Fe y Ciencia

Publicado 29 enero, 2010 por Pastor Adoniram Gaxiola
Categorías: Agentes de Cambio

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Pastor Adoniram Gaxiola

Toda Escritura está inspirada por Dios y es útil para enseñar y reprender, para corregir y educar en una vida de rectitud, para que el hombre de Dios esté capacitado y completamente preparado para hacer toda clase de bien. 2 Ti 3.16,17

Generalmente se asume que la Biblia y la Ciencia se excluyen mutuamente, que no se puede pensar científicamente y al mismo tiempo tener fe. Quizá la razón principal de tal creencia sea la ignorancia respecto de lo que la Biblia es y dice, así como de una inadecuada comprensión de lo que es la fe, su origen y propósito.

Para empezar a comprender el cómo de la relación entre la fe bíblica y la ciencia, conviene considerar algunos presupuestos necesarios en el acercamiento a la Biblia y su mensaje:

La Biblia es la Palabra de Dios y humana, al mismo tiempo. Creemos que la Biblia es la Palabra de Dios en cuanto que la misma ha sido inspirada por Dios mismo. El término inspirada se traduce del literal respirada por Dios. Esto no significa que Dios haya escrito o dictado la Biblia a los más de cuarenta escritores, sino que el Señor reveló sus misterios a los hombres que la escribieron mediante su Espíritu Santo, en un período aproximado de 1,600 años.

La inspiración y la revelación divinas no dejan de lado la humanidad de los escritores bíblicos. Estos interpretan ambas en un contexto personal e histórico particular. De ahí que podamos encontrar que las cuestiones culturales, con sus peculiaridades, enfatizan, perfilan y aún complican el mensaje bíblico. Muestra de ello es la existencia de dos relatos de la Creación, de diferentes relatos acerca del Diluvio, de las restricciones culturales que relegan a la mujer en cuanto a su participación en la liturgia y el liderazgo de la iglesia, las cuestiones apocalípticas, etc.

La Biblia tiene un mensaje y un propósito. El mensaje central de la Biblia, el eje temático de la misma es Jesucristo, Señor y Salvador de los hombres. De hecho, los primeros capítulos de la Biblia (Gn 3.15), contienen el llamado proto-evangelio. Por su parte, Apocalipsis, el último libro del canon sagrado, termina con una invocación y referencia a Jesucristo mismo. La lectura de la Biblia nos revela la llamada economía de la salvación. Es decir, la razón y la manera que Dios ha tenido y establecido para reconciliar al hombre consigo mismo. Tal es la doctrina (enseñanza), bíblica: Jesucristo y su obra redentora.

Por otro lado, el comprender quién es Jesucristo, cuál su obra y las consecuencias de la misma, establece el propósito de la Biblia y el cómo y para qué de la fe bíblica. En nuestro pasaje, el Apóstol Pablo establece que la Escritura es útil para: enseñar y reprender, para corregir y educar en una vida de rectitud, para que el hombre de Dios esté capacitado y completamente preparado para hacer toda clase de bien. Este pasaje revela el carácter parenético de la Biblia toda: se trata de una exhortación, de un llamado a vivir de manera consecuente con lo que Dios es y lo que él mismo ha establecido como justo. A esto es a lo que la Biblia define como la vocación con que hemos sido llamados. Efesios 4.1.

La fe bíblica es confianza, pero también conocimiento. En efecto, el sentido primario de la palabra pistis, como sabemos, es firme persuasión, convicción basada en lo oído. Como podemos ver, tiene que ver tanto con la fiabilidad nuestra en lo que Dios declara en su Palabra y lo que esta nos revela de él; así como del contenido de la misma: su doctrina o enseñanza.

Sin embargo, el conocimiento que la Palabra transmite, aun cuando se traduce como ciencia, no se trata del conocimiento científico.  Sino del que permite al ser humano conocer, comprender, obedecer y, por lo tanto, vivir en comunión con Dios.

