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Navidad, celebramos el amor incondicional de Dios

1 diciembre, 2019

Lucas 1.46-55

1574823946634Jesús, cuyo nacimiento recordamos esta Navidad, es la expresión absoluta del amor de Dios. Pablo dimensiona la calidad y el peso de tal amor al asegurar que cuando el pecado aumentó, Dios se mostró aún más bondadoso. Romanos 5.20 Y es esto lo que celebramos en Navidad, el amor incondicional de Dios, mismo que al obrar en nuestro favor añade, día a día a nuestras vidas, el don inmerecido de la bondad de Dios.

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Salve, Muy Favorecida

11 diciembre, 2010

Lucas 1.26-38

María es una persona desafortunadamente alejada de los cristianos. Debido al culto indebido que se le da entre las comunidades católicas, los cristianos-evangélicos han tomado distancia de ella, de su testimonio de vida y de su ejemplo para las generaciones contemporáneas de los creyentes en Cristo. Conviene, sin embargo, que rescatemos el aporte de esta mujer, para así estar en condiciones de imitar su ejemplo y servir a la causa del evangelio con la misma entrega y resolución que ella lo hizo.

Lo primero que conviene destacar es el hecho de que Dios está atento a la vida de cada uno de sus hijos, los conoce y los valora. No solo ello, también los incorpora, cuando así resulta necesario, a su quehacer extraordinario. Tal el caso de María, de quien, por cierto, no tenemos mucha información. Sin embargo, su carácter extraordinario queda revelado en el canto que entona cuando visita a su prima Elizabeth. El mismo hace evidente la inteligencia de María, desde luego, pero también el hecho de que se trataba de una mujer preparada, conocedora de las Escrituras y con un especial discernimiento de las mismas. Algunos estudiosos establecen paralelismos entre el canto de María y el de Ana, la madre de Samuel. Pero destacan que María lleva a un plano superior la comprensión de Ana sobre el poder de Dios. María entiende que lo que le está sucediendo y, sobre todo, que aquello en lo que ella está participando es mucho más que un mero milagro de concepción; se trata del inicio de una nueva era, la era mesiánica, en la que Dios llevará a feliz y total cumplimiento las promesas dadas a su pueblo, desde los Patriarcas hasta los Profetas. María discierne también que la llegada del Reino de Dios en el niño que lleva en su vientre, significa el establecimiento de un nuevo orden, tanto en el mundo físico, como en el mundo espiritual. Satanás será destruido, y los ricos irán con las manos vacías, mientras que los pobres serán llenos de bienes.

Una segunda cuestión es que el ángel Gabriel llama a María, muy favorecida; es decir, llena de gracia. De entrada, el ángel establece un principio fundamental: María puede participar del quehacer extraordinario de Dios por un acto de gracia. Es decir, el que Dios la haya escogido como madre de su Hijo, no presupone que en María hubiese méritos que justificaran tal distinción. Dios la escogió a ella, como podía haber escogido a cualquier otra mujer.

Y una tercera cuestión que conviene destacar es el hecho de que la elección y la tarea implícita en la misma, son, en los hechos, una intromisión divina. Es decir, Dios se entremete en la vida de María altera de manera total y definitivamente el todo de la misma. Entremeter, es, meterse donde no lo llaman, inmiscuirse en lo que no le toca. Ponerse en medio o entre otros. Con esto en mente, procuremos entender lo que María nos enseña y aquello que podemos imitar de esta mujer.

Lo primero que María hace evidente es que Dios sigue caminando en medio de los hombres, que Dios sigue haciendo cosas extraordinarias en medio de circunstancias ordinarias y aun desafortunadas. En el contexto de María, el poder de los romanos y la opresión de los judíos no significaban que Dios permaneciera ajeno, ni inamovible. Dios estaba obrando conforme a su propósito y plan divino. Y, por el contenido la vehemencia de su canto, podemos suponer que a María le urgía que Dios actuara; podemos deducir que a esta mujer aldeana, pobre, seguramente, destinada a casarse con un hombre mayor que ella, la injusticia reinante le incomodaba y la llevaba a mantener la esperanza de que, con la venida del Mesías, las cosas serían diferentes. Así, podemos ver que el quehacer de Dios se empata con la inquietud y el deseo de quienes tienen hambre y sed de justicia.

La segunda cosa que María hace evidente, es el cómo podemos descubrir a Dios cuando camina entre los hombres. Félix Tudor cuenta la historia de un investigador reconocido a quien su jefe le encarga que descubra el camino por el que va a venir Dios. En su búsqueda llega hasta un anciano, quien, por toda respuesta, le entrega unos zapatos comunes y corrientes, de un número más chico que el que el investigador calzaba. Le anima a que se los ponga y, entonces, cuenta el relato, algo misterioso sucede. El investigador lo explica así: Tenéis dos pistas fiables: Primera: debéis poneros los zapatos de Dios, calza el mismo número que tus hermanos más pobres y menos queridos. Segunda: las huellas de Dios son las huellas de la humanidad pobre y necesitada. Si seguís estas huellas descubriréis el camino por el que Dios viene a vuestra vida y experimentaréis la alegría de la salvación.

