Los Ciclos de la Violencia Intrafamiliar

Publicado 11 octubre, 2010 por Pastor Adoniram Gaxiola
Categorías: Familia, Machismo, Maternidad, Parejas

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No poca sorpresa e incomodidad causa el que nos ocupemos del tema de la violencia intrafamiliar y que aseguremos que el mismo es asunto de las familias cristianas. De hecho, es este un tema que las iglesias se resisten a considerar con amplitud y objetividad. Apenas el viernes pasado, una mujer que ha sufrido el maltrato verbal y sexual de su esposo me contaba cómo su Pastora, le había recomendado paciencia y resignación ante el riesgo de que, si se revelaba o denunciaba a su marido, pudiera quedarse sola. La mujer me dijo, mejor sola que constantemente lastimada. Duele, el porcentaje tan alto de personas que animadas por las reflexiones aquí propuestas, identifican y reconocen el estar viviendo situaciones de violencia. Duele porque, como alguna persona me dijera entre semana, también se trata de cristianos que cumplen con tareas de liderazgo a interior de sus respectivas congregaciones. Hoy abundaremos un poco más en el tema en el ánimo de comprender mejor el asunto y estar en condiciones de, con la ayuda de Dios, superarlo.

Como ya hemos dicho, debemos entender es que cuando hablamos de violencia intrafamiliar o doméstica no nos referimos sólo a desafortunados hechos aislados en los que alguno de los miembros de la familia arremete o lastima contra otro u otros. La violencia intrafamiliar consiste en un patrón de abuso que se repite una y otra vez. Un patrón, una forma de ser familia, que tiene sus propias etapas y tiempos. Que, además, requiere como en un juego u obra de teatro, que los miembros de la familia jueguen o representen distintos papeles o roles. En efecto, la violencia intrafamiliar no es generada solo por el miembro violento de la familia, sino que requiere también de un ambiente particular, así como de la participación de los otros en complemento a las actitudes y conductas del o de los agresores.

Desafortunadamente, quienes sufren la violencia intrafamiliar desarrollan una gran capacidad de adaptación y aguante ante la misma, pues, conforme la violencia intrafamiliar aumenta, los ciclos o etapas de la misma se vuelven cada vez más cortos y dañinos. Por lo tanto, confunden lo frecuente con lo normal, asumiendo que lo que viven es lo que está bien, que así les tocó vivir. Por ello es necesario poder identificar las etapas y características del ciclo de la violencia:

La etapa de la acumulación de tensión. En esta todavía no hay agresión física, pero existe un clima de tensión en la que las víctimas perciben, saben, que en cualquier momento pueden ser agredidos. La violencia por llegar se anuncia con gritos, las amenazas abiertas o veladas, los insultos, menosprecio o insinuaciones sobre lo que le espera a la víctima.

La etapa o fase violenta. Es cuando la agresión estalla, ya sea físicamente: con golpes, apretones, pellizcos, empujones, etc.; o en su modalidad sexual, particular, aunque no exclusivamente de las relaciones de pareja. En estos casos se da el agravio, la violación, la imposición de prácticas sexuales ofensivas para el otro o hasta el negarse a sostener relaciones sexuales con la pareja.

Generalmente, después de la agresión la persona violenta experimenta sentimientos de culpa, lo cual no necesariamente significa que se arrepienta, en el sentido bíblico de la expresión. Más bien, se trata del temor a las consecuencias, a ser descubierto o a la posible reacción de la víctima, denunciando o respondiendo al maltrato recibido. Por lo tanto, para mantenerse seguros, los agresores acostumbran mantener bajo amenaza a sus víctimas: “si dices algo te mato, o te quito a tus hijos”, por ejemplo; también procuran convencerlas de su poca o nula credibilidad, al asegurarles: “nadie te va a creer”; o chantajean revirtiendo la culpa en contra de la víctima: “te lo ganaste”, “si fueras más responsable esto no sucedería”, etc.

Además, el agresor tratará de justificarse a sí mismo, y a su conducta, haciendo alarde de sus propias debilidades. Culpando a las circunstancias, a su pasado o al otro. Acto seguido, pedirá perdón y desarrollará toda una estrategia complaciente para ganarse el perdón, la comprensión y la confianza de su víctima. Esto nos lleva a la tercera etapa del ciclo de la violencia intrafamiliar.