Tomar en cuenta lo anterior nos permite acercarnos de manera más objetiva y fundamentada a la cuestión de la relación entre la fe y la ciencia. Si la fe bíblica, la ciencia bíblica, no tiene como objetivo el explicar de manera científica los hechos naturales de la naturaleza, luego entonces no hay lugar para la contradicción o el enfrentamiento entre lo que la ciencia, en el sentido moderno, significa. La Biblia no se ocupa de tales asuntos. Aún aquellas cuestiones que pudieran parecer en conflicto, tales como la Creación, el origen y desarrollo de las relaciones humanas, etc., deben ser consideradas en su propio y particular contexto; así como en función del propósito de tales relatos. En el caso de las historias de la Creación, por ejemplo, la intención del texto bíblico es uno solo: establecer que Dios es origen y creador de todo lo que existe y que lo que él ha creado (incluyendo al ser humano), responde a un propósito divino.

Los autores bíblicos se valen de los recursos literarios a su alcance para relatar y hacer comprensible el quehacer divino a sus lectores. Por ello es que el lector de la Biblia tiene la obligación de interpretar en sus circunstancias y contexto histórico, lo que fue escrito en otras circunstancias y en otro contexto. De ahí, que la interpretación correcta de la Biblia es aquella que recupera los principios establecidos en sus páginas y los lleva a la práctica en las circunstancias y el contexto particular del lector.

Resulta interesante el descubrir que aun cuando la Biblia no se ocupa del conjunto de conocimientos obtenidos mediante la observación y el razonamiento, sistemáticamente estructurados y de los que se deducen principios y leyes generales. Sus autores, de manera extraordinaria y sorprendente, se anticiparon hasta por varios siglos a los descubrimientos de la ciencia moderna en cuestiones tales como la astronomía, geología, física y aún en cuestiones de aeronáutica y meteorología, etc. (Para mayor información sigue este link)

El desarrollo de la ciencia, en su acepción moderna, así como la capacidad del hombre para investigar, descubrir y recrear la naturaleza se fundamenta en el cumplimiento del pacto establecido por Dios con el ser humano, en Génesis 1.28-31. A este Dios le ha concedido la facultad de tomar dominio sobre lo que él ha creado. Ha puesto bajo su facultad el observar, razonar y transformar lo que existe. Más aún, Dios ha prometido que a quien le falta sabiduría él habrá de dársela, si se la pide; y que a quien no entiende las cosas, él habrá de enseñarle cosas grandes y maravillosas. Si bien, tales promesas se refieren inicialmente al conocimiento de Dios, la experiencia ha demostrado que se cumplen también en aquellos que mediante la actividad científica procuran glorificar a Dios y servir a su prójimo.

La fe bíblica, el conocimiento de Dios y su propósito, actúa, por lo tanto, como un referente esencial para la tarea científica. Sustenta la capacidad y el derecho del hombre a hacer ciencia. Además de que, en el caso de los científicos cristianos, les dirige y empodera para que su tarea científica se traduzca en el bienestar de la humanidad, como un testimonio del amor y la presencia de Dios en medio de los hombres.

La fe bíblica no excluye ni rechaza al quehacer científico. Por el contrario, lo anima, lo orienta y lo dimensiona respecto del ser y del quehacer divinos.

Una Fe entre Muchas

Publicado 17 enero, 2010 por Pastor Adoniram Gaxiola
Categorías: Agentes de Cambio

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Pastor Adoniram Gaxiola

Quienes profesamos la fe cristiana enfrentamos el reto de hacerlo en un contexto de una creciente diversidad religiosa. Se trata de un reto porque cada alternativa religiosa desafía la convicción de los cristianos, así como su capacidad para proclamar el evangelio de Cristo en competencia con quienes ofrecen opciones más atractivas y acordes a la cultura contemporánea.

A lo largo de su historia, los cristianos han enfrentado diversas amenazas. Desde luego, han enfrentado la persecución violenta: muerte, despojo y aún el exilio de sus comunidades y/o países. Otros han enfrentado la marginación social, laboral y aún escolar. No pocos han sido encarcelados. En nuestros días, la amenaza mayor consiste en la propuesta postmoderna de que todas las creencias tienen igual valor, ya se trate de cuestiones de fe religiosa, de preferencias sexuales o de asuntos de moralidad. Todos, se enfatiza, tienen el mismo derecho de creer lo que prefieran y nadie tiene el derecho de imponer su creencia a los demás.

