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La Razón de Nuestra Esperanza

24 diciembre, 2009

Pastor Adoniram Gaxiola

Isaías declara: El pueblo que andaba en la oscuridad vio una gran luz; una luz ha brillado para los que vivían en tinieblas. Tal declaración da pie al anuncio del nacimiento del niño al que hoy celebramos, de Jesús quien ha venido a traernos vida y esperanza. Sí, la Navidad nos recuerda que hay razón para la esperanza, que, sin importar las circunstancias que vivamos o atravesemos, en Cristo siempre hay razón para creer y hacer en la confianza de que la vida puede cambiar para bien.

Navidad también echa al traste un viejo y muy creído mito: que solo quienes están bien pueden, y tienen derecho a, esperar lo mejor. Los personajes bíblicos de la primera Navidad se distinguen por ser de carne y hueso, por formar parte de familias disfuncionales, por su incapacidad para comunicarse satisfactoriamente, por acompañar la convicción con la duda. Si no, veamos:

José y María, Zacarías y Elizabeth, son pobres, con sueños e ilusiones –algunos de ellos rotos-. María, colocada por Dios en el brete de ser identificada como una mujer infiel y en camino a convertirse en madre soltera. José, piadoso, lo califica Mateo. Sí, un hombre piadoso que, no sabemos, si le creyó a María la historia de su embarazo, o, solo se dio cuenta de que el vientre de su prometida empezaba a crecer sin recibir explicación alguna. De cualquier modo, un hombre piadoso pero desconfiado. Piadoso porque no quería dañar a María, pero tan desconfiado que estaba dispuesto a romper su compromiso matrimonial.

Poco bueno podría salir de conflictos tan serios y relaciones tan desgastadas. Pero la Navidad nos recuerda que son, precisamente, las limitaciones, los fracasos y las tragedias de los hombres la razón que Dios tuvo para hacerse hombre en Jesucristo. Navidad nos recuerda que el Hijo de Dios apareció para deshacer las obras del diablo[1]. Además, la Biblia nos recuerda que en Jesús hay vida plena, vida en abundancia.

Quienes celebramos el nacimiento de Jesús a más de dos mil años de distancia, nos encontramos como los personajes y las familias que lo recibieron. Cada uno de nosotros vive sus propias tragedias, se empeña en dar respiración artificial a sus desfallecientes sueños, se encuentra atrapado en su propio brete[2]. Díganlo si no las parejas que han aprendido a convivir como extraños, que enfrentan silencios crecientes y tibios y superficiales intentos de conversación para mantener viva la comunicación. O, que hablen los que frente a tantas adversidades ha visto desgastarse sus sueños e ilusiones. Mejor aún, que se identifiquen aquellos que se encuentran agotados por la lucha cotidiana de la vida. Y podríamos escuchar aún a quienes, llenos de gozo y bendición, guardan en su corazón las cosas que viven, ven y escuchan, preguntándose qué habrá de ser del futuro de los suyos y del de ellos mismos.

Dado que Navidad es el anuncio de las buenas nuevas para quienes buscan, piden y esperan, de Zacarías, María y José podemos aprender el secreto del éxito que surge del hecho del nacimiento de Jesús.

Zacarías nos enseña la importancia de la fe. Los años estériles de su matrimonio, fueron los mismos años de oración confiada. Zacarías creyó que a Dios le importaba que Elizabeth fuera estéril y que estuviera dispuesto a cambiar esa situación. Contra toda esperanza, oró creyendo. Y cuando todo parecía indicar que no había razón para seguirlo haciendo, Dios respondió a la oración de su corazón. En el preámbulo del nacimiento de Jesús, Zacarías descubre que siempre hubo razón para su esperanza y que Dios no habría de ignorar ni menospreciar la fidelidad de su fe.

María nos enseña la importancia de la obediencia. Cuando el ángel Gabriel le anuncia su próximo embarazo, María responde diciendo: –Yo soy esclava del Señor; que Dios haga conmigo como me has dicho. Cuando María comprende que Dios está haciendo lo que él quiere hacer y que lo está haciendo a su manera, decide incorporarse al quehacer divino aún a costa de su propia tranquilidad, de su propio prestigio, de su propia seguridad. Hace lo que Dios quiere que haga. Así descubre que en su obediencia Dios encuentra el espacio propicio para el cumplimiento de su voluntad y propósito a favor de María, de los suyos, de su pueblo y de los muchos otros de los que nosotros formamos parte.

