Archive for the ‘Navidad’ category

No temas

24 diciembre, 2018

Lucas 1.26-38

El nacimiento de Jesús expresa de manera perfecta el amor de Dios por todos aquellos a los que él ha creado. Es más, Jesús es la evidencia y la explicación de que Dios nos anhela celosamente, es decir, que Dios nos ama mucho. Santiago 4.5 Ello explica que Dios se haya hecho vulnerable y que necesite estar en comunión con nosotros. Desde luego, él realmente no nos necesita, pero, al amarnos, le hacemos falta. Porque nos ama, nos necesita.

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Se sabrá lo que en verdad piensa cada uno

24 diciembre, 2017

Lucas 2.27-35

A Simeón debe haberlo conocido mucha gente, unos admiraban su fe y otros, seguramente, pensaban que era un pobre tonto que tenía la cabeza llena de ilusiones huecas. Dios, el Mesías, la redención de Israel, ¿cómo creer en tales fantasías? Pero, Simeón creía y esperaba. La suya no era una fe sustentada solamente en la esperanza, era producto de su conocimiento, de su experiencia y, desde luego, de su profunda comunión con Dios.

Ni la existencia ni el quehacer de Dios dependen de lo que los hombres pensemos de él y de ello. Dios es y Dios actúa, más allá de nuestra fe y de nuestras convicciones. Sin embargo, no siempre podemos ver ni entender lo que Dios hace y cuál es su propósito. Simeón pudo hacerlo porque él sabía lo que Dios estaba haciendo, gracias a su conocimiento de las escrituras y gracias, también, a su comunión con el Señor. Sabía y esperaba, por eso veía de otro modo. Al pasar tanto tiempo en el templo pudo ver muchas de las cosas que Dios hacía. Vio entrar a personas anhelantes y las vio salir rebosantes de gozo. Oro por quienes llegaban en necesidad y se alegró cuando participó de las bendiciones recibidas.

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Ya murieron

2 enero, 2017

Mateo 2.19-21

La historia de la Navidad contiene tantos elementos sobrenaturales que resulta difícil acercarse a ella de manera humanamente objetiva. Dado que implica la intervención y el quehacer extraordinario de Dios, resulta imprescindible acercarse a la misma desde una perspectiva diferente, la de la fe. Así, si empezamos por asumir lo que no entendemos -lo que no nos checa-, estaremos en condiciones de avanzar hasta el espacio de la experiencia personal en el que podremos comprender y hacer nuestro todo lo que el relato navideño implica.

Desde luego, esta es una historia de amor. Y, como todas las grandes historias de amor, contiene elementos incomprensibles a menos que se participe de la relación de amor que les da sentido. En este caso, es el amor de Dios por nosotros la razón y la clave que da sentido al relato navideño. Jesús es la prueba por excelencia de que Dios nos ama. También es la prueba de que, por amor, Dios no desiste de su propósito de bien a favor de los suyos. Y, desde luego, Jesús es la prueba de que no hay fuerza que pueda impedir que el propósito de salvación se cumpla en nosotros cuando respondemos en amor al amor que hemos recibido en él.

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Jesús, razón para la esperanza

24 diciembre, 2015

Lucas 2.1-11

La historia de la Navidad es una historia de amor y de compromiso. El que Dios haya enviado a su único Hijo con el propósito de que este sirviera como precio de expiación, como pago de la deuda de todos nosotros, sólo puede ser comprendido desde la perspectiva del amor divino y del compromiso que de este resulta. Juan el evangelista nos asegura que el amor tan grande de Dios es la razón que él tuvo para enviar a su Hijo como garante de nuestra salvación. Es su amor, la profundidad del mismo, lo que lleva a Dios a contraer la obligación de ocuparse de nuestra salvación.

Dicen que hay una gran diferencia entre los animales y los seres humanos ante la muerte de uno igual a ellos. Cuando las fieras atacan una manada esta reacciona espantada, pero procurando proteger a los más débiles. Sin embargo, una vez que su congénere ha sido capturada y aun cuando esté siendo devorada por las fieras, el resto de la manada prosigue pastando y haciendo lo que le es natural. A diferencia de los animales, las personas resultan afectadas profundamente por la muerte de los suyos, al grado de que el todo de su vida se ve alterado. Sin embargo, más tarde o más temprano, terminamos aceptando lo inevitable y seguimos nuestra vida como mejor podemos.

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Para Guiarnos al Camino de Paz

27 diciembre, 2012

Lucas 1.6879

Nuestra vida está llena de hitos, es decir, de marcas que sirven para indicar la dirección que hemos seguido o la distancia que hemos recorrido en nuestro caminar diario. Uno de ellos consiste en organizar el tiempo en minutos, días, semanas, meses y años. Siendo así las cosas, podemos detenernos en circunstancias tales como el fin de un año para preguntarnos si hemos alcanzado lo que alguna vez nos propusimos o lo que resulta necesario que alcancemos y, sobre todo, si hemos caminado en la dirección correcta.