Otra faceta de la amenaza que enfrenta el cristianismo, y esta viene principalmente desde su interior, consiste en el hecho de que en la cultura postmoderna el sentimiento suple a la razón. Es decir, cada vez más importa menos la doctrina o enseñanza y la experiencia personal (lo que se siente), resulta el sustento de la fe. En este contexto, conviene acercarnos a la Palabra de Dios para entender lo que se espera de los discípulos de Cristo ante el hecho de la creciente diversidad religiosa.

El Carácter Único de la Fe Cristiana

La fe cristiana es excluyente (deja fuera y rechaza). La Biblia confiesa la existencia y señorío de un solo Dios. Nuestro Señor Jesucristo lo resume diciendo: “Yo soy el camino, y la verdad y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí”. El Apóstol Pablo abunda en el carácter único del evangelio cuando asegura que: “Pero si alguien les anuncia un evangelio distinto del que ya les hemos anunciado, que caiga sobre él la maldición de Dios…”.

La exclusividad de la fe cristiana representa una tensión tanto para los no cristianos como para quienes lo son. Para los primeros, la fe cristiana resulta incómoda. Muestra de ello es la polémica actual respecto de los matrimonios gays, por ejemplo. El que la Biblia (Ro 1.26-28), asuma que la práctica de la homosexualidad es pecado, molesta a muchos y provoca que la fe cristiana sea menospreciada, objeto de burla y, aún, perseguida.

Pero, también el carácter exclusivo de la fe cristiana afecta a los cristianos mismos. Además de que son llamados a mantener la ortodoxia bíblica, creyendo y aceptado como la única regla de su fe lo que la Biblia dice, evitando toda clase de sincretismo religioso; los creyentes enfrentan el reto de parecer (y en no pocos casos serlo), intolerantes  ante la propuesta de que toda creencia tiene el mismo valor para llegar a Dios. Los cristianos fieles no pueden ser políticamente correctos y asegurar que todos los caminos llevan a Dios.

Desde luego, el que la fe cristiana se asume como el único camino para llegar a Dios representa no solo un reto, sino también un peligro para los propios cristianos. Estos pueden caer, y no pocos lo han hecho, en actitudes y conductas persecutorias y discriminadoras respecto de aquellos que no creen lo que el cristianismo enseña. Ejemplos clásicos de tales excesos son las Cruzadas, la Santa Inquisición y, en nuestros días, el menosprecio, la burla y las amenazas espirituales contra quienes ignoran o se rebelan contra los presupuestos de la doctrina cristiana.

Nada más alejado del Espíritu de Cristo.

Los Cristianos y su Relación con los No Cristianos

El elemento clave en la relación de los cristianos con quienes no lo son es la compasión. Esta consiste en una disposición favorable a los no creyentes, considerando su condición como ovejas sin pastor. Tal disposición favorable provoca al cristiano a interceder ante Dios por quienes viven sin fe y sin esperanza; así como a presentarles de la manera más adecuada posible el evangelio de redención. No se trata de perseguirlos, menospreciarlos o burlarse de ellos. Por el contrario, la compasión se expresa en el más absoluto respeto de ellos como personas y al derecho que tienen de creer o no creer, de aceptar o no aceptar el mensaje de Cristo.

Contra lo que muchos cristianos creen y enseñan, la disposición favorable hacia los no creyentes les obliga a permanecer en el mundo. Es decir, a mantenerse en relación estrecha con los no creyentes, a encarnarse en la realidad social y a no asumirse ajenos a la misma. La razón es sencilla, es en medio de las tinieblas donde se requiere que la luz brille. El cristiano es llamado a permanecer firme en su propósito de compartir con quienes no la tienen, la luz de Cristo. Hay cristianos que a la primera dificultad, ante el primer rechazo o ante la incomprensión que sufren, se aíslan, huyen o se amoldan a las circunstancias, se mimetizan (adoptan la apariencia de quienes les rodean).