La etapa de la luna de miel. A la pérdida, y el otorgamiento, del perdón sigue la etapa de la luna de miel. En esta, las relaciones se normalizan, la conducta del agresor se modera y hasta cambia diametralmente. La víctima asume su papel como tal y procura mostrarse conforme, sumisa y paciente para no acelerar el inminente nuevo estallido de violencia. Es decir, víctima y victimario juegan a que “ya todo está bien”, favoreciendo un estado de cosas que, simplemente generará más y más violencia.

Como podemos ver, se trata de un círculo viciado que incluye tanto el carácter de cada uno de los miembros de la familia, como diversos factores externos a la misma. En no pocos casos, las víctimas encuentran en aquellos en quienes buscan apoyo, orientación y ayuda, un rechazo a su deseo de cambiar las cosas. “Aguántate, quisiste casarte con él, ¿o no?”; “piensa en tus hijos, ¿quieres dejarlos sin su padre o sin madre?; “piensa en el testimonio, ¿qué va a decir la gente de ti, de nosotros, de la iglesia”? Muchas de ustedes han oído frases similares, y, entonces, se sienten más solas y menos capaces de superar la situación que les degrada y lastima.

Quienes padecen la violencia de personas amadas por ellos, deben asumir que la violencia intrafamiliar es una calle de doble sentido. Que si bien, la víctima no es culpable de la violencia que se ejerce en contra suyo, sí es responsable de permitir y permanecer en una situación que propicia la violencia. Quienes padecen violencia deben procurar no solo entender por qué su agresor actúa como lo hace; sino, entender también, cuales son aquellas características propias que les llevan, como víctimas, a permanecer en una forma de relación que favorece y propicia la manifestación del ciclo de la violencia intrafamiliar.

El ser humano ha sido creado con Valores Fundamentales. Dios nos ha creado dignos, íntegros y libres del poder de nuestras emociones. Sin embargo, por el pecado, la persona deja de actuar animada por sus Valores Fundamentales y lo hace empujada por sus miedos, sus temores. Estos temores son la razón de las relaciones de codependencia. El agresor necesita de víctimas para reafirmar su identidad. Necesita sentirse poderoso para saber que vale. Pero, desafortunadamente, la víctima también necesita sentirse indefensa o comprensiva con su agresor para creer que vale. No pocas víctimas asumen que su tarea en la vida es cambiar, rescatar, a su agresor y por ello es que soportan y perdonan infructuosamente la violencia que sufren.

Así, nos volvemos idólatras y hechiceros. Idólatras porque aprendemos a creer que los otros tienen el poder de decidir sobre nosotros. Cedemos el control de nuestra vida a los otros. “No puedo, él me buscaría si lo dejara”; “es que no podría vivir sin él/sin ella”; “si no le amara tanto, no lo necesitaría”, etc. Hechiceros, cuando pretendemos que lo que la otra persona haga será nuestra responsabilidad dado que nosotros, “le obligamos a que lo hiciera”. “Sí, yo sé que es malo, pero, si lo dejo ¿qué va a hacer con su vida?”; “si se mata o hace alguna locura, yo no podría vivir sabiendo que lo hizo por mi culpa”; “es que si me voy, se va a volver más malo y eso será mi culpa”, son algunos de los argumentos de los hechiceros.

Quienes sufren violencia, deben asumir su realidad. Deben dejar de disculpar al otro, deben correr el riesgo de asumirse pacificadores. Los pacificadores son los que hacen, los que construyen, la paz. La construcción de la paz a veces genera lo que podemos clasificar como la violencia justa. A veces tenemos que violentar situaciones: ya sea deteniendo la mano del agresor o denunciándolo públicamente; recurriendo a las instancias judiciales que sea necesario o exhibiéndolo ante la iglesia, etc. Rebelarse ante el agresor es el primer paso, el más importante, para que las víctimas dejen de serlo y contribuyan a una nueva dimensión de paz, de respeto y de dignidad familiar.

