada día aumenta el número de quienes hacen una celebracion culposa de la Navidad. La celebran porque hay que celebrarla, más allá de los desánimos personales, los desencuentros familiares y de los conflictos sociales, económicos y de violencia que se viven.

Quizá una de las razones que explican el desencanto navideño tenga que ver con la perversión de la celebración navideña. Es decir, con el corromper la razón que da sentido a tales fiestas. Contra lo que hemos aprendido, la Navidad no es la época del amor, ni la fiesta para que la familia este junta-unida, mucho menos es la época para dar y recibir regalos.

Navidad es la fiesta que hacemos para celebrar que Dios se hizo hombre en Jesús y todo lo que ello implica y significa. Tal como lo cantaron los ángeles, la razón fundamental para el gozo de la natividad de Jesús es que esta trae la paz divina, la reconciliación de Dios con los hombres y es, por lo tanto, la expresión excelsa de la buena voluntad de Dios para nosotros.

Así, la Navidad antes que ser un asunto entre las personas, es un asunto personal entre Dios y nosotros. En Jesús, Dios ha venido a nuestro encuentro, a decirnos que nos ama y que está comprometido en nuestra regeneración integral.

Dios nos ama. Por lo tanto, Dios quiere estar en comunión con nosotros. No sólo quiere estar en acuerdo con cada uno de nosotros, sino que quiere liberarnos del poder del pecado y restaurar en nosotros lo que el pecado nos ha quitado.

El amor que celebramos en la Navidad, esa buena voluntad para con los hombres es, sobre todo, un amor incondicional. Dios nos ama… incondicionalmente. Es decir, sin limitaciones ni condiciones. Su amor no es fruto de lo que somos ni de lo que hacemos. Es, simplemente, la expresión de su buena voluntad, de su inclinación favorable a nosotros.

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