La Identidad del Espíritu Santo

Publicado 2 octubre, 2010 por Pastor Adoniram Gaxiola
Categorías: Apologética, Espíritu Santo

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A la pregunta, ¿quién es el Espíritu Santo?, solo cabe una respuesta: el Espíritu Santo es Dios mismo. Juan 4.24 No la fuerza de Dios, tampoco la tercera parte de Dios, ni siquiera un dios Espíritu Santo. La Biblia nos enseña que Dios es uno, ello implica que es además de uno solo, también único en su manera de ser. Los teólogos han recurrido al término unicidad, para referirse a la manera única de ser de Dios.

La Biblia nos enseña que Dios se ha manifestado como Padre, como Hijo y como Espíritu Santo. 1 Ti 3.16 El término que Reina-Valera traduce como manifestado (faneroo), significa “se presentó”. Así que, podemos entender que Dios se ha presentado a sí mismo actuando como Padre, como Hijo (en la persona de Jesucristo), y como Espíritu Santo. En un intento de explicar el ser y quehacer de Dios, los cristianos han desarrollado la llamada doctrina de la Trinidad. Esta enseña que Dios es uno, pero que es Padre, es Hijo y es Espíritu Santo. Es decir, dicha doctrina señala, sostiene su fe en un Dios único, pero se refiere a las hipóstasis del mismo. Es decir, que al mismo tiempo que Dios es uno, es verdaderamente Padre, verdaderamente Hijo y verdaderamente Espíritu Santo. Quienes no se asumen como trinitarios, coinciden en cuanto a su fe en un Dios uno, y consideran que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, son manifestaciones o modos de ser de Dios.

Al respecto debemos tener en cuenta que toda doctrina respecto del ser y quehacer de Dios, no es sino una aproximación parcial de la mente humana, a la grandeza, la soberanía y la magnificencia divinas. Por lo tanto, animados por la fe, nosotros creemos que Dios es uno y que se ha presentado a nosotros de distintas maneras: como Padre, como Hijo y como Espíritu Santo.

Para los efectos de nuestra reflexión, consideramos que el Espíritu Santo es Dios mismo obrando en y al través del creyente. 1 Corintios 3.16; 6.19 La Biblia declara de manera reiterada que el Espíritu Santo es Dios; más aún la Biblia nos enseña que Dios es Espíritu. También enseña que el creyente, que ha sido regenerado mediante el sacrificio de Cristo, ha recibido el Espíritu Santo y, por lo tanto, es templo del Espíritu Santo. Es decir, que Dios habita en el creyente y actúa en él y al través suyo; tanto para la edificación personal del cristiano, como para su capacitación para el servicio de Cristo. Primero, para que el cristiano pueda actuar como testigo de Cristo en la tarea evangelizadora que consiste en ir a todo el mundo y hacer discípulos a los que escuchen el Evangelio de Salvación.

Aunque a lo largo de la Biblia encontramos diversas referencias al ser y quehacer del Espíritu Santo, es a partir del ministerio de nuestro Señor Jesucristo que el tema adquiere mayor relevancia. A José el ángel le asegura que María ha engendrado del Espíritu Santo. Juan el Bautista anuncia que detrás de él viene Jesús, quien habrá de bautizar a los creyentes con Espíritu Santo y fuego. El evangelista Juan hace una declaración por demás interesante: El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva. Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él; pues aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado. Juan 7.38-39

Nuestro Señor Jesús se refiere a la obra del Espíritu Santo comparándola con el fluir de ríos de agua viva en el interior del creyente. Es decir, alude a la presencia manifiesta del poder de Dios en el creyente. Pero, Juan también hace un par de precisiones: dice que aún no había venido el Espíritu Santo, y explica que ello se debía a que Jesús no había sido glorificado.

Nuestro Señor Jesús, al referirse a su glorificación, prometió a sus discípulos que no los dejaría huérfanos, sino que vendría a ellos. Hace tal promesa en referencia de la venida del Espíritu Santo, el Consolador. Fijémonos que nuestro Señor Jesús no promete que él o el Padre enviarán a otro, sino que el mismo Jesús volverá a estar con ellos. Juan 14.18 DHH

Hebreos nos asegura que es, precisamente nuestro Señor Jesús, la forma más perfecta en la que Dios se ha mostrado a los hombres. Lo que podemos conocer de Dios, lo conocemos gracias a Jesús quien es el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder. Hebreos 1.1-3 Mientras Cristo estuvo en la Tierra, en tanto que no fue glorificado, su presencia era la presencia de Dios. En Cristo habitaba corporalmente, asegura San Pablo, toda la plenitud de la deidad. Colosenses 2.9 Cuando Cristo es arrebatado en las nubes, ya no está más físicamente entre los suyos. Pero, siendo Dios, no se ausenta de y de entre los hombres, se manifiesta como [el] Espíritu Santo.