En un mundo hostil, el creyente no es llamado a perseguir, humillar o burlarse de quienes profesan una fe distinta a la suya. Son llamados a permanecer firmes dando testimonio de aquel que vive en ellos y haciéndolo no solo visible, sino creíble. Para ello, su propia fidelidad a Cristo, su arraigo bíblico y su corazón compasivo son las armas espirituales que les garantizan la victoria sobre las tinieblas.

Ante las Diferencias Intra-Cristianas

La intolerancia religiosa se da también al interior de la familia cristiana y de las familias cristianas. Las muchas corrientes del cristianismo enfatizan, defienden y promueven diversos énfasis doctrinales, litúrgicos y morales. Fumar o no fumar, pre o post milenaristas, aplaudir o no aplaudir, bailar o no bailar, pentecostales o cesacionistas, etc. Son muchas las razones, o los pretextos, que amenazan no solo la unidad entre los cristianos, sino la armonía entre ellos.

La Biblia nos llama a la unidad entre los cristianos y no a la uniformidad. El cuerpo de Cristo, la Iglesia, como todo cuerpo humano tiene diversos miembros, cada uno con su propia forma y función. Pero, todos los miembros son un mismo cuerpo. Más allá de las diferencias secundarias en cuestiones de fe, los cristianos somos llamados a preservar la unidad del cuerpo de Cristo. Otra vez, la compasión que se expresa en el respeto al otro y a su otredad, resulta la clave para permanecer fieles al Señor y unidos a nuestros hermanos. Se trata de mantener la unidad del Espíritu, entre tanto llegamos a la unidad de la fe.

El riesgo de que rompamos la unidad del cuerpo de Cristo se da entre las distintas confesiones e iglesias cristianas. Pero, resulta mucho más inmediato y peligroso al interior de las familias cristianas. En ellas afloran distintos énfasis, prácticas y tradiciones que ponen en peligro su unidad no solo religiosa, sino familiar. Esposas que creen y acusan que sus maridos son menos cristianos porque hacen o no hacen lo que ellas consideran bueno o malo. Padres perseguidores de sus hijos adolescentes o jóvenes, a quienes quieren obligar a que asistan a la misma iglesia que ellos, les guste la misma música y se interesen en las mismas cosas que ellos, etc.

Al interior de nuestras familias debemos actuar, también, con compasión y caridad. Los adultos debemos respetar el derecho de los otros a profesar su fe en Cristo conforme a lo que el Espíritu Santo les revela a ellos. En aquellas cosas en que no nos parezca que proceden de manera correcta, debemos procurar aconsejarles con paciencia y humildad. Y si han caído en el error, debemos procurar restaurarles en la fe considerando que nosotros mismos enfrentamos el riesgo de tropezar y caer.

En el caso de los padres de adolescentes y jóvenes, debemos confiar en el poder de la Palabra que han recibido. Además, debemos abundar en el testimonio fiel, congruente y consistente. Tomando en cuenta que ellos nos conocen y saben de nuestra sinceridad, nuestra fidelidad y de nuestra integridad. Pero, también saben de nuestra simulación, nuestra carnalidad y nuestra incongruencia. Por ello, a más de abundar en el consejo sabio y paciente, debemos ocuparnos de que nuestro testimonio glorifique realmente al Cristo que servimos y amamos.

Desde luego, la oración paciente, perseverante y llena de fe a favor de los nuestros, puede mucho. Oremos con gozo y en esperanza por nuestra familia, procurando no ser nosotros mismos el obstáculo que impida que nuestra oración sea cumplida.

En Conclusión

Ya se trate de mantenernos firmes en medio de un mundo incrédulo y hostil, o ya se trate de mantener la unidad del cuerpo de Cristo, y/o de mantener la unidad y la paz al interior de nuestras propias familias, somos llamados a imitar el modelo de Cristo. Fieles, firmes y compasivos. Encarnándonos en la sociedad a la cual hemos sido llamados a servir, permaneciendo entre las tinieblas, pero sin perder nuestra identidad cristiana.

