Posted tagged ‘Incredulidad’

Sólo desde la convicción de la fe

6 diciembre, 2015

Salmos 91

El 91 es un salmo que sólo puede ser leído desde la fe. Contiene declaraciones que sin el don de la fe resultan difíciles de aceptar puesto que en muchos de nosotros no se han cumplido, no se están cumpliendo y, con toda seguridad, nunca habrán de cumplirse. Cuestiones tales como: caerán a tu lado mil, y diez mil a tu diestra; mas a ti no llegará, resultan emocionantes, esperanzadoras, pero no siempre se hacen realidad en la vida de los creyentes. Por el contrario, no pocos entre nosotros ven pasar a su derecha y a su izquierda a muchos que parecen no tener aflicciones en la vida… y los miran desde la incómoda posición de quienes han caído, de quienes están en el suelo. Que se trata de un salmo difícil pueden dar testimonio aquellos creyentes que en los últimos meses han tenido que enfrentar la enfermedad, la pérdida de seres amados, conflictos familiares y/o económicos, etc. Sí, para quienes han pasado por los valles de sombra y de muerte, resulta difícil leer el salmo 91 sin el don y la gracia de la fe. Sí, porque quien no tiene fe y se acerca a Dios desde una perspectiva exclusivamente natural, humana, encontrará muchas dificultades, no solo en leer, sino en comprender y hacer suyo este hermoso salmo.

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Pero ninguno les creyó

25 enero, 2015

Marcos 16

Creo que más de alguna vez los cristianos llegamos al momento en el que pensamos que, si hubiéramos conocido personalmente a Jesús, la historia de nuestra fidelidad sería diferente. Hubiéramos sido más santos, más perseverantes, más fieles, etc. Sin embargo, la historia de aquellos que anduvieron con el Señor no parece dar sustento a nuestras especulaciones. La historia de quienes olieron el aliento del Señor, así de cerca de él estuvieron, resulta muy parecida a la nuestra: incrédulos, traidores, desconfiados, inconstantes en su caminar cristiano, etc.

Si he de hacerla de Abogado del Diablo de los compañeros de Jesús, sólo apuntaría en su defensa –cuando menos en un intento de explicación de sus altibajos-, que el caminar al lado de Jesús expone a las personas a una constante de tensión, les obliga a responder a cosas no conocidas e incomprensibles, a estar a la altura de circunstancias que nunca en la vida se le ocurriría a cualquiera que tendría que enfrentar. Como eso de que, al que vieron morir en la cruz y ya había sido sepultado, vivía y los mandaba llamar para encontrarse con ellos.

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Jesús no Pudo

9 noviembre, 2014

Marcos 6 NTV

Marcos no parece tener problemas con las limitaciones de Jesús el Cristo. Encara con bastante objetividad la vulnerabilidad voluntaria de Dios ante el libre albedrío de los humanos. No sólo nos informa que Jesús no pudo hacer ningún milagro en Nazaret, sino que agrega que la incredulidad de sus familiares y paisanos lo dejó asombrado, lo asustó. Dios, hecho hombre, no sólo es limitado por la incredulidad de los humanos sino que también se asusta ante la misma.

Acostumbrados a los excesos de los familiares de los líderes sociales y políticos. Participantes de la cultura del tengo un amigo que es amigo del amigo de, podemos preguntarnos qué es lo que llevó a los parientes y paisanos de Jesús no sólo a no creer en él sino también a rechazarlo. Me parece que Marcos mismo nos da una clave cuando, avisado de que su madre y sus hermanos lo buscaban, preguntó: ¿Quién es mi madre? ¿Quiénes son mis hermanos? Contestándose él mismo: Estos son mi madre y mis hermanos. Todo el que hace la voluntad de Dios es mi hermano y mi hermana y mi madre. Marcos 3.33ss

En los hechos Jesús ha replanteado el cómo de su relación con los suyos. Este replanteamiento implica un rechazo, cuando menos una aceptación condicionada: Quien quiera estar en relación con Jesús debe hacer la voluntad de Dios. Además, tal replanteamiento evidencia también la autonomía de Jesús, nadie ni nada puede poseerlo. Él es él, otro, y quienes quieran estar en comunión con él deben asumir su otredad y estar dispuestos a actuar de manera consecuente a ella.

