Mientras más él, más nosotros

Publicado 3 enero, 2011 por Pastor Adoniram Gaxiola
Categorías: Autoestima, Emociones, Vejez, Viejos

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Hace algunas semanas conversaba con una mujer a la que no había visto en los dos últimos años. Mientras la escuchaba observé su rostro: triste, un tanto deformado por la edad y la enfermedad, su mirada apagada; también presté atención al tono de su voz: apenas audible, apesadumbrado. Le pregunté sobre su salud y su respuesta me sorprendió. Todo estaba bien, cada día con más fuerzas, los medicamentos estaban dando resultados extraordinarios. Sin embargo, la expresión de su rostro y el tono de su voz desmentían la convicción de sus palabras.

Por varias semanas el recuerdo de este encuentro me ha ocupado y preocupado. Desde luego, oro por esta persona. Además, pienso en tantas otras que enfrentan la vejez no solo con los problemas y limitaciones propias de la misma, sino con el dolor de la nostalgia y la pena de todo lo que se ha perdido. Desafortunadamente, en no pocos casos, se recurre al principio de la negación respecto de la realidad que se enfrenta y se obliga a pensar que las cosas siguen igual, que las fuerzas siguen siendo las mismas, que la debilidad desaparece si aparentamos fortaleza y desarrollamos una mayor presencia de ánimo.

La vejez no es una etapa fácil ni sencilla. Después de todo fue un viejo, Moisés, quien dijo aquello de que los muchos años resultan “molestia y trabajo”. No hace mucho tiempo un buen amigo me decía: “Los viejos nos volvemos invisibles y estorbosos, no nos ven, no se dan cuenta que estamos ahí; y, cuando lo hacen, les incomodamos al grado de estorbarles”. Desde luego, no todos los ancianos pueden decir esto, pero, cada vez son los menos los que pueden no hacerlo. Un número creciente enfrenta la soledad, el aislamiento, la incomprensión y hasta el abandono de los suyos. Al mismo tiempo, crecen en su mente preguntas, dudas, miedos y complejos. Ello me recuerda una expresión del Apóstol Pablo: “de fuera, conflictos; de dentro, temores”. 2 Co 7.5

Alguien ha dicho que la soledad no consiste en estar a solas, sino en sentirse incomprendido. Creo que es, precisamente, la incomprensión una de las principales causas de los conflictos inherentes a la vejez. ¿Cómo comprender que no podamos seguir siendo los mismos? ¿Cómo entender que el cuerpo no nos responda? ¿Cómo concebir que “ya no podemos”? Además, ¿cómo comprender que dejemos de ser para los demás lo que antes fuimos?

El salmista David, en un momento de confusión y lucha en su vida, se asume incapaz de comprender el porqué de la actitud de “los malvados”. De manera significativa exclama: “En mi meditación se encendió fuego, y así proferí con mi lengua: hazme saber, Jehová, mi fin, y cuánta sea la medida de mis días; sepa yo cuán frágil soy”. Salmos 39 Curioso, para traer entendimiento a su vida y poder para comprender lo que le pasa, el salmista no pide ni fuerzas ni fortaleza, pide tener conciencia de su propia fragilidad.

Fragilidad, ¿a quién le gusta esta palabra y lo que representa? Más aún, ¿a quién le gusta reconocerse frágil? Nuestra cultura rinde culto a la fortaleza, al éxito, a la abundancia. Aún en los terrenos de la fe, se nos anima, una y otra vez, a sabernos fuertes, a asumirnos poderosos, a quitar de nuestros labios cualquier referencia a nuestra propia fragilidad y pérdida. Por eso pocos quieren y pueden asumir que vejez y fragilidad van de la mano. En consecuencia, recurren a todos los medios posibles para lograr una apariencia de fortaleza, de juventud y de capacidad. Exactamente como la mujer de la que les hablé al inicio de esta reflexión.