La Biblia enseña, y en particular el nacimiento de Jesús lo destaca, que Dios está dispuesto a guiar nuestros pasos por el camino de la paz. Tal disposición, además de hacer evidente el amor e interés divinos en nuestra condición, también hace evidente el hecho de que todos, en mayor o en menor medida, hemos equivocado nuestro caminar y necesitamos ser guiados en la dirección correcta. Basta con hacer un análisis superficial de nuestra vida para descubrir que hay cosas que no son de la manera que conviene que sean, sobre todo nuestras relaciones más cercanas y significativas.

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Tenemos Razón para Celebrar la Navidad

17 diciembre, 2011

Lucas 2.14

Basta con abrir los periódicos de este día para confirmar que son bien pocas las razones que tenemos para celebrar en esta temporada navideña. Como si ello fuera poco, cada día aumenta el número de quienes hacen una celebracion culposa de la Navidad. La celebran porque hay que celebrarla, más allá de los desánimos personales, los desencuentros familiares y de los conflictos sociales, económicos y de violencia que se viven.

Quizá una de las razones que explican el desencanto navideño tenga que ver con la perversión de la celebración navideña. Es decir, con el corromper la razón que da sentido a tales fiestas. Contra lo que hemos aprendido, la Navidad no es la época del amor, ni la fiesta para que la familia este junta-unida, mucho menos es la época para dar y recibir regalos.

Navidad es la fiesta que hacemos para celebrar que Dios se hizo hombre en Jesús y todo lo que ello implica y significa. Tal como lo cantaron los ángeles, la razón fundamental para el gozo de la natividad de Jesús es que esta trae la paz divina, la reconciliación de Dios con los hombres y es, por lo tanto, la expresión excelsa de la buena voluntad de Dios para nosotros.

Así, la Navidad antes que ser un asunto entre las personas, es un asunto personal entre Dios y nosotros. En Jesús, Dios ha venido a nuestro encuentro, a decirnos que nos ama y que está comprometido en nuestra regeneración integral.

Dios nos ama. Por lo tanto, Dios quiere estar en comunión con nosotros. No sólo quiere estar en acuerdo con cada uno de nosotros, sino que quiere liberarnos del poder del pecado y restaurar en nosotros lo que el pecado nos ha quitado.

El amor que celebramos en la Navidad, esa buena voluntad para con los hombres es, sobre todo, un amor incondicional. Dios nos ama… incondicionalmente. Es decir, sin limitaciones ni condiciones. Su amor no es fruto de lo que somos ni de lo que hacemos. Es, simplemente, la expresión de su buena voluntad, de su inclinación favorable a nosotros.

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El Amor de Dios se Nota

24 diciembre, 2010

Lucas 1.46-55

Que la celebración de la Navidad ha perdido su propósito, su razón de ser, ni es noticia, ni es asunto que parezca preocupar a muchos. Sabemos bien que la temporada navideña ya representa un problema de salud mental para muchos, quienes lejos de asumirla como una época de gozo, amor y felicidad, la encuentran llena de tristeza, depresión y soledad. No se trata sólo de que la Navidad haya caído en manos de los voraces comerciantes, ni, tampoco, de que sea una época de simulaciones y falsedades. Creo que hay una razón de fondo que explica la secularización de las fiestas navideñas y la notoria ausencia del Niño Jesús, y todo lo que él significa, en las reuniones familiares y sociales de estos días.

La razón que propongo como la que explica la pérdida del sentido original de la celebración navideña es, simple y sencillamente, lo difícil que significa para muchos el creer y experimentar la realidad del amor de Dios. Creo que la pregunta que muchos se hacen al respecto no es si Dios existe o no, más bien, se preguntan si es verdad que Dios es amor y, sobre todo, si Dios los ama. Algunos podrían pensar que la soledad de las multitudes, la pérdida de la fe, el aumento de la maldad, etc., son cosas propias del hombre moderno y que, por lo tanto, es ahora, en estos tiempos, cuando resulta difícil creer en el amor divino.

La verdad es que, en los tiempos en que nació Jesús, las cosas no estaban mucho mejor que ahora. Los pobres eran bien pobres y los ricos, muy ricos. La violencia contra las mujeres era pan de todos los días, dado que se dudaba que fueran racionales (que tuvieran alma), y eran, por lo tanto, tratadas como menores de edad sin importar cuántos años tuvieran. La violencia social era dramática, los soldados, como los de nuestro tiempo, eran corruptos, abusivos y sanguinarios. Los bienes religiosos, eran propiedad de unos cuantos, así que quienes buscaban su último refugio en las cuestiones espirituales, enfrentaban la doble moral, la corrupción y el desprecio de los sacerdotes y demás dispensadores de la fe, la esperanza y el amor.