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Nada Podrá Separarnos

24 abril, 2010

Pastor Adoniram Gaxiola

Romanos 8.28ss

Alguien me preguntaba recientemente si las cosas que vivimos en nuestro país son más difíciles, más violentas, más generadoras de temores que las que vivieron nuestros antepasados. Creo que no. Si comparamos, por ejemplo, el número de muertes violencias de los últimos tres años con el de quienes murieron hace un siglo, por causa de la Revolución Mexicana, no hay punto de comparación. Tampoco lo hay, si comparamos las catástrofes naturales que enfrentan muchos mexicanos, con las que, en el pasado, han provocado miles de muertos, tal el caso de los sismos de 1985.

Así que si lo que hace tan impactantes los acontecimientos recientes, lo que provoca nuestra ansiedad y nuestros temores no es el tamaño de las tragedias que enfrentamos, o el número de víctimas con el que nos bombardean los medios noticiosos, ¿qué es lo que provoca que haya tanta zozobra, temor y desesperanza en no pocos de nosotros y de nuestros conciudadanos? Mi propuesta, o el intento de la misma, considera dos elementos: el primero consiste en el hecho de que somos nosotros los que estamos enfrentando las dificultades, los temores y aún los sufrimientos provocados por las circunstancias que nos toca vivir. El segundo tiene que ver con lo que podríamos llamar la frustración de la esperanza. Los creyentes no sólo tenemos fe, también tenemos esperanza. Es decir, no solo sabemos y creemos, sino que también tenemos expectativas que se sustentan en la confianza que tenemos en Dios: en su amor, en su interés y en su poder para cambiar las cosas que nos duelen y dañan.

Hemos orado tanto por tantas situaciones. Por tantas cosas que no solo son malas y dolorosas en sí mismas, sino que han demostrado tener el poder para afectar a muchas más personas y muchas más cosas. Ahí están las enfermedades, los conflictos familiares, los problemas de los hijos, las dificultades económicas, las soledades, etc.

Debo confesar que a veces mi fe, mi conocimiento de la Palabra, mi experiencia pastoral, no me parecen suficientes en el ánimo de servirles y apoyarles en su caminar diario. Quizá esto no sea sino el reflejo de mi propia confusión, sorpresa y tristeza ante las situaciones, ¿cada vez más extraordinarias?, a las que la vida nos enfrenta. La violencia irracional que vivimos ya de cerca, el incremento de la violencia intrafamiliar, el número creciente de divorcios –con su consecuente cauda de soledad, pobreza, amargura, etcétera, la violencia callejera contra las mujeres, el alcoholismo y otras adicciones; en fin, tantas cosas que parecen tan lejanas y, sin embargo, cada día tocan a nuestra puerta o, de plano se meten en nuestras vidas sin siquiera avisar ni, mucho menos, pedir permiso. Realidades estas que provocan preguntas tales como: ¿qué es lo que permanece en la vida? ¿Hay alguna garantía de bien? ¿Hay alguna posibilidad para la paz, para la felicidad?

En estas circunstancias la relación con Dios me resulta incómoda. Dios me resulta incómodo. Los porqués se multiplican y arrastran con ellos confusión y rebeldía. Y creo que no estoy solo en esta circunstancia. Creo que somos muchos los que, de tanto en tanto, enfrentamos la frustración de la esperanza.

Hay quienes aseguran que lo que la sociedad toda y los individuos que la formamos necesitamos es tocar fondo. Que sólo cuando llegamos a una situación en la que ya no tenemos, ni podemos, nada, estamos en condiciones de superar nuestras circunstancias. Hasta nos aseguran que lo que necesitamos para comprender a Dios y volvernos a él es que las cosas se descompongan hasta que ya no haya más esperanza. Hasta yo he llegado a pensar así y, mucho me temo, también alguna vez he enseñado en tal sentido. Bueno, pues si alguna vez les aseguré tal cosa, ahora debo decir que estaba equivocado. No es la derrota, ni el fracaso, los espacios donde podemos encontrar razón para permanecer en la esperanza y encontrar fortaleza para la misma.