Siempre resulta interesante entender que la Biblia nos anima a asumir nuestra fragilidad y nuestras debilidades no como una cuestión fatalista, sino como el principio, la razón fundamental, de nuestra fortaleza y la clave de nuestra victoria sobre la adversidad. En la Biblia, reconocernos débiles y frágiles no es una cuestión ni pesimista, ni claudicante. Es, por el contrario, la oportunidad para reconocer y descubrir la dimensión del poder que actúa en nosotros, el poder de Dios que es animado por el amor y la compasión divinos. Estar dispuestos a asumir nuestra fragilidad y nuestras limitaciones nos permite poner nuestra confianza en el lugar debido, en Dios mismo. El mismo David declara convencido: “mi esperanza está en ti”. Salmos 39.7

Tal convicción no resulta solo de la fe, de las meras ganas de creer. Es animada por el quehacer de Dios en lo cotidiano de nuestra vida. A los corintios, el Apóstol Pablo, les comparte que en la experiencia de su comunión con Dios ha aprendido a “gozarse en su debilidad”. Es esta una expresión interesante; desde luego, no se trata de Pablo sea un masoquista que encuentra placer en su debilidad. Tampoco se trata de una invitación a creer irracionalmente en Dios. No, Pablo ha descubierto que sus debilidades abren la puerta para que el amor de Dios se manifieste de maneras nuevas, adecuadas y oportunas para el creyente. Las debilidades facilitan que el amor de Dios se manifieste “a la medida” de nuestra realidad. En nuestras debilidades, el amor de Dios se ajusta a nuestra condición. Añade lo que hace falta y elimina lo que está de más.

Somos lo que somos gracias a lo que Dios es en nosotros. Mientras más él, más nosotros. Pero, mientras más nosotros, menos él en nosotros. De ahí que, especialmente quienes enfrentamos el reto de la vejez, debamos abundar en el cultivo de nuestra comunión diaria con Cristo, en la búsqueda de la plenitud de su Espíritu Santo en nuestra vida. La solución a nuestra fragilidad no es el desarrollo de una apariencia de fortaleza. Más bien, lo es el ser llenos del Espíritu de Dios.

Nuestro Señor Jesucristo dijo que su Espíritu nos guiará a la verdad y a lo justo, además nos consolará y nos llenará del poder de Dios para enfrentar la vida siendo testigos de la realidad de Cristo en nosotros, y en el mundo. Por eso, quiero animar a quienes me escuchan a que pongan su confianza en el Señor. A que traigan a él sus trabajos y sus cargas. Al hacerlo así, podrán encontrar el descanso que solo Cristo puede otorgar. Obtendrán la paz que necesitan y que permanece para siempre. Y, como nos asegurara el Apóstol Pablo: … Dios les dará su paz, que es más grande de lo que el hombre puede entender; y esta paz cuidará sus corazones y sus pensamientos por medio de Cristo Jesús. Filipenses 4.7

Como quieran que los demás hagan con ustedes

Publicado 2 enero, 2011 por Pastor Adoniram Gaxiola
Categorías: Agentes de Cambio, Amor cristiano, Cambio, Discipulado, Emociones, Familia, Relaciones, Vida Cristiana

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San Pablo asegura que nuestra predicación es locura para muchos que la escuchan. Una de las razones para ello es que el mensaje de Cristo resulta extraño a quienes han aprendido a vivir de cierta manera. En muchos casos, aún la insatisfacción provocada por tal clase de vida no les impide rechazar, muchas veces a priori, el mensaje de vida.

Tal el caso del pasaje que nos ocupa. La llamada regla de oro se enfrenta con un hecho absoluto en quienes no viven la realidad del Reino de Dios se asumen como los acreedores de cuantos les rodean. Es decir, asumen que tarea de los demás es tratarlos como les es debido, hacer por y para ellos lo que necesitan y responder a sus expectativas, sin importar lo que ellos mismos sean o hagan. Es decir, se trata de personas que, por las razones que sean, van por la vida convencidas de que si de responsabilidades se trata, estas se les deben a ellas y si de derechos hablamos, estos les corresponden aún a costa de la dignidad, la paz y el equilibrio de los demás.

En efecto, muchos de los problemas relacionales: de pareja, filiales, amistosos, laborales, etc., se complican porque las partes en conflicto esperan que sean los otros los que hagan lo que es propio. Si de parejas se trata, se espera que el marido o la esposa cambien; si de los compañeros de trabajo, se espera que sea el otro el que se dé cuenta y haga lo que yo pienso, etc. Nuestro Señor Jesús hace evidente que en el origen de los conflictos relacionales se encuentran necesidades insatisfechas de las personas en lucha. La insatisfacción insatisfecha genera una mayor necesidad, hasta llegar al grado de que la persona necesitada resulta incapaz de controlar su frustración, su ira y deseos de revancha, lo que expresa con su intolerancia, persecución y diversas formas de agresión al otro. No solo ello, su capacidad de juicio se reduce de tal forma que se vuelve insensible a sus propios errores y propicia un mayor daño para sí misma y para con quienes está en conflicto.