Por todo ello es que resulta tan importante el cántico de María, cuando agradecida por la gracia recibida, alaba a Dios convencida de que las cosas, por fin, han empezado a ser diferentes. En efecto, el centro de la alabanza mariana es la misericordia de Dios. NVI traduce: “Acudió en ayuda de su siervo Israel y, cumpliendo su promesa a nuestros padres, mostró su misericordia a Abraham y a su descendencia para siempre”. La misericordia es la manifestación externa de la compasión, del amor mismo. Así que María ve en Jesús un hecho de por sí relevante, el amor de Dios se muestra, se pone a la vista. No se trata de una mera expresión de propósitos o de buenas intenciones, el amor de Dios se hace una realidad, se expresa en cuestiones concretas, objetivas y posibles de medir y evaluar.

María no dudaba de ello puesto que llevaba en su seno la manifestación sublime del amor de Dios para ella y para la humanidad. Pero, aun siendo cierto eso, dirían algunos, nosotros no estamos preñados de Dios. ¿Cómo, entonces, creer y asumir como real que Dios nos ama?

Lo primero que encontramos es que el amor divino se manifiesta preferentemente a quienes están en necesidad y se asumen como necesitados. A quienes han llegado a una condición en la que los recursos a su disposición no son suficientes para enfrentar la desventura que están viviendo… y lo aceptan. Algo que, me parece, provoca el espíritu secular navideño, es una sensación de autosuficiencia o de la capacidad extrema para llenar los vacíos existenciales. Aún cuando pocos se llenan, muchos se esfuerzan por parecer satisfechos o piensan que, si se esfuerzan un poco más, por fin alcanzarán la saciedad que anhelan. Lo trágico es que si el diciembre navideño es duro para muchos, la resaca que le sigue es mucho más difícil, solitaria y costosa para quienes después de tanto, siguen estando vacíos.

Ello nos lleva a la segunda cuestión. Ante las señales que anunciaban la disposición divina para manifestar su amor a las personas en lo particular, y a la humanidad toda, consecuentemente, hay un común denominador en quienes supieron entender e interpretar tales señales. Sirva de ejemplo la declaración de los sabios de Oriente a Herodes, respecto del niño Jesús: Su estrella hemos visto, y venimos a adorarlo. Al igual que los pastores, o que Zacarías que estuvo contando los años y los días que le faltaban en el turno para oficiar delante de Dios, quienes pueden constatar, comprobar, que Dios les ama, son quienes buscan, piden y hacen lo necesario para ser y estar en la condición que el amor de Dios pueda manifestarse.

Desde luego, es esta una cuestión de fe, de la cual podemos aprender, y conviene que lo hagamos. El amor es una cuestión de dos, es un baile que se baila en pareja. Es decir, Dios, quien nos ama, necesita de quienes estemos dispuestos a testificar la realidad presente de su amor. Partiendo del hecho de que Dios, no sólo está dispuesto a amarnos, sino que lo está haciendo, se requiere que nosotros busquemos estar ahí, en el espacio en el que el amor de Dios ha de manifestarse. Los pastores dijeron: Vamos, pues a Belén, a ver esto que ha sucedido y que el Señor nos ha anunciado. Donde estaban no podían ver el amor divino hecho realidad. Tenían que ir a Belén. Y cuando llegaron, yendo de prisa, encontraron a María, a José y al niño Jesús. Estuvieron frente a frente con la evidencia del amor de Dios.

En Navidad, aún los creyentes sinceros, llegamos al pesebre en esperanza y desanimados. Creyendo y llenos de incredulidad. No de que el niño Jesús nació, y de todo lo que está alrededor de su nacimiento sorprendente; más bien, llegamos cansados de creer en el amor de Dios, sin ver la realidad del mismo en nuestras vidas. Por ello es que, quisiera animarlos, para que hoy y a partir de este momento, dejemos en un segundo plano lo que nos detiene y caminemos los caminos que nos llevan a la realidad objetiva y concreta del amor que Dios nos dispensa. ¿Cuáles son estos caminos?, desde luego son caminos de fe. Pero, también son caminos de purificación, de santidad, de compromiso y de entrega. Se trata de que volvamos a cavar los pozos de nuestra espiritualidad, de los que ya hemos bebido y que ahora parecen estar secos.

Se trata de que asumamos que, en verdad, nuestros vacíos sólo pueden ser llenados por Dios. Y partiendo de tal verdad, creamos que él no se ha olvidado de tratarnos con misericordia. Navidad es el recordatorio de que, nuestro Dios, en su gran misericordia, nos trae de lo alto el sol de un nuevo día, para dar luz a los que viven en la más profunda oscuridad, y para dirigir nuestros pasos por el camino de la paz. Lucas 1.78,79