Archivo para septiembre 2010

Hablemos de la Violencia Intrafamiliar Pasiva

27 septiembre, 2010

Hemos considerado algunas de las causas y de las consecuencias de la Violencia Intrafamiliar. Ahora empezaremos a considerar las diferentes expresiones de la misma. Como hemos dicho, la Violencia Intrafamiliar es mucho más que los golpes, los gritos, las violaciones a la integridad física de las personas. De hecho, los estudiosos del tema nos aseguran que la Violencia Intrafamiliar es, prioritariamente, violencia física, violencia sicoemocional, violencia sexual y violencia económica. O sea, que son violencia los empujones, las bofetadas, el arrojar objetos, la intimidación, las amenazas, las prohibiciones para estar en contacto con algunos miembros de la familia, etc.; como también lo son las relaciones sexuales forzadas, o el rechazo de las relaciones sexuales como una forma de castigo a la pareja; y es violencia también el control excesivo de los recursos económicos y materiales, el despojo de los mismos a sus legítimos propietarios o generadores (el caso de los hombres que quitan el dinero que sus mujeres ganan en el trabajo, o los hijos que despojan a sus padres ancianos de sus pensiones), así como la privación de los recursos indispensables para la alimentación, el vestido, el transporte o el estudio.

Es importante, antes de abundar en el análisis de las expresiones y los ciclos de la Violencia Intrafamiliar, hacer hincapié que esta se da de forma tanto activa como pasivamente. En el primer caso la violencia se da de forma abierta, evidente, en la que el abuso es manifiesto. Mientras que en la forma pasiva, la Violencia Intrafamiliar se disfraza, se disimula, se encubre de maneras tales que difícilmente se puede reconocer como violencia a ciertas conductas, actitudes y formas de relación familiares. Recuerdo el caso de una persona que se decía profundamente confundida por los sentimientos de amargura y rencor en contra de su padre. Este, aseguraba, nunca la había golpeado o gritado. Aunque, lo cierto es que tampoco se había ocupado de ella; es más, cuando se divorció de su madre, nunca más volvió a estar al pendiente de la familia, no se interesó por lo que pasaba con sus hijos, nunca asistió a los eventos más significativos para ellos: graduaciones, quince años, bodas, etc. Esta persona no sabía que su padre había ejercido en contra de ella y de sus hermanos una severa violencia, aun cuando no los hubiera golpeado o maltratado física o verbalmente. La forma pasiva de la Violencia Intrafamiliar consiste, fundamentalmente, en el abandono físico y/o emocional de los familiares.

Abandonar no es otra cosa que dejar y/o desamparar a alguien. Así, tenemos situaciones de abandono, de violencia pasiva, en el caso de los niños que son dejados y/o desamparados por sus padres. Amparar es favorecer, proteger a quien lo pide y/o lo necesita. Los hijos necesitan de sus padres, de su presencia, de su cuidado y de su atención. De que se les mire y se les cuide. Ni la niñez, ni mucho menos la adolescencia, son etapas propicias para la soledad de los hijos, ni para la desatención de los padres. Los niños, y de manera destacada los adolescentes, necesitan del cuidado y la atención de sus padres. Estos enraízan y hacen crecer en ellos el llamado sentido de pertenencia, del cual resulta el fortalecimiento de su identidad y sentido de la vida.

Cuando los padres se distancian de los hijos, ya física o emocionalmente, les privan de recursos invaluables en la construcción de su propia identidad como personas. Pero, más aún, al privarlos del cuidado y la relación con quienes son su carne y su sangre, los arriesgan a que busquen satisfacer su necesidad de pertenencia en otros quienes, generalmente, están igual o peor de abandonados y confundidos que ellos.

Los esposos y las esposas también necesitan de sus cónyuges. Cada día crece el número de mujeres que hacen la vida en el abandono, en la soledad conyugal. Pero, tanto o más serio es el problema de los hombres que viven en soledad creciente. Unas y otros viven juntos, pero no unidos. Hablan todo el tiempo, pero no se comunican. Tienen relaciones sexuales, pero no son una misma carne. Y, el hecho es que también las esposas y los esposos necesitan la atención y el cuidado de sus respectivos cónyuges, de sus consortes. Es decir, de la persona que es partícipe y compañera con ellos en la misma suerte.

