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Vivos o Muertos, Somos del Señor

11 febrero, 2012

Romanos 14.7-9

Tarde o temprano llegamos al momento en que nos preguntamos qué es de nuestra vida. Cuál es su razón, cuál su importancia, cuál su destino. Se trata de momentos de insatisfacción existencial. No sabemos qué da origen a la misma, pero sabemos que ahí está. En no pocas ocasiones, tales momentos de insatisfaccción existencial generan temor pues nos preguntamos si el resto de nuestra vida será satisfactoria, si seremos felices; también son momentos de culpa, pues tenemos que enfrentar el hecho de que hay vacíos, errores y ausencias que, en buena medida son nuestra responsabilidad.

Me parece que hemos sido diseñados para que, de tanto en tanto, nos lleguemos a etapas de evaluación y valoración de nuestra vida. Así, conciente e inconcientemente, cíclicamente la vida nos califica, y da lugar a innumerables preguntas sobre cada una de las áreas de nuestra existencia.

También me parece que un elemento determinante del tipo de respuestas que encontramos, y nos damos a nosotros mismos, tiene que ver con la medida en que, reconocemos, hemos hecho la vida en función de nosotros mismos. Sí, la medida en que las decisiones tomadas, las relaciones desarrolladas y las acciones realizadas han tenido que ver con nuestros intereses inmediatos, con el yo, antes que con el nosotros. Y, por consiguiente, lo que hemos hecho en función de la inmediato, de la satisfacción inmediata y no considerando el contexto y el mediano y largo alcance de nuestro quehacer.

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La Fe y Nuestras Zonas de Confort

24 agosto, 2010

Se dice que uno de los valores más apreciados por los seres humanos es el de la estabilidad. Valoramos el poder mantenernos ajenos al peligro de cambiar, preferimos permanecer en el mismo lugar o circunstancia antes que enfrentar los riesgos aparejados a los cambios. Más vale viejo por conocido, que bueno por conocer, aprendimos desde muy pequeños. Y, es cierto, nos sentimos más a gusto en los territorios y en las circunstancias que conocemos… hasta que las mismas resultan tan costosas que permanecer en ellas representa cada vez más sufrimiento, frustración y resentimiento.

Especialmente en lo que se refiere a las relaciones humanas, casi todos anhelamos el que las mismas sean lo más cómodas y placenteras posible. Sobre todo, cuando se trata de relaciones que son de gran importancia para nosotros en lo sentimental, lo emocional y aún en los laboral, aprendemos que es mejor conservar lo que se tiene aún a costa del precio que mantenernos en ellas representa. Ello explica, por ejemplo que haya parejas que en la práctica están separadas e insisten en vivir creyendo que permanecen unidas. O que en los ambientes laborales aparentemos que no pasa nada, cuando la verdad es que la relación con nuestros compañeros lejos está de ser, ya no digamos placentera, sino llevadera al menos.

En alguna medida, todos apreciamos la que los estudiosos de la conducta humana han llamado nuestra zona de confort. Raúl Hernández González cita la siguiente descripción respecto de la zona de confort: Esta es definida como el conjunto de creencias y acciones a las que estamos acostumbrados, y que nos resultan cómodas. Aquello que está dentro de nuestra zona de confort lo podemos hacer muchas veces sin mayor problema y no nos produce una reacción emocional especial; en cambio, lo que está fuera de nuestra zona de confort nos incomoda, nos produce un cierto rechazo, nos provoca ansiedad o nerviosismo, nos da palo.

