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La Vejez y las Emociones

19 octubre, 2009

Pastor Adoniram Gaxiola

Cuando las emociones gobiernan a la mente, difícil situación es la que enfrentamos. El término emoción, en su raíz, también significa mover. Así, si las emociones gobiernan nuestra mente, son ellas las que nos mueven, las que marcan nuestro camino, las que definen nuestra vida. Esto resulta todavía más interesante cuando descubrimos que el Diccionario de la Real Academia Española, define emoción como: [la] alteración del ánimo intensa y pasajera, agradable o penosa, que va acompañada de cierta conmoción somática. Es decir, el dominio de las emociones se traduce en una situación inestable, en la que de pronto estamos contentos y de pronto estamos tristes y que tiene como consecuencia ineludible un mayor deterioro de nuestra salud física.

Es la vejez una etapa en la que fácilmente caemos bajo el dominio de las emociones. Hay muchas razones para ello: nuestro propio deterioro físico, la soledad resultante del abandono –real o supuesto- de nuestros seres amados; sobre todo, razón fundamental de nuestra vulnerabilidad ante las emociones es, precisamente, el temor. Sí, la vejez se caracteriza, en no pocos casos, por ser una etapa llena de temores. Tememos aquello que nos resulta cotidiano. A veces no nos damos cuenta que tememos lo que será estar viejos, cuando ya lo estamos; o que tememos lo que será vivir enfermos, cuando ya lo estamos; o, vivir solos, cuando cada vez estamos más a solas con nosotros mismos. En no pocos casos, es el temor a enfrentar lo que ya es nuestra realidad, nos lleva a ese sube y baja de la alegría y de la tristeza, del sentirnos plenos, al sentirnos, literalmente, despojados por la vida.

Las emociones, ¿quién puede librarse del poder de ellas? Si toda la vida hemos estado bajo el dominio de nuestras emociones, ¿será posible que en la vejez podamos liberarnos del poder de las mismas? Lo primero que debemos decir es que nuestras emociones no son ni buenas, ni malas en sí mismas. Que no es bueno o malo tener tales o cuales emociones. Estas son, como la fiebre, meros indicadores de nuestro estado de ánimo y, sobre todo, de nuestro carácter. Es decir, de la manera en que hemos aprendido a enfrentar las diferentes circunstancias de nuestra vida. Diversos factores, tanto internos como externos a nosotros, determinan el tipo de emociones que experimentamos. No es lo mismo perder una moneda de cinco pesos, que cinco mil pesos. Tampoco nos emocionamos de manera igual cuando llegan nuestros hijos a vernos, la presencia de algunos nos alegra más que la de otros; en algunos casos, al verlos experimentamos tanto alegría como pesar. Sobre todo cuando en su rostro podemos adivinar pesares que no han sido superados.

Al repensar en la pregunta ¿quién puede librarse del poder de las emociones?, recuerdo a San Pablo. Como sabemos, el Apóstol tenía un conflicto que le hacía sentirse miserable. Sabía y quería hacer lo bueno, aunque terminaba haciendo lo malo. Alguna vez, pensando en tal situación, Pablo se dice: “miserable de mí, ¿quién podrá librarme de este cuerpo de muerte? Él mismo se responde: “gracias doy a Dios por Jesucristo Señor nuestro”. En las últimas dos palabras, el Apóstol nos da una clave sumamente interesante, primero, para comprender nuestra propia naturaleza y, después, para recuperar el hecho de que nosotros no somos siervos ni del pecado, ni del poder de las emociones, sino de Jesucristo. Es decir, que a nosotros, aún a nosotros los viejos, no nos domina nadie más sino nuestro Señor Jesucristo.

¿Qué significa esto? Primero, significa que los ancianos pueden vivir libres de la culpa de la vejez. Sí, a los muchos sinsabores de la vejez, no pocos agregan el sentirse culpables por estar viejos. Se sienten culpables las mujeres que no tienen fuerzas para limpiar la casa, cocinar o remendar la ropa como lo hacían antes. Se sienten culpables los hombres que ya no tienen fuerzas para trabajar, que ya no pueden aportar dinero, que ya no pueden sostener a la esposa cuando esta, débil, llega a caerse. Se sienten culpables, hombres y mujeres, de estar en enfermos y tener que obligar a sus hijos a que les cuiden y atiendan. En no pocos casos, prefieren silenciar sus dolores físicos, ignorar sus necesidades, poner en riesgo su propia integridad física, porque no quieren dar molestias.