Y hay un tercer sector al interior de nuestras familias que sufre cotidianamente de la violencia pasiva que se expresa en el abandono físico y emocional: los ancianos. Una mujer, que hace pocos días estuvo seriamente enferma me decía: lo que más me duele es que mis hijos no se dieron cuenta de lo grave que estaba. Y, vaya si no tiene razón para sentirse dolida, fue su nieto de apenas once años quien al verla dormir por dos días consecutivos, le preguntó si estaba enferma. Ello, dentro de un pequeño departamento en el que conviven varios miembros de la familia, incluyendo a hijos adultos. El abandono, el desinterés, la insensibilidad son, me parece, algunas de las expresiones más terribles de la violencia ejercida en contra de los padres ancianos.

A reserva de que en nuestra siguiente entrega abundemos en la consideración de la ignorancia, la ausencia y el desapego, como causas y efectos de la violencia pasiva, aquí sólo quiero llamar la atención a la importancia que debemos dar a esta expresión de la Violencia Intrafamiliar. Me temo que sus consecuencias son mucho más dañinas y trascendentes, paradójicamente, que las expresiones abiertas de tal violencia. Permanecen en el silencio y a veces en aparente olvido, pero sus secuelas terminan por dañar invariablemente a quienes han sufrido tal abuso y a aquellos con los que se relacionan.

La violencia pasiva que se traduce en abandono físico y emocional produce, invariablemente, desesperanza. Esta es mucho más que solo la pérdida de la esperanza. Se traduce en una alteración del ánimo tal, que la persona abandonada queda a expensas de fuerzas poderosas y nocivas que atentan contra ella. De dentro suyo, la depresión y la pérdida de su estima propia. De fuera, la incapacidad para relacionarse sanamente con los demás y, por lo tanto, su predisposición a establecer relaciones de codependencia. Mismas que lejos de satisfacer sus necesidades espirituales, emocionales y físicas, habrán de destruirla sistemáticamente. Cabe aquí la declaración paulina, cuando el Apóstol desanimado exclama: en todo fuimos atribulados: de fuera,  conflictos,  y de dentro,  temores. O, como lo traduce Dios Habla Hoy: en todas partes hemos encontrado dificultades: luchas a nuestro alrededor y temores en nuestro interior.

Quienes han enfrentado o enfrentan violencia pasiva a manos de los suyos, de aquellos a los que aman. A quienes se descubren solos y desamparados, quiero dejarles en esta oportunidad la convicción de la actualidad presente y personal de la declaración del salmista: Aunque mi padre y mi madre me abandonen, tú, Señor, te harás cargo de mí. Tal convicción es mucho más que un mero deseo, que un consuelo barato. Quienes creen a la palabra de Jesucristo y le llevan sus trabajos y sus cargas, confirman en su propia vida que, en efecto, el Señor se hace cargo de ellos. No sólo los consuela, sino que también les da la sabiduría, la fortaleza y la fuerza necesarias para enfrentar y aun contrarrestar la violencia que sufren de parte de los suyos. Comprueban que esta no es suficiente para invalidar la realidad presente del amor de Dios, mismo que les ayuda para que, también en esto, sean más que vencedores en Cristo Jesús, Señor nuestro.

Para Entender la Violencia Intrafamiliar

20 septiembre, 2010

Hace algún tiempo fui invitado por el grupo de matrimonios de una iglesia citadina para hablar, se me insistió, sobre el tema de la violencia intrafamiliar. La insistencia con la que se me había pedido que fuera ese y no otro el tema a tratar me llevó, al empezar mi exposición, a preguntar cuántas de las familias ahí representadas enfrentaban situaciones de violencia al interior de sus hogares. Después de que repetí varias veces la misma pregunta, la respuesta siguió siendo la misma: silencio. Sin embargo, después de que respondieron a un sencillo cuestionario, casi las dos terceras partes de los asistentes reconocieron que, en mayor o en menor grado, se enfrentaban a situaciones de violencia intrafamiliar.