Las relaciones nunca se terminan, simplemente se modifican. Por ello, los tiempos de violencia son también tiempos de perdón. Pero, perdonar no es simplemente comprender al agresor y seguir permitiendo que lo sea. Perdonar es asumir que la conducta propia y la del otro no son dignas, y disponernos, por lo tanto, a vivir de tal manera que ya no permitamos que tal conducta siga siendo nuestra norma.

El perdón no exime del castigo al agresor. El perdón tampoco nos obliga a permanecer en una relación de violencia. El perdón es la recuperación de nuestra identidad y el vivir plenamente íntegros, es decir, viviendo y haciendo de acuerdo a lo que somos: seres humanos, creados a imagen y semejanza del Señor.

La Tarea del Espíritu Santo

Publicado 11 octubre, 2010 por Pastor Adoniram Gaxiola
Categorías: Agentes de Cambio, Biblia, Emociones, Espíritu Santo, Vida Cristiana

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Juan 15.26, 27

Pero cuando venga el Defensor que yo voy a enviar departe del Padre, el Espíritu de la verdad que procede del Padre, él será mi testigo. Y ustedes también serán mis testigos, porque han estado conmigodesdeelprincipio.

El ser humano es un ser trascendente. Dado que tiene la capacidad para recordar el pasado y proyectar el futuro, incluye entre el costo de su ser, el de la incertidumbre y la necesidad de elementos que sustenten sus convicciones, sus creencias. El conocimiento humano, sobre todo el que deriva del quehacer científico, sirve como sustento importante para dar respuesta muchas de las inquietudes de los hombres, sin embargo, no es suficiente para responder a las cuestiones más trascendentales: quién soy, de dónde vengo y a dónde voy, cuál es mi papel en este Mundo, etc.

Nuestro Señor Jesucristo estuvo al tanto de tales necesidades y limitaciones de los hombres. Como resulta natural en él, se ocupó de atenderlas de manera integral y estableciendo las prioridades del caso. Por ello es que, de manera reiterada, se refiere a la tarea del Espíritu Santo como una que trae convicción a la persona respecto de Dios; respecto de la presencia y la comunión de Dios en y con el hombre.

Los seres humanos necesitamos de la comunión con Dios. Mucho más de la que necesitamos respecto de nuestros padres, pero esta nos ayuda a entender mejor la importancia de la primera. Así como una relación inadecuada, deficiente, conflictiva con nuestros padres nos condena a una vida inestable, dolorosa; mucho más de lo mismo resulta en nosotros cuando no estamos en comunión con el Señor. No sólo no estamos completos, sino que enfrentamos un desequilibrio vital que afecta nuestra propia estabilidad y el cómo de nuestras relaciones con los demás.

Por ello, en Juan 14.26; 15.26; 16.7-15, nuestro Señor se refiere a la tarea del Espíritu Santo como una de reafirmación del vínculo entre Dios y los discípulos de Cristo. Dice que el Espíritu Santo nos enseñará todas las cosas y nos recordará todo lo que Jesús ha dicho; asegura que el Consolador será su testigo; además de que el Espíritu mostrará claramente a la gente del mundo quién es pecador, quién es inocente, y quién recibe el juicio de Dios, además de que nos guiará a toda la verdad.

Ante las inquietudes que resultan del significado de ser humano y ante los retos que representan la conducta propia y la de los demás, sólo quedan dos alternativas. Podemos animalizarnos y acallar tales inquietudes e ignorar los retos. Así, podemos relacionarnos instintivamente. En la relación matrimonial, por ejemplo, lejos de tratar de entender quiénes somos y cuál es el propósito de nuestro matrimonio, terminamos por vivir a la defensiva. Atacando para no ser atacados, utilizando al otro para satisfacer nuestras necesidades más básicas y cerrando ojos y oídos ante aquello que no podemos manejar.

El Espíritu Santo en nosotros, sin embargo, nos provee una forma alternativa de vida. Su presencia en nosotros nos da una perspectiva diferente. Nos ayuda a ver la vida, a las personas, ¡a nosotros mismos!, desde la perspectiva divina. Primero, porque da testimonio permanente a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Romanos 8.15Este testimonio asienta nuestra identidad, nos permite saber quiénes somos y, por lo tanto, tomar conciencia de nuestro valor y de nuestra misión en la vida. El cómo de nuestra relación con nuestros padres determina sensiblemente la percepción que tenemos de nosotros mismos, la conciencia de nuestro valor como personas y el para qué de nuestra vida. El Espíritu Santo nos ubica más allá de nuestros padres, los trasciende. Así podemos ahondar en nuestro origen y tomar conciencia de que nuestra raíz es Dios y que nuestro valor como personas es resultado de lo que él es en nosotros. Sobre todo, el testimonio del Espíritu Santo nos hace saber y experimentar el hecho de que somos amados por el Padre, por nuestro Padre.