José nos enseña la importancia del actuar confiado. Dice Mateo que cuando José despertó, hizo lo que el ángel del Señor le había mandado[3]. José despertó de una pesadilla. Mientras dormía estuvo siendo consumido por sus dudas, su propia justicia, su desencanto, sus temores, etc. Pero la noche pasó y él tuvo que enfrentar la vida. Dormido no tenía que, ni podía, tomar una decisión. Pero, ya despierto decidió hacer lo que el ángel del Señor le había mandado. Al renunciar a sus propias opciones, José demuestra su confianza en que la salvación que el niño traerá a su pueblo y a otros, también le salvará –le beneficiará-, a él mismo. Por eso hace de acuerdo con el mandamiento y no conforme a sus propios deseos: divorciarse de María. José corre el riesgo de confiar en la palabra recibida y en el quehacer de Emanuel; decide aventurarse por el camino de la vida llevando a Dios consigo.

El que celebremos la Navidad implica que o en nuestros corazones anida la esperanza que Jesús anima, o hay lugar para la misma. Sigo creyendo que la vida en Cristo es una vida abundante, plena y fructífera. Creo que la fe, ese don de gracia, es la fuerza que nos anima a ir al encuentro del Jesús nacido en Belén, tomarle la palabra y caminar el camino de la vida a la que él nos llama.

Por ello creo que esta Navidad puede ser punto de partida para una nueva forma de vida. Que es una, quizá la oportunidad para recuperar lo que hemos echado a perder o que nos ha sido arrebatado. Quiero animarles a que no se den por vencidos. A que como Zacarías, mantengan la fe y perseveren en oración, confiando en que habrán de recibir lo que Dios les tiene provisto. A que como María, obedezcan y asuman la voluntad del Señor, a que no luchen contra ella sino a que se sumen a lo que Dios quiere hacer en ustedes y al través suyo. A que como José, confíen y hagan según el Señor les indica. Aún a que corran el riesgo de ir en contra de lo que desean para hacer lo que conviene. Sabiendo que quien honra a Dios, recibirá fiel recompensa por su servicio. También para ello nació Jesús.

Les animo, pues, a que esta Navidad marque un hito en nuestra vida, acercándonos a Dios, quien se ha acercado a nosotros en Jesús, el niño que nació en Belén.


[1] 1 Jn 3.8

[2] Aprieto sin efugio o evasiva. Estar en un brete. Poner en un brete. 2. m. Cepo o prisión estrecha de hierro que se ponía a los reos en los pies para que no pudieran huir.

[3] Mateo 1.24

Ustedes que Están Cansados

28 noviembre, 2009

Pastor Adoniram Gaxiola

Mateo 11.25ss

Quizá la principal dificultad del Evangelio, sea su propia sencillez. De tan sencillo, nos resulta difícil entenderlo y aceptarlo. Dada la complejidad de nuestros problemas, pensamos que la solución de los mismos tiene que ser igualmente compleja y exigimos, y nos exigimos, mucho más de lo que Dios mismo espera de nosotros.

Nuestro pasaje nos permite entender mejor el llamado de Jesús. Forma parte de una sección que tiene que ver con la compleja incredulidad de los hombres, para quienes nada parece ser suficiente pues, de todos, modos no creen. Jesús dice que las personas, son como niños que se sientan a jugar y les dicen a los otros: “Tocamos la flauta, pero ustedes no bailaron. Cantamos canciones tristes, pero ustedes no lloraron”. Se refiere, entonces, al enfrentamiento entre la fe sencilla –la fe evangélica-, y el complicado camino que, buscando a Dios, recorren quienes no entienden que Dios ya se ha acercado a nosotros en Jesucristo.