Que a los viejos que creen en él como Señor y Salvador, los domine Cristo, significa que pueden vivir libres de la necesidad de ser complacientes. En no pocas ocasiones he sido testigo y partícipe de la renuncia de no pocos ancianos a lo que les es propio, a lo que tienen derecho. He visto, literalmente, a ancianos privarse de un bocado apetitoso y que estaban disfrutando, cuando un hijo, un nieto, cualquiera, se los pide… con palabras o con los ojos. Conozco a ancianos que entregan los recursos que les resultan indispensables a otros: hijos, hijas, parientes, amistades, que llegan a reclamar en nombre del amor y los lazos que los unen. Sé de ancianos que renuncian a su paz, a la conservación de sus fuerzas, a su propia seguridad, cuando acceden a las exigencias que otros les imponen: el cuidado de los nietos; la realización de trabajos penosos y no acordes a su dignidad y condición; la vivienda misma, por la que trabajaron toda su vida y ahora les es arrebatada bajo el pretexto de que “la casa es muy grande para que vivas sola”. En no pocos casos, me consta, los ancianos entregan lo que se les pide porque piensan que a menos que se muestren complacientes serán menos apreciados, menos amados y menos apoyados.

Que Jesucristo sea el Señor de los ancianos, también significa que estos pueden vivir libres del temor. Primero, del temor a la muerte. La muerte es nuestro enemigo, vencido, sí, pero igualmente nuestro enemigo. Nadie aprende a morir, y aunque la vida y la muerte siempre van de la mano, esta siempre nos resulta extraña, desconocida, atemorizante. Para los creyentes, en particular para los ancianos creyentes en Cristo Jesús, la vejez es anuncio de la cercanía del momento glorioso del encuentro con su Señor y Salvador. No obstante ello, saber que hemos de morir no resulta menos difícil. La tensión entre estar con el Señor y seguir vivos, estando con los que amamos, es en no pocas ocasiones, desgastante y generadora de emociones encontradas.

¿Cómo es que Jesucristo obra en nuestro favor, liberándonos del poder de las emociones que nos llenan de culpa, nos tornan complacientes y generan tantos temores? Otra vez, la respuesta es simple. Dios, en Jesucristo ha desplazado el dominio de las emociones y nos ha dado un nuevo espíritu. Es decir, nos ha dado una nueva manera de pensar, una nueva manera de juzgar: a Dios mismo, a nosotros mismos, a los nuestros, a nuestras circunstancias. Este nuevo espíritu es uno de poder, de amor y de dominio propio. Aún en la vejez, podemos experimentar esta realidad de poder, de amor y de dominio propio. Ello porque tal espíritu nuevo no tiene que ver con nuestra condición o edad, sino con nuestra relación con el Señor de la vida: Jesucristo.

Quien está en relación con Jesucristo pronto descubre que es más que su propio cuerpo. Y que el que el cuerpo se acabe, que los años lo desgasten, no significa necesariamente que la persona misma se acaba, ni se desgasta. Pablo dice: “aunque este nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior se renueva de día en día”. No, en Cristo no estamos cada vez más viejos, estamos siendo renovados día a día. En Cristo. Por Cristo. Para Cristo.

Hay quienes quieren enseñarnos a morir, sobre todo si nos ven viejos, pero el secreto para vencer la muerte no está ni en aceptarla, ni en desearla, ni siquiera, en esperarla resignadamente. El secreto es simple: lo único que vence a la muerte es la vida. La muerte solo es vencida por la vida. Por Jesucristo que es camino, verdad y vida. Si la vejez es sinónimo de pérdida, si es camino a la muerte, la vejez con sus emociones, desgastes y pérdidas, también ha sido vencida. Es, pero no tiene el poder de determinar nuestro ser, ni nuestra esperanza, ni nuestra realidad eterna.