Hay un canto en los Estados Unidos que en su parte medular dice: Tú eres la fuente de mi fuerza y la fortaleza de mi vida. Debo agradecer al Señor que en las últimas semanas él ha sido la fuente de mi fuerza y la fortaleza de mi vida. Dios tiene una forma particular de llevarnos a su presencia, de animarnos a entrar en su santuario. Ahí él se revela y nos muestra que, en medio de toda la confusión, él permanece en control. Tal era la convicción del salmista que explica que su forma de pensar, que la frustración de su esperanza terminó cuando “entrando en el santuario de Dios”, comprendió…”

Al ir al Señor nos encontramos con la declaración paulina: “Sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman, y a los cuales él ha llamado de acuerdo con su propósito”. “Todas las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios”, sería una buena paráfrasis. Él lo ha dicho, se ha comprometido a ello, y el recuerdo de su actuar pasado así lo confirma.

Al “salir de su santuario”, donde hemos presentado a Dios nuestra confusión y nuestra desesperanza, por lo general las cosas siguen igual. Ello hace relevante la promesa paulina y, por lo tanto, hace importante que pidamos a Dios se cumpla su promesa: Que todas las cosas que estamos pasando, sufriendo, decidiendo, sean para bien. Mientras esperamos en medio de las circunstancias que nos duelen, debemos pedir que seamos fortalecidos y así podamos permanecer firmes en el Señor. También debemos orar pidiendo que el mal que originó nuestros problemas y tristezas, sea detenido en nosotros. Pero, sobre todo, nuestra oración debe pedir que aquello que Dios nos tiene preparado se manifieste plenamente.

Hay una razón para tal confianza en medio de tanta confusión y debilidad: la certeza del amor de Dios. -En su santuario y fuera de él este siempre se manifiesta-. Dios nos ama y su amor lo mantiene unido a nosotros. Por eso nada podrá separarnos del amor que Dios ha mostrado en Cristo. La primera consecuencia de tal amor es su adicción a nosotros, su anhelo de nosotros. Sufrimiento, dificultades, persecución (violencia), hambre, falta de ropa, peligro o muerte violenta. Son solo circunstancias, difíciles y dolorosas, pero circunstancias al fin al cabo, es decir: “Aspectos no esenciales que influyen o aparecen en un fenómeno, acontecimiento, etc.”.

Los días que vivimos son difíciles y no hay razón para esperar que los inmediatos resulten mejores. Creo, y les invito a ello, que debemos prepararnos para enfrentar más dificultades, más violencia, más peligros, más… Como Jeremías en su tiempo, contra lo que falsos profetas aseguraban y mucha gente deseaba oír, no podemos anunciar tiempos de paz y de abundancia. Esperábamos paz, pero no llegó nada bueno. Esperábamos un tiempo de salud, pero sólo nos llegó el terror, tuvieron que aceptar quienes vivían la tragedia de sus días. Alguien dijo esta semana, al referirse a los múltiples asesinatos en la periferia de la Ciudad, que el cerco se está cerrando alrededor de nuestra ciudad y creo que tiene razón. Pero no creo que debamos aceptar que será en la aceptación fatalista de un destino indeseable, donde podamos encontrar razón para la esperanza. Mi invitación a ustedes que, quizá como yo, resultan confundidos, desanimados y lastimados por las circunstancias de la vida, consiste en animarles a que entren en el santuario de Dios. A que sea en su presencia que descubran el qué y el cómo del bien que tanto dolor habrá de tener como consecuencia. La presencia del Señor trae paz a nuestras circunstancias. Él gobierna las lluvias, asegura el Salmista. Todavía puede ordenar al viento y a las aguas que se calmen. El Señor es nuestro santuario y por ello podemos alzar nuestros ojos en esperanza.

Así, animados por lo que en el santuario descubrimos de Dios, podemos asumirnos a nosotros mismos como agentes de cambio, portadores de la esperanza y ministros de la reconciliación. Podemos hacerlo porque conocemos y somos sustentados por el amor de Dios que es en Cristo Jesús, nuestro Señor y Salvador.