  • Lo primero que nuestro pasaje nos muestra es que Dios ha decidido revelar las cosas más profundas y difíciles a las personas más humildes y sencillas. Dios no juega a las escondidas. Él no quiere permanecer, ni lejano, ni oculto a nosotros. Dios quiere que lo conozcamos y que establezcamos una relación amorosa, profunda y permanente con él.
  • La segunda cosa que descubrimos es que Dios ha escogido revelarse en Jesucristo. Es en Jesús en quien podemos conocer todo lo que necesitamos saber de Dios. Nadie conoce tan bien a Dios, como Jesús mismo. Y, como Dios, Jesús viene a nuestro encuentro. Él es quien nos busca, quien nos provoca a la reconciliación y quien insiste en que permanezcamos juntos.
  • Nuestro pasaje también nos muestra que Jesús tiene el propósito de transformar para bien nuestra vida. Esta transformación para bien la identifica como “descanso”. Es decir, nos transforma dándonos descanso. ¿A quienes?, a “ustedes que viven siempre angustiados, siempre preocupados. Vengan a mí, y yo los haré descansar”. Este es un término interesante, significa básicamente tres cosas:
  1. Permitir a alguien que se detenga en lo que está haciendo, para que recupere las fuerzas.
  2. Proporcionar un refrigerio a la persona, ayudarla a que se desahogue.
  3. Mantener quieta, en calma, en una paciente espera.
  • Pero la declaración más importante que hace Jesús es “vengan a mí”. Lo que nos dice es que el descanso está en él. Más aún, que él mismo es nuestro descanso, nuestra paz. Que se trata de una relación, mucho más que de un aprendizaje, o de un “arreglar las cosas”. Que, como veremos el domingo próximo, este venir a él representa un reordenamiento de nuestra vida, mismo que tiene como resultado el equilibrio integral de todo nuestro ser y, aún de nuestras circunstancias.

No sé cuántos de los que estamos aquí podemos considerarnos entre los que “viven siempre angustiados, siempre preocupados”. Quizá varios. (Entre el 30% y el 40% de las ausencias por enfermedad corresponden a trastornos emocionales o mentales causados por el estrés). Estoy seguro que hemos buscado… sin encontrar. Aún los que nos asumimos creyentes, lo hemos hecho así. Por eso es tiempo de que nos volvamos a Jesús. Él está vivo e interesado en cumplir su propósito en nosotros. Por eso nos sigue llamando y diciendo: “vengan a mí”.

Vayamos, entonces, a él. Corramos el riesgo de la fe sencilla. Del que dice: “si en verdad existes y de veras me amas, muéstrate a mí”. Del que está dispuesto a confesarse “trabajado y cargado”; sin mayor posibilidad de respuesta que la que le pueda dar el mismo Jesús. La fe del que se entrega sabiendo que “el Maestro está aquí y te llama”, como le dijera Marta a María, cuando esta esperaba el consuelo ante la muerte de su hermano Lázaro. (Jn 11.28)

Vengamos, pues, a Jesús, sí, porque el Maestro está aquí y te llama.

Ordena tu Casa

3 septiembre, 2009

Pastor Adoniram Gaxiola

Isaías 38

porque morirás. Le dijo Isaías a Ezequías, por mandato de Dios. No siempre resulta un placer el que el siervo de Dios visite nuestra casa. En ocasiones, lo que tiene que decirnos de parte del Señor no resulta agradable, ni esperanzador.  Es fácil comprender el que Ezequías haya volteado su rostro a la pared y orado pidiendo que el Señor le concediera más tiempo de vida. También resulta fácil comprender que quien amaba tanto la vida, su propia vida, hubiera llorado amargamente.

Generalmente, quienes se ocupan de esta historia exaltan el que Dios haya escuchado la oración de Ezequías y le haya concedido quince años más de vida. Es decir, enfatizan el hecho de la misericordia divina y del poder de la fe. Por ello animan a quienes están en su lecho de muerte a que oren con fe y confíen que Dios puede sanarlos… como a Ezequías. Y es cierto. Dios, en su misericordia, escucha el clamor de sus hijos y con frecuencia responde positivamente a la petición que le hacen.