Esto muestra una cuestión sumamente importante: Dios tiene un profundo interés en relacionarse personalmente con los suyos. Uno de los elementos de la doctrina de la Trinidad es, precisamente, el uso del término persona. Al decir que el Espíritu Santo es una persona, al igual que el Padre y el Hijo, se refiere a la capacidad del Espíritu Santo para relacionarse con las personas humanas. Es decir, la fe cristiana no considera a Dios como una fuerza impersonal, como una esencia sin identidad, ni, mucho menos, como un poder ajeno y distante de los seres humanos.

Dios piensa, siente y se relaciona con su Creación. En particular lo hace con el hombre. Para ello lo creó, para vivir en relación con los seres humanos. Así que, una vez que Cristo, la imagen de Dios, ha sido glorificado y no está más físicamente entre los hombres, Dios se mantiene en relación con las personas al través de Espíritu Santo. Gracias a la obra de Cristo, Dios ha vuelto a estar en comunión con los hombres y las mujeres redimidos por la sangre derramada en la cruz. Este estar en comunión, es mucho más que estar en relación. Es participar de la realidad humana y hacer partícipes a los suyos de su esencia divina. Por el Espíritu Santo, Dios mismo habita en el corazón de los suyos.

Es el tipo de relación a la que se refiere nuestro Señor Jesucristo cuando le dice al Padre: Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado. Juan 17.23 Dios siempre ha querido estar unido a los suyos. La razón y el vínculo de tal unidad son el amor; el amor con que él nos ama y el amor que, como respuesta, le profesamos a él. Dado que Dios es amor, entonces es él en nosotros, al través de su Espíritu Santo, quien hace posible la realidad de la comunión que, a su vez, desata todo el poder y las capacidades divinas en nuestra vida.

Podemos concluir reiterando que el Espíritu Santo es Dios mismo en el creyente. Todo lo que Dios hace en y al través del cristiano es porque él mismo habita en el corazón de mismo. Como el cristiano es el templo del Espíritu Santo, es en él y por él que Dios se muestra al mundo y da testimonio de su poder, su amor y su propósito salvífico. Procuremos, entonces, que el Espíritu Santo abunde en nosotros y cumpla su propósito en nuestra vida y al través de la misma.

Hablemos de la Violencia Intrafamiliar Pasiva

Publicado 27 septiembre, 2010 por Pastor Adoniram Gaxiola
Categorías: Familia, Parejas, Viejos, Violencia Intrafamiliar

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Hemos considerado algunas de las causas y de las consecuencias de la Violencia Intrafamiliar. Ahora empezaremos a considerar las diferentes expresiones de la misma. Como hemos dicho, la Violencia Intrafamiliar es mucho más que los golpes, los gritos, las violaciones a la integridad física de las personas. De hecho, los estudiosos del tema nos aseguran que la Violencia Intrafamiliar es, prioritariamente, violencia física, violencia sicoemocional, violencia sexual y violencia económica. O sea, que son violencia los empujones, las bofetadas, el arrojar objetos, la intimidación, las amenazas, las prohibiciones para estar en contacto con algunos miembros de la familia, etc.; como también lo son las relaciones sexuales forzadas, o el rechazo de las relaciones sexuales como una forma de castigo a la pareja; y es violencia también el control excesivo de los recursos económicos y materiales, el despojo de los mismos a sus legítimos propietarios o generadores (el caso de los hombres que quitan el dinero que sus mujeres ganan en el trabajo, o los hijos que despojan a sus padres ancianos de sus pensiones), así como la privación de los recursos indispensables para la alimentación, el vestido, el transporte o el estudio.

