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Sólo desde la convicción de la fe

6 diciembre, 2015

Salmos 91

El 91 es un salmo que sólo puede ser leído desde la fe. Contiene declaraciones que sin el don de la fe resultan difíciles de aceptar puesto que en muchos de nosotros no se han cumplido, no se están cumpliendo y, con toda seguridad, nunca habrán de cumplirse. Cuestiones tales como: caerán a tu lado mil, y diez mil a tu diestra; mas a ti no llegará, resultan emocionantes, esperanzadoras, pero no siempre se hacen realidad en la vida de los creyentes. Por el contrario, no pocos entre nosotros ven pasar a su derecha y a su izquierda a muchos que parecen no tener aflicciones en la vida… y los miran desde la incómoda posición de quienes han caído, de quienes están en el suelo. Que se trata de un salmo difícil pueden dar testimonio aquellos creyentes que en los últimos meses han tenido que enfrentar la enfermedad, la pérdida de seres amados, conflictos familiares y/o económicos, etc. Sí, para quienes han pasado por los valles de sombra y de muerte, resulta difícil leer el salmo 91 sin el don y la gracia de la fe. Sí, porque quien no tiene fe y se acerca a Dios desde una perspectiva exclusivamente natural, humana, encontrará muchas dificultades, no solo en leer, sino en comprender y hacer suyo este hermoso salmo.

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En Valles de Sombra y de Muerte

25 abril, 2011

Los últimos días han estado llenos de conflictos y situaciones especialmente difíciles para muchas familias que conocemos. Enfermedades graves, dolorosos y complejos conflictos familiares, tensiones económicas, etc., son los diferentes rostros de la problemática que nuestras familias enfrentan. Ello significa, desde luego, que muchos de los miembros de la Iglesia de Cristo han sido alcanzados por los días malos.

Los días malos forman parte de la vida. Nadie escapa a ellos, son prácticamente connaturales a nuestra condición de seres humanos. Por ello, por más difíciles que resulten no pueden llamarnos a sorpresa. El hombre nacido de mujer, corto de días y harto de sinsabores, decía el justo Job. Sería, ocioso, entonces, ocuparnos de tratar de descubrir los porqués de tales días. Así como los hechos son, también los días malos son. Nada los cambia, nada los evita.

Sin embargo, el hecho de que sean muchas las familias que estamos enfrentando días malos, algunos excepcionalmente malos, nos obliga a la reflexión. Indudablemente hay algo más, un elemento extraordinario, un doloroso aporte a nuestra vida personal, familiar y congregacional en tales circunstancias de conflicto. Conviene recordar que en la dimensión espiritual simplemente no hay coincidencias. Debemos asumir que las cosas extraordinarias, como las que estamos viviendo, responden a un propósito y tienen un origen. En no pocos casos, este origen se encuentra en el enemigo de nuestras almas. En otros muchos, las cosas extraordinarias, aún las situaciones conflictivas, tienen su origen en Dios o son aprovechadas por el Señor para nuestro perfeccionamiento  y para el cumplimiento de su propósito en y al través de nosotros.

Es mi convicción que los días malos que estamos atravesando contienen un triple propósito:

§  Concienciarnos acerca de nuestra fragilidad.

§  Fomentar nuestra dependencia de Dios.

§  Provocar nuestro compromiso con Dios y su Iglesia.

Uno de los más grandes engaños es el de nuestra autosuficiencia. Vivimos una era en la que uno de los principios gobernantes es: si se descompone, arréglalo. Se nos anima a asumirnos fuertes, autosuficientes, permanentes. La verdad es que no lo somos. En pleno Siglo XXI, seguimos siendo frágiles.

Nuestra cultura nos hace menospreciar la fragilidad. No queremos ser débiles, resulta penoso serlo. Nos obligamos a ser fuertes. La cultura del reino de Dios, por su lado, nos recuerda que nuestra debilidad es un espacio de oportunidad para Dios. Que mientras más débiles somos, más se perfecciona el poder de Dios en nosotros. Así, nuestra debilidad no se traduce, necesariamente, en derrota o pérdida. Por el contrario, es la puerta por la que entramos al territorio de la victoria divina.

Asumir nuestra fragilidad, aceptarla, nos coloca en las manos del Señor. Pretender que somos fuertes, ignorar nuestras debilidades, nos coloca fuera del señorío de Dios quien, no debemos olvidarlo, gobierna en medio de la tormenta.

Mientras más delgado el hilo del que colgamos, mayor valor le reconocemos y mayor cuidado le dedicamos. Sin Dios no podemos hacer nada. Fuera de él nada somos. Si no fuera por su gracia no estaríamos aquí, ni podríamos superar los días malos que nos desgastan.