Sin embargo, quienes solo se ocupan del hecho milagroso dejan de lado dos cuestiones importantes. La primera, que más vida no significa necesariamente más sabiduría, ni una mejor vida. La mera lectura de los pasajes subsecuentes nos muestra que, quizá, hubiera sido mejor para Ezequías y los suyos que el Señor no hubiera respondido a su oración. En efecto, Ezequías, al celebrar sus quince años más de vida atrajo la maldición sobre su pueblo y sobre sus hijos. La historia es sencilla, el rey de Babilonia se enteró de que Ezequías había estado enfermo y le envío cartas y un regalo celebrando su recuperación. Ezequías estaba tan contento de haber sanado y honrado por la visita de los mensajeros de Baladán, que “les mostró todos sus tesoros”. Cuando Isaías se enteró, vino a Ezequías y le advirtió que llegaría el día en que “todo lo que sus antepasados habían atesorado hasta ese día, sería llevado a Babilonia. Además, algunos de sus hijos y descendientes serías llevados para servir como eunucos del rey de Babilonia”. La falta de prudencia, la sensación de seguridad y poder resultantes del milagro recibido, hicieron que Ezequías convirtiera la bendición recibida por él, en una maldición para los suyos. No deja de llamar poderosamente mi atención la respuesta de Ezequías al Profeta: “Lo que ha dicho el Señor es bueno”, porque pensaba: “Al menos mientras yo viva, habrá paz y seguridad”. Ezequías quiso más vida, para él; no porque pensara en el bien de los suyos y de su pueblo.

Lo segundo que se deja de lado es que después de quince años, Ezequías durmió y fue enterrado en los sepulcros de los hijos de David.2 Re 20.21. El milagro no evitó la muerte, solo la pospuso. Más aún, el milagro hizo evidente la necesidad de que Ezequías ordenara su casa. Parece que el milagro le hizo olvidar la instrucción, la palabra, que Dios le había dado al través del Profeta: ordena tu casa. No la ordenó, no tuvo dominio propio, y la consecuencia fue que los suyos resultaran dañados y que la herencia de sus padres fuera robaba por Babilonia.

Así que, sin importar los años de vida con que se cuente, es responsabilidad de todos ordenar la casa. El orden no tiene que ver con la muerte, sino con la vida misma. Esto empieza por el poner orden en las relaciones personales. El advenimiento de la muerte destaca la importancia de arreglar, redimensionar, ajustar los modelos de relación familiar en que participamos. Hay que cerrar ciclos, dicen algunos. Perdonar y pedir perdón, arreglar hasta donde sean posibles los diferendos con la familia, etc.

También tiene que ver con el anticipar las posibles causas de desorden provocadas por nuestra ausencia. Hay padres que, respecto de sus bienes, actúan como los niños que van por la calle pateando un bote. Nunca lo recogen, solo lo echan más adelante. Son los padres que se niegan a aclarar y formalizar lo que tiene que ver con su herencia. Algunos, dadas las dificultades y diferencias que ya enfrentan, prefieren dejar a sus hijos y parentela el problema de arreglar lo que solo competía a ellos mismos hacerlo. Desde los inmuebles, hasta las cosas más pequeñas. La muerte amplifica el poder de división que la herencia tiene.

Sobre todo, ordenar la casa, también implica el ponerse a cuentas con Dios. Privilegiar el cultivo de la comunión y el afirmamiento de la fe. Ordenar la casa significa poner en orden los fundamentos de nuestra fe. ¿Qué es lo que creemos? La muerte, ¿derrota o victoria? ¿Mejor la vida en la tierra, que el descanso en el Señor? Nuestra fe, ¿resulta suficiente para la vida, pero insuficiente ante el hecho de la muerte?

Es un acto de fe asumir que nuestro hombre exterior se va desgastando día a día. Un pasaje desconocido y poco apreciado es Hebreos 9.27. Nos informa que “está establecido que los hombres mueran…” Tal hecho forma parte de nuestra fe. Y conviene que nos preparemos para cuando esta palabra se cumpla en nuestra vida. Podemos hacerlo porque, en Cristo, la muerte es apenas el paso a la eternidad. Porque nuestra muerte anuncia la vida plena, abundante, que Cristo ha ganado para nosotros. Podemos hacerlo, además, porque el hecho de nuestra muerte dará paso a esa dimensión de la eternidad en la que habremos de gozar de la comunión perfecta, libre de dolor y llanto, con nuestro Dios.

Sí, aunque todavía tengamos quince años más de vida por delante, conviene ordenar la casa.