Gráficamente la zona de confort puede ser representada como un vado. Es decir, como una especie de cuneta o depresión del piso, misma que permite ir de un lado al otro sin tener que salir de ella. Nosotros haríamos las veces de una pelota que se desliza hacia atrás y hacia adelante, pero siempre teniendo el cuidado de no salirnos de ella. Aprendemos a llegar al límite, pero siempre nos aseguramos que permaneceremos dentro de la realidad que conocemos. Como la mujer que le pone las peras a catorce al marido desobligado, lo amenaza con que lo abandonará si no cambia, pero siempre encuentra justificación para darle una segunda oportunidad. O el empleado cansado de los malos tratos del jefe, o del mal ambiente de la oficina, que se pone fechas para dejar ese trabajo, pero siempre encontrará una razón para permanecer en el mismo un poco más.

Lo curioso, y trágico al mismo tiempo, es que en la mayoría de los casos sabemos, o cuando menos intuimos, que ni debemos permanecer en tal condición, ni está bien que nos mantengamos haciendo lo mismo. Hay un testimonio interior, al que conocemos como la voz de la conciencia, que nos recuerda que ni ese es nuestro lugar, ni esa la vida que hemos sido llamados a vivir. Esa voz de la conciencia nos recuerda que vivir en ansiedad, desperdiciando la vida y llenándonos de amargura no es, de ninguna manera, la voluntad de Dios para nosotros. Pues, como asegura el Profeta Jeremías, los planes que Dios tiene para nosotros son planes de bienestar y no de calamidad, como traduce la Nueva Versión Internacional de la Biblia.

¿Qué es lo que explica, entonces, que nos resulte tan difícil abandonar nuestra zona de confort y tomar las decisiones apropiadas y hacer lo que conviene? Permítanme proponerles que son tres las causas de nuestra resistencia al cambio benéfico:

La Confusión. Esta consiste en un estado de desorden de las cosas o los ánimos. Es decir, la persona se equivoca en cuestiones fundamentales, aprende a creer que lo que siente es más importante que lo que sabe. Así, le confiere a sus sentimientos y emociones un papel determinante para la toma de sus decisiones. La Biblia nos enseña, sin embargo, que el cambio en nuestra vida empieza cuando cambiamos nuestra manera de pensar. Cuando pensamos a la luz, debo insistir en esto, a la luz de la Palabra de Dios, de lo que Dios nos ha dicho. Quienes permanecen en situaciones indignas han aprendido a pensar que no valen, que no merecen y que, por lo tanto, deben soportar lo que están viviendo. Dios nos dice otra cosa, él nos ha hecho personas dignas, valiosas y merecedoras del respeto y de una vida plena. Para ello es que envió a su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, para buscar y salvar lo que se había perdido; para destruir las obras del diablo y llevarnos a una vida plena… aquí en la tierra.

La Ignorancia. Muchas veces permanecemos en nuestra zona de confort porque no sabemos cómo salir de ella. Hemos vivido tanto tiempo haciendo y padeciendo lo mismo. A veces cambiamos: de personas, de lugares, de circunstancias, para descubrir que seguimos en lo mismo. ¿Cómo saber lo que debemos hacer? ¿Cómo hacer lo que sabemos debemos hacer? Cosa difícil esta, cierto; pero menos difícil cuando creemos lo que Dios nos dice en su palabra. Otra vez, el Profeta Jeremías viene en nuestra ayuda, nos recuerda el llamado de Dios: Clama a mí, y yo te responderé, y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces. Dios no solamente es sabio, es la Sabiduría misma. Y, Dios no juega a las escondidillas. Siempre que lo buscamos, lo encontramos. Siempre que clamamos a él, él nos responde. Así que cuando no sabemos, él sí sabe. Cuando dudamos, él tiene la respuesta segura.

El Temor. Temor es la pasión del ánimo, que hace huir o rehusar aquello que se considera arriesgado o peligroso… es el recelo de un daño futuro, dice la Real Academia de la Lengua. Es resultado del hecho de que nosotros no podemos ver el futuro desde nuestro presente. No sabemos qué nos espera del otro lado de la curva. Es comprensible, por lo tanto, que prefiramos mantenernos donde estamos; al fin y al cabo, aquí ya sabemos qué y cómo hacer. La verdad es que nunca sabremos lo que está al otro lado de la curva, hasta que demos vuelta. Así que la razón de nuestra confianza no puede descansar en lo que sabemos, sino con quién estamos. Nuestro Señor Jesucristo prometió que él estaría con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Eso significa que está con nosotros de este lado, y al otro lado, de las curvas de la vida. Él está donde nosotros todavía no hemos llegado. EL Profeta Isaías nos recuerda que el Señor ha prometido: Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; cuando camines por el fuego, no te quemarás ni te abrasarán las llamas.

