Ordena tu Casa

Pastor Adoniram Gaxiola

Isaías 38

porque morirás. Le dijo Isaías a Ezequías, por mandato de Dios. No siempre resulta un placer el que el siervo de Dios visite nuestra casa. En ocasiones, lo que tiene que decirnos de parte del Señor no resulta agradable, ni esperanzador.  Es fácil comprender el que Ezequías haya volteado su rostro a la pared y orado pidiendo que el Señor le concediera más tiempo de vida. También resulta fácil comprender que quien amaba tanto la vida, su propia vida, hubiera llorado amargamente.

Generalmente, quienes se ocupan de esta historia exaltan el que Dios haya escuchado la oración de Ezequías y le haya concedido quince años más de vida. Es decir, enfatizan el hecho de la misericordia divina y del poder de la fe. Por ello animan a quienes están en su lecho de muerte a que oren con fe y confíen que Dios puede sanarlos… como a Ezequías. Y es cierto. Dios, en su misericordia, escucha el clamor de sus hijos y con frecuencia responde positivamente a la petición que le hacen.

Sin embargo, quienes solo se ocupan del hecho milagroso dejan de lado dos cuestiones importantes. La primera, que más vida no significa necesariamente más sabiduría, ni una mejor vida. La mera lectura de los pasajes subsecuentes nos muestra que, quizá, hubiera sido mejor para Ezequías y los suyos que el Señor no hubiera respondido a su oración. En efecto, Ezequías, al celebrar sus quince años más de vida atrajo la maldición sobre su pueblo y sobre sus hijos. La historia es sencilla, el rey de Babilonia se enteró de que Ezequías había estado enfermo y le envío cartas y un regalo celebrando su recuperación. Ezequías estaba tan contento de haber sanado y honrado por la visita de los mensajeros de Baladán, que “les mostró todos sus tesoros”. Cuando Isaías se enteró, vino a Ezequías y le advirtió que llegaría el día en que “todo lo que sus antepasados habían atesorado hasta ese día, sería llevado a Babilonia. Además, algunos de sus hijos y descendientes serías llevados para servir como eunucos del rey de Babilonia”. La falta de prudencia, la sensación de seguridad y poder resultantes del milagro recibido, hicieron que Ezequías convirtiera la bendición recibida por él, en una maldición para los suyos. No deja de llamar poderosamente mi atención la respuesta de Ezequías al Profeta: “Lo que ha dicho el Señor es bueno”, porque pensaba: “Al menos mientras yo viva, habrá paz y seguridad”. Ezequías quiso más vida, para él; no porque pensara en el bien de los suyos y de su pueblo.

Lo segundo que se deja de lado es que después de quince años, Ezequías durmió y fue enterrado en los sepulcros de los hijos de David.2 Re 20.21. El milagro no evitó la muerte, solo la pospuso. Más aún, el milagro hizo evidente la necesidad de que Ezequías ordenara su casa. Parece que el milagro le hizo olvidar la instrucción, la palabra, que Dios le había dado al través del Profeta: ordena tu casa. No la ordenó, no tuvo dominio propio, y la consecuencia fue que los suyos resultaran dañados y que la herencia de sus padres fuera robaba por Babilonia.

Así que, sin importar los años de vida con que se cuente, es responsabilidad de todos ordenar la casa. El orden no tiene que ver con la muerte, sino con la vida misma. Esto empieza por el poner orden en las relaciones personales. El advenimiento de la muerte destaca la importancia de arreglar, redimensionar, ajustar los modelos de relación familiar en que participamos. Hay que cerrar ciclos, dicen algunos. Perdonar y pedir perdón, arreglar hasta donde sean posibles los diferendos con la familia, etc.

También tiene que ver con el anticipar las posibles causas de desorden provocadas por nuestra ausencia. Hay padres que, respecto de sus bienes, actúan como los niños que van por la calle pateando un bote. Nunca lo recogen, solo lo echan más adelante. Son los padres que se niegan a aclarar y formalizar lo que tiene que ver con su herencia. Algunos, dadas las dificultades y diferencias que ya enfrentan, prefieren dejar a sus hijos y parentela el problema de arreglar lo que solo competía a ellos mismos hacerlo. Desde los inmuebles, hasta las cosas más pequeñas. La muerte amplifica el poder de división que la herencia tiene.

Sobre todo, ordenar la casa, también implica el ponerse a cuentas con Dios. Privilegiar el cultivo de la comunión y el afirmamiento de la fe. Ordenar la casa significa poner en orden los fundamentos de nuestra fe. ¿Qué es lo que creemos? La muerte, ¿derrota o victoria? ¿Mejor la vida en la tierra, que el descanso en el Señor? Nuestra fe, ¿resulta suficiente para la vida, pero insuficiente ante el hecho de la muerte?

Es un acto de fe asumir que nuestro hombre exterior se va desgastando día a día. Un pasaje desconocido y poco apreciado es Hebreos 9.27. Nos informa que “está establecido que los hombres mueran…” Tal hecho forma parte de nuestra fe. Y conviene que nos preparemos para cuando esta palabra se cumpla en nuestra vida. Podemos hacerlo porque, en Cristo, la muerte es apenas el paso a la eternidad. Porque nuestra muerte anuncia la vida plena, abundante, que Cristo ha ganado para nosotros. Podemos hacerlo, además, porque el hecho de nuestra muerte dará paso a esa dimensión de la eternidad en la que habremos de gozar de la comunión perfecta, libre de dolor y llanto, con nuestro Dios.

Sí, aunque todavía tengamos quince años más de vida por delante, conviene ordenar la casa.

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