Es importante, antes de abundar en el análisis de las expresiones y los ciclos de la Violencia Intrafamiliar, hacer hincapié que esta se da de forma tanto activa como pasivamente. En el primer caso la violencia se da de forma abierta, evidente, en la que el abuso es manifiesto. Mientras que en la forma pasiva, la Violencia Intrafamiliar se disfraza, se disimula, se encubre de maneras tales que difícilmente se puede reconocer como violencia a ciertas conductas, actitudes y formas de relación familiares. Recuerdo el caso de una persona que se decía profundamente confundida por los sentimientos de amargura y rencor en contra de su padre. Este, aseguraba, nunca la había golpeado o gritado. Aunque, lo cierto es que tampoco se había ocupado de ella; es más, cuando se divorció de su madre, nunca más volvió a estar al pendiente de la familia, no se interesó por lo que pasaba con sus hijos, nunca asistió a los eventos más significativos para ellos: graduaciones, quince años, bodas, etc. Esta persona no sabía que su padre había ejercido en contra de ella y de sus hermanos una severa violencia, aun cuando no los hubiera golpeado o maltratado física o verbalmente. La forma pasiva de la Violencia Intrafamiliar consiste, fundamentalmente, en el abandono físico y/o emocional de los familiares.

Abandonar no es otra cosa que dejar y/o desamparar a alguien. Así, tenemos situaciones de abandono, de violencia pasiva, en el caso de los niños que son dejados y/o desamparados por sus padres. Amparar es favorecer, proteger a quien lo pide y/o lo necesita. Los hijos necesitan de sus padres, de su presencia, de su cuidado y de su atención. De que se les mire y se les cuide. Ni la niñez, ni mucho menos la adolescencia, son etapas propicias para la soledad de los hijos, ni para la desatención de los padres. Los niños, y de manera destacada los adolescentes, necesitan del cuidado y la atención de sus padres. Estos enraízan y hacen crecer en ellos el llamado sentido de pertenencia, del cual resulta el fortalecimiento de su identidad y sentido de la vida.

Cuando los padres se distancian de los hijos, ya física o emocionalmente, les privan de recursos invaluables en la construcción de su propia identidad como personas. Pero, más aún, al privarlos del cuidado y la relación con quienes son su carne y su sangre, los arriesgan a que busquen satisfacer su necesidad de pertenencia en otros quienes, generalmente, están igual o peor de abandonados y confundidos que ellos.

Los esposos y las esposas también necesitan de sus cónyuges. Cada día crece el número de mujeres que hacen la vida en el abandono, en la soledad conyugal. Pero, tanto o más serio es el problema de los hombres que viven en soledad creciente. Unas y otros viven juntos, pero no unidos. Hablan todo el tiempo, pero no se comunican. Tienen relaciones sexuales, pero no son una misma carne. Y, el hecho es que también las esposas y los esposos necesitan la atención y el cuidado de sus respectivos cónyuges, de sus consortes. Es decir, de la persona que es partícipe y compañera con ellos en la misma suerte.

Y hay un tercer sector al interior de nuestras familias que sufre cotidianamente de la violencia pasiva que se expresa en el abandono físico y emocional: los ancianos. Una mujer, que hace pocos días estuvo seriamente enferma me decía: lo que más me duele es que mis hijos no se dieron cuenta de lo grave que estaba. Y, vaya si no tiene razón para sentirse dolida, fue su nieto de apenas once años quien al verla dormir por dos días consecutivos, le preguntó si estaba enferma. Ello, dentro de un pequeño departamento en el que conviven varios miembros de la familia, incluyendo a hijos adultos. El abandono, el desinterés, la insensibilidad son, me parece, algunas de las expresiones más terribles de la violencia ejercida en contra de los padres ancianos.

A reserva de que en nuestra siguiente entrega abundemos en la consideración de la ignorancia, la ausencia y el desapego, como causas y efectos de la violencia pasiva, aquí sólo quiero llamar la atención a la importancia que debemos dar a esta expresión de la Violencia Intrafamiliar. Me temo que sus consecuencias son mucho más dañinas y trascendentes, paradójicamente, que las expresiones abiertas de tal violencia. Permanecen en el silencio y a veces en aparente olvido, pero sus secuelas terminan por dañar invariablemente a quienes han sufrido tal abuso y a aquellos con los que se relacionan.

La violencia pasiva que se traduce en abandono físico y emocional produce, invariablemente, desesperanza. Esta es mucho más que solo la pérdida de la esperanza. Se traduce en una alteración del ánimo tal, que la persona abandonada queda a expensas de fuerzas poderosas y nocivas que atentan contra ella. De dentro suyo, la depresión y la pérdida de su estima propia. De fuera, la incapacidad para relacionarse sanamente con los demás y, por lo tanto, su predisposición a establecer relaciones de codependencia. Mismas que lejos de satisfacer sus necesidades espirituales, emocionales y físicas, habrán de destruirla sistemáticamente. Cabe aquí la declaración paulina, cuando el Apóstol desanimado exclama: en todo fuimos atribulados: de fuera,  conflictos,  y de dentro,  temores. O, como lo traduce Dios Habla Hoy: en todas partes hemos encontrado dificultades: luchas a nuestro alrededor y temores en nuestro interior.