Lo que aquí quiero decirte es que no tienes que permanecer en la circunstancia que, ni es propia de ti, ni te está haciendo bien. Puedes, y si me dejas ir un poquito más allá, debes salir de ella. Tomar las decisiones adecuadas y oportunas; hacer lo que conviene en el momento preciso, es lo único que alimentará tu estima propia. Porque solo cuando asumes la responsabilidad de tu propia dignidad y pagas el precio de ser tú mismo, tú misma, puedes recuperar el equilibrio de tu vida. La buena noticia es que puedes, podemos hacerlo. La razón es sencilla, contamos con la comprensión, la disposición y la ayuda de nuestro Señor Jesucristo, mismo que dijo: Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso. Corre el riesgo, sal de tu zona de confort y vive la vida abundan que nuestro Señor Jesucristo ha hecho posible para ti.

Los jóvenes tienen derecho

24 noviembre, 2009

Pastor Adoniram Gaxiola

Es un hecho que la iglesia es el principal obstáculo que muchos jóvenes enfrentan en su búsqueda de Dios. Y no es que se trate de un mero pretexto de estoy jóvenes, esto es cierto y no podemos, ni debemos, ignorarlo. No siempre se trata de una mala intención, o de que a la iglesia no le interesen o le estorben los jóvenes. Lo trágico es que, muchas veces, aquello que irrita a los adolescentes y jóvenes y que termina por alejarlos de la iglesia es, paradójicamente, fruto del interés y la preocupación que la misma tiene a favor de ellos.

Las razones para ello son muchas, quizá la principal el deseo de no pocos padres, madres y amigos que no quieren que los adolescentes y jóvenes pasen y enfrenten lo que ellos han vivido y les ha llenado de dolor, fracaso y amargura. Lo malo es que tan buena intención no siempre se expresa de la manera más adecuada y oportuna. Por lo general, los adultos y viejos (incluyendo a no pocos pastores), optan por recurrir a la prohibición, el control absoluto y el descuento de los deseos, las inquietudes y el derecho de los jóvenes a decidir por sí mismos las cosas que consideran importantes en su vida.

Dios y la Biblia se convierten, en manos de los padres y líderes preocupados por los jóvenes, en instrumentos que justifican el control, el miedo inducido y hasta las amenazas explícitas e implícitas con las que se pretende proteger a los muchachos y las muchachas de las tentaciones y los peligros del mundo. Así, mucho antes de que los jóvenes tengan la oportunidad de conocer al Señor por sí mismos y de descubrir a sus propias expensas el verdadero mensaje de la Biblia, desarrollan un rechazo al grado de que se vuelven alérgicos a Dios, a la Biblia y, no se diga, a la iglesia misma.

Por el otro lado están muchos de los jóvenes que permanecen en la iglesia… por las razones equivocadas. De vez en cuando me meto a los foros juveniles de Internet y no deja de sorprenderme, una y otra vez, lo que leo. Pero, me parece justo usar la palabra alienación para definir mucho de ello. La Real Academia Española define la alienación como “[el] proceso mediante el cual el individuo o una colectividad transforman su conciencia hasta hacerla contradictoria con lo que debía esperarse de su condición”. Y uso este término porque la Palabra de Dios asegura que Cristo ha venido para traer libertad a los cautivos; que su Palabra nos hará libres; y que, si el Hijos nos hace libres, seremos verdaderamente libres.