Lo que María nos muestra es que descubrimos la presencia y el quehacer de Dios cuando nos negamos a nosotros mismos y hacemos del otro la razón de ser de nuestra vida. Desde luego, María, mujer inteligente, no se lanza en tal propósito sin una razón sólida para hacerlo. Ante el relato del ángel, respecto de lo que Dios ha hecho a favor de la estéril Elizabeth, y dada la declaración que Gabriel hace en el sentido de que, para Dios, no hay nada imposible; es que María se asume como esclava del Señor.

María, la incómoda ante la situación que su pueblo vive, está dispuesta a participar como actora del quehacer redentor que se inicia en Jesús, su hijo nacido del milagro. Y, está dispuesta a pagar los precios que ello represente. Por eso no desmaya ni aunque se le advierta que lo que pasará con su hijo, será para ella como una espada que atraviese su propia alma.

Hay quienes hacen de la razón de su vida el preparar el vestido de novia. El centro de sus preocupaciones se agota en lo doméstico y en lo cotidiano. María nos muestra que hay un camino mejor, más fructífero y más satisfactorio, amén de más doloroso. Se trata de participar en lo que el Señor está haciendo a favor de quienes viven sin esperanza y sin Dios. María estuvo dispuesta a poner en riesgo todo lo que tenía, que por más poco que fuera, era su todo, para poder incorporarse al quehacer divino.

En este sentido es que María se convierte en un modelo para nosotros y su testimonio hace las veces de un reto, una provocación y un desafío, respecto de la vida que estamos haciendo. La fe que profesamos, lo que creemos de Dios, son suficiente razón para que vivamos de otra manera. Para que nos asumamos como agentes de cambio de la realidad de enfrentamos. Como María, somos colaboradores y corresponsables con Dios de la suerte que vive la humanidad. Somos llamados, no sólo a inconformarnos e incomodarnos con las circunstancias que enfrentamos; también somos llamados a transformarlas desde nuestro aquí y nuestro ahora.

Ante el hecho de que nada es imposible para Dios, no nos queda sino asumirnos sus esclavos para permitir y participar en lo que él quiere hacer en y al través de nosotros, así como para hacer lo que él quiere que hagamos. Quienes buscamos a Dios, quienes nos rebelamos ante el statu quo, e intercedemos para que él intervenga, con toda seguridad quedaremos preñados de su poder, de su Espíritu Santo. Y, entonces, podremos formamos parte del quehacer maravilloso y extraordinario de Dios.

Hay quienes todo lo que aspiran a llegar a ser en la vida, es la esposa de José. No hay nada de extraordinario en sus sueños, en sus metas. Quieren tener una vida cómoda, tranquila y buena. María fue la esposa de José y mucho más, fue la madre del Salvador del mundo. Esclava, sí, pero, también colaboradora de Dios en la tarea más trascendente de toda la Humanidad. Como ella, nosotros también podemos ser muy favorecidos por la gracia de nuestro Dios, si nos animamos a soñar y estamos listos para hacer lo que Dios encarga, aunque nos tome por sorpresa y nos confunda, como lo hizo Gabriel con María.

La Razón de Nuestra Esperanza

24 diciembre, 2009

Pastor Adoniram Gaxiola

Isaías declara: El pueblo que andaba en la oscuridad vio una gran luz; una luz ha brillado para los que vivían en tinieblas. Tal declaración da pie al anuncio del nacimiento del niño al que hoy celebramos, de Jesús quien ha venido a traernos vida y esperanza. Sí, la Navidad nos recuerda que hay razón para la esperanza, que, sin importar las circunstancias que vivamos o atravesemos, en Cristo siempre hay razón para creer y hacer en la confianza de que la vida puede cambiar para bien.

Navidad también echa al traste un viejo y muy creído mito: que solo quienes están bien pueden, y tienen derecho a, esperar lo mejor. Los personajes bíblicos de la primera Navidad se distinguen por ser de carne y hueso, por formar parte de familias disfuncionales, por su incapacidad para comunicarse satisfactoriamente, por acompañar la convicción con la duda. Si no, veamos:

José y María, Zacarías y Elizabeth, son pobres, con sueños e ilusiones –algunos de ellos rotos-. María, colocada por Dios en el brete de ser identificada como una mujer infiel y en camino a convertirse en madre soltera. José, piadoso, lo califica Mateo. Sí, un hombre piadoso que, no sabemos, si le creyó a María la historia de su embarazo, o, solo se dio cuenta de que el vientre de su prometida empezaba a crecer sin recibir explicación alguna. De cualquier modo, un hombre piadoso pero desconfiado. Piadoso porque no quería dañar a María, pero tan desconfiado que estaba dispuesto a romper su compromiso matrimonial.

Poco bueno podría salir de conflictos tan serios y relaciones tan desgastadas. Pero la Navidad nos recuerda que son, precisamente, las limitaciones, los fracasos y las tragedias de los hombres la razón que Dios tuvo para hacerse hombre en Jesucristo. Navidad nos recuerda que el Hijo de Dios apareció para deshacer las obras del diablo[1]. Además, la Biblia nos recuerda que en Jesús hay vida plena, vida en abundancia.

