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Jesús, razón para la esperanza

24 diciembre, 2015

Lucas 2.1-11

La historia de la Navidad es una historia de amor y de compromiso. El que Dios haya enviado a su único Hijo con el propósito de que este sirviera como precio de expiación, como pago de la deuda de todos nosotros, sólo puede ser comprendido desde la perspectiva del amor divino y del compromiso que de este resulta. Juan el evangelista nos asegura que el amor tan grande de Dios es la razón que él tuvo para enviar a su Hijo como garante de nuestra salvación. Es su amor, la profundidad del mismo, lo que lleva a Dios a contraer la obligación de ocuparse de nuestra salvación.

Dicen que hay una gran diferencia entre los animales y los seres humanos ante la muerte de uno igual a ellos. Cuando las fieras atacan una manada esta reacciona espantada, pero procurando proteger a los más débiles. Sin embargo, una vez que su congénere ha sido capturada y aun cuando esté siendo devorada por las fieras, el resto de la manada prosigue pastando y haciendo lo que le es natural. A diferencia de los animales, las personas resultan afectadas profundamente por la muerte de los suyos, al grado de que el todo de su vida se ve alterado. Sin embargo, más tarde o más temprano, terminamos aceptando lo inevitable y seguimos nuestra vida como mejor podemos.

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Pues nos ha Nacido un Niño

24 diciembre, 2012

Isaías 9.1-7

Los pasajes bíblicos relativos al nacimiento de Jesús registran una tensión entre el sufrimiento y la esperanza. Se trata tanto del sufrimiento de las personas en lo individual, como el del pueblo, de las gentes. Unos y otros, en tal estado de abatimiento, encuentran en el anuncio de Jesús el Mesías razón para la esperanza, esperanza que tiene que ver con la transformación integral de su realidad y el advenimiento de tiempos y circunstancias de paz.

Isaías hace Portal_de_Belen_Nacimiento_Jesusuna buena síntesis de la tensión a la que aquí nos referimos. Él asegura, hablando por mandato del Señor, que ese tiempo de oscuridad y de desesperación no durará para siempre. Que a la humillación sufrida, siguen tiempos llenos de gloria. Describe la caída de aquellos que lastiman, ya se trate de las personas que oprimen al pueblo de Dios, o a los espíritus o cosas contra los que los creyente luchan –podemos concluir-; y, lo hace de una manera poética: las botas de los guerreros y los uniformes manchados de sangre por la guerra, serán quemados.

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Tenemos Razón para Celebrar la Navidad

17 diciembre, 2011

Lucas 2.14

Basta con abrir los periódicos de este día para confirmar que son bien pocas las razones que tenemos para celebrar en esta temporada navideña. Como si ello fuera poco, cada día aumenta el número de quienes hacen una celebracion culposa de la Navidad. La celebran porque hay que celebrarla, más allá de los desánimos personales, los desencuentros familiares y de los conflictos sociales, económicos y de violencia que se viven.

Quizá una de las razones que explican el desencanto navideño tenga que ver con la perversión de la celebración navideña. Es decir, con el corromper la razón que da sentido a tales fiestas. Contra lo que hemos aprendido, la Navidad no es la época del amor, ni la fiesta para que la familia este junta-unida, mucho menos es la época para dar y recibir regalos.

Navidad es la fiesta que hacemos para celebrar que Dios se hizo hombre en Jesús y todo lo que ello implica y significa. Tal como lo cantaron los ángeles, la razón fundamental para el gozo de la natividad de Jesús es que esta trae la paz divina, la reconciliación de Dios con los hombres y es, por lo tanto, la expresión excelsa de la buena voluntad de Dios para nosotros.

Así, la Navidad antes que ser un asunto entre las personas, es un asunto personal entre Dios y nosotros. En Jesús, Dios ha venido a nuestro encuentro, a decirnos que nos ama y que está comprometido en nuestra regeneración integral.

Dios nos ama. Por lo tanto, Dios quiere estar en comunión con nosotros. No sólo quiere estar en acuerdo con cada uno de nosotros, sino que quiere liberarnos del poder del pecado y restaurar en nosotros lo que el pecado nos ha quitado.