Quien se sabe amado por el Padre vive la vida de manera diferente a quien carece del amor paterno. Quien ha sido abandonado por su padre natural generalmente va por la vida al garete, sin origen y sin rumbo. Pero quien, a pesar de la ausencia o deficiencia del amor filial, se sabe amado por Dios encuentra en tal amor la razón, el propósito y el valor de su vida.

Quien se sabe amado por Dios, está seguro. Por lo tanto puede enfrentar seguramente los retos, las interrogantes y las dificultades de la vida. El saber de Dios que está en él, ayuda al creyente a saber lo que es necesario que sepa. Conforme pasa la vida, más evidente se hace la necesidad de la sabiduría. Por ello el proverbista nos exhorta: sabiduría ante todo;  adquiere sabiduría; y sobre todas tus posesiones adquiere inteligencia. Proverbios 4.7La sabiduría no es otra cosa sino el conocimiento de Dios, de quién es él, de cuáles son sus propósitos para nosotros y, por lo tanto, la razón de ser de sus mandamientos. El Espíritu Santo que es Dios mismo en nosotros, trae a nuestra mente la revelación divina y nos capacita así para conocer y entender lo que necesitamos saber en cada circunstancia de la vida. En lo que se refiere a nosotros mismos, a nuestra familia, a nuestros estudios y trabajo, etc. La luz de Dios ilumina todos y cada aspecto en particular del todo de nuestra vida.

Nuestro Señor Jesús también se refiere a un tercer elemento de la tarea del Espíritu Santo en y al través de los creyentes. En Hechos 1.8, nuestro Señor asegura que el creyente recibe poder cuando viene sobre él el Espíritu Santo. Dunamis, es la capacidad inherente de llevar cualquier cosa a cabo. No basta con saber quiénes somos, ni saber lo que tenemos que hacer en la vida. En la vida necesitamos poder, es decir, la capacidad para realizar todo lo que es propio de nosotros. La tragedia nuestra, en la mayoría de las situaciones difíciles de nuestra vida, no es que no sepamos o que no queramos. Es que no podemos.

La capacidad humana, al igual que la sabiduría humana, es real y valiosa. Pero, siempre es limitada. Siempre llegamos a un extremo en el que ya no podemos hacer en nuestras fuerzas. Es cuando nos acercamos al territorio del Espíritu Santo. Se trata del espacio donde el Espíritu Santo nos da testimonio de su presencia en nosotros y nos capacita para que también nosotros demos testimonio de su presencia entre los hombres. Es decir, que podamos ser quienes hagamos evidente que él está en nosotros y que él está haciendo en y la través de nosotros.

Como podemos ver, la tarea del Espíritu Santo resulta indispensable en nuestra vida. Sin ella, ni tenemos conciencia de quiénes somos, ni podemos estar convencidos de que somos amados y que nuestra vida tiene razón y sentido, como tampoco podemos hacer aquello que queremos y necesitamos lograr. La buena noticia es que Dios da su Espíritu Santo a quienes se lo piden. Así que conviene que empecemos a pedir el ser llenos del Espíritu Santo, que busquemos la llenura del Espíritu Santo. Él en nosotros hace la diferencia. Y, nosotros llenos de él, podemos ser diferentes.

El Que Golpea a Una…

Publicado 11 octubre, 2010 por Pastor Adoniram Gaxiola
Categorías: Autoestima, Familia, Libertad, Machismo, Madres, Parejas, Violencia Intrafamiliar

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El que Golpea a Una, nos Golpea a Todas, es la campaña que en el año 2007 promovió el Instituto Nacional de las Mujeres, en un intento de superar uno de los más grandes males de nuestros días, la violencia en contra de las mujeres. Las cifras que registran el abuso contra las mujeres son dramáticas y nos obligan a no desentendernos más del tema de la violencia intrafamiliar.