El “como quieran que los demás hagan con ustedes” de la frase de Jesús, evidencia que Dios no solo no ignora nuestras necesidades y deseos, sino que los legitima en la medida que los mismos son expresión de nuestra condición y naturaleza humana.

En los conflictos relacionales, sean estos del tipo que sean, uno de los problemas que los exacerban es tanto el temor a que el otro no reconozca mis necesidades, como el efectivo menosprecio que el otro hace de las mismas. Por ejemplo, el esposo necesita que su mujer le escuche, pero también que le hable. Sin embargo, por la experiencia vivida, puede temer que a su mujer no le interese hacer ninguna de las dos cosas. Si a ello suma la incapacidad y/o el desinterés de la esposa en comprender su necesidad, generalmente actuará exigiendo al esposo que la escuche y le hable.

Lo que Jesús dice es que la necesidad del marido es real y es legítima. Y esto resulta fundamental comprenderlo. Todos tenemos necesidades sentidas, si algunas no tiene lógica o al otro le parecen que no son reales, siguen siendo nuestras necesidades. Sin embargo, tal no es el tema que ocupa a nuestro Señor. Él se ocupa de un modelo de satisfacción de necesidades que es propio del Reino de Dios. En cierta manera, a lo que Jesús nos llama es a dejar de buscar la satisfacción de nuestras necesidades en el modelo que es según la carne. Los que siguen tal modelo, no pueden agradar a Dios (Ro 8.8), ni, por lo tanto, satisfacer plenamente sus necesidades sentidas. La carne lo único que produce es corrupción, satisfactores chatarra. Como a muchos nos consta.

De lo que se trata, según el modelo propuesto por Jesús, es que quien está en necesidad tome el control del proceso para garantizar que encontrará lo que le hace falta. En este proceso, quien necesita ser tratado de cierta manera, actúa de la misma forma para con quien puede contribuir a la satisfacción de sus necesidades. Creo que aquí podemos aplicar uno que llamaremos principio de género. Género es la clase o tipo a que pertenecen personas y cosas. Otra forma de decirlo es iguales atraen a iguales. En la propuesta de Jesús está presente este principio, para recibir lo que deseas debes dar el mismo género, la misma clase, de lo que esperas recibir. Porque si das una clase distinta a lo que esperas recibir, nunca recibirás lo que estás esperando.

Es como salirse de curso, no importa cuánto avances en el mar o en el aire, cada vez estarás más lejos del destino deseado. Tan cierto es esto que nuestro Señor Jesucristo concluye que en eso se resumen la ley y los profetas. Es decir, toda la enseñanza de Dios para el cómo hacer la vida.

Los seres humanos tenemos mucho más capacidad y poder para definir nuestro destino que lo que generalmente estamos dispuestos a creer y aceptar. Si el futuro es cosecha, el mismo depende en buena medida de lo que sembramos hoy. Es cierto que nuestra siembra puede ser atacada y que habrá quienes en nuestro trigal siembren cizaña. Pero, según aseguró Jesús, en el día de la cosecha el trigo seguirá siendo trigo. Es decir, podemos confiar que el fruto de la justicia, siempre será justicia. Santiago3.18 asegura: los que procuran la paz, siembran en paz para recoger como fruto la justicia.

En la búsqueda de la satisfacción de nuestras necesidades, dejemos de actuar de la manera equivocada, mejor hagamos con los demás como queremos que hagan con nosotros. Replanteemos el modelo de nuestras relaciones, pero empecemos en y con nosotros mismos. Si nuestras relaciones son insatisfactorias, dolorosas y desgastantes, necesitamos cambiar. Pero, el principal actor del cambio somos nosotros mismos. Aun si el otro no desea cambiar, nuestro cambio lo confrontará y lo pondrá ante la disyuntiva de hacerlo o perder lo mucho que somos y representamos en su vida. Quien ante una propuesta fiel y santificada de cambio se resiste a cambiar, siempre terminará en pérdida.

Podemos estar seguros que Dios está interesado en nuestro bienestar. En Jeremías 29 el Señor asegura: Yo sé los planes que tengo para ustedes, planes para su bienestar y no para su mal, a fin de darles un futuro lleno de esperanza. Yo, el Señor, lo afirmo. Por ello es que también podemos estar seguros de que él nos ayudará cuando nos propongamos vivir una vida acorde a su voluntad y propósito. Si durante este año de 2011 nos proponemos cumplir con la Regla de Oro, podemos estar seguros de que el Señor conducirá y apoyará nuestros pasos en la senda de nuestro bienestar, que nuestra vida será diferente, mejor, para la honra y gloria de Dios.