La contradicción consiste en el hecho de que no pocos jóvenes cristianos van por la vida siendo esclavos de juicios, prohibiciones y temores que están lejos de significar libertad y vida plena. Cuestiones relacionadas con el tipo de música que escuchan, su vestimenta, la relación amistosa con quienes no son cristianos, etc., son terreno en que no pocos jóvenes permanecen atrapados. Dejan de ser ellos mismos para ser lo que otros quieren que sean. En consecuencia se cumple en ellos lo que el Apóstol Pablo asegura a los romanos: “yo sé que no hay nada impuro en sí mismo; como creyente en el Señor Jesús, estoy seguro de ello. Pero si alguno piensa que una cosa es impura, será impura para él”. Ro 14.14

Creo que unos y otros, tanto aquellos jóvenes que abandonan la iglesia y reniegan de Dios; como aquellos que permanecen en la misma sin crecer por sí mismos, comprendiendo el sentido bíblico de la libertad cristiana, padecen de un mismo mal: desconocen lo que la Biblia enseña acerca de la libertad, la responsabilidad personal y la plenitud de la vida en Cristo.

Por ejemplo, creo que son pocos los jóvenes que saben que la Biblia tiene recomendaciones tales como: “Diviértete, joven, ahora que estás lleno de vida; disfruta de lo bueno ahora que puedes. Déjate llevar por los impulsos de tu corazón y por todo lo que ves, pero recuerda que de todo ello Dios te pedirá cuentas”. Ec 11.9 Y que, si acaso han escuchado algún sermón sobre este pasaje, el énfasis de tal predicación ha sido la oración final del versículo.

Permítanme aventurar una propuesta diferente. Esta parte del principio de que Dios nos ha creado, a todos, a su imagen y semejanza. Es decir, con la capacidad de elegir ante las distintas alternativas que la vida, en todas sus áreas, nos propone. Además de ello, los seres humanos hemos sido bendecidos con ese gobierno interior que es la conciencia. Esta es la facultad que todo ser humano tiene de llegar a conocer la voluntad de Dios y que Dios ha dispuesto para gobernar nuestras vidas. Dios ha decidido correr el riesgo de que el ser humano pueda elegir por sí mismo lo que le conviene. Aún cuando Dios sabe de las limitaciones propias de la naturaleza pecadora del hombre, así como del poder de las influencias personales, familiares y sociales que las personas enfrentan, Dios nunca, repito, nunca, ha impuesto a nadie que haga aquello que Dios ha establecido como lo justo, como lo correcto.

Dios, por así decirlo, se ha convertido a sí mismo como una opción más por las que las personas podemos optar. La bien conocida convocatoria deuteronómica: “Miren, hoy les doy a elegir entre la vida y el bien, por un lado, y la muerte y el mal, por el otro”. Sí, ya sé que en el siguiente versículo Dios se refiere a lo que él ha mandado y de ello nos ocuparemos a continuación. Pero, el hecho es que Dios “da a elegir entre la vida y la muerte, entre el bien y el mal”. No impone la vida, ni el bien; como tampoco impide la elección del mal que conduce a la muerte.

¿Estoy diciendo, entonces, que los jóvenes pueden hacer lo que quieran con su vida, y ya? Lejos de mí tal cosa. El pasaje que hemos leído en Eclesiastés 9, invita a los jóvenes a que gocen la vida. A que se dejen llevar por los impulsos de su corazón y por todo lo que ven. En tal invitación está implícito el reconocimiento al derecho que tienen para proceder así. Pero, no es todo lo que el autor bíblico dice, también les invita a que recuerden que de todo ello Dios les pedirá cuentas. Es decir, la Palabra enseña que la libertad de elección no deja de lado la responsabilidad, esta implica el hecho de enfrentar las consecuencias de aquello que se decide y hace.