En distintos momentos he asegurado, con no poca ironía, que las familias que sufren violencia son familias solidarias. Somos familias que protegen a sus miembros abusadores guardando silencio respecto de sus excesos, justificándolos y, aún, protegiéndolos cuando la violencia es tal que ya no puede ser disimulada. No hace mucho tiempo, uno de los periódicos de mayor circulación nacional registraba las palabras de una mujer golpeada por su marido: “No le hagan nada, es mi esposo [decía], si él quiere matarme puede hacerlo, pues para eso soy su mujer”. En otros casos, las personas abusadas, particularmente las mujeres, explican los abusos de sus agresores buscando en sí mismas la razón y/o culpa de tales excesos. “No sé que habré hecho o dicho, pero seguramente lo molesté y tuvo que castigarme”. En tratándose de los abusos de los padres, que incluyen la violencia sexual, en no pocos casos se explica tal violencia bajo el pretexto del derecho paterno a hacer con sus hijos lo que se quiera, pues “nuestros padres lo son hasta la muerte”.

De cualquier forma, la violencia intrafamiliar daña, a veces irremediablemente, a las personas. Marca de por vida al abusado y al abusador, dando pie a cadenas de maldición que se transmiten por generaciones. Quienes han sido abusados se convierten, generalmente, en abusadores. Unos y otros procuran establecer relaciones con quienes, pueden estar seguros, les ayudarán a desempeñar el rol aprendido. El abusador buscará relacionarse con una persona sumisa, y esta clase de personas procurará relacionarse con abusadores.

La violencia intrafamiliar no reconoce límites sociales, académicos, raciales ni, aunque nos cueste aceptarlo, religiosos. Desafortunadamente, en no pocos casos la conversión a Cristo no parece incluir necesariamente, el término de las relaciones de abuso intrafamiliar previas a la regeneración de las personas. Más aún, en no pocos casos, la ideología religiosa sirve como un argumento definitivo que establece como lo propio de esa familia en particular, la existencia de abusadores y abusados. Los primeros, encuentran en su nueva fe una presunta justificación de sus actitudes y conductas y quienes padecen la violencia, sublimizan su sufrimiento y lo equiparan con el de Cristo. Siendo así las cosas, están, entonces, dispuestos “a llevar su cruz hasta que el Señor así lo quiera”.

Pero, debemos saber, la violencia intrafamiliar es un problema complejo que tiene sus raíces en el pecado. Por lo tanto, nadie que ejerce o sufre tal violencia en particular, puede presumir que la misma corresponde a la voluntad de Dios. Todo lo contrario, cualquier expresión de violencia, y de violencia intrafamiliar especialmente, atenta contra la dignidad del ser humano y, por lo tanto, contra la dignidad misma de Dios. Cualquier agresión en contra de nuestro prójimo resulta en una agresión en contra de nuestro Señor y Salvador.

Paradójicamente, como ya hemos dicho, muchos de los que ejercen la violencia intrafamiliar y de los que la sufren viven en un estado de ignorancia al respecto. No saben que viven una realidad de violencia. Asumen como natural el modelo de relación que les degrada. Aquí se cumple aquel lamento divino, cuando el Señor asegura: “mi pueblo perece por falta de conocimiento”. Y es que, además de que es mentira que alguien tiene el derecho de lastimar a su pareja, hijos, hermanos, padres, abuelos, etc., la violencia intrafamiliar es mucho más que la violencia física. En no pocos casos, esta, aunque más dramática y escandalosa, palidece ante la frecuencia, grado y trascendencia de otras expresiones de la violencia doméstica.

De acuerdo con los estudiosos del tema, son cinco los tipos de violencia doméstica: el abuso físico, el emocional, la negligencia o abuso por descuido, el abuso sexual y el abuso económico. Un acercamiento al tema nos dice, entre otras cosas: que las madres son las principales abusadoras físicas de los niños menores de diez años; que las mujeres recurren con mayor frecuencia al abuso emocional, que los agresores sexuales son, generalmente, familiares cercanos de las víctimas.