Quienes han enfrentado o enfrentan violencia pasiva a manos de los suyos, de aquellos a los que aman. A quienes se descubren solos y desamparados, quiero dejarles en esta oportunidad la convicción de la actualidad presente y personal de la declaración del salmista: Aunque mi padre y mi madre me abandonen, tú, Señor, te harás cargo de mí. Tal convicción es mucho más que un mero deseo, que un consuelo barato. Quienes creen a la palabra de Jesucristo y le llevan sus trabajos y sus cargas, confirman en su propia vida que, en efecto, el Señor se hace cargo de ellos. No sólo los consuela, sino que también les da la sabiduría, la fortaleza y la fuerza necesarias para enfrentar y aun contrarrestar la violencia que sufren de parte de los suyos. Comprueban que esta no es suficiente para invalidar la realidad presente del amor de Dios, mismo que les ayuda para que, también en esto, sean más que vencedores en Cristo Jesús, Señor nuestro.

Para Entender la Violencia Intrafamiliar

Publicado 20 septiembre, 2010 por Pastor Adoniram Gaxiola
Categorías: Autoestima, crisis, Emociones, Familia, Feminismo, Machismo, Parejas, Violencia Intrafamiliar

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Hace algún tiempo fui invitado por el grupo de matrimonios de una iglesia citadina para hablar, se me insistió, sobre el tema de la violencia intrafamiliar. La insistencia con la que se me había pedido que fuera ese y no otro el tema a tratar me llevó, al empezar mi exposición, a preguntar cuántas de las familias ahí representadas enfrentaban situaciones de violencia al interior de sus hogares. Después de que repetí varias veces la misma pregunta, la respuesta siguió siendo la misma: silencio. Sin embargo, después de que respondieron a un sencillo cuestionario, casi las dos terceras partes de los asistentes reconocieron que, en mayor o en menor grado, se enfrentaban a situaciones de violencia intrafamiliar.

No me extrañó del todo dicha situación. Parte de las causas que explican la proliferación de la violencia intrafamiliar, hasta en las mejores familias, es precisamente el desconocimiento que se tiene respecto de lo que la misma es y cómo se manifiesta. Por lo general, se asocia la violencia intrafamiliar exclusivamente con la violencia física. Se piensa que si no hay golpes, no hay violencia. No hay tal. Paradójicamente otras expresiones de la violencia intrafamiliar son mucho más dolorosas y dañinas que la mera violencia física, ello sin menospreciar el daño e impacto de esta última. Recuerdo a una mujer que me decía que hubiera preferido, mil veces, que su padre la hubiera golpeado a que le dijera tantas cosas y tantas veces que le hacía sentir que no valía y que no le importaba a nadie.

Parecería absurdo pensar que haya quienes sufran de violencia intrafamiliar y no se den cuenta de ello. Sin embargo, un hecho que explica el porqué de tal ignorancia es la cultura familiar y social en que las personas viven y han crecido. Por ejemplo, en algunas zonas urbanas es normal ver que el hombre viaje a lomo del caballo o el burro, mientras que la mujer le sigue caminando a pie y llegando en sus brazos o espalda a uno o a más de sus hijos. Obviamente, quienes crecen mirando y participando de tal patrón relacional difícilmente considerarán que sea injusto, que se trate de una forma de violencia contra la mujer tal disparidad de trato. Sin embargo, lo es. O pensemos en nuestros hogares cristianos, cuando el domingo al volver a casa llenos del gozo del Espíritu de Dios, el hombre se siente a ver la tele o se recueste un rato –pues viene muy cansado de estar todo el día en la iglesia-, mientras su mujer le prepara la cena. Como estos, hay muchos casos que nos parecen normales, pero que esconden tras de sí severas y dolorosas formas de agresión en contra de las mujeres.