Tenemos que aprender a despojarnos para ir al encuentro de Cristo. Podemos dejar en él todo lo que nos hace ser, para ser, finalmente quienes él nos ha hecho: criaturas nuevas, imagen de Dios, sus hermanos, su Cuerpo. Esta noche, antes de dormir, nos quitaremos la ropa, los lentes y los dientes, algunos, una que otra prótesis. Conservar tales cosas nos priva del descanso. Este día, esta noche, siempre en el tiempo que nos queda en este mundo, debemos irnos despojando de aquello que ya no nos es propio, que no nos pertenece, que no nos hace. Podemos renunciar al embrujo de la salud, podemos enfrentar el peso de la soledad, podemos vivir con nuestras pérdidas.

¿Por qué podemos hacerlo? Porque la gracia divina nos es suficiente. Y esta permanece para siempre. A diferencia de nuestras emociones, que van y vienen, la paz de Dios gobierna nuestros corazones cuando renunciamos a todo, para ser llenos de Cristo. Hermanas, hermanos, la vejez solo es anticipo de eternidad. En ella, que es el anticipo del sueño del que despertaremos en la presencia del Señor, podemos decir, como niños confiados: “en paz me acostaré y asimismo dormiré, porque solo tú, Jehová, me haces vivir confiado”. Amén.

Ordena tu Casa

3 septiembre, 2009

Pastor Adoniram Gaxiola

Isaías 38

porque morirás. Le dijo Isaías a Ezequías, por mandato de Dios. No siempre resulta un placer el que el siervo de Dios visite nuestra casa. En ocasiones, lo que tiene que decirnos de parte del Señor no resulta agradable, ni esperanzador.  Es fácil comprender el que Ezequías haya volteado su rostro a la pared y orado pidiendo que el Señor le concediera más tiempo de vida. También resulta fácil comprender que quien amaba tanto la vida, su propia vida, hubiera llorado amargamente.

Generalmente, quienes se ocupan de esta historia exaltan el que Dios haya escuchado la oración de Ezequías y le haya concedido quince años más de vida. Es decir, enfatizan el hecho de la misericordia divina y del poder de la fe. Por ello animan a quienes están en su lecho de muerte a que oren con fe y confíen que Dios puede sanarlos… como a Ezequías. Y es cierto. Dios, en su misericordia, escucha el clamor de sus hijos y con frecuencia responde positivamente a la petición que le hacen.

Sin embargo, quienes solo se ocupan del hecho milagroso dejan de lado dos cuestiones importantes. La primera, que más vida no significa necesariamente más sabiduría, ni una mejor vida. La mera lectura de los pasajes subsecuentes nos muestra que, quizá, hubiera sido mejor para Ezequías y los suyos que el Señor no hubiera respondido a su oración. En efecto, Ezequías, al celebrar sus quince años más de vida atrajo la maldición sobre su pueblo y sobre sus hijos. La historia es sencilla, el rey de Babilonia se enteró de que Ezequías había estado enfermo y le envío cartas y un regalo celebrando su recuperación. Ezequías estaba tan contento de haber sanado y honrado por la visita de los mensajeros de Baladán, que “les mostró todos sus tesoros”. Cuando Isaías se enteró, vino a Ezequías y le advirtió que llegaría el día en que “todo lo que sus antepasados habían atesorado hasta ese día, sería llevado a Babilonia. Además, algunos de sus hijos y descendientes serías llevados para servir como eunucos del rey de Babilonia”. La falta de prudencia, la sensación de seguridad y poder resultantes del milagro recibido, hicieron que Ezequías convirtiera la bendición recibida por él, en una maldición para los suyos. No deja de llamar poderosamente mi atención la respuesta de Ezequías al Profeta: “Lo que ha dicho el Señor es bueno”, porque pensaba: “Al menos mientras yo viva, habrá paz y seguridad”. Ezequías quiso más vida, para él; no porque pensara en el bien de los suyos y de su pueblo.