No me extrañó del todo dicha situación. Parte de las causas que explican la proliferación de la violencia intrafamiliar, hasta en las mejores familias, es precisamente el desconocimiento que se tiene respecto de lo que la misma es y cómo se manifiesta. Por lo general, se asocia la violencia intrafamiliar exclusivamente con la violencia física. Se piensa que si no hay golpes, no hay violencia. No hay tal. Paradójicamente otras expresiones de la violencia intrafamiliar son mucho más dolorosas y dañinas que la mera violencia física, ello sin menospreciar el daño e impacto de esta última. Recuerdo a una mujer que me decía que hubiera preferido, mil veces, que su padre la hubiera golpeado a que le dijera tantas cosas y tantas veces que le hacía sentir que no valía y que no le importaba a nadie.

Parecería absurdo pensar que haya quienes sufran de violencia intrafamiliar y no se den cuenta de ello. Sin embargo, un hecho que explica el porqué de tal ignorancia es la cultura familiar y social en que las personas viven y han crecido. Por ejemplo, en algunas zonas urbanas es normal ver que el hombre viaje a lomo del caballo o el burro, mientras que la mujer le sigue caminando a pie y llegando en sus brazos o espalda a uno o a más de sus hijos. Obviamente, quienes crecen mirando y participando de tal patrón relacional difícilmente considerarán que sea injusto, que se trate de una forma de violencia contra la mujer tal disparidad de trato. Sin embargo, lo es. O pensemos en nuestros hogares cristianos, cuando el domingo al volver a casa llenos del gozo del Espíritu de Dios, el hombre se siente a ver la tele o se recueste un rato –pues viene muy cansado de estar todo el día en la iglesia-, mientras su mujer le prepara la cena. Como estos, hay muchos casos que nos parecen normales, pero que esconden tras de sí severas y dolorosas formas de agresión en contra de las mujeres.

La violencia intrafamiliar tiene muchos rostros y aunque en apariencia sólo vaya dirigida a algunos de los miembros de la familia: mujeres, niños o ancianos, generalmente, termina por afectar a todos los miembros de la misma. Para comprender la complejidad de la violencia intrafamiliar y de sus consecuencias, conviene tomar en cuenta dos conceptos: abuso y maltrato. Dado que la violencia intrafamiliar es una cuestión de poder, se trata de un abuso. Es decir, del mal uso que se hace de algo o de alguien. Este mal uso tiene que ver con lo excesivo, lo injusto, lo impropio o lo indebido de la autoridad, o del mero poder, que el abusador detenta. La violencia intrafamiliar afecta a los más débiles, dado que es realizada por quienes tienen mayor poder o autoridad que estos. Tal abuso se manifiesta, y aquí tenemos el segundo concepto clave, cuando se maltrata a otro o a otros.

La cuestión del maltrato es una cuestión toral, de suma importancia, en el cómo de las relaciones familiares. Maltratar no sólo es tratar mal a alguien de palabra u obra. También es echar a perder. Porque el maltrato tiene que ver con lo que pasa aquí y ahora, es cierto; pero también produce un fruto a largo plazo. De acuerdo con el lenguaje bíblico, el maltrato planta en el corazón de las personas abusadas, raíces de amargura mismas que, como resulta obvio, sólo podrán producir frutos amargos. El término bíblico que se traduce como amargura, se refiere a un aborrecimiento amargo.

El aborrecimiento se compone de sentimientos maliciosos e injustificables, que lo mismo se tienen respecto de quien nos ha lastimado, de quien ha abusado de nosotros; como se tienen respecto de nosotros mismo. No solo se llega a odiar al abusador, sino que se termina odiándose a uno mismo. El odio empieza siendo un sentimiento de rechazo o repugnancia frente a alguien o algo, nos dice el diccionario. Sumamente doloroso resulta el que quienes han sido sistemáticamente abusados, por sus padres, esposos, hermanos o hijos, terminan, casi siempre, sintiendo que son ellos los culpables y, por lo tanto, merecedores de tantos abusos. Recuerdo, entre otras, a una mujer que habiendo sido abusada sexualmente por su abuelo materno y sus hermanos mayores, se preguntaba cómo es que podía haber sido tan mala que, ya a los cinco años, los provocaba para que abusaran de ella.

Aquí sólo apuntaremos que quienes han sido abusados llegan a sentir repugnancia de sí mismos, porque el abuso afecta de manera integral el todo de su identidad. Afecta sus pensamientos y sus emociones, creando verdaderas fortalezas espirituales, que no son otra cosa sino maneras de pensar negativas y dañinas; les afecta físicamente, puesto que produce el efecto conocido como de somatización, mismo que consiste en que los pensamientos y emociones terminan alterando la salud de la persona produciendo enfermedades y dolores reales. Y, desde luego, les afecta espiritualmente.