Quienes celebramos el nacimiento de Jesús a más de dos mil años de distancia, nos encontramos como los personajes y las familias que lo recibieron. Cada uno de nosotros vive sus propias tragedias, se empeña en dar respiración artificial a sus desfallecientes sueños, se encuentra atrapado en su propio brete[2]. Díganlo si no las parejas que han aprendido a convivir como extraños, que enfrentan silencios crecientes y tibios y superficiales intentos de conversación para mantener viva la comunicación. O, que hablen los que frente a tantas adversidades ha visto desgastarse sus sueños e ilusiones. Mejor aún, que se identifiquen aquellos que se encuentran agotados por la lucha cotidiana de la vida. Y podríamos escuchar aún a quienes, llenos de gozo y bendición, guardan en su corazón las cosas que viven, ven y escuchan, preguntándose qué habrá de ser del futuro de los suyos y del de ellos mismos.

Dado que Navidad es el anuncio de las buenas nuevas para quienes buscan, piden y esperan, de Zacarías, María y José podemos aprender el secreto del éxito que surge del hecho del nacimiento de Jesús.

Zacarías nos enseña la importancia de la fe. Los años estériles de su matrimonio, fueron los mismos años de oración confiada. Zacarías creyó que a Dios le importaba que Elizabeth fuera estéril y que estuviera dispuesto a cambiar esa situación. Contra toda esperanza, oró creyendo. Y cuando todo parecía indicar que no había razón para seguirlo haciendo, Dios respondió a la oración de su corazón. En el preámbulo del nacimiento de Jesús, Zacarías descubre que siempre hubo razón para su esperanza y que Dios no habría de ignorar ni menospreciar la fidelidad de su fe.

María nos enseña la importancia de la obediencia. Cuando el ángel Gabriel le anuncia su próximo embarazo, María responde diciendo: –Yo soy esclava del Señor; que Dios haga conmigo como me has dicho. Cuando María comprende que Dios está haciendo lo que él quiere hacer y que lo está haciendo a su manera, decide incorporarse al quehacer divino aún a costa de su propia tranquilidad, de su propio prestigio, de su propia seguridad. Hace lo que Dios quiere que haga. Así descubre que en su obediencia Dios encuentra el espacio propicio para el cumplimiento de su voluntad y propósito a favor de María, de los suyos, de su pueblo y de los muchos otros de los que nosotros formamos parte.

José nos enseña la importancia del actuar confiado. Dice Mateo que cuando José despertó, hizo lo que el ángel del Señor le había mandado[3]. José despertó de una pesadilla. Mientras dormía estuvo siendo consumido por sus dudas, su propia justicia, su desencanto, sus temores, etc. Pero la noche pasó y él tuvo que enfrentar la vida. Dormido no tenía que, ni podía, tomar una decisión. Pero, ya despierto decidió hacer lo que el ángel del Señor le había mandado. Al renunciar a sus propias opciones, José demuestra su confianza en que la salvación que el niño traerá a su pueblo y a otros, también le salvará –le beneficiará-, a él mismo. Por eso hace de acuerdo con el mandamiento y no conforme a sus propios deseos: divorciarse de María. José corre el riesgo de confiar en la palabra recibida y en el quehacer de Emanuel; decide aventurarse por el camino de la vida llevando a Dios consigo.

El que celebremos la Navidad implica que o en nuestros corazones anida la esperanza que Jesús anima, o hay lugar para la misma. Sigo creyendo que la vida en Cristo es una vida abundante, plena y fructífera. Creo que la fe, ese don de gracia, es la fuerza que nos anima a ir al encuentro del Jesús nacido en Belén, tomarle la palabra y caminar el camino de la vida a la que él nos llama.

Por ello creo que esta Navidad puede ser punto de partida para una nueva forma de vida. Que es una, quizá la oportunidad para recuperar lo que hemos echado a perder o que nos ha sido arrebatado. Quiero animarles a que no se den por vencidos. A que como Zacarías, mantengan la fe y perseveren en oración, confiando en que habrán de recibir lo que Dios les tiene provisto. A que como María, obedezcan y asuman la voluntad del Señor, a que no luchen contra ella sino a que se sumen a lo que Dios quiere hacer en ustedes y al través suyo. A que como José, confíen y hagan según el Señor les indica. Aún a que corran el riesgo de ir en contra de lo que desean para hacer lo que conviene. Sabiendo que quien honra a Dios, recibirá fiel recompensa por su servicio. También para ello nació Jesús.

Les animo, pues, a que esta Navidad marque un hito en nuestra vida, acercándonos a Dios, quien se ha acercado a nosotros en Jesús, el niño que nació en Belén.


[1] 1 Jn 3.8

[2] Aprieto sin efugio o evasiva. Estar en un brete. Poner en un brete. 2. m. Cepo o prisión estrecha de hierro que se ponía a los reos en los pies para que no pudieran huir.

[3] Mateo 1.24