Pero ninguno les creyó

Marcos 16

Creo que más de alguna vez los cristianos llegamos al momento en el que pensamos que, si hubiéramos conocido personalmente a Jesús, la historia de nuestra fidelidad sería diferente. Hubiéramos sido más santos, más perseverantes, más fieles, etc. Sin embargo, la historia de aquellos que anduvieron con el Señor no parece dar sustento a nuestras especulaciones. La historia de quienes olieron el aliento del Señor, así de cerca de él estuvieron, resulta muy parecida a la nuestra: incrédulos, traidores, desconfiados, inconstantes en su caminar cristiano, etc.

Si he de hacerla de Abogado del Diablo de los compañeros de Jesús, sólo apuntaría en su defensa –cuando menos en un intento de explicación de sus altibajos-, que el caminar al lado de Jesús expone a las personas a una constante de tensión, les obliga a responder a cosas no conocidas e incomprensibles, a estar a la altura de circunstancias que nunca en la vida se le ocurriría a cualquiera que tendría que enfrentar. Como eso de que, al que vieron morir en la cruz y ya había sido sepultado, vivía y los mandaba llamar para encontrarse con ellos.

La tensión a la que me refiero no sólo se origina en lo peculiar que resulta Jesús mismo, sus demandas y sus acciones. Tan importante como este factor es el hecho de que Jesús, generalmente, no responde a nuestras expectativas en el tiempo y la forma deseados, cuando menos, esperados. No hay que olvidar que Jesús llama a su lado, con la promesa de hacerlos descansar, a los que están trabajos y cargados de la vida. Es decir, nos acercamos a Jesús esperando, confiando y creyendo, que él resolverá lo que nos aqueja; y que lo hará de acuerdo con nuestra perspectiva. Pues, a fin de cuentas, ¿qué no somos nosotros los que sabemos y sentimos lo que nos pasa? ¿Qué no somos nosotros los que tenemos la experiencia de la pérdida y, por lo tanto, sabemos algo respecto de cómo resarcirla?

Además, también nos acercamos a Jesús buscando certeza. Estar seguros de algo es preferible que el vivir la carga de la indefinición. Sufren más quienes no saben qué les pasa, que quienes reciben el diagnóstico firme del médico. Sufren mucho más quienes no saben si sus seres amados están vivos o muertos, que quienes han podido enterrarlos. Sufren más los hijos de padres en conflicto y que no saben si sus padres seguirán juntos, que los hijos de padres divorciados. El hecho es que nuestra necesidad de seguridad respecto de las cuestiones torales de la vida nos lleva a preferir creer como definitivo algo, antes que someternos a la ansiedad de la indefinición.

Sí, los discípulos de Jesús creían en él. Muchas veces se sorprendieron de que se cumplieran aquellos dichos o promesas imposibles que él había pronunciado. Pero, como en todo, hay cosas que se salen del límite. Jesús, no sólo les había anunciado su muerte, sino que también les había prometido su resurrección. No se trataba de la muerte y resurrección de otros, como Lázaro o aquella niña a la que también resucitó. No, el que había muerto era Jesús mismo. La diferencia consistía en que cuando Lázaro estaba muerto, Jesús vivía. Era él quien volvería a Lázaro de muerte a vida. Pero, estando Jesús muerto, ¿quién podría resucitarlo?

En tal situación extrema, aquellos que habían visto a Jesús resucitar muertos, eligieron no creer que este había resucitado. Era más seguro llorarlo que considerar la posibilidad de ir a su encuentro después de saberlo muerto. La vida, nuestra vida, está llena de situaciones extremas. Lo que las convierte en tales no es la naturaleza de las mismas, sino la cercanía física, afectiva y emocional que las mismas representan para nosotros. Es más fácil creer que Dios podrá hacer algo en favor de otros que, en el momento de la prueba, confiar que Dios lo hará en favor de nosotros y de los nuestros.

Los, qué pasará si, nos atemorizan y ponen a prueba nuestra convicción. Sabemos que Dios puede hacerlo, pero no estamos convencidos de que lo hará. Y este es, precisamente, el reto de nuestra fe ante las situaciones extremas a las que nos hemos referido. La fe, aseguran las Escrituras, no es la convicción que resulta de lo que se ve o se tiene, sino de lo que no se ve, de lo que se espera. Debo a Enrique Guillén haber encontrado una cita muy valiosa y oportuna: Dios no nos regala la certeza. En ocasiones, uno simplemente tiene que jugar con las posibilidades.

Me parece que los discípulos jugaron con las posibilidades cuando, sin estar convencidos de que Jesús hubiera resucitado, se mantuvieron unidos. A fin de cuentas, Jesús –muerto o resucitado-, era la razón de su unidad, de su estar juntos. Rescataron el espíritu de Moisés cuando se reunieron como si estuvieran viendo al que no veían. En tales circunstancias, aquel que les había ordenado que fueran a él cuando hubiera resucitado, vino a ellos quienes no estaban seguros de su resurrección.

Y es que Jesús comprende. Está consciente de lo complicado que resulta seguirlo y mantenerse fiel a él. Según algunos manuscritos antiguos los discípulos se defendieron diciéndole: Esta época de desorden e incredulidad está bajo Satanás, que no permite que la verdad y el poder de Dios conquisten a los espíritus malignos. Por consiguiente, revela tu justicia. Por eso es que cuando nosotros no podemos llegar a él, él viene a nosotros. Su presencia, ya no sus promesas, trae certidumbre a nuestra fe en ese momento toral de nuestra vida.

Conviene recordar que no todos los que estaban a la mesa en el momento de su aparición dudaban de que hubiera resucitado, ellos lo habían visto vivo. Pero, esto nos recuerda que en asuntos de fe y espiritualidad nadie puede beber en pozo ajeno. La convicción resultante del encuentro con Jesús es resultado de la disposición, la búsqueda y del arriesgar la confianza de cada quien.

Algunos de nosotros estamos tan involucrados y afectados por los asuntos trágicos de la vida que muy difícil nos resulta el creer en lo que Dios ha dicho y prometido. Tendemos a olvidar, los ignoramos, los hechos portentosos con los que él ha bendecido nuestra vida. Pero, estos no son tiempos para que busquemos el milagro, son tiempos para que recibamos al Señor que nos busca, que llega hasta nuestra mesa, y actuemos consecuentemente al hecho de su cercanía que se convierte en llamado. Sí, en el llamado de traer a él nuestro cansancio y nuestras pesadas cargas, se encuentra la posibilidad de la renovación y del fortalecimiento de nuestra fe, porque él nos traerá descanso. Es decir, nos confortará y nos dará el poder de su Espíritu para que podamos enfrentar las situaciones extremas de la vida y que, al final de la batalla, todavía podamos permanecer firmes en la comunión con él.

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