El amor que celebramos en la Navidad, esa buena voluntad para con los hombres es, sobre todo, un amor incondicional. Dios nos ama… incondicionalmente. Es decir, sin limitaciones ni condiciones. Su amor no es fruto de lo que somos ni de lo que hacemos. Es, simplemente, la expresión de su buena voluntad, de su inclinación favorable a nosotros.

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El Amor de Dios se Nota

24 diciembre, 2010

Lucas 1.46-55

Que la celebración de la Navidad ha perdido su propósito, su razón de ser, ni es noticia, ni es asunto que parezca preocupar a muchos. Sabemos bien que la temporada navideña ya representa un problema de salud mental para muchos, quienes lejos de asumirla como una época de gozo, amor y felicidad, la encuentran llena de tristeza, depresión y soledad. No se trata sólo de que la Navidad haya caído en manos de los voraces comerciantes, ni, tampoco, de que sea una época de simulaciones y falsedades. Creo que hay una razón de fondo que explica la secularización de las fiestas navideñas y la notoria ausencia del Niño Jesús, y todo lo que él significa, en las reuniones familiares y sociales de estos días.

La razón que propongo como la que explica la pérdida del sentido original de la celebración navideña es, simple y sencillamente, lo difícil que significa para muchos el creer y experimentar la realidad del amor de Dios. Creo que la pregunta que muchos se hacen al respecto no es si Dios existe o no, más bien, se preguntan si es verdad que Dios es amor y, sobre todo, si Dios los ama. Algunos podrían pensar que la soledad de las multitudes, la pérdida de la fe, el aumento de la maldad, etc., son cosas propias del hombre moderno y que, por lo tanto, es ahora, en estos tiempos, cuando resulta difícil creer en el amor divino.

La verdad es que, en los tiempos en que nació Jesús, las cosas no estaban mucho mejor que ahora. Los pobres eran bien pobres y los ricos, muy ricos. La violencia contra las mujeres era pan de todos los días, dado que se dudaba que fueran racionales (que tuvieran alma), y eran, por lo tanto, tratadas como menores de edad sin importar cuántos años tuvieran. La violencia social era dramática, los soldados, como los de nuestro tiempo, eran corruptos, abusivos y sanguinarios. Los bienes religiosos, eran propiedad de unos cuantos, así que quienes buscaban su último refugio en las cuestiones espirituales, enfrentaban la doble moral, la corrupción y el desprecio de los sacerdotes y demás dispensadores de la fe, la esperanza y el amor.

Por todo ello es que resulta tan importante el cántico de María, cuando agradecida por la gracia recibida, alaba a Dios convencida de que las cosas, por fin, han empezado a ser diferentes. En efecto, el centro de la alabanza mariana es la misericordia de Dios. NVI traduce: “Acudió en ayuda de su siervo Israel y, cumpliendo su promesa a nuestros padres, mostró su misericordia a Abraham y a su descendencia para siempre”. La misericordia es la manifestación externa de la compasión, del amor mismo. Así que María ve en Jesús un hecho de por sí relevante, el amor de Dios se muestra, se pone a la vista. No se trata de una mera expresión de propósitos o de buenas intenciones, el amor de Dios se hace una realidad, se expresa en cuestiones concretas, objetivas y posibles de medir y evaluar.

María no dudaba de ello puesto que llevaba en su seno la manifestación sublime del amor de Dios para ella y para la humanidad. Pero, aun siendo cierto eso, dirían algunos, nosotros no estamos preñados de Dios. ¿Cómo, entonces, creer y asumir como real que Dios nos ama?

Lo primero que encontramos es que el amor divino se manifiesta preferentemente a quienes están en necesidad y se asumen como necesitados. A quienes han llegado a una condición en la que los recursos a su disposición no son suficientes para enfrentar la desventura que están viviendo… y lo aceptan. Algo que, me parece, provoca el espíritu secular navideño, es una sensación de autosuficiencia o de la capacidad extrema para llenar los vacíos existenciales. Aún cuando pocos se llenan, muchos se esfuerzan por parecer satisfechos o piensan que, si se esfuerzan un poco más, por fin alcanzarán la saciedad que anhelan. Lo trágico es que si el diciembre navideño es duro para muchos, la resaca que le sigue es mucho más difícil, solitaria y costosa para quienes después de tanto, siguen estando vacíos.