Para Dirigir Nuestros Pasos

Publicado 26 diciembre, 2010 por Pastor Adoniram Gaxiola
Categorías: Autoestima, Desapego, Emociones, Sufrimiento

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Lucas 1.68-79

Nuestra vida está llena de hitos, es decir, de marcas que sirven para indicar la dirección que hemos seguido o la distancia que hemos recorrido en nuestro caminar diario. Siendo así las cosas, podemos detenernos en circunstancias tales como el fin de un año para preguntarnos si hemos alcanzado lo que alguna vez nos propusimos o lo que resulta necesario que alcancemos y, sobre todo,  si hemos caminado en la dirección correcta.

La Biblia enseña, y en particular el nacimiento de Jesús lo destaca, que Dios está dispuesto a guiar nuestros pasos por el camino de la paz. Tal disposición, además de hacer evidente el amor e interés divinos en nuestra condición, también hace evidente el hecho de que todos, en mayor o en menor medida, hemos equivocado nuestro caminar y necesitamos ser guiados en la dirección correcta. Basta con hacer un análisis superficial de nuestra vida para descubrir que hay cosas que no son de la manera que conviene que sean, sobre todo nuestras relaciones más cercanas y significativas.

Dada la importancia que tiene el caminar por caminos de justicia, es decir, de hacer la vida con sabiduría y caminar en la dirección correcta; pues en ello está la sanidad integral de la misma, conviene que consideremos tres condiciones que debemos cumplir para que el propósito divino de guiar nuestras vidas pueda cumplirse:

Humildad. Esta consiste en el reconocimiento de las propias limitaciones y debilidades. Resulta notorio cómo la ignorancia se vuelve un nutritivo caldo de cultivo de la soberbia. Mientras más equivocados, más soberbios. Es decir, más convencidos de nuestra propia razón y dispuestos a culpar a los otros de los errores y fracasos en que participamos. De ahí la importancia de que seamos humildes y reconozcamos que nos hemos equivocado; más aun, que no sabemos lo que necesitamos saber y, por lo tanto, necesitamos que alguien que sí sepa, nos dirija en la dirección correcta.

Arrepentimiento. En la Biblia, arrepentirse es cambiar de opinión, de manera de pensar. Hay una estrecha correlación entre fracaso y auto-victimización. Especialmente cuando participamos de dinámicas relacionales erradas y dolorosas, tendemos a asumir el papel de víctimas. Pero, para que Dios pueda dirigirnos en la dirección correcta, debemos asumir la parte de responsabilidad que nos corresponde respecto de la culpa y el dolor de los cuales participamos. Nuestra ignorancia, nuestra soberbia, nuestra terquedad, etc., engendran culpas y daños que debemos asumir y lamentar, al mismo tiempo que debemos vivir de tal manera que, en lo que a nosotros toque, los podamos evitar.

Compromiso de conversión. La frustración de la vida produce cansancio y este produce desapego, es decir la falta de interés, alejamiento, desvío. Mientras más equivocadamente hacemos la vida, más nos desviamos y alejamos de nuestros propósitos iniciales y de las personas que amamos. Es notorio que quienes participan de dinámicas relacionales insanas tienden al desapego. El budismo asegura que la clave de la felicidad se encuentra en el desapego; que mientras menos nos comprometamos con los que amamos, seremos más felices. Esta, desafortunadamente, es la conclusión a la que muchos llegan cuando caminan por caminos de error. Se trata, entonces, que caminar en sentido contrario y asumir la obligación de la conversión. Primero, de la conversión a Dios y, en segundo lugar, de la conversión a aquellos que hemos hecho partícipes de nuestros errores y nuestras equivocaciones. Sólo puede cambiar quien se obliga a hacer lo justo y a seguir la dirección correcta. Quienes más lejos se sienten, pero más se obligan a volver al lugar y dirección correctos, son quienes están en camino del cambio.

Cuando nosotros, al hacer el balance de nuestra vida, dejamos de caminar caminos de oscuridad y nos volvemos a la luz que es Cristo y venimos a él trayendo, a la manera de los sabios de Oriente, estos tres presentes, esta ofrenda compuesta de humildad, arrepentimiento y compromiso de conversión, abrimos la puerta para que Dios pueda obrar en nosotros y pueda, entonces, dirigir nuestros pasos por el camino de la paz.