El “acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud”, nos ayuda a comprender mejor esto. En efecto, el término acuérdate, significa también piensa, toma en cuenta, añadiríamos. Es decir, joven, en el ejercicio de tu libertad, al decidir lo que consideres mejor para ti, piensa, toma en cuenta a Dios. Toda decisión se compone de diversos elementos: pensamientos, emociones, sensaciones, deseos, etc. En función de ellos es que decidimos. Si nos hace sentir bien o no, si pensamos que está bien, qué tanto lo deseamos, etc. Bueno, mi recomendación es que a tales elementos de decisión añadas uno más: la voluntad de Dios.

El Apóstol Pablo tiene una propuesta en principio subversiva, revolucionaria. A los corintios les asegura: “Se dice, uno es libre de hacer lo que quiera, es cierto… pero no todo conviene”. Así que, los jóvenes que me escuchan o leen, deben saber que sí, que tienen del derecho de hacer lo que quieran. También deben recordarlo sus padres. Porque no se trata de ir contra tal derecho, sino de acompañarlo con la convicción de que no todo conviene, que no todo edifica.

La iglesia, los padres, tenemos que aprender a correr el riesgo de que nuestros adolescentes y jóvenes tomen decisiones por sí mismos. Aún a correr el riesgo de que se equivoquen. Podemos hacerlo confiados en el Señor si en lugar de prohibirles, reprimirlos y/o amenazarlos les damos ejemplo de sabiduría, temor de Dios y buena conducta. Si, como hacen los padres y pastores sabios enriquecemos la experiencia de nuestros hijos aportándoles elementos de juicio sanos, respetuosos y congruentes para que ellos puedan usarlos por sí mismos.

Los jóvenes tienen que crecer y abundar en el ser ellos mismos, no meros apéndices ni prolongación de nosotros. Así, sus padres y la iglesia somos llamados a respetarlos. Sí padres, abuelos, pastores y maestros, hay que respetar a los niños, a los adolescentes y a los jóvenes. Exactamente de la misma manera en que Dios nos ha respetado a nosotros mismos.

La gente joven tiene todo el derecho a ser respetada. Es decir, a que le tengamos consideración, a que los tomemos en cuenta, a que los escuchemos, a que seamos pacientes. Sobre todo, a que les tengamos confianza. Esta es la esperanza firme que se tiene de alguien o algo. Yo confío en mis hijos y en mis hijas, mantengo mi esperanza en ellos. Pero, no tengo nada de que vanagloriarme, porque mi confianza en ellos no es concesión mía, es el más absoluto respeto al derecho que ellos tienen de ser considerados como personas confiables.

A veces, y en no pocos casos, parecería que no hay razón para confiar y mantener la esperanza en los hijos. En tales circunstancias conviene recordar dos cosas. La primera es que Dios ama a nuestros hijos mucho más de lo que nosotros podemos amarlos. La segunda, que la Palabra de Dios tiene poder y cumplirá el propósito para el cual ha sido enviada. Concientes de tales cosas podemos orar confiadamente, interceder por nuestros hijos y, sobre todo, respetar lo que son y lo que hacen aunque no siempre lo entendamos, ni estemos de acuerdo con ello.

Termino reiterando a los jóvenes que tienen el derecho a ser ellos mismos. Tienen derecho a vestirse de la forma que quieran y oír la música que les guste. Más importante, les recuerdo que tienen derecho a soñar y a querer. A ir hasta donde quieran llegar. Pero, les animo a que no lo hagan a solas. A que recuerden que sin Dios no estarán nunca completos. A que sueñen los sueños que Dios les revele por medio de su Espíritu Santo. Y que adonde quieran llegar, lo hagan caminando el camino de Cristo. A que no permitan que los errores, fruto del amor y la preocupación de los viejos, los aparten de Cristo y de su iglesia. En fin, los invito a que descubran por sí mismos, y al lado de nuestro Señor, que la vida en Cristo es en verdad plena y la libertad que él nos ofrece es la única que nos hace verdaderamente libres.