Ello nos lleva a la segunda cuestión. Ante las señales que anunciaban la disposición divina para manifestar su amor a las personas en lo particular, y a la humanidad toda, consecuentemente, hay un común denominador en quienes supieron entender e interpretar tales señales. Sirva de ejemplo la declaración de los sabios de Oriente a Herodes, respecto del niño Jesús: Su estrella hemos visto, y venimos a adorarlo. Al igual que los pastores, o que Zacarías que estuvo contando los años y los días que le faltaban en el turno para oficiar delante de Dios, quienes pueden constatar, comprobar, que Dios les ama, son quienes buscan, piden y hacen lo necesario para ser y estar en la condición que el amor de Dios pueda manifestarse.

Desde luego, es esta una cuestión de fe, de la cual podemos aprender, y conviene que lo hagamos. El amor es una cuestión de dos, es un baile que se baila en pareja. Es decir, Dios, quien nos ama, necesita de quienes estemos dispuestos a testificar la realidad presente de su amor. Partiendo del hecho de que Dios, no sólo está dispuesto a amarnos, sino que lo está haciendo, se requiere que nosotros busquemos estar ahí, en el espacio en el que el amor de Dios ha de manifestarse. Los pastores dijeron: Vamos, pues a Belén, a ver esto que ha sucedido y que el Señor nos ha anunciado. Donde estaban no podían ver el amor divino hecho realidad. Tenían que ir a Belén. Y cuando llegaron, yendo de prisa, encontraron a María, a José y al niño Jesús. Estuvieron frente a frente con la evidencia del amor de Dios.

En Navidad, aún los creyentes sinceros, llegamos al pesebre en esperanza y desanimados. Creyendo y llenos de incredulidad. No de que el niño Jesús nació, y de todo lo que está alrededor de su nacimiento sorprendente; más bien, llegamos cansados de creer en el amor de Dios, sin ver la realidad del mismo en nuestras vidas. Por ello es que, quisiera animarlos, para que hoy y a partir de este momento, dejemos en un segundo plano lo que nos detiene y caminemos los caminos que nos llevan a la realidad objetiva y concreta del amor que Dios nos dispensa. ¿Cuáles son estos caminos?, desde luego son caminos de fe. Pero, también son caminos de purificación, de santidad, de compromiso y de entrega. Se trata de que volvamos a cavar los pozos de nuestra espiritualidad, de los que ya hemos bebido y que ahora parecen estar secos.

Se trata de que asumamos que, en verdad, nuestros vacíos sólo pueden ser llenados por Dios. Y partiendo de tal verdad, creamos que él no se ha olvidado de tratarnos con misericordia. Navidad es el recordatorio de que, nuestro Dios, en su gran misericordia, nos trae de lo alto el sol de un nuevo día, para dar luz a los que viven en la más profunda oscuridad, y para dirigir nuestros pasos por el camino de la paz. Lucas 1.78,79

Hemos Visto su Estrella

24 diciembre, 2010

Al repasar los relatos de la Navidad me encuentro con un hecho importante. A Abraham, Dios le dio como ejemplo de la numerosidad de sus descendientes, el incontable número de las estrellas. Alrededor del nacimiento de nuestro Señor Jesús, hay también una estrella de por medio. Sin embargo, a diferencia del caso de Abraham, a los sabios de Oriente, les fue dada por señal una sola, la que coloquialmente conocemos como la Estrella de Belén.

Llama mi atención que, en ambos casos, hay un elemento común: el de la dificultad para comprender aquello a lo que la señal. Para Abraham seguramente resultó muy difícil entender cómo él podría ser el padre, la raíz, de tantos descendientes, siendo que no había tenido aun, ni siquiera un hijo. Para los sabios de Oriente, no debe haber sido fácil identificar entre tantas estrellas luminosas, a esa sola estrella que anunciaba la llegada de la luz del mundo.

Y llama mi atención lo aquí mencionado porque, en los casos que nos ocupan, había que entender la señal para poder comprender la realidad de la bendición prometida. Por la fe vemos lo que todavía no es. Pero, lo vemos. Es más, la fe que es resultado de la comunión íntima, profunda y confiada con Dios, nos permite estar convencidos y, por lo tanto, actuar en consecuencia, de aquello que todavía no está al alcance de nuestras manos. De aquello que ya es una realidad para nosotros, pero que, sin embargo, no resulta del todo comprensible y accesible en la condición en que nos encontramos.