Lo segundo que se deja de lado es que después de quince años, Ezequías durmió y fue enterrado en los sepulcros de los hijos de David.2 Re 20.21. El milagro no evitó la muerte, solo la pospuso. Más aún, el milagro hizo evidente la necesidad de que Ezequías ordenara su casa. Parece que el milagro le hizo olvidar la instrucción, la palabra, que Dios le había dado al través del Profeta: ordena tu casa. No la ordenó, no tuvo dominio propio, y la consecuencia fue que los suyos resultaran dañados y que la herencia de sus padres fuera robaba por Babilonia.

Así que, sin importar los años de vida con que se cuente, es responsabilidad de todos ordenar la casa. El orden no tiene que ver con la muerte, sino con la vida misma. Esto empieza por el poner orden en las relaciones personales. El advenimiento de la muerte destaca la importancia de arreglar, redimensionar, ajustar los modelos de relación familiar en que participamos. Hay que cerrar ciclos, dicen algunos. Perdonar y pedir perdón, arreglar hasta donde sean posibles los diferendos con la familia, etc.

También tiene que ver con el anticipar las posibles causas de desorden provocadas por nuestra ausencia. Hay padres que, respecto de sus bienes, actúan como los niños que van por la calle pateando un bote. Nunca lo recogen, solo lo echan más adelante. Son los padres que se niegan a aclarar y formalizar lo que tiene que ver con su herencia. Algunos, dadas las dificultades y diferencias que ya enfrentan, prefieren dejar a sus hijos y parentela el problema de arreglar lo que solo competía a ellos mismos hacerlo. Desde los inmuebles, hasta las cosas más pequeñas. La muerte amplifica el poder de división que la herencia tiene.

Sobre todo, ordenar la casa, también implica el ponerse a cuentas con Dios. Privilegiar el cultivo de la comunión y el afirmamiento de la fe. Ordenar la casa significa poner en orden los fundamentos de nuestra fe. ¿Qué es lo que creemos? La muerte, ¿derrota o victoria? ¿Mejor la vida en la tierra, que el descanso en el Señor? Nuestra fe, ¿resulta suficiente para la vida, pero insuficiente ante el hecho de la muerte?

Es un acto de fe asumir que nuestro hombre exterior se va desgastando día a día. Un pasaje desconocido y poco apreciado es Hebreos 9.27. Nos informa que “está establecido que los hombres mueran…” Tal hecho forma parte de nuestra fe. Y conviene que nos preparemos para cuando esta palabra se cumpla en nuestra vida. Podemos hacerlo porque, en Cristo, la muerte es apenas el paso a la eternidad. Porque nuestra muerte anuncia la vida plena, abundante, que Cristo ha ganado para nosotros. Podemos hacerlo, además, porque el hecho de nuestra muerte dará paso a esa dimensión de la eternidad en la que habremos de gozar de la comunión perfecta, libre de dolor y llanto, con nuestro Dios.

Sí, aunque todavía tengamos quince años más de vida por delante, conviene ordenar la casa.

Los Retos en la Vejez

24 agosto, 2009

Pastor Adoniram Gaxiola

La expectativa de vida en nuestro país se incrementa año con año. Por ahora, se espera que los hombres vivan un promedio de 75 años y que las mujeres alcancen casi los 78 años de vida. El que cada día haya un mayor número de ancianos representa una serie de retos para los que, en general, ni la Nación, ni las familias, ni los ancianos mismos, estamos preparados. Se requiere de servicios médicos especializados, así como de programas sociales de atención a los adultos mayores. Se hace necesaria la adaptación física de calles, edificios y medios de transporte. Se requiere también que el gobierno destine grandes cantidades de dinero para apoyar a los ancianos que viven en pobreza y abandono. En fin, el crecimiento del número de ancianos pone a prueba el todo de la estructura socio-económica del país.

El que las personas vivan más años, también representa una serie de retos para las familias. Estos tienen que ver con la necesidad de atender las necesidades elementales de quienes cada vez tienen menos fuerza, recursos y capacidad para ver por sí mismos. Ello obliga a la familia a ocuparse de manera creciente de cuidar, acompañar y servir a sus ancianos; lo cual obliga a organizar horarios, distribuir recursos y asignar tareas en función de los abuelos. Los retos también tienen que ver con las dinámicas de relación que se dan al interior de las familias, es decir con la forma en la que conviven bajo un mismo techo ancianos, adultos, jóvenes, adolescentes y niños. Desde luego, representa un reto el hecho de que la mayoría de los ancianos no cuentan con, ni pueden generar, recursos propios. Aunque también resulta un reto el hecho de que, en no pocos casos, son los ancianos los únicos miembros de la familia que cuentan con un ingreso regular, por más magro que este resulte, el de su pensión.