La violencia intrafamiliar tiene muchos rostros y aunque en apariencia sólo vaya dirigida a algunos de los miembros de la familia: mujeres, niños o ancianos, generalmente, termina por afectar a todos los miembros de la misma. Para comprender la complejidad de la violencia intrafamiliar y de sus consecuencias, conviene tomar en cuenta dos conceptos: abuso y maltrato. Dado que la violencia intrafamiliar es una cuestión de poder, se trata de un abuso. Es decir, del mal uso que se hace de algo o de alguien. Este mal uso tiene que ver con lo excesivo, lo injusto, lo impropio o lo indebido de la autoridad, o del mero poder, que el abusador detenta. La violencia intrafamiliar afecta a los más débiles, dado que es realizada por quienes tienen mayor poder o autoridad que estos. Tal abuso se manifiesta, y aquí tenemos el segundo concepto clave, cuando se maltrata a otro o a otros.

La cuestión del maltrato es una cuestión toral, de suma importancia, en el cómo de las relaciones familiares. Maltratar no sólo es tratar mal a alguien de palabra u obra. También es echar a perder. Porque el maltrato tiene que ver con lo que pasa aquí y ahora, es cierto; pero también produce un fruto a largo plazo. De acuerdo con el lenguaje bíblico, el maltrato planta en el corazón de las personas abusadas, raíces de amargura mismas que, como resulta obvio, sólo podrán producir frutos amargos. El término bíblico que se traduce como amargura, se refiere a un aborrecimiento amargo.

El aborrecimiento se compone de sentimientos maliciosos e injustificables, que lo mismo se tienen respecto de quien nos ha lastimado, de quien ha abusado de nosotros; como se tienen respecto de nosotros mismo. No solo se llega a odiar al abusador, sino que se termina odiándose a uno mismo. El odio empieza siendo un sentimiento de rechazo o repugnancia frente a alguien o algo, nos dice el diccionario. Sumamente doloroso resulta el que quienes han sido sistemáticamente abusados, por sus padres, esposos, hermanos o hijos, terminan, casi siempre, sintiendo que son ellos los culpables y, por lo tanto, merecedores de tantos abusos. Recuerdo, entre otras, a una mujer que habiendo sido abusada sexualmente por su abuelo materno y sus hermanos mayores, se preguntaba cómo es que podía haber sido tan mala que, ya a los cinco años, los provocaba para que abusaran de ella.

Aquí sólo apuntaremos que quienes han sido abusados llegan a sentir repugnancia de sí mismos, porque el abuso afecta de manera integral el todo de su identidad. Afecta sus pensamientos y sus emociones, creando verdaderas fortalezas espirituales, que no son otra cosa sino maneras de pensar negativas y dañinas; les afecta físicamente, puesto que produce el efecto conocido como de somatización, mismo que consiste en que los pensamientos y emociones terminan alterando la salud de la persona produciendo enfermedades y dolores reales. Y, desde luego, les afecta espiritualmente.

Quien ha sido, o está siendo abusado por aquellos a quienes ama, se vuelve más vulnerable ante los ataques del diablo, quien como león rugiente que busca a los más débiles, solo tiene como propósito el robar, matar y destruir. El ataque satánico busca disminuir la credibilidad y la confianza que la persona abusada tiene respecto a Dios. Muchos de los que han sufrido o sufren abuso, aprenden a pensar que Dios no los ama, que no le interesan y que alguna razón habrá para que Dios los esté castigando de tal manera. Cuando se rebelan contra el padre, el esposo o cualquier otro miembro que abusa de ellos, o cuando tienen algún sentimiento de ira o coraje en contra del abusador, se sienten culpables y, por lo tanto, indignos de la gracia divina. El abuso que sufren, y el dolor que del mismo resulta, apaga el gozo del Espíritu y aleja paulatinamente a la persona de la fuente de su salvación.

La buena noticia es que el Hijo del Hombre, nuestro Señor y Salvador Jesucristo, ha venido para deshacer las obras del diablo y para dar vida abundante a quienes han sido lastimados y despojados de su dignidad, su paz y su confianza. Quien ha sido abusado no tiene por qué vivir bajo el poder de sus abusadores, ni de los abusos recibidos. En Cristo encuentra el poder y la libertad para vivir una vida plena y caminar por la senda de la justicia y la paz. De esto nos ocuparemos en nuestra próxima entrega.

Mientras tanto, les invito a que hagamos nuestra la promesa del Señor que nos asegura: El Señor es mi pastor, nada me falta; en verdes pastos me hace descansar. Junto a tranquilas aguas me conduce; me infunde nuevas fuerzas, por amor a su nombre. Aun si voy por valles tenebrosos, no temo peligro alguno porque tú estás a mi lado; tu vara de pastor me reconforta.