En los días malos tenemos que confiar, depender de Dios. Ello nos obliga a replantear el cómo de nuestra vida. A identificar aquellas actitudes, conductas y omisiones que nos ponen en riesgo de apartarnos de Dios y, por lo tanto, quedar fuera de su cuidado y amoroso cuidado.

Sabernos dependientes de Dios nos obliga a confesar nuestros pecados para quedar libres de su peso, al mismo tiempo que recomponemos nuestro caminar en la fe. Quien depende de Dios, como teme provocar su ira o incomodidad, se esfuerza por agradarlo en todo.

Los días malos hacen evidente aquello que, en nuestra vida, debe hacernos transitar la dura senda del arrepentimiento, la confesión y el arrepentimiento.

Los días malos son días de compromiso. Son días en los que las obligaciones contraídas, por nosotros con Dios, deben ser renovadas y redimensionadas. La razón es sencilla, no podemos pedir a Dios que intervenga en nuestro favor sin asumir, por nuestro lado, el que Dios tiene derecho de que nosotros cumplamos con lo que le hemos ofrecido y prometido.

Desde luego, Dios no espera de nosotros más de lo que podemos hacer. Así que no le resulta tan importante el monto de nuestra ofrenda, sino la condición de nuestro corazón. Se ha comprometido a no menospreciar al corazón contrito y humillado. Al corazón que se encoge y humilla buscando agradarlo en todo.

Todos nosotros hicimos muchas de nuestras promesas cuando nuestros días eran brillantes. Pero, algunas de las promesas más significativas, más trascendentes, las hemos hecho, precisamente, en medio de muchos días malos. Generalmente, cuando estos pasan, nos olvidamos de ellas y renunciamos a su cumplimiento.

Nuestras enfermedades, los conflictos familiares, las dificultades económicas, etc., reclaman que cumplamos lo que hemos prometido. Que seamos fieles, que renovemos nuestro compromiso y vayamos más allá de lo que hemos alcanzado.

Terminemos diciendo que los días malos no tienen el poder para definir el todo de nuestra vida. Nuestra vida es más que nuestros conflictos y aún que nuestros fracasos. Estos nos derriban, pero no nos destruyen. La razón para ello es que los transitamos, como todos los valles de sombra y de muerte, siempre bajo la guía y con el apoyo de la vara y del cayado de nuestro Dios, quien, no debemos olvidar, es nuestro Pastor.

El Salmo 91, una Cuestión de Fe

4 enero, 2010

El Salmo 91 sólo puede ser leído desde la fe. Contiene declaraciones que, sin el don de la fe, resultan difíciles de aceptar puesto que en muchos no se han cumplido, no se están cumpliendo y, con toda seguridad, nunca habrán de cumplirse. Cuestiones tales como caerán a tu lado mil, y diez mil a tu diestra; mas a ti no llegará, resultan emocionantes, esperanzadoras, pero no siempre se hacen realidad en la vida de los creyentes. Dígalo, si no, la familia de Melquisedec Angulo Córdova, quien fue el único que cayó ante las balas de Beltrán Leyva y sus secuaces; y cuya madre y hermanos fueron asesinados en su propia casa, en venganza por la muerte del narcotraficante. Melquisedec y los suyos, fieles creyentes y seguidores de nuestro Dios. O díganlo aquellos creyentes que en los últimos meses hubieron de enfrentar la enfermedad, la pérdida de seres amados, conflictos familiares y/o económicos, etc. Sí, para quienes han pasado por los valles de sombra y de muerte, resulta difícil leer el Salmo 91, sin el don y la gracia de la fe.

Sí, quien no tiene fe y se acerca a Dios desde una perspectiva exclusivamente natural, humana, encontrará muchas dificultades, no solo en leer, sino en comprender y hacer suyo este hermoso salmo.

El salmista es un hombre de fe y tiene fe porque ha conocido a Dios y ha habitado al abrigo del Altísimo y bajo la sombra del Omnipotente. Como la suya, nuestra experiencia vivida con Dios trasciende, va más allá, de las cuestiones que no comprendemos del Señor, de nosotros y de la vida misma. Es indudable que el salmista conoció el lado oscuro de Dios: su silencio, su inacción, su alejamiento. Sin embargo, también ha conoció el lado luminoso del Omnipotente: el cuidado, la atención y el amor evidente, palpable, del Señor. Es ello y no lo que no ha tenido ni recibido de Dios, lo que determina el cómo de la relación del salmista con su Señor. No los silencios, sino el susurro amoroso; no la inacción, sino las veces que la mano fuerte de Jehová se ha manifestado en su favor; no su alejamiento, sino los momentos plenos en los que el salmista supo que Dios estaba con él y de su lado. Todo esto es lo que construye una relación de confianza y de esperanza en el presente y para el futuro. Es decir, el salmista no sólo se pone al cuidado de Dios, sino que se dispone a seguir creyendo como posible aquello que ha puesto delante del Señor.