Quizá usted que me está escuchando, lo está haciendo “en tercera persona”. Es decir, está pensando más o menos así: “eso le pasa a fulanita”, “sí, a mi vecino le pegaba su mujer”, “pobre gente, ¿qué podrá hacer? Pero, déjeme preguntarle lo siguiente: “usted, ¿es un abusador, o abusadora?”, “¿sufre violencia de parte de su pareja?” Para ayudarle a una mejor reflexión permítame hacerle algunas preguntas más:

  • ¿Su pareja continuamente critica la ropa que usted usa, lo que usted dice, la forma en que usted actúa, y su apariencia?
  • ¿Su pareja a menudo le insulta o le habla en forma denigrante?
  • ¿Siente usted que necesita pedir permiso para salir a ver a sus amistades o familia?
  • ¿Siente usted que, haga lo que haga, todo siempre es culpa suya?
  • Cuando usted se retrasa en llegar a casa, ¿su pareja le interroga insistentemente acerca de dónde anduvo y con quién estuvo?
  • ¿Su pareja le ha amenazado con hacerle daño a usted o a sus hijos si usted la deja?
  • ¿Su pareja le obliga a tener relaciones sexuales aunque usted no quiere?
  • ¿Su pareja ha amenazado con pegarle?
  • ¿Su pareja alguna vez le ha empujado, abofeteado o golpeado?

Si usted ha respondido sí a alguna de estas preguntas. O si usted se descubre actuando de acuerdo con alguna de tales conductas, usted y los suyos están en violencia intrafamiliar.

Así como las causas que originan la violencia intrafamiliar son complejas, superar la misma es, también, una tarea compleja, lenta y difícil. Exige cambios, tanto en la persona misma, como en la dinámica de las relaciones familiares. Exige la toma de decisiones difíciles y costosas, así como el pago de precios altos y dolorosos. Pero, si hemos sido llamados a vivir la realidad de la nueva creación, somos llamados a dejar atrás cualquier expresión de violencia que nos haya sido propia antes de venir a la luz de Cristo.

Primero, tenemos que identificar y aceptar aquellas formas y dinámicas de violencia intrafamiliar en las que participamos o participan las personas a las que conocemos. Por más dolor y vergüenza que ello implique, debemos encarar nuestra realidad y confrontar aquello que nos lastima y degrada.

En segundo lugar, debemos arrepentirnos por lo que hacemos y/o permitirnos. Es decir, debemos cambiar nuestra manera de pensar al respecto. No hay justificación alguna para ningún tipo de violencia intrafamiliar. Esta es siempre, contraria al propósito divino al crear al ser humano a su imagen y semejanza.

En tercer lugar, debemos pedir ayuda. La violencia intrafamiliar genera cadenas tan fuertes que resulta casi imposible superarlas sin ayuda de otras personas. Desde luego, el primer tipo de ayuda es la ayuda espiritual. Hemos dicho que detrás de todo problema de relaciones familiares, hay un problema espiritual. Pero, también, necesitamos del apoyo profesional: de consejería pastoral, o sicológico, siquiátrico, legal, etc., que corresponda a nuestra problemática en particular. Pedir ayuda rompe la condición básica que alienta y alimenta la violencia intrafamiliar: el secreto, el silencio.

En cuarto lugar, debemos pagar el precio para conservarnos dignos. Todo cambio genera dolor; el dolor al cambio nos lleva a renunciar al mismo. Pero, renunciar al cambio siempre provoca más dolor. No puedes ser tratado, o tratada, con mayor dignidad con la que tú mismo te trates.

“El que golpea a una, nos golpea a todas”, dice el lema de la campaña antes referida. Yo cambiaría el género de la última palabra, porque los abusadores no solo golpean a todas las mujeres, nos golpean y agraden a todos. Por ello es que debemos hacer nuestra la lucha en contra de esta terrible expresión del pecado. Déjame decirte algo, si estás sufriendo cualquier forma de violencia doméstica, no te quedes en silencio. No le creas a quien te intimida diciéndote que estás solo o sola, que a nadie le importas. Dios está contigo y le importas a él., también nos importas a nosotros y estamos contigo, queremos y podemos ayudarte. Llámanos o escríbenos (5528-8650 y casadepan@yahoo.com), y ya no dejes que te golpeen.