Hay, sin embargo, un área en la que el reto de convivir por más tiempo con los padres y abuelos resulta especialmente conflictivo. Se trata del área de las relaciones entre los hijos adultos y sus padres ancianos, especialmente cuando estos acusan un deterioro emocional y de sus facultades mentales. Cuando su mente ya no funciona con la claridad de tiempos pasados y la memoria se complica; tanto por lo que olvida como por aquello que insiste en recordar. Cuando la capacidad para tomar decisiones adecuadas y oportunas merma y es suplida con actitudes y conductas tercas e inflexibles.

Alguna ocasión, nuestro Señor Jesús le advirtió a Pedro (Jn 21.18): “Te aseguro que cuando eras más joven, te vestías para ir adonde querías; pero cuando ya seas viejo, extenderás los brazos y otro te vestirá, y te llevará a donde no quieras ir”. Aunque Juan advierte que Jesús se refería a la muerte que tendría Pedro, sus palabras describen con precisión el cambio fundamental que la vejez propicia. Se trata de un cambio de roles, de funciones, tanto del anciano como de los suyos.

De acuerdo con nuestro Señor Jesús, en la vejez se llega a un momento en el que la persona anciana ya no decide por sí misma: lo que hace, a donde va, la forma en que administra su tiempo y recursos económicos, etc. Los porqués de tal cambio son muchos y tienen que ver con un hecho que no deja de resultar doloroso, penoso y hasta deprimente. Se trata del deterioro integral que acompaña a la vejez; lo que el Apóstol Pablo refiere como el “desgaste del hombre exterior) (2 Co 4.16). Es el desgaste integral del anciano lo que le obliga a dejar de ser y hacer lo que hacía cuando joven y tener que depender de otros para que hagan por él y en lugar de él.

Pero el desgaste del hombre exterior del anciano y de la anciana, les afecta a ellos. El “otro te vestirá”, de las palabras de Cristo, implica que otros, generalmente los hijos y los nietos, son quienes asumen la tarea de hacer por sus padres y abuelos lo que ellos ya no pueden, o ya no deben, hacer. Así, los viejos dejan de hacer lo que hacían y los jóvenes empiezan a hacer lo que no habían hecho. Y, es que, cuando los ancianos se debilitan, toca a los jóvenes apuntalarlos. Como a una pared agotada por el tiempo.

Es esta una experiencia llena de dolor, conflictos y hasta enfrentamientos. Una experiencia que propicia la aparición de raíces de amargura tanto en los ancianos como en sus hijos y demás familiares. También una experiencia que viene a reabrir las heridas que han acompañado, desde la niñez, especialmente la relación entre padres e hijos. Recuerdo a una mujer quien tuvo que atender a su padre en los últimos años de su vida. Por un accidente de tránsito, él había perdido la memoria y no podía valerse por sí mismo, casi ni para los aspectos básicos de su cuidado persona. Aunque se volvió un hombre tranquilo y dócil, su demencia lo volvió terco y difícil en su trato. Su hija me decía, llena de culpa, como había momentos en los que, mientras lo atendía y aseaba, se preguntaba: “¿qué hago yo con este hombre que me golpeaba a mi madre, nos maltrataba y terminó por abandonarnos cuando más lo necesitábamos?”

Como esta mujer, muchos hijos enfrentan, al tener que cuidar a sus padres ancianos, una ambivalencia de sentimientos. Que los aman, no hay duda… en la mayoría de los casos. Pero, de que se cansan, se desesperan y hasta se hartan de servirlos, tan poco hay duda alguna. El conflicto se complica cuando la razón que los hijos tienen para servir a sus padres pasa por la culpa, por el remordimiento. No han sido pocos los hijos que me han confesado que atienden a sus padres, procurando recompensarlos por el abandono o el maltrato que en su juventud les prodigaron. Otros más, lo hacen animados por el temor de que si ellos no atienden a sus padres, sus propios hijos no los ayudarán cuando se hagan viejos.