Sí, la obediencia al principio bíblico esbozado por Pablo, es y será la garantía de que podremos ser fieles y relevantes en medio de aquellos que no solo no confiesan su fe en Jesucristo, sino que atentan contra ella.

Haced todo sin murmuraciones ni discusiones, para que seáis irreprochables y sencillos,  hijos de Dios sin mancha en medio de una generación maligna y perversa, en medio de la cual resplandecéis como lumbreras en el mundo, asidos de la palabra de vida,  para que en el día de Cristo yo pueda gloriarme de que no he corrido en vano, ni en vano he trabajado.

Filipenses 2.14-16

Creer Dudando

Publicado 10 enero, 2010 por Pastor Adoniram Gaxiola
Categorías: Fe

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Pastor Adoniram Gaxiola

Marcos 9.14-29

La historia que nos cuenta Marcos pone en evidencia que la mayoría de los creyentes vivimos una constante en cuestiones de fe: creemos dudando. Para algunos, asumir tal hecho les provoca sentimientos de culpa que pueden hasta llevarlos a un total alejamiento de la fe. En otros casos, creer dudando puede provocar una serie de dudas respecto de Dios y de uno mismo que, si bien no lo alejan a uno de la fe, sí hacen de la relación con Dios y de su servicio una cuestión difícil, compleja y llena de frustraciones y dudas.

En no pocos casos tal condición es fruto de un desconocimiento de las cuestiones básicas de la fe. Este desconocimiento también se refiere al hecho de ignorar que el problema no es creer dudando, sino el enfrentar nuestras dudas ignorantes de la gracia divina, su significado y su operación; así como ignorar que la duda no necesariamente invalida el valor y el poder de la fe. Es decir, que dada nuestra condición humana nuestra fe habrá de estar siempre acompañada de la duda, sin que ello impida que podamos seguir confiando en el Señor ni, mucho menos, que el poder de Dios sea limitado en nuestra vida por los momentos de vacilación de nuestro ánimo en cuestiones de fe.

Fe (pistis), es la firme persuasión que se tiene en aquello que se ha oído. Creer es, según el diccionario: Tener por cierto algo que el entendimiento no alcanza o que no está comprobado o demostrado. Nos damos cuenta que la fe tiene que ver con lo que no se ve, con las cosas que todavía no son. No en balde la clásica definición bíblica de la fe nos asegura que esta es: la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve. Es decir, se trata de esperar aquello que no vemos.

La fe, por lo tanto, tiene que ver con lo que no es real todavía, pero que es posible: que puede ser o suceder. El ejercicio de la fe siempre nos coloca en una zona de incertidumbre, intermedia entre lo que es en este momento y lo que podrá ser cuando Dios responda a nuestra fe.

Dada la naturaleza y características de la fe no es raro que muchos llamen fe a lo que no es sino magia. Esta es: [el] arte o ciencia oculta con que se pretende producir, valiéndose de ciertos actos o palabras, o con la intervención de seres imaginables, resultados contrarios a las leyes naturales. No pocos creyentes creen que si hacen tales o cuales cosas, si pronuncian ciertas palabras de cierta manera, que si invocan espíritus o seres espirituales, etc., obtendrán aquello que buscan tener. No, en el terreno de la fe, el cristiano pide confiando y espera que Dios, en su misericordia y solo por su gracia, responda a su petición.

Ahora bien, nuestro pasaje también nos muestra que fe y necesidad van de la mano. Las circunstancias adversas, propias o de nuestros cercanos, nos colocan en situaciones extraordinarias que sólo pueden ser resueltas de manera extraordinaria. Sin intentar forzar la intención de Marcos al relatar la historia que nos ocupa, podemos destacar que el padre del muchacho endemoniado asume su propia incapacidad con la sencilla declaración: traje a ti mi hijo. Dado que el padre no pudo resolver la condición de su hijo, que sus recursos no fueron suficientes, se ve en la necesidad de traerlo a Jesús. Dada sus circunstancias, tiene que recurrir a lo extraordinario de Jesús. Para ello y por ello es que entra al terreno de la fe.