Casi para llegar a Belén, los sabios de Oriente andaban perdidos. Vinieron de tan lejos, viajaron tanto tiempo, siguiendo la estrella. Pero, a pocos kilómetros de su destino final, ya no supieron con certeza donde quedaba el lugar exacto que la estrella les mostraba. A solo nueve kilómetros, a escasos sesenta minutos a pie del lugar donde la estrella reposaba, los sabios dejaron de saber y fue necesario que preguntaran a quien ni idea tenía de la existencia de tal estrella ni, mucho menos, de la llegada al mundo del Rey. Herodes, quien no tenía noticias del nacimiento de Jesús, es quien tiene que responder y reorientar a los sabios de Oriente en la dirección adecuada.

Como Abraham, como los sabios de Oriente, así nosotros. También nosotros caminamos por fe. Abandonamos nuestra tierra y parentela, nuestra antigua manera de vivir, para caminar por los desconocidos caminos de la fe. En nuestro observar la vida, hubo un momento en el que nos dimos cuenta que algo diferente estaba sucediendo. Algo brilló frente a nosotros y sobresalió por sobre cualquier otra luz que hubiera atraído nuestra atención. Entendimos, entonces, que era necesario dejarlo todo e ir al encuentro de quien nos atraía con el brillo de su luz a una nueva vida.

Desde entonces, estamos en camino. A veces, muy seguros; en otros momentos, sin saber bien a donde vamos o a donde tenemos que ir. En ciertas ocasiones, animados desde dentro nuestro, por el testimonio del Espíritu Santo. En otras, tenemos que recurrir a los herodes de nuestros tiempos, para entender hacia dónde nos dirige el Señor. Así hemos caminado durante el año que se está acabando; así habremos de seguir caminando los días que el Señor nos depare sobre esta tierra. Y qué bueno que es así: caminar en la incertidumbre, a veces seguros, a veces temerosos. Como Moisés, quien se mantuvo como viendo al Invisible, mirando al que no se ve.

Cuando los sabios de Oriente llegaron a donde Herodes, le hicieron saber que había visto en el cielo la estrella del Rey de los judíos y, añadieron, hemos venido para adorarlo. Quizá a Herodes solo le interesó la primera parte del comentario de los sabios, por lo que ella representaba para él como rey. Pero, lo importante, lo que daba sentido al viaje, a la búsqueda de ayuda y dirección, está en la segunda parte de la declaración de los sabios de Oriente. Dijeron, hemos venido a adorarlo.

Todo: Tiempo, esfuerzo, recursos, alejamiento de la familia, etc., todo por una sola razón: los que vieron la señal en el cielo entendieron que habían venido al mundo, había acumulado dones y riquezas, con un solo propósito: Adorar al Rey nacido en Belén. Vinieron a Belén de tan lejos, viajando por casi dos años, simplemente para postrarse ante Jesús, cuyo nombre es Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz.

¿Para qué vivimos? ¿Para qué hemos nacido? ¿Para qué hemos caminado tanto tiempo y tantos kilómetros hasta este día y este lugar? ¿Para qué hemos acumulado tantos dones y bienes a lo largo de nuestro peregrinaje? Si hemos visto su estrella, hemos hecho todo, y hemos vivido tanto, sólo para adorarle, para postrarnos ante él y ofrecerle lo mejor de nosotros.

No fue suficiente que los sabios de Oriente llegaran a Jerusalén, después de haber caminado cientos o miles de kilómetros. Debían recorrer todavía los nueve kilómetros faltantes. Sencillamente porque el lugar donde reposaba la estrella, Belén, representaba el final de su peregrinaje. Todo camino tiene un final, toda vida llega a su fin. Lo importante no es cómo se empieza, ni dónde se inicia el camino. Lo que importa es cómo se acaba, a dónde se llega cuando termina el camino de la vida.