El resultado de tales conflictos internos en los hijos es que dejan de ser lo que sus padres ancianos necesitan. Alguien me decía: “Los padres ancianos dependientes requieren de columnas a su alrededor. Cuando sus hijos, sea por cansancio, resentimiento o culpa, se doblan, ya no sirven de apoyo a sus padres. Peor aún, contribuyen a que el deterioro de los padres ancianos se vuelva en el deterioro de toda la familia”.

La relación entre los ancianos dependientes y sus familiares es parecida a la relación entre un tornillo y su tuerca. Para que haya firmeza entre ambos, se requiere apretar lo necesario y aflojar lo conveniente. Si se aprieta de más, pueden dañarse el tornillo y la tuerca; si se deja floja la unión, no hay fortaleza y se propicia un daño mayor. Así, los hijos, nietos y familiares de los ancianos dependientes tienen que aprender a ser firmes cuando se requiere y tolerantes cuando convenga. Ello implica la disposición a pagar las emociones, sentimientos y reclamos resultantes. Pero, buscando su bien, si hay que vestir al padre, hay que vestirlo. Y, si no es el tiempo de hacerlo, hay que dejarlo desnudo. Así lo honraremos, lo protegeremos y lo serviremos aún cuando nuestro corazón, y el suyo, rebosen de dolor, confusión y tristeza. El amor, la caridad, nos lleva a hacer lo que hay que hacer y a dejar de hacer lo que no conviene.

En algún momento el Salmista exclama: “Si el Señor no me hubiera ayudado, yo estaría ya en el silencio de la muerte” (Sal 94.17). Quienes convivimos con ancianos dependientes, padres, abuelos, hermanos, etc., podemos decir lo mismo. Sí, si el Señor no nos ayudara, lo que enfrentamos pudiera destruirnos. Pero, también los ancianos que tienen que ir renunciando a vestirse como, e ir a donde quieren, saben que si el Señor nos los ayudara, su suerte sería peor. Saber esto nos permite comprender un hecho importante: los retos que enfrentamos, los ancianos y sus hijos, no tienen el poder para destruirnos.

Dios ha puesto a nuestra disposición los recursos que necesitamos para ser más que vencedores en estas cosas. Podemos aprender, podemos recibir consejo y ayuda para hacer y dejar de hacer; podemos consolarnos los unos a los otros y, sobre todo, podemos contar con la gracia divina que nos anima, dirige y fortalece en el día a día.

Por ello quiero terminar con una palabra de esperanza. Decir a quienes se sienten culpables y/o lastimados por aquellos a los que sirven, su padre o su madre, que el sacrificio de Cristo les libra de toda culpa. Que pueden venir a él y encontrar descanso para sí mismos. Decirles, también, a los ancianos, que no hay nada de malo en ser débil y necesitar ayuda. Para empezar, porque en su debilidad se manifiesta el poder de Dios. Pero, también, porque su debilidad da la oportunidad a quienes los aman a aprender nuevas formas de expresarles su amor. Y que el amor de sus hijos es, a pesar de los errores que como padres hayan tenido, sí, es fruto de lo bueno que ellos sembraron en sus corazones. Recordar a todos que también en estos retos se cierta la promesa implícita en la declaración de Pablo, cuando nos llama a creer que todo lo podemos en Cristo, que nos fortalece.

Los Ancianos en Tiempos de Pobreza

27 julio, 2009

Los informes sobre la situación de pobreza que enfrenta nuestro País no pueden ser tomados a la ligera. Pobreza es mucho más que una palabra, es una realidad lacerante que atenta contra la dignidad y la integridad de millones de nuestros compatriotas. Que más de dieciocho millones de mexicanos no tengan lo suficiente para comer cada día y que casi cincuenta millones  además de no tener para comer, tampoco puedan satisfacer sus necesidades mínimas son hechos que cuestionan el todo de nuestro sistema social, político y económico. Cuestiona, también, el papel que las iglesias jugamos dentro del quehacer nacional. Sobre todo, en lo que se refiere a la responsabilidad profética que hemos omitido y que nos ha llevado a guardar silencio ante el fortalecimiento de un sistema injusto que hace a los pobres más pobres y a los ricos más ricos.