Es esta una cuestión importante. Veamos por qué. La declaración contenida en el verso 8: ciertamente con tus ojos mirarás y verás la recompensa de los impíos, parece evidenciar que el salmista enfrentaba una situación similar a la de todos los que servimos a Dios. Con frecuencia enfrentamos el hecho de que a quienes no lo sirven les va mejor que a nosotros que nos sacrificamos y esforzamos por servirle. Les va mejor, o cuando menos así lo parece. El hecho es que, en no pocas ocasiones, nos preguntamos si vale la pena servir a Dios; si, de veras, vale la pena hacer lo que él nos ordena aún a costa de nuestra paz y nuestra seguridad, y seguir esperando que él sea nuestro protector, que él responda a nuestras peticiones y derrame las bendiciones que le pedimos.

Quien conoce a Dios, desde adentro, como el salmista, no deja de enfrentar tales momentos de confusión, incredulidad y aún, de rebeldía. Pero, también, adquiere un conocimiento y una experiencia que resulta indispensable para salir adelante. En efecto, el salmista cierra su salmo con lo que parece ser una intromisión divina. Como si Dios le quitara la pluma y se metiera en la escritura del salmo para hacer una declaración importante y aclaratoria, respecto del conflicto que el salmista insinúa:

Por cuanto en mí ha puesto su amor, yo también lo libraré; le pondré en alto, por cuanto ha conocido mi nombre.

Me invocará, y yo le responderé; lo libraré y le glorificaré. Lo saciaré de larga vida y le mostraré mi salvación.

Y, Dios habla de cuestiones torales, no solo importantes, sino las más importantes en cuestión de la relación entre el hombre y él mismo. Primero, habla del amor. Dios dice que conocen su misericordia, su provisión y su cuidado quienes aman a Dios. Comprender a Dios, permanecer unidos a él, requiere del amor… no del enamoramiento. Es el compromiso amoroso de quien se relaciona con Dios desde el principio del te amo aunque no respondas a mis expectativas, te amo aunque no te comprenda. Estoy comprometido a mantener mi relación contigo, amándote. Además, Dios habla de la obediencia. Conocer su nombre, significa someterse a su voluntad y actuar según la misma. Renunciar a nosotros mismos: a lo que deseamos, a lo que nos hace falta, lo que esperamos, estando dispuestos a que él sea y haga en nosotros conforme a su propósito. El amor nos lleva a la obediencia y esta, paradójicamente, nos lleva a amar más a Dios, pues en la misma descubrimos lo profundo de su amor, de su sabiduría y de su fiel propósito para con nosotros.

Es a quienes lo aman y obedecen a quienes Dios promete responderles, estar con ellos, librarlos y glorificarlos; saciarlos de larga vida y mostrarles su salvación. Si nos fijamos, la promesa de Dios resulta trascendente, adquiere una dimensión de eternidad. Tiene que ver con el momento presente, sí, pero mucho más que con el mismo. Los impíos están atados, en su prosperidad, al momento presente. Este se acaba, no trasciende. En cambio, quienes aman y obedecen al Señor trascienden las circunstancias actuales. Estas no tienen el poder para definirlos, ni, mucho menos, para derrotarlos.

San Pablo dice que, en Cristo, y en medio de todas estas cosas (tribulación, angustia, persecución, hambre, desnudez, peligro, espada), somos más que vencedores. La victoria consiste, según el Apóstol, en que nada podrá separarnos [jamás] del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro. Como el salmista, Pablo descubre que lo importante en la vida no es lo que nos pasa, sino lo que resulta de ello. Los impíos gozan de una prosperidad que tiene como fruto su fracaso; los creyentes encuentran que el fruto de su dolor, sus fracasos, sus angustias no es su destrucción, sino su victoria.

Abraham, Oseas, Sadrac, Mesac y Abed-nego, el mismo Señor Jesús enfrentaron momentos difíciles provocados por la voluntad divina. Todos ellos y muchos han descubierto que quien permanece fiel al Señor, comprueba siempre, que el Señor es fiel con quienes lo honran y los honra, los pone en alto. Quien así sirve al Señor, descubre que, en efecto, quien se ha dispuesto a habitar al abrigo del Altísimo está y estará siempre bajo el cuidado divino y será fortalecido, en todas las cosas, por aquel en quien ha puesto su confianza.

Sí, no cabe duda que habitar al abrigo del Altísimo, el confesar que Dios es nuestra esperanza, nuestro casillo, aquél en quién confiamos, es, sobre todo, una cuestión de fe.