De los sabios de Oriente aprendemos que así como la razón de nuestro caminar ha sido Jesús, el final de nuestro camino es él mismo. Porque en él vivimos, y nos movemos y somos, asegura el Apóstol Pablo. Así ha sido hasta ahora, que así sea hasta el final. Como pasó con Chofita y con otros este año, habrá quienes sólo empiecen a caminar el 2011. Y lo importante no será cuándo se acabe su camino, sino en dónde termine el mismo. Más aún, ante quién termina el largo viaje por la vida. Si este termina en Jesús, y quiera el Señor que así sea, habremos llegado a casa y lo habremos hecho en paz, viendo cumplida la promesa y justificada nuestra esperanza.

Ustedes y yo hemos visto la estrella, vivimos iluminados por la luz de Cristo. Hagamos nuestro el propósito, entonces, de llegar hasta su presencia para entonces, adorarlo por siempre. Porque, nosotros a diferencia de Abraham y de los sabios de Oriente, hemos recibido una promesa eterna y esta habrá de cumplirse: Gocémonos y alegrémonos y démosle gloria;  porque han llegado las bodas del Cordero,  y su esposa se ha preparado. Nosotros somos la Iglesia de Jesucristo, la esposa del Cordero, y a ella se le ha concedido que se vista de lino fino, limpio y resplandeciente;  porque el lino fino es las acciones justas de los santos. Y el ángel me dijo: Escribe: Bienaventurados los que son llamados a la cena de las bodas del Cordero. Y me dijo: Estas son palabras verdaderas de Dios. Ap 19.8,9. Por lo tanto, los que estamos en camino, lleguemos hasta la presencia del Rey pues es necesario que le adoremos.

La Razón de Nuestra Esperanza

24 diciembre, 2009

Pastor Adoniram Gaxiola

Isaías declara: El pueblo que andaba en la oscuridad vio una gran luz; una luz ha brillado para los que vivían en tinieblas. Tal declaración da pie al anuncio del nacimiento del niño al que hoy celebramos, de Jesús quien ha venido a traernos vida y esperanza. Sí, la Navidad nos recuerda que hay razón para la esperanza, que, sin importar las circunstancias que vivamos o atravesemos, en Cristo siempre hay razón para creer y hacer en la confianza de que la vida puede cambiar para bien.

Navidad también echa al traste un viejo y muy creído mito: que solo quienes están bien pueden, y tienen derecho a, esperar lo mejor. Los personajes bíblicos de la primera Navidad se distinguen por ser de carne y hueso, por formar parte de familias disfuncionales, por su incapacidad para comunicarse satisfactoriamente, por acompañar la convicción con la duda. Si no, veamos:

José y María, Zacarías y Elizabeth, son pobres, con sueños e ilusiones –algunos de ellos rotos-. María, colocada por Dios en el brete de ser identificada como una mujer infiel y en camino a convertirse en madre soltera. José, piadoso, lo califica Mateo. Sí, un hombre piadoso que, no sabemos, si le creyó a María la historia de su embarazo, o, solo se dio cuenta de que el vientre de su prometida empezaba a crecer sin recibir explicación alguna. De cualquier modo, un hombre piadoso pero desconfiado. Piadoso porque no quería dañar a María, pero tan desconfiado que estaba dispuesto a romper su compromiso matrimonial.

Poco bueno podría salir de conflictos tan serios y relaciones tan desgastadas. Pero la Navidad nos recuerda que son, precisamente, las limitaciones, los fracasos y las tragedias de los hombres la razón que Dios tuvo para hacerse hombre en Jesucristo. Navidad nos recuerda que el Hijo de Dios apareció para deshacer las obras del diablo[1]. Además, la Biblia nos recuerda que en Jesús hay vida plena, vida en abundancia.

Quienes celebramos el nacimiento de Jesús a más de dos mil años de distancia, nos encontramos como los personajes y las familias que lo recibieron. Cada uno de nosotros vive sus propias tragedias, se empeña en dar respiración artificial a sus desfallecientes sueños, se encuentra atrapado en su propio brete[2]. Díganlo si no las parejas que han aprendido a convivir como extraños, que enfrentan silencios crecientes y tibios y superficiales intentos de conversación para mantener viva la comunicación. O, que hablen los que frente a tantas adversidades ha visto desgastarse sus sueños e ilusiones. Mejor aún, que se identifiquen aquellos que se encuentran agotados por la lucha cotidiana de la vida. Y podríamos escuchar aún a quienes, llenos de gozo y bendición, guardan en su corazón las cosas que viven, ven y escuchan, preguntándose qué habrá de ser del futuro de los suyos y del de ellos mismos.