Uno de los sectores más afectados por la crisis que enfrentamos los mexicanos es el de los ancianos. El número de estos sigue creciendo día a día, al grado de que las personas mayores de sesenta años ya casi suman los ocho millones en México. De estos, solo el treinta por ciento cuenta con algún tipo de pensión y quienes, como en la Ciudad de México, reciben un subsidio gubernamental encuentran que el mismo no les es suficiente para satisfacer sus necesidades básicas. Ochocientos pesos al mes representan apenas poco más de veintiséis pesos diarios, demasiado poco cuando los precios van constantemente a la alza. Además, a la pobreza los ancianos tienen que sumar la carencia de servicios médicos adecuados; el abandono y el maltrato creciente de sus familiares, mismo que provoca que día a día sea mayor el número de ancianos que eligen vivir solos, al grado de que estos ya representan el 30% del total de los adultos mayores en México; y, lamentablemente enfrentan también, la marginación y hasta el olvido de los pastores y miembros de las iglesias de las que forman parte.

Desde luego, son muchas las tareas pendientes para la atención adecuada y digna de nuestros ancianos. Hay cuestiones estructurales qué atender y que tienen que ver con el modelo económico, el establecimiento de políticas sociales, etc. Pero, al mismo tiempo, hay otras tareas que deben y pueden ser asumidas en el aquí y el ahora. Si bien es cierto que las tareas asistenciales no transforman la realidad en que el anciano vive, también lo es el que, en muchos casos, la ayuda solidaria en dinero, especie, servicios, etc., viene a resolver en el corto plazo necesidades que no pueden esperar para ser atendidas.

Las familias de los ancianos son, desde luego, las que tienen la responsabilidad primaria de atender a los suyos. Honrar a los padres es un mandamiento divino, no una elección ni, mucho menos, una cuestión a discutir. La honra incluye tanto el trato digno y respetuoso, como la provisión y el cuidado que les son propios a nuestros viejos. Aún las familias pobres deben y pueden ver por sus ancianos. Deben compartir con ellos, de manera privilegiada, sus escasos recursos, así como investigar cuáles son las alternativas gubernamentales y de asistencia privada con las que pueden contar para la atención de los mismos.

La iglesia, el Cuerpo de Cristo, es la institución que después de la familia tiene el deber y la oportunidad de servir a la Gente Grande. La iglesia puede y tiene que acercar a Cristo a la Gente Grande que está en necesidad. No solo con cuestiones asistenciales: dándoles de comer, beber y vestir, según aconseja Santiago. La iglesia también puede tomar y animar alternativas de apoyo radicales para acompañarles en su vida cotidiana; contribuir al mantenimiento y mejora de sus viviendas; y, sobre todo, consolándolos con la consolación que los miembros más jóvenes de la iglesia han sido consolados.

A los ancianos que me escuchan quiero decirles que estos son tiempos de fe y de fidelidad. De fe, porque son tiempos en los que debemos abundar en nuestra confianza en Dios. Nuestro Señor Jesús, que nos advirtió que en el mundo tendríamos aflicción, también nos llamó a confiar en él quien ha vencido al mundo. Él ha prometido estar con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Por ello, en nuestros días y situaciones difíciles podemos y debemos confiar en él. Además, estos son tiempos de fidelidad, de perseverancia en nuestro propósito de honrar y glorificar a Dios. Esto, en situaciones de crisis económica, implica, desde luego, el cumplimiento de nuestras obligaciones de fe, diezmar y ofrendar. Pero, sobre todo, tiene que ver con la sabia y correcta administración de los recursos económicos y materiales que hemos recibido de Dios. En la correcta mayordomía de nuestra vida y recursos encontraremos la evidencia de la gracia suficiente. No solo de la provisión divina, sino de la capacidad para enfrentar en esperanza y con gozo los retos que la realidad nos impone cada día.