Quien ha sido, o está siendo abusado por aquellos a quienes ama, se vuelve más vulnerable ante los ataques del diablo, quien como león rugiente que busca a los más débiles, solo tiene como propósito el robar, matar y destruir. El ataque satánico busca disminuir la credibilidad y la confianza que la persona abusada tiene respecto a Dios. Muchos de los que han sufrido o sufren abuso, aprenden a pensar que Dios no los ama, que no le interesan y que alguna razón habrá para que Dios los esté castigando de tal manera. Cuando se rebelan contra el padre, el esposo o cualquier otro miembro que abusa de ellos, o cuando tienen algún sentimiento de ira o coraje en contra del abusador, se sienten culpables y, por lo tanto, indignos de la gracia divina. El abuso que sufren, y el dolor que del mismo resulta, apaga el gozo del Espíritu y aleja paulatinamente a la persona de la fuente de su salvación.

La buena noticia es que el Hijo del Hombre, nuestro Señor y Salvador Jesucristo, ha venido para deshacer las obras del diablo y para dar vida abundante a quienes han sido lastimados y despojados de su dignidad, su paz y su confianza. Quien ha sido abusado no tiene por qué vivir bajo el poder de sus abusadores, ni de los abusos recibidos. En Cristo encuentra el poder y la libertad para vivir una vida plena y caminar por la senda de la justicia y la paz. De esto nos ocuparemos en nuestra próxima entrega.

Mientras tanto, les invito a que hagamos nuestra la promesa del Señor que nos asegura: El Señor es mi pastor, nada me falta; en verdes pastos me hace descansar. Junto a tranquilas aguas me conduce; me infunde nuevas fuerzas, por amor a su nombre. Aun si voy por valles tenebrosos, no temo peligro alguno porque tú estás a mi lado; tu vara de pastor me reconforta.

El Espejismo de la Libertad

20 septiembre, 2010

2Pedro 3.17-22

Muchas veces, al leer los pasajes bíblicos que describen el carácter de las personas, nos encontramos con que habla de muchos a quienes conocemos, con los cuales convivimos. En no pocas ocasiones, nos descubrimos a nosotros mismos en lo que estamos leyendo. Tal el caso del pasaje que nos ocupa hoy. Cuando menos nos obliga a reconsiderar algunas de las actitudes que afectan el cómo de nuestras relaciones más primarias; tanto por lo que tiene que ver con los otros, como por aquello que de nosotros el pasaje descubre.

Es este un pasaje difícil, feo y desagradable. De acuerdo con su contexto, describe la condición del hombre que se revela a la autoridad de Dios y pretende tener el derecho y la capacidad, no sólo para decidir lo bueno y lo malo, sino para enseñar a otros de acuerdo con sus convicciones. Pedro asegura que se trata de hombres que hablan mal de cosas que no entienden. Tal expresión petrina es una clave en sí misma, tanto para identificar a aquellos que son injustos, como para entender las razones que tienen para actuar de la manera en que lo hacen.

Primero, se trata de hombres que no hacen lo que es justo. Es decir, lo que Dios ha establecido como lo bueno, lo propio de las personas y de sus circunstancias. Por lo tanto, se trata de personas que actúan mal, son llevadas por sus instintos y emociones antes que por su capacidad de juicio, de análisis. Son sensuales en el sentido de que se dejan llevar por sus sentidos, por lo que sienten. Pueden ser simultáneamente cariñosos y agresivos; estar conscientes de sus responsabilidades y dejar de cumplirlas; su patrón de comunicación se vuelve confuso pues dan caricias positivas y caricias negativas, en una mezcla que evidencia su propia confusión interior. Son rebeldes a la autoridad, aunque codependientes de sus figuras parentales; mantienen una relación culposa con Dios, resistiéndose a reconocerlo como el Señor de su vida, pero al mismo tiempo procurando no molestarlo demasiado. Por lo tanto, se trata de personas emocionalmente inestables, propiciadoras de mucho dolor para quienes los aman y para ellos mismos. En principio, como fuentes sin agua y nubes empujadas por la tormenta, sólo tienen como destino la más densa oscuridad en sus vidas.

Sin embargo, se trata de personas que dan la apariencia de ser plenamente libres. Ellas mismas presumen: a mí, nadie; a mí, nada. Sin embargo, dice el Apóstol Pedro, son ellos mismos esclavos de corrupción. Y es que, todo hombre es esclavo de aquello que lo ha dominado. DHH ¿Qué es lo que nos domina a nosotros? ¿De qué somos esclavos, aunque pretendemos ser libres? Quizá la vieja consigna, dime de qué presumes y te diré de qué careces, sea un instrumento útil para comprender qué es lo que nos domina. Quizá presumamos de libertad, de independencia; quizá lo hagamos respecto de nuestra autosuficiencia o de la abundancia de nuestros recursos; a veces, se tratará de nuestro valor o de nuestra sabiduría. Lo cierto es que, Pedro asegura que las palabras infladas y vanas, altisonantes y vacías, no son suficientes para disimular siquiera la condición de esclavos. Abusadores, explotadores, adictos, los que viven contra natura, etc., se distinguen por la abundancia y la aparente contundencia de sus argumentos. Sin embargo, como en el caso del mal aliento, quienes conviven con ellos, quienes los tratan, se dan cuenta de que tales argumentos no los hacen menos esclavos de la condición en que se encuentran.

No basta con parecer libres, se trata de ser verdaderamente libres. La Biblia no sólo describe la condición esclavizada de los hombres sin Dios y sin esperanza. El mismo Pedro asegura que Dios nos hizo renacer para una esperanza viva 1Pe 1.3 Así que, conviene que si nos ocupamos de lo que nos esclaviza, o lo que puede llegar a hacerlo, no s ocupemos principalmente de lo que nos libera verdaderamente. Que tratemos de entender cómo es que la libertad puede dejar de ser un mero espejismo, para transformarse en una realidad verdadera y relevante a nuestro aquí y ahora.

La Biblia nos enseña que el camino de la libertad empieza por el arrepentimiento y la conversión. Dos cuestiones que aunque nos referimos a ellas como separadas, no son sino una sola desde la perspectiva bíblica. El mismo Pedro respondió a quienes, conscientes de su esclavitud y apesadumbrados por el peso de su pecado se preguntaban qué hacer para encontrar la libertad de Cristo, que era necesario que se arrepintieran de su pecado y se bautizaran en el nombre de Jesucristo para perdón de sus pecados y así recibirían el don del Espíritu Santo. Hch 2.38

Con su llamado a arrepentirse, Pedro invita a sus oyentes a cambiar de opinión y/o de propósito. Que se involucren en un cambio a mejor. Pablo llama también a que cambiemos nuestra manera de pensar, para que cambie nuestra manera de vivir. Ro 12.2 Es este un paso difícil para quienes se asumen libres y presumen de tal condición, siendo esclavos. La razón es que se requiere humildad. Esta consiste en no levantar mucho de la tierra, no presumir de sabios, diría Pablo. Rom 12.16 La humildad requiere y propicia el que reconozcamos nuestra verdadera condición y nuestra incapacidad inicial para liberarnos de aquello que nos posee, nos controla. Es decir, que reconozcamos nuestros temores, nuestras heridas, nuestras necesidades existenciales. Y, una vez habiéndolas reconocido, asumamos que no está en nosotros lo que puede hacernos libres y que, por lo tanto, necesitamos llevar nuestros trabajos y nuestras cargas a Jesucristo, nuestro Señor y Salvador.

Juan el evangelista asegura: Si el Hijos los hace libres, [los libertare] ustedes serán verdaderamente libres. Jn 8.36  Es esta nuestra confianza y es, al mismo tiempo, esta nuestra invitación. Dejemos de creer en los espejismos de nuestra libertad y asumamos en humildad la realidad de aquello que nos posee, domina y está destruyendo (lo que somos, a los que amamos, lo que tenemos).

Arrepintámonos y volvamos nuestro corazón a Jesucristo, nuestro liberador. En su presencia, quizá dolorosa pero confiadamente, abramos nuestro corazón y permitamos que él descubra y limpie de raíz lo que tanto dolor nos provoca. Comprometámonos a vivir en la luz y para honra y gloria del Señor. Así, caminaremos en libertad porque seremos plenamente libres.