Dado que Navidad es el anuncio de las buenas nuevas para quienes buscan, piden y esperan, de Zacarías, María y José podemos aprender el secreto del éxito que surge del hecho del nacimiento de Jesús.

Zacarías nos enseña la importancia de la fe. Los años estériles de su matrimonio, fueron los mismos años de oración confiada. Zacarías creyó que a Dios le importaba que Elizabeth fuera estéril y que estuviera dispuesto a cambiar esa situación. Contra toda esperanza, oró creyendo. Y cuando todo parecía indicar que no había razón para seguirlo haciendo, Dios respondió a la oración de su corazón. En el preámbulo del nacimiento de Jesús, Zacarías descubre que siempre hubo razón para su esperanza y que Dios no habría de ignorar ni menospreciar la fidelidad de su fe.

María nos enseña la importancia de la obediencia. Cuando el ángel Gabriel le anuncia su próximo embarazo, María responde diciendo: –Yo soy esclava del Señor; que Dios haga conmigo como me has dicho. Cuando María comprende que Dios está haciendo lo que él quiere hacer y que lo está haciendo a su manera, decide incorporarse al quehacer divino aún a costa de su propia tranquilidad, de su propio prestigio, de su propia seguridad. Hace lo que Dios quiere que haga. Así descubre que en su obediencia Dios encuentra el espacio propicio para el cumplimiento de su voluntad y propósito a favor de María, de los suyos, de su pueblo y de los muchos otros de los que nosotros formamos parte.

José nos enseña la importancia del actuar confiado. Dice Mateo que cuando José despertó, hizo lo que el ángel del Señor le había mandado[3]. José despertó de una pesadilla. Mientras dormía estuvo siendo consumido por sus dudas, su propia justicia, su desencanto, sus temores, etc. Pero la noche pasó y él tuvo que enfrentar la vida. Dormido no tenía que, ni podía, tomar una decisión. Pero, ya despierto decidió hacer lo que el ángel del Señor le había mandado. Al renunciar a sus propias opciones, José demuestra su confianza en que la salvación que el niño traerá a su pueblo y a otros, también le salvará –le beneficiará-, a él mismo. Por eso hace de acuerdo con el mandamiento y no conforme a sus propios deseos: divorciarse de María. José corre el riesgo de confiar en la palabra recibida y en el quehacer de Emanuel; decide aventurarse por el camino de la vida llevando a Dios consigo.

El que celebremos la Navidad implica que o en nuestros corazones anida la esperanza que Jesús anima, o hay lugar para la misma. Sigo creyendo que la vida en Cristo es una vida abundante, plena y fructífera. Creo que la fe, ese don de gracia, es la fuerza que nos anima a ir al encuentro del Jesús nacido en Belén, tomarle la palabra y caminar el camino de la vida a la que él nos llama.

Por ello creo que esta Navidad puede ser punto de partida para una nueva forma de vida. Que es una, quizá la oportunidad para recuperar lo que hemos echado a perder o que nos ha sido arrebatado. Quiero animarles a que no se den por vencidos. A que como Zacarías, mantengan la fe y perseveren en oración, confiando en que habrán de recibir lo que Dios les tiene provisto. A que como María, obedezcan y asuman la voluntad del Señor, a que no luchen contra ella sino a que se sumen a lo que Dios quiere hacer en ustedes y al través suyo. A que como José, confíen y hagan según el Señor les indica. Aún a que corran el riesgo de ir en contra de lo que desean para hacer lo que conviene. Sabiendo que quien honra a Dios, recibirá fiel recompensa por su servicio. También para ello nació Jesús.

Les animo, pues, a que esta Navidad marque un hito en nuestra vida, acercándonos a Dios, quien se ha acercado a nosotros en Jesús, el niño que nació en Belén.


[1] 1 Jn 3.8

[2] Aprieto sin efugio o evasiva. Estar en un brete. Poner en un brete. 2. m. Cepo o prisión estrecha de hierro que se ponía a los reos en los pies para que no pudieran huir.

[3] Mateo 1.24