Jesús le confirma al padre aquel que ha hecho lo correcto al venir a él en busca de ayuda para su hijo. Y establece el contacto, inicia el proceso misterioso de la fe, no a partir de la convicción evidenciada en el hecho de que el padre haya acudido a él; sino en la duda del mismo: pero si puedes hacer algo, ten misericordia de nosotros y ayúdanos. Jesús no ignora la duda, la dimensiona. Reta al padre de familia y le dice: si puedes creer, al que cree todo le es posible. Jesús recibe la declaración de fe más sincera, humilde y poderosa: creo, ayuda a mi incredulidad.

Tal declaración no significa creo, pero no creo. Más bien, lo que el hombre dice es: creo, pero mi fe no es suficiente. Jesús, entonces, tomando en cuenta a la multitud presente, reprende al espíritu inmundo y libera al muchacho del poder satánico que le atormentaba. Entonces, padre e hijo pudieron entrar a la vida abundante que Dios les provee por medio de la salvación: … lo enderezó, y se levantó.

Pero Marcos nos dice y revela algo más alrededor de lo sucedido aquel día y respecto de la fe. Cuando los discípulos se quedan a solas con Jesús le preguntan: ¿Por qué nosotros no pudimos echarlo fuera?, refiriéndose al espíritu maligno. Su confusión resultaba del hecho de que ellos creían, tenían fe en Jesús. Dado que habían recibido autoridad para echar fuera los malos espíritus. Sí, pero no pudieron.

Enfrentaban un momento crítico. No haber logrado expulsar al espíritu que estaba en el muchacho podía llevarlos a dudar aún de lo que ya sabían, tenían y podían. Jesús no entra en controversia, simplemente les explica que ese género (clase) de espíritus, sólo puede ser echado fuera con oración y ayuno.

La oración y el ayuno no debilitan a los espíritus, ni a las enfermedades, ni a los conflictos. La oración y el ayuno, así como el conocimiento de la Palabra de Dios, fortalecen a quienes enfrentan tales retos y circunstancias. Lo que Jesús les revela a sus discípulos es que aunque tenían fe, esta no era suficiente para enfrentar el reto representado por el muchacho y su padre. Que el grado de confianza, de convencimiento que tenían no era suficiente para aquel momento.

Y ello nos lleva, de nueva cuenta, a la cuestión del creer dudando. Si bien la duda habrá de acompañar a nuestra fe toda la vida, esta puede verse disminuida en la medida que nuestra fe crezca y se fortalezca. La fe, ese don que Dios nos ha dado, es como una semilla que debe ser cultivada adecuadamente si es que se espera que de fruto abundante. La Biblia dice al respecto que son básicamente dos los elementos que hacen crecer la fe: el primero, como hemos oído a Jesús decirle a sus discípulos, es la oración y el ayuno. El segundo elemento, que quizá es el primero, es la Palabra de Dios. En efecto, Pablo asegura que la fe nace al oír el mensaje, y el mensaje viene de la palabra de Cristo.

Fe que no se sustenta en la Palabra es magia, es engaño, es falsa esperanza. No importa qué tan sinceramente se crea algo o en alguien, si no tiene sustento bíblico es estéril. No solo ello, abre la puerta para el engaño del diablo.

Más que ocuparnos de nuestras dudas, los creyentes somos llamados a fortalecer nuestra fe, lo que ya creemos. Así, sin importar la clase y/o el grado de nuestras dudas, podemos estar confiados que el poder de Dios habrá de manifestarse en y a favor de nosotros y de aquellos por los que intercedamos. Antepongamos a nuestras dudas nuestro propósito de abundar en la oración y el estudio de la Palabra. Así, podemos confiar en ello, podremos ser propiciadores y testigos de los milagros y señales que el Señor ha prometido a todos aquellos que ponen en él su confianza.