Navidad, Tiempo y Razón para la Esperanza

Lucas 1.46-55

Jesús, cuyo nacimiento recordamos esta Navidad, es la expresión absoluta del amor de Dios. Pablo dimensiona la calidad y el peso de tal amor al asegurar que cuando el pecado aumentó, Dios se mostró aún más bondadoso. Romanos 5.20 Y es esto lo que celebramos en Navidad, el amor incondicional de Dios, mismo que al obrar en nuestro favor añade, día a día a nuestras vidas, el don inmerecido de la bondad de Dios.

No es posible comprender el significado del nacimiento de Jesús si no nos aproximamos al cántico de María, su madre. Ella hace referencia a una realidad humana caótica, en la que lo bueno ha sido desplazado por lo malo, la opresión ha sustituido a la justicia y la paz ha sido alejada por la violencia. María entiende que el nacimiento del niño Jesús significa la recuperación del orden divino y, por lo tanto, el término del caos personal y social que afecta a las personas.

Desde luego, María canta con el convencimiento de la fe. De hecho, lo único que tiene es la promesa recibida. Pero, se trata de una promesa embarazada, es decir, de una promesa que ya ha empezado a gestarse, a hacerse realidad, en el niño que está por nacer.

En María descubrimos, entonces, el qué y el cómo de la fe. La fe es confianza, pero confianza que se va adquiriendo al reconocer lo que Dios ya está haciendo en nosotros. Podemos decir que Dios no pide a nadie que crea en lo que está por venir, sin que, al mismo tiempo, anima la fe mediante las obras de gracia que realiza en el presente de quien espera.

Me gusta la expresión temporada navideña. Temporada es [el] espacio de varios días, meses o años que se consideran aparte formando un conjunto. Así que la temporada navideña no es otra cosa sino ese espacio de tiempo que nos damos cada año y que nos sirve para meditar y reafirmar nuestra fe en el amor de Dios. Jesús, desde luego y como ya hemos dicho, es la expresión absoluta de tal amor. Sin embargo, cada uno de nosotros recibe y vive en el día al día, diversas manifestaciones particulares del amor divino. Si Jesús es la principal evidencia del amor divino, no cabe duda que es apenas el cimiento del mismo. Puesto que, cada día, Dios aumenta razones para que asumamos el que somos amados de manera especial.

Conviene, entonces, que en la temporada navideña hagamos un ejercicio de instrospección, que reduzcamos el ritmo de nuestra actividad cotidiana y meditemos en lo que la natividad de Jesús significa para cada uno de nosotros en particular.

Como en los tiempos de María, nosotros vivimos una realidad caótica que nos altera, nos oprime y nos deprime (en el sentido que nos disminuye). En síntesis, enfrentamos circunstancias que nos hacen, cada vez, menos nosotros. Perdemos el sentido de la vida, así como el sentido de utilidad, y nos volvemos, entonces, en mero fruto del destino. Nuestras relaciones afectivas se empobrecen, el entorno social deja de proveernos satisfacción y seguridad y nos limita con los temores y amenazas que representa. En tales circunstancias, ¿cómo puede haber lugar para la esperanza?

Pues la hay, y la razón para la misma es Jesús, Dios hecho hombre. Desde luego, se trata de Jesús el Hijo de Dios y no de Jesús el mito, el personaje despojado de su identidad y su propósito que muchos nos venden hoy día. En Jesús, Dios se hizo para poder comprendernos mejor y para poder establecer una relación entre iguales con los hombres y mujeres que se convierten a él. Es decir, a quienes hacen de él su Señor y lo reconocen como su Salvador.

Jesús en nosotros es la razón fundamental de nuestra esperanza. Lo que él es en nosotros y lo que hace en, por, para y al través de nosotros se convierte en el fundamento de nuestra esperanza. Como María, quien cada vez que sentía el movimiento del niño en su vientre, reafirmaba su confianza en las promesas recibidas, así nosotros. Lo que Jesús es y hace, lo que ha sido y ha hecho, resulta del fundamento de nuestra confianza en lo que esperamos.

En algún otro momento hemos dicho que la Navidad no tiene que ver, de inicio, con las relaciones entre las personas; sino en el cómo de nuestra relación con Dios. Jesús nos recuerda que Dios está interesado en mantener una relación personal con cada uno de nosotros y que ha hecho todo lo que estaba en su mano hacer para lograrlo. Navidad se convierte, por lo tanto, en ese espacio de varios días en el que podemos volvernos a Dios y establecer una relación íntima con él, haciendo nuestro el don que representa Jesucristo.

Sin Jesús el caos de nuestra vida, y el de la sociedad toda, irá en aumento hasta acabar con nosotros. Pero, Jesús, nos trae vida abundante. Nos incorpora a un orden nuevo en el que podemos ser quienes hemos sido creados y lograr lo que trasciende. Jesús es la evidencia de la buena voluntad de Dios y, por lo tanto, la razón de nuestra esperanza.

Vengamos